Con la cifra de fallecidos superando ya los 3.500 y miles de familias todavía en refugios, el testimonio del Superintendente de las Asambleas de Dios en Venezuela llega en el momento más difícil de la crisis: el de sostener la esperanza cuando el dolor no termina de contarse.
Doce días después del doble terremoto que sacudió el norte de Venezuela el 24 de junio, el país continúa contando sus pérdidas. El último balance oficial, difundido este lunes 6 de julio por el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, eleva la cifra de fallecidos a 3.535 y la de heridos a 16.740. El estado La Guaira sigue siendo el más golpeado, con cientos de edificios colapsados y miles de familias sin vivienda.
En este contexto, el pastor Luis Rodríguez, Superintendente de las Asambleas de Dios en Venezuela, concedió una entrevista al pastor Juan Carlos Escobar, presidente del Consejo Ejecutivo de las Asambleas de Dios de España, en el último episodio del podcast de la Fraternidad Mundial de las Asambleas de Dios (WAGF). Un espacio para trasladar, de primera mano, lo que la Iglesia está viviendo y haciendo en medio de la tragedia.
Un dolor que no había visto antes
Rodríguez, que ya había vivido de cerca el terremoto de 1999, no dudó en describir lo sucedido este año como algo distinto. «Esta vez ha sido más difícil ver tantos edificios caer, tantos edificios soportar a todas las familias que allí estaban», compartía el pastor, recordando el momento en que se encontraba a 400 kilómetros de Caracas mientras su esposa permanecía sola en el apartamento familiar, en la zona de Altamira, una de las más afectadas de la capital.
El impacto también ha alcanzado directamente a las congregaciones de la denominación. En el estado La Guaira, una de las zonas con mayor densidad de iglesias, varios templos han quedado completamente destruidos. Rodríguez relataba el caso de una congregación donde cien miembros quedaron sepultados bajo los escombros, y el de una pastora cuyo templo se desintegró, con víctimas mortales entre los asistentes, incluidos niños.
La respuesta de una iglesia en la calle
En medio de la destrucción, las Asambleas de Dios de Venezuela han optado por una presencia práctica junto a los damnificados. «Nosotros cometemos la cura pentecostal. Pentecostales somos un poquito desafiantes e intrépidos», explicaba Rodríguez, describiendo cómo la iglesia ha estado llevando comida caliente, agua y palabras de consuelo a quienes lo han perdido todo. La entrega de asistencia material se combina, según su testimonio, con un acompañamiento espiritual que ha encontrado una inusual receptividad incluso entre quienes no forman parte de las congregaciones.
El pastor recordaba especialmente el Salmo 46 y el mensaje de esperanza de Isaías como textos que han sostenido tanto su propia fe como la de quienes reciben la ayuda: «Hay esperanza, Dios es bueno, no desmaye, avance», ha sido la palabra que la iglesia ha repetido entre los refugios.
Entre los testimonios recogidos, Rodríguez compartió el de un adolescente que sobrevivió sin heridas graves al colapso de un edificio de doce plantas en el que ninguna otra persona sobrevivió. «Para nosotros fue exactamente la mano de Dios», expresaba el pastor, convencido de que Dios tiene un propósito para cada vida preservada en medio de la tragedia.
Necesidades que persisten
Doce días después del desastre, las prioridades han cambiado respecto a los primeros momentos. Si al inicio la urgencia era herramienta, linternas y alimento inmediato, ahora la demanda se concentra en insumos sanitarios, colchones, ropa para niños y mujeres, y productos de higiene básica. «Ha sido muy sensible el pueblo venezolano», señalaba Rodríguez, agradeciendo tanto la respuesta interna como la ayuda internacional que ha llegado a través de organizaciones como Convoy of Hope.
Una lección de humillación y unidad
Para el Superintendente, la tragedia también ha traído una lectura espiritual más profunda. Rodríguez habló de un proceso de humillación colectiva que, según su testimonio, ha alcanzado incluso a sectores políticos históricamente enfrentados: «Hemos tenido que unir todo el pastorado y clamar al Señor unido y decirle: perdónanos, aquí estamos. ¿Qué quieres, Señor?»
El pastor cerró su testimonio con una convicción que resume el sentir de la Iglesia en Venezuela en este momento: no se trata de sobrevivir, sino de vivir sostenidos por la mano de Dios. Una convicción que, doce días después del terremoto, sigue guiando el trabajo diario de cientos de congregaciones en medio de la reconstrucción.


