La segunda mañana del Congreso Mundial de las Asambleas de Dios en Acra tuvo acento español. Juan Carlos Escobar, presidente de las Asambleas de Dios de España y secretario de la Fraternidad Mundial de las Asambleas de Dios (WAGF), abrió la jornada con un mensaje sobre el vino nuevo del Espíritu: lo mejor de Dios para su Iglesia no está en el pasado ni en las estrategias humanas, sino en una renovación que viene del cielo y es para hoy.
Este es el tercer artículo de la serie con la que FIEL acompaña el 10.º Congreso de la WAGF, que se celebra en Acra (Ghana) del 14 al 16 de octubre bajo el lema «Comisionados: un mandato, todas las naciones». Más abajo puede verse la emisión íntegra de la sesión.
Una mañana con acento hispano
La sesión del jueves 15 de octubre, celebrada en el Grand Arena del Accra International Conference Centre, comenzó con un saludo que arrancó sonrisas entre los delegados. «Aleluya es una palabra muy importante en España», decía Juan Carlos, «y en el mundo hispano es la misma. La presencia del Señor es la misma en todo el mundo».
Predicando en español, con interpretación simultánea al inglés, el presidente de las Asambleas de Dios de España agradeció al superintendente Stephen Wengam y al comité organizador la oportunidad de ministrar en África. Y dejó claro desde el principio el tono de su mensaje: no venía a hablar de estrategias, sino a hablar desde el corazón a cada líder presente.
Juan Carlos recordó que los delegados llegaban de culturas e historias muy distintas, algunos desde países en guerra, con persecución o hambre. «Sabemos que el mundo no va a ser más fácil», reconocía. «Pero las circunstancias no van a disminuir lo que Dios va a hacer entre nosotros. Dios no se detiene ante ninguna situación. Va a hacer grandes cosas, porque Él no cambia y el mundo está esperando».
«Estamos persuadidos de cosas mejores»
El texto del mensaje fue Hebreos 6:9:
«Pero en cuanto a vosotros, oh amados, estamos persuadidos de cosas mejores, y que pertenecen a la salvación, aunque hablamos así» (Hebreos 6:9).
Juan Carlos describió la situación de aquella iglesia hebrea: dispersa, perseguida, cansada, estancada, con miedo y tentada a volver atrás. Una situación crítica. «Pero», subrayaba, y esa pequeña palabra lo cambia todo. «No sé lo que estás viviendo. Quizá es algo personal. Pero Dios tiene algo mejor para ti».
¿Cuáles son esas cosas mejores? No son proyectos ni cosas materiales, explicaba, sino realidades del Reino de Dios. «Tenemos que mejorar, tenemos que desarrollar mejores prácticas y mejores estrategias, ser mejores predicadores. Tenemos que usar la tecnología, incluso la inteligencia artificial. Pero la Iglesia, las Asambleas de Dios, no va a mejorar solo con tecnología ni con estrategias». El avivamiento, insistía, no llega por cambiar el color de la iglesia, la disposición de los asientos, las luces o las pantallas. «Lo mejor tiene que ver con la salvación. Lo mejor tiene que ver con la manifestación de la gloria de Dios. Esa es nuestra esencia».
Para el predicador, todo apunta a Cristo. La ley y el tabernáculo no eran malos, pero encontraron su plenitud en Jesús. «Todo tiene que ver con Jesús. La innovación no es lo mejor. Lo mejor es la manifestación de Jesucristo en nuestras vidas».
El vino nuevo que viene del cielo
Para ilustrarlo, Juan Carlos se detuvo en las bodas de Caná, donde se acabó el vino y la fiesta corría peligro. María señaló el camino: «Haced todo lo que os dijere». Y el maestresala se sorprendió de que el mejor vino se hubiera guardado hasta el final.
En la vida natural, recordaba citando Lucas 5:39, el vino añejo es el que más se valora. Las grandes bodegas de Europa o de California pueden vender vinos a precios altísimos, y cuanto más viejos, más valor tienen. «Pero en el Reino de Dios, Jesús dice lo contrario. El mejor vino no es el viejo. El mejor vino es el nuevo, y no lo produce el hombre. Se produce en el cielo».
