ALIENTO · Nuevos Comienzos (Episodio 18)
Todo lo creado fluye bajo la ley del crecimiento. Nada de lo que Dios hizo fue diseñado para quedarse estancado. Por eso, cuando hablamos del propósito de Dios para la vida del ser humano, debemos partir de una verdad fundamental: fuiste creado para crecer.
Desde el principio, Dios estableció este principio de manera clara y directa. En Génesis 1:28 leemos: “Fructificad y multiplicaos”. No es una sugerencia, es una orden. El crecimiento no es una opción espiritual; es parte del diseño divino. En lo personal, cada uno de nosotros debería recordarse a diario: fui creado para crecer.
El crecimiento implica desarrollo, aumento, avance en autoridad, en valor, en fuerza y en propósito. Sin embargo, la Escritura también nos muestra que existe una oposición real a este diseño. Satanás no es un mito ni una figura simbólica. Es un ser real cuyo objetivo es frustrar el plan de Dios, atar vidas y detener su desarrollo. Su trabajo es impedir que la humanidad viva con esperanza y avance hacia el destino que Dios ha determinado.
En Lucas 13:10–17 encontramos una historia que ilustra con claridad esta realidad. Jesús se encuentra con una mujer que llevaba dieciocho años encorvada, atada por un espíritu de enfermedad. No podía enderezarse de ninguna manera. Dieciocho años encorvada indican que su condición no era original; en algún momento su vida fue torcida, su destino interrumpido, su crecimiento detenido.
Lucas, que era médico, es preciso al describir la causa: no se trataba solo de una dolencia física, sino de una ligadura espiritual. Jesús mismo lo explica: “esta hija de Abraham, a quien Satanás había atado durante dieciocho años”. La opresión había encarcelado su cuerpo, su mente y su futuro.
Su situación se agravaba por el contexto social. Era mujer en una sociedad patriarcal, enferma en una cultura que asociaba la enfermedad con el pecado y marginada por una condición que la convertía en una carga. Todo en su vida parecía conspirar contra su crecimiento, su dignidad y su posibilidad de desarrollo.
La opresión opera de forma sutil pero devastadora. Trabaja en la mente, en las emociones, encapsulando pensamientos y sentimientos hasta sofocar el potencial personal. Cancela la autodeterminación, impide la visión, disuelve el propósito y bloquea el futuro. Donde hay opresión, no hay esperanza ni productividad.
No es casual que hoy muchos médicos —creyentes y no creyentes— reconozcan que un alto porcentaje de enfermedades tiene origen psicosomático. El alma atrapada termina afectando al cuerpo. La Escritura lo expresa con claridad cuando dice: “Se llenó de amargura mi alma” (Salmo 73:21) y cuando advierte que “la opresión entontece al sabio” (Eclesiastés 7:7). La opresión introduce pensamientos de imposibilidad: no podrás, en ninguna manera te podrás enderezar.
Pero Jesús irrumpe precisamente para romper esos estados. Su ministerio es descrito como una obra liberadora: “El Espíritu del Señor está sobre mí… para poner en libertad a los oprimidos” (Lucas 4:18). Hechos 10:38 resume su misión diciendo que “anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo”.
Cuando Jesús ve a aquella mujer encorvada, no la ignora ni la posterga. La llama, pone sus manos sobre ella y la endereza. De inmediato, ella glorifica a Dios. Jesús no solo restaura su cuerpo; le devuelve dignidad, identidad y futuro. La llama hija de Abraham, reconociendo su fe, su perseverancia y su confianza en Dios, aun en medio de la opresión.
Este acto es una declaración poderosa: Dios no te creó para vivir encorvado. No te diseñó para estar debajo, limitado o sometido a un ambiente que te domina. Deuteronomio 28:13 lo afirma con claridad: “El Señor te pondrá por cabeza y no por cola; estarás encima solamente y no estarás debajo”. Ser cabeza es ejercer autoridad, tomar dominio y vivir conforme al diseño de Dios.
No basta con ser cristiano o asistir a la iglesia. Dios nos llama a tomar autoridad sobre el ambiente, sobre aquello que intenta dominarnos. Ser cola es vivir esclavizado; ser cabeza es vivir libre para crecer.
Recuerdo la imagen de un poni atado a una pequeña estaca en medio de un campo. Tenía fuerza suficiente para arrancarla, pero daba vueltas alrededor de ella sin intentar liberarse. Había sido domado desde pequeño, y aunque había crecido, su mente seguía limitada. Esa pequeña estaca representaba una opresión invisible.
Muchos viven así. No porque no tengan poder, sino porque han creído que no pueden ser libres. Pero hoy Jesús viene a recordarte que en ti habita el poder del Espíritu Santo. El poder de Satanás no puede doblegarte. Dios te ha prometido ponerte arriba y no abajo.
Hoy el Señor ve tu entrega, tu búsqueda, tu perseverancia a pesar de la debilidad. Y como hizo con aquella mujer, pone sus manos sobre tu vida para enderezar lo torcido y dar inicio a un nuevo tiempo.
Recibe hoy esta verdad: naciste para crecer. No importa cuánto tiempo lleves encorvado. Bajo el poder de Dios, tu crecimiento puede comenzar hoy.


