“¿Qué significa esto?”. Esa fue la pregunta que muchos se hicieron en Jerusalén hace casi dos mil años, cuando el viento del cielo sacudió la ciudad, las lenguas de fuego descendieron, y 120 creyentes comenzaron a hablar en idiomas que no conocían. Fue la primera gran sacudida del Espíritu Santo sobre la Iglesia. Y sigue siendo la pregunta esencial que debemos hacernos hoy.

En un nuevo episodio del podcast de la Fraternidad Mundial de las Asambleas de Dios (WAGF), Juan Carlos Escobar —presidente de ADE España— lanza un llamado urgente al Cuerpo Global: Pentecostés no es solo una celebración histórica, es el fuego que sostiene nuestra identidad, nuestra misión y nuestro poder transformador.

Una celebración que nos une a nuestra raíz

Pentecostés y Pascua no son fiestas aisladas, sino profundamente conectadas. Sin Pascua, no hay Pentecostés. Sin cruz, no hay derramamiento. Jesús, nuestra Pascua, murió y resucitó para que, cincuenta días después, el Espíritu Santo fuera derramado sobre toda carne.

Antes de ser una festividad cristiana, Pentecostés fue una fiesta agrícola del pueblo judío: la Fiesta de las Semanas, la Fiesta de las Primicias. Celebraban la primera cosecha, dando gracias a Dios por su fidelidad. Hoy, Pentecostés sigue siendo cosecha, pero no de trigo o cebada, sino de vidas redimidas por el poder del Evangelio.

Y no es una fiesta menor. Como recordó Juan Carlos Escobar, el año 2033 se perfila como una fecha clave para el movimiento pentecostal global: “Será un aniversario que nos une a la cruz y al derramamiento del Espíritu Santo.” Una oportunidad para mirar atrás y celebrar, pero sobre todo para avivar el fuego de nuestra experiencia espiritual.

Dos preguntas que siguen marcando el presente

El mensaje gira en torno a dos preguntas clave que siguen siendo actuales:

1. ¿Qué quiere decir esto?

La multitud confundida en Jerusalén veía señales, pero no entendía su propósito. Muchos hoy ven iglesias llenas, alabanzas fervientes, hablar en lenguas… pero no comprenden el por qué. Pedro, en su primer mensaje, dejó claro que se trataba del cumplimiento de la profecía de Joel: “Derramaré mi Espíritu sobre toda carne.”

Pentecostés no es solo un fenómeno. Es una herramienta divina para la misión. Es la manifestación de un Dios que capacita a su Iglesia para llevar el Evangelio hasta lo último de la tierra. Las lenguas fueron evidencia de la llenura; la profecía, su anuncio; la cosecha, su consecuencia.

2. ¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis?

Esta fue la pregunta de Pablo a los creyentes de Éfeso. Tenían fe, pero les faltaba fuego. La conversión los había unido al cuerpo de Cristo, pero no habían experimentado el bautismo en el Espíritu. Y esto sigue ocurriendo hoy.

Juan Carlos recordó que solo 1 de cada 7 creyentes pentecostales ha tenido una experiencia real con el Espíritu Santo. No es suficiente ser una iglesia doctrinalmente correcta, ni con buena estructura, ni con medios. Si falta el fuego, falta el poder. “No podemos dejar la casa sin fuego, porque queda vacía.

Además, advirtió que el post-cristianismo de Europa puede ser el futuro de muchos lugares donde hoy el Evangelio florece. Si no cuidamos la llama, el brillo desaparece.

El mandato sigue vigente: No apaguéis al Espíritu

La respuesta a estas dos preguntas es un mandato rotundo: “El fuego no se apagará.” Así lo ordenó Dios a través de Moisés en Levítico 6, y así lo recordó Pablo en 1 Tesalonicenses 5: “No apaguéis al Espíritu.” No es un consejo, es una orden.

El fuego que descendió en el altar en el Antiguo Testamento tenía que ser alimentado cada día. El fuego del Espíritu no es diferente: Dios lo enciende, pero es la Iglesia quien lo mantiene.

Ser pentecostales no puede limitarse a un nombre o a una herencia. Debe ser una experiencia viva. “No solo queremos obreros pentecostales por doctrina —afirmó Escobar— queremos la experiencia.” Una iglesia sin fuego puede tener forma, pero carece de impacto.

Que el fuego arda en todo el mundo

El mensaje terminó con una oración poderosa que se convirtió en declaración profética:

“Padre, que el fuego arda en África, en Asia, en Oceanía, en Europa, en América… Que no se apague la llama del Espíritu Santo. Que podamos presentarte una gran cosecha de vidas, no solo salvas, sino llenas de tu Espíritu.”

En este mes de Pentecostés, no basta con recordar. Es hora de responder. De mirar hacia dentro y hacernos la gran pregunta: ¿estoy lleno del Espíritu Santo?

Porque si el fuego se apaga, todo lo demás pierde sentido.

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