La comisión organizadora del CADE 27 celebró el pasado 2 de septiembre su primera reunión de trabajo. Había orden del día, organigrama y áreas por coordinar, pero el encuentro empezó por donde debía empezar: en oración, y con una pregunta que el presidente del Consejo Ejecutivo dejó sobre la mesa antes que ningún otro asunto. «¿Qué quieres hacer tú, Señor? ¿Qué es lo que tú quieres que suceda?».
Fue el pórtico para presentar el lema que guiará este congreso: Llamado, a partir del capítulo 3 de 1 Samuel, leído despacio ante el comité. La primera precisión fue conceptual, y no menor. «No hablamos del llamado refiriéndonos a un hombre —explicaba Juan Carlos Escobar—. Nos referimos al llamado de Dios; no como algo pasivo o subjetivo, sino un llamado que parte de la voz de Dios».
De ahí se desprenden las convicciones que marcarán el rumbo. Que Dios sigue llamando: el relato de Samuel arranca en un tiempo en que «la palabra del Señor escaseaba» y, aun así, el Señor llamó; y ese llamado no queda congelado en un momento del pasado, sino que crece y se renueva. Que antes de organizar hay que escuchar, porque «Samuel oyó la voz, pero tuvo que aprender a reconocerla», y ni la experiencia ni la estructura sustituyen esa escucha. Y que el llamado pide disponibilidad antes incluso de conocer el mensaje, como aquel «habla, porque tu siervo oye» de un muchacho que aún no sabía qué iba a oír.
El encargo al equipo fue directo: «No puede ser únicamente un lema para el congreso de aquellos que van a asistir; primero tiene que ser la experiencia de cada uno de los que estamos aquí». Con una advertencia añadida sobre la tentación del oficio: no confiar en lo que ya se hizo otros años, ni ser tan cuadrados como para no dejar que Dios corrija, dirija y sorprenda.
Un equipo que trabaja hombro con hombro
Junto a coordinadores que llevan años sirviendo en esta tarea, este congreso incorpora a hermanos que asumen nuevas responsabilidades. Así lo expresaba uno de ellos, José Ángel Padilla, al presentarse ante el comité: «Un honor poder poner ese granito de arena y trabajar hombro con hombro».
Ese fue, de hecho, el tono de la reunión: equipos poniéndose de acuerdo en voz alta. Producción musical y ministerios infantiles acordaron preparar juntos uno de los momentos del programa; jóvenes y logística ajustaron la distribución de espacios para que el liderazgo permanezca cerca de los jóvenes; y el departamento de jóvenes y DEMIADE anunciaron que a partir de ahora caminarán cohesionados en un impulso conjunto de nuevas generaciones, del que nace además una atención propia al mundo adolescente. «Vosotros marcáis lo que necesitáis, y nosotros estamos para serviros», resumía el presidente al abrir la conversación entre áreas.
Lo aprendido de años anteriores
Cada congreso deja una evaluación posterior, y esa evaluación se convierte al año siguiente en decisiones concretas. Se ha reordenado el conjunto de hoteles concertados —ocho en total—, incorporando alojamientos más próximos a la sede y prescindiendo de los más alejados, y se ha ganado espacio de salones, que fue el mayor inconveniente de la pasada edición. También se reducirá el número de estands, para que la zona expositiva resulte más despejada y todos puedan aprovecharla mejor.
En la misma línea van los detalles que sostienen un evento de estas dimensiones: un manual de protocolo elaborado con las aportaciones de los propios coordinadores, una gestión del voluntariado más ordenada y una acreditación más precisa. Y una petición que las fraternidades venían trasladando desde hace tiempo: garantizar que las personas con movilidad reducida puedan acceder y ubicarse en la carpa con comodidad. Esta vez habrá responsables asignados para atenderlo.
Ese es el sentir con el que arranca esta edición. Lo expresaba Andrés Mora, que asume la dirección musical: «Con temor y temblor por lo que viene por delante, pero con mucha expectativa de lo que el Señor va a hacer». Y lo había pedido Héctor en la oración inicial: un congreso que nace en el corazón de Dios, días de bendición y de renovación. Porque, como recordaba el presidente, todo el trabajo de una comisión tiene un propósito muy sencillo: abrir el tejado para que alguien pueda encontrarse con Jesús.