Y advirtió de una tentación muy humana: cuando el Señor derrama su vino nuevo, queremos guardarlo y conservarlo, pero cuando se hace viejo pierde su fuerza. «Lo que necesitamos no está en la historia. No está en las bodegas de Alemania ni en las de Azusa. El vino nuevo viene del cielo y es para hoy». Y añadía, con una sonrisa: «No necesitamos vino de Alemania, ni de Italia, ni de España. El mejor vino viene de Jesús. Ese vino trae sanidad, trae restauración y está aquí esta mañana para renovar tu vida y tu ministerio».
Juan Carlos contó que la noche anterior, en el estadio, había visto ese vino manifestarse en África en forma de gozo. «Celebramos la historia y celebramos este congreso, pero queremos mirar al futuro. El mundo espera algo mejor de las Asambleas de Dios. Lo mejor de tu vida, de tu ministerio y de tu iglesia todavía no ha llegado». Y lo declaró con convicción: «Jesús dijo que el mejor vino está reservado para ahora. Declaro proféticamente que lo mejor es para hoy». Porque, como reconocía, «yo no soy lo mejor. Lo mejor que hay en mí viene del cielo, y eso es lo que el mundo necesita».
Convicción, transformación y salir al encuentro
En la segunda parte del mensaje, Juan Carlos señaló tres realidades que la Iglesia necesita.
La primera es la convicción. Estar convencido es tener seguridad, y esa seguridad la produce el Espíritu Santo, como enseña 1 Corintios 2:12. La obra que comienza en la conversión no termina ahí, sino que continúa en la vida y en el ministerio. «Nuestro liderazgo tiene que ser sólido y convencido. Esa convicción nos da fuerza y autoridad». Abraham salió sin saber adónde iba, pero convencido de que iba con Dios. Moisés se sostuvo «como viendo al Invisible». «Quizá no sabes adónde vas mañana, pero necesitas saber hoy que estás con Él».
Cuando falta la convicción, explicaba, aparece la especulación: sobre el futuro, sobre las circunstancias, sobre lo que otros piensan. Y la especulación produce miedo, inseguridad y conflictos, en la vida personal, en las relaciones y en la unidad de los ministerios. Recordó a las hermanas de Lázaro, que le dijeron a Jesús: «Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto». Muchos se preguntan qué habría pasado si Dios hubiera actuado de otra manera. «Pero el Señor te dice: no especules. Yo soy el Señor y nunca llego tarde. Ten paz, porque el Señor te va a dar otra oportunidad. Él lo hace todo bien».
La segunda es la transformación. El vino nuevo necesita odres nuevos. Un recipiente viejo se endurece y pierde flexibilidad, y entonces se produce una tensión entre lo que Dios quiere traer y lo que somos. «Necesitamos ser transformados para que, cuando el vino venga del cielo, podamos contener lo que Dios tiene para nosotros. Si no estamos preparados, sufriremos una gran pérdida».
La tercera es salir al encuentro. Juan Carlos advirtió del riesgo de querer retener el vino y convertir las iglesias en un estanque de Betesda, donde de vez en cuando se agitan las aguas. «Los eventos pueden ser buenos, pueden traer cambios temporales, incluso pueden ser proféticos, pero no lo son todo. No quiero que esto pase en Europa ni en otras partes del mundo. No quiero que nuestras iglesias se conviertan en un estanque de Betesda, fruto de la historia, de las tradiciones o de las supersticiones».
Jesús llegó a Betesda y no criticó a nadie ni juzgó al paralítico. Solo le preguntó: «¿Quieres ser sano?». «No viene a juzgar nuestras iglesias ni nuestros ministerios», decía Juan Carlos. «Solo pregunta si queremos ser sanados. Y si quieres serlo, deja de mirar al estanque, porque Jesucristo es la manifestación de la nueva vida». En sintonía con lo que Doug Clay había predicado la noche anterior en el estadio, completó la idea: «Damos gracias a Dios por Azusa y por los pioneros. Pero Azusa es historia. Ahora queremos vino nuevo, para este tiempo y para esta hora».
