En el primer artículo sobre el terremoto escribí que había un gran desafío para la Iglesia. Cuando hay situaciones de emergencia, muchos pueden preguntarse: ¿dónde está la Iglesia? Cuando un pueblo está sufriendo pérdidas humanas y materiales, esa pregunta se vuelve inevitable.
El testimonio desde el terreno
Uno de los pastores que está al frente de los dispositivos de ayuda a los damnificados, el pastor Sadrac Jiménez, de la Iglesia Hermón de las Asambleas de Dios en Caracas, me comentaba en este sentido que Venezuela ha pasado por varios episodios graves en su historia reciente: el terremoto de 1999, el deslizamiento de tierras por lluvias torrenciales, la crisis económica, el COVID, y ahora este terremoto, que ya deja más de 5.400 fallecidos y 16.740 heridos, según el último balance