ALIENTO · Nuevos Comienzos (Episodio 11)
Un proverbio chino dice que el mejor momento para plantar un árbol fue hace veinte años. El segundo mejor momento es ahora. Esta afirmación encierra una verdad sencilla y poderosa: el pasado no se puede cambiar, pero siempre existe un momento óptimo en el presente para comenzar algo que valga la pena.
Si algo ha marcado la historia y garantiza el futuro de la humanidad son los emprendedores. Emprendedor es quien enfrenta con resolución acciones difíciles, quien identifica oportunidades y organiza los recursos necesarios para poner en marcha todo lo que tiene a su alcance. Es alguien innovador, flexible, dinámico, creativo, dispuesto a asumir riesgos y orientado al crecimiento.
Ya en la Edad Media, el término se utilizaba para describir a quienes gestionaban grandes proyectos militares o civiles, asumiendo riesgos y administrando recursos. En el siglo XVIII, el economista Richard Cantillon definió al emprendedor como aquel que compra a un precio determinado para vender a un precio incierto en el futuro, diferenciándolo de quien vive de ingresos fijos. A partir del siglo XX, el concepto evoluciona aún más y el emprendedor pasa a ser entendido como un innovador, un agente de cambio que introduce nuevas ideas, métodos y productos, impulsando el progreso mediante la innovación constante.
Hoy, ser emprendedor implica hacer un esfuerzo adicional, asumir riesgos y dar pasos concretos para iniciar un nuevo proyecto. Desde la perspectiva de la fe, esta definición encaja plenamente con la enseñanza bíblica de que la fe sin obras está muerta. La fe siempre implica acción, y la acción nace de la confianza de que todo esfuerzo es una inversión que produce transformación.
No es posible construir un futuro mejor si el miedo nos lleva a vivir de forma conservadora, reprimida o paralizada. La falta de fe para invertir en lo que puede generar cambio termina limitando incluso los recursos que ya tenemos. Jesús abordó este principio en la parábola de los talentos, narrada en Mateo 25:14–30. Un hombre confía sus bienes a tres siervos: a uno le entrega cinco talentos, a otro dos y al último uno, según la capacidad de cada cual. Los dos primeros invierten lo recibido y lo multiplican. El tercero, movido por el miedo, entierra su talento y no lo pone a producir.
Cuando el señor regresa y pide cuentas, reprende al siervo que enterró el talento, calificándolo de malo y negligente. No por haber perdido, sino por no haber invertido. El talento le es quitado y entregado al que ya tenía diez. El mensaje es claro: lo que no se invierte se pierde, y lo que se invierte con diligencia se multiplica.
Ser emprendedor forma parte de la naturaleza de Dios y, por tanto, de la naturaleza de todo creyente. No podemos esconder el potencial que hemos recibido. El mundo necesita tu creatividad, tu talento y tu disposición a asumir riesgos para activar lo que Dios ha puesto en ti. Muchas personas no avanzan hacia un futuro mejor no porque no puedan, sino porque les falta fe: la capacidad de ver lo que no es como si ya fuese.
Hebreos 11:1 nos recuerda que la fe es la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve. Tal vez pienses que no tienes mucho para invertir, pero todos tenemos al menos un talento. No permitas que el complejo o el temor te impidan poner en movimiento lo que tienes. Solo lo que se invierte puede multiplicarse.
Incluso si te equivocas, lo importante es no dejar de intentarlo. Avanzar implica aprender, ajustar y perseverar. Thomas Edison, uno de los inventores más prolíficos de la historia, resumió su experiencia con una frase reveladora: “No he fallado, simplemente he encontrado diez mil formas de ver que las cosas a veces no funcionan”. Esa mentalidad es la de alguien que entiende que cada intento forma parte del camino hacia el logro.
Tal vez no puedas hacer nada por tu pasado, pero sí puedes cambiar tu destino tomando la decisión de dar pasos hoy. El apóstol Pablo lo expresó con claridad al afirmar que todo lo podemos en Cristo que nos fortalece. La fe nos permite invertirnos en sueños que primero nacen en el corazón y luego se manifiestan en el mundo visible.
Creer en milagros no significa esperar sin actuar. Dios no anula el esfuerzo humano; lo impulsa. Eclesiastés 9:10 nos exhorta a hacer con todas nuestras fuerzas todo lo que venga a nuestra mano. Ser diligentes, trabajar con excelencia y no despreciar ninguna oportunidad, por pequeña que parezca, forma parte de vivir una fe activa.
Quizás hoy sea el momento de dejar de lamentarte por el pasado o de quejarte por el presente, y comenzar a pedirle a Dios la valentía para iniciar una nueva etapa. Invertir lo que tienes, lo que eres y los talentos que has recibido puede abrir puertas incluso en medio de la crisis. Porque, muchas veces, las crisis no son el final del camino, sino el espacio donde nacen las mayores oportunidades.