Un testimonio personal
El momento más emotivo llegó cuando Juan Carlos compartió su propio testimonio. Hace algunos años le diagnosticaron un cáncer, y su iglesia oró por él. Cuando ya iba a ser operado, los médicos decidieron hacer nuevas pruebas. «Después de esas pruebas, el cirujano me dijo: Juan Carlos, nunca hemos visto algo así. El cáncer ha desaparecido por completo». Un sobrino suyo, presente en el congreso, fue testigo de aquello.
Contó también lo que ocurrió en el Congreso Mundial de Madrid en 2023. Un pastor que llevaba unos veinte años enfermo pudo asistir porque una hermana le pagó el viaje. Durante el congreso entró en una reunión de jóvenes, y mientras los grababa con el móvil adorando a Dios para enviarle el vídeo a su hija, el Espíritu Santo tocó su corazón y fue completamente sanado.
«Cuando llega el vino nuevo, puedes ser sanado, puedes ser renovado y tu ministerio puede ser mejor», afirmaba. Y miró hacia 2033, la meta de la visión MM33: «Dios va a levantar una iglesia que no es la iglesia que hemos conocido. Ha preparado una gloria como nunca antes ha mostrado. Prepárate para recibirla. Abre tu corazón y tu mente. No te resistas». Y animó a los presentes a orar: «Señor, no quiero quedarme en la historia. Quiero ser parte de la historia que estás escribiendo. Usa mi vida».
Con las manos levantadas, el auditorio respondió al llamado. Hubo oración por los enfermos, los delegados se tomaron de las manos para pedir vino nuevo unos por otros y la sala cantó «La vieja cruz». En la oración final, uno de los responsables de la sesión pidió que lo vivido en esos días fuera «como un tsunami del Espíritu» sobre las Asambleas de Dios en todo el mundo, y que el congreso pudiera ser, como había dicho Doug Clay, un nuevo Azusa.
Las naciones en oración
Tras el mensaje, el presidente de la WAGF, Dominic Yeo, animó a los pastores ghaneses a movilizar a sus iglesias para llenar el estadio por las tardes. «Esto es una vez en la vida para Ghana», recordaba. Anunció también que en la última noche se revelará la sede del próximo congreso mundial, en 2029, y presentó la siguiente parte de la mañana: un tiempo de oración por las naciones, porque uno de los pilares de MM33 es que cada iglesia se convierta en una casa de oración por las naciones.
Desde Asia se oró por iglesias sanas, fuertes y llenas del fuego del Espíritu, con pastores renovados y visiones que vayan más allá de sus propios recursos. Terry Bradley, superintendente general de las Asambleas de Dios de Nueva Zelanda, oró por Oceanía como representante de «los confines de la tierra», el lugar más alejado de Jerusalén. Pidió unidad entre los líderes del Pacífico y que esas islas vuelvan a ser un pueblo navegante que cruce los mares con el evangelio, que el «anillo de fuego» del Pacífico se convierta en un anillo de fuego del Espíritu y que se dupliquen los misioneros y las iglesias.
José Wellington oró por Brasil, donde las Asambleas de Dios llegaron en 1911. Recordó que su iglesia cuenta hoy con millones de creyentes y decenas de miles de congregaciones, y que el mensaje que recibieron de los misioneros suecos sigue siendo el mismo: «Jesús salva, Jesús sana, Jesús bautiza con el Espíritu Santo y pronto volverá».
Por Hispanoamérica se pidió fe que transforme vidas, respuesta a las necesidades sociales y una iglesia que una la fe con la ética y el discipulado. Entre los motivos de oración estaban mantener hombres y mujeres orando las 24 horas, levantar 70.000 pastores menores de 30 años y llegar a una iglesia por cada mil habitantes.
Por último, Doug Clay invitó a los superintendentes generales a ponerse en pie para orar por los gobiernos de sus países. «A veces el gobierno puede ser una gran frustración para la iglesia, pero la Biblia nos llama a orar por los que están en autoridad». Lazarus Chakwera, expresidente de Malaui, dirigió la oración. Pidió que el evangelio pueda avanzar sin obstáculos en todas las naciones y que todos tengan la oportunidad de conocer el amor de Dios, «porque solo hay una raza humana».
Los pilares de MM33
La última parte de la mañana estuvo dedicada a los pilares de la visión MM33, que busca alcanzar un millón de iglesias de las Asambleas de Dios en 2033. Varias voces compartieron herramientas prácticas para cada uno de ellos.
