José era uno de los hijos menores de Jacob. En Génesis 37:3 se nos cuenta que José era el hijo más amado por su padre, porque lo había tenido en su vejez, y por ello, Jacob le hizo una túnica de colores. Al mismo tiempo, sus hermanos mayores lo aborrecían, y no solo por el hecho de que Jacob lo tratara con predilección, sino porque le había enseñado a vigilarles en todo lo que hacían. Y luego estaban sus sueños ¿Por qué no se los guardaba para él solito? En todos ellos, sus hermanos aparecían como unos arrastrados delante de José. ¡Aquello era más de lo que podían soportar! Y mientras Jacob ya se estaba dando cuenta de que Dios le había dado a José un don especial, sus hermanos se morían de envidia.

Un día vieron venir al “soñador” a lo lejos. Aquella túnica… ¿cómo no verla en la distancia? Entonces, el odio dio su fruto. Aquellos once hombres le esperaron, le despojaron de tan precioso ropaje y lo lanzaron a una cisterna vacía. Desistieron ante la idea de matarlo, sí, pero le vendieron, como a un esclavo, a unos mercaderes madianitas que se dirigían rumbo a Egipto. Después, degollaron a un cabrito y tiñeron con su sangre la túnica de José, haciendo creer a Jacob que una fiera del campo lo había despedazado. ¿Qué mayor dolor puede haber que el de un padre que pierde a un hijo en aterradoras circunstancias sin ni siquiera haberse podido despedir de su cuerpo?

Jacob sostenía aquella preciosa túnica entre sus viejas manos, cuyos dedos habían tejido, uno a uno, cada uno de sus hilos. Ahora, cobijado bajo la sombra de un gran árbol, mientras observaba cómo navegaban las nubes blancas lentamente en las profundidades del cielo azul, la sostenía rota, como su corazón, y manchada de muerte.

José, en aquel mismo instante que Jacob rasgaba sus vestiduras y gritaba de dolor, viajaba desnudo hacia Egipto, atado de pies y manos. Se acordó de su padre, de su túnica y de la vida que le había sido arrebatada, aunque en poco tiempo, se le daría otra, junto con su respectiva vestimenta, en la casa de Potifar, oficial de Faraón.

Su nueva túnica mostraba que era alguien también predilecto en la casa donde servía. Ahora era mayordomo y tenía poder sobre todo lo que su amo poseía, excepto sobre su esposa. Pero esta deseaba a José y lo acosaba para que durmiera con ella. Un día, lo asió tan fuertemente de la ropa, que el joven sirviente, al querer desembarazarse de ella, dejó su toga en sus manos. La mujer de Potifar, ofendida por tal rechazo, lo acusó falsamente de haber intentado abusar de ella. De esta manera, otra vez de manera injusta y perniciosa, José fue despojado nuevamente de la segunda túnica que le había sido otorgada. De nuevo, José se encontraba desnudo, y ahora en el fondo de una cisterna mucho más grande y más oscura que la primera, la cárcel física, pero también la cárcel de la desesperación. Aun así, sus dotes administrativas pronto salieron de nuevo a la luz, y José fue puesto como carcelero a cargo de todos los presos, y más adelante, como gerente principal de la casa del capitán de la guardia.

A medida que iban pasando los años en la cárcel, José se acordaba a menudo de aquella primera túnica de colores. La pérdida de aquella prenda tan querida le había privado de algo material y tangible que representaba el amor de su padre, y al mismo tiempo, le había llevado a olvidarse de todos aquellos sueños que Dios le había dado durante su adolescencia. José, ahora más maduro y curtido por el sufrimiento y por la experiencia como administrador de bienes, vislumbró que Dios quería decirle algo, y entonces lo supo, que seguía siendo José el soñador. Abrió su boca y dijo:

“Podrán quitarme la túnica, pero nunca podrán robarme los sueños de Dios.”

Todos sabemos cómo termina la historia. Con un José que interpreta los sueños de Faraón y  salva a un país entero de la hambruna, con un José vestido con una “túnica” nueva, la de la más elevada autoridad sobre Egipto, (reunido de nuevo con su familia, abrazando a su padre Jacob entre lágrimas de felicidad y rodeado de una riqueza incalculable) con un José que ejerce sus dones naturales de gestión y administración, pero que no olvida el llamado sobre natural de Dios, el de la fe y el de la interpretación de sueños, con un José que ve, cree y actúa.

Recuerda esto, querido lector: a lo largo de tu vida cristiana, las túnicas podrán serte arrebatadas de diferentes maneras, pero tu llamado y tus dones, nadie te los podrá quitar nunca. Mantente fiel.

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