En el último episodio del podcast del Equipo de Liderazgo Ejecutivo de la Fraternidad Mundial de las Asambleas de Dios, el pastor Dominic Yeo, presidente de la fraternidad, compartió con los superintendentes y pastores de todo el mundo un mensaje que no era un informe ni una estrategia, sino una convicción: que el mover del Espíritu Santo vuelva a ser el sello distintivo de la Iglesia de camino al año 2033.
Una visión que apunta a 2033
El mensaje se enmarca en MM33, la visión que las Asambleas de Dios sostienen a escala mundial. Cuando lleguemos a 2033, creemos que habrá un millón de iglesias de las Asambleas de Dios en todo el mundo. Pero la cifra nunca camina sola. Junto a ella avanza una visión séptuple: iglesias sanas que se reproduzcan, crezcan y alcancen a sus comunidades para Jesucristo; una cultura de evangelización; una cultura de discipulado; congregaciones convertidas en casas de oración; iglesias que formen y envíen a la próxima generación, porque la próxima generación son los líderes de hoy; y, coronándolo todo, el regreso a Pentecostés.
Ahí está el corazón del mensaje. El libro de los Hechos no puede quedarse en la historia de la iglesia primitiva que leemos y que nos inspira. «Debe manifestarse, convertirse en una realidad en todas nuestras vidas hoy», subrayaba el presidente de la WAGF. De esa convicción nace la imagen que atraviesa toda la reflexión: un tapiz de lo milagroso, tejido con hilos que solo cobran sentido cuando se entrelazan.
El primer hilo: ponernos de acuerdo con la Palabra
El pasaje escogido fue Mateo 14, la alimentación de los miles. Al atardecer, los discípulos se acercan a Jesús con una propuesta perfectamente razonable: el lugar es apartado, el día se acaba, que la gente vaya a los pueblos a comprarse algo de comer. Y Jesús responde con una frase que lo cambia todo: «No hace falta que se vayan. Dadles vosotros de comer».
Conviene detenerse ahí, porque es decisivo. Jesús no dijo que él se encargaría del milagro. El milagro no iba a producirse al margen de los discípulos, sino a través de ellos. Y los discípulos nos representan a nosotros, a la Iglesia, al pueblo de Dios.
Por eso el primer hilo es el acuerdo. Si vamos a adentrarnos en lo milagroso, en las señales y los prodigios, en un Pentecostés para hoy, hay que llegar antes a un punto de afirmación: esta es la Palabra de Dios para este momento. Los discípulos tuvieron que creerlo a pesar del lugar remoto y a pesar de que las horas se les escapaban entre las manos. Nosotros también, sean cuales sean las realidades que tenemos delante.
El segundo hilo: aceptar el propósito y el mandato
El segundo hilo toca una tentación muy pastoral. «Somos solucionadores de problemas», reconocía Dominic Yeo con honestidad. Como pastores, como superintendentes, como ejecutivos, nos apresuramos a ofrecer una salida para cada dificultad que aparece. Los discípulos también la tenían. Pero Jesús no les pidió una estrategia, sino una responsabilidad.
No bastaba con reconocer la Palabra: había que aceptar que Dios tiene un propósito y un mandato para su pueblo. Ver un millón de iglesias sanas. Alcanzar a la próxima generación. Convertir cada congregación en una casa de oración. Cultivar la evangelización y el discipulado. Entrar de nuevo en lo sobrenatural. Por eso MM33 es su mandato y nuestra misión.
No se trata de enviar a la gente a las aldeas para que se las arregle por su cuenta, sino de asumir la responsabilidad por las personas que Dios pone en nuestro camino. En un tono más sobrio, el presidente de la WAGF recordaba la urgencia de la eternidad: cada segundo que inspiramos, cada segundo que espiramos, cerca de dos personas en el mundo cruzan el umbral de esta vida. Y la pregunta que dejaba en el aire no era estadística, sino pastoral: ¿hacia dónde se dirigen? Qué privilegio nos concede Dios de participar en su propósito para que la humanidad encuentre la gracia de la salvación.
El tercer hilo: alinear nuestra voluntad
El tercer hilo es el más personal. Alinear la disposición es someter la propia voluntad a la voluntad de Dios. Eso fue exactamente lo que hicieron los discípulos: en ningún momento leemos que discutieran con Jesús ni que le devolvieran la pelota diciéndole que el hacedor de milagros era él. Su respuesta fue «sí, Señor».
Y ese «sí» pesa. «Un «no, Señor» es, en realidad, un oxímoron», advertía. Ante una autoridad humana no respondemos que no; resulta extraño que lo hagamos cuando es Dios quien habla. Un «no, Señor» pone obstáculos en el camino y detiene el avance hacia lo milagroso que Dios ya ha preparado.
La imagen que utilizaba es cotidiana. En muchos países, al incorporarse al tráfico desde otro carril, hay que ceder el paso: contienes el volante, te retienes y dejas pasar al otro coche. Eso es alinear la voluntad: permitir que el Espíritu de Dios nos guíe y decidir seguirle. Una disposición que, como recordaba, no tiene nada que ver con el género ni con la edad, sino con creer y entregar.
Cuando los tres hilos se entrelazan
Acuerdo con la Palabra, aceptación del propósito y alineación de la voluntad. Cuando esos tres hilos se entrelazan, lo milagroso comienza a suceder. No como espectáculo, sino como fruto de una Iglesia rendida al Espíritu Santo.
El episodio se cerraba en oración por cada iglesia, cada pastor y cada líder nacional, y con una invitación concreta: el Congreso Mundial de las Asambleas de Dios, que se celebrará del 14 al 16 de octubre en Accra (Ghana), precedido el día 13 por la Asamblea General para superintendentes. Será la primera vez que este congreso se celebre en suelo africano.
Más allá del calendario, queda la palabra. Una Iglesia que se pone de acuerdo con la Palabra, que abraza el mandato como propio y que responde «sí, Señor» sin reservas no está simplemente organizando su futuro: está preparando el telar donde el Espíritu de Dios sigue tejiendo su tapiz de milagros, señales y prodigios.