Sobre la multiplicación de iglesias, Rob Ketterling, pastor de River Valley Church en Minnesota (Estados Unidos), planteó en vídeo una pregunta directa: «¿Estamos preparados para lo que hemos estado pidiendo?». Una palabra profética, decía, exige una preparación profética. «Ora por la lluvia y lleva paraguas». Llamó a pasar de pedir a alinear las estructuras, los presupuestos y los equipos, de esperar a trabajar, y de pensar en la propia plataforma a pensar en la de Cristo. Con la historia de la viuda y las vasijas de Eliseo, cerró con una imagen poderosa: «El aceite dejó de fluir cuando se acabaron las vasijas. Creo que el milagro de MM33 se medirá por las vasijas que tengamos preparadas».
Sobre la salud de la iglesia, Stephen Wengam, que preside la comisión de la WAGF dedicada a este tema, partió de Lucas 2:52: «Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres». Si la Iglesia es el cuerpo de Cristo, debe crecer de la misma forma. Habló de líderes que piensan, analizan y planifican a largo plazo, de enseñanza bíblica sólida, de cuidar las instalaciones y la administración, de crecer en número, de priorizar la oración y la santidad, de dar lugar a los dones del Espíritu y de tener una buena relación con la sociedad. «Una iglesia sana no es una iglesia sin problemas», aclaraba, «sino una iglesia cuyo liderazgo sabe afrontarlos y sigue cumpliendo su misión».
Sobre misiones, Dick Brogden, misionero de las Asambleas de Dios de Estados Unidos, conmovió al auditorio: «Me encantaría traeros saludos de los creyentes de más de 2.000 pueblos del mundo, pero no puedo. No hay creyentes entre ellos». Son pueblos no alcanzados y además sin ningún tipo de presencia cristiana: ni misioneros, ni iglesia, ni Biblia en su idioma. Presentó la alianza DOXA, creada en 2025 por la WAGF y las misiones de las Asambleas de Dios de Estados Unidos, que tiene un objetivo: que en 2033 haya al menos un equipo de plantación de iglesias en cada pueblo de la tierra. Recordó el compromiso de que el 10 % del millón de iglesias de MM33, unas 100.000, se planten entre pueblos no alcanzados.
Brogden señaló también que una parte importante de estos pueblos vive en países donde ya hay iglesias de las Asambleas de Dios, y que la familia mundial puede llegar a todos los demás. Mencionó varios ejemplos, entre ellos que «los españoles pueden llegar a Irán». Invitó a cada pastor a que su iglesia adopte en oración uno de estos pueblos mediante una aplicación disponible para móviles. El propio Doug Clay se comprometió a llevar esta propuesta a los líderes de su país, y el auditorio adoró a Dios «en nombre» de esos pueblos que todavía no le conocen.
Sobre la nueva generación, Austin Westlake, director nacional de jóvenes de las Asambleas de Dios de Estados Unidos, compartió una anécdota de un vuelo en el que la tripulación sirvió primero la comida a los niños, porque los padres no están tranquilos hasta que sus hijos han comido. «Debería inquietarnos que nuestros niños no estén siendo alimentados con la Palabra de Dios». A partir del pasaje en el que llevaban a los niños a Jesús, recordó que es responsabilidad de la generación mayor poner a los jóvenes en presencia de Dios y darles espacio y responsabilidad. Y con el ejemplo de los hijos de Isacar, «entendidos en los tiempos», llamó a buscar discernimiento para servir a la nueva generación.
Lo que viene
La tarde del jueves, el Accra Sports Stadium acoge la segunda concentración evangelística, con los mensajes de Glyn Barrett, líder nacional de las Asambleas de Dios de Gran Bretaña, y del obispo Dag Heward-Mills. El congreso culminará el viernes con la ceremonia de traspaso a la sede del próximo congreso mundial.
La mañana dejó una convicción compartida: la Iglesia puede mejorar sus métodos, sus estrategias y sus herramientas, pero lo que de verdad necesita es el vino nuevo del Espíritu. Desde Acra, con voz española, se recordó a la familia mundial de las Asambleas de Dios que lo mejor de Dios no quedó atrás. Está por llegar.


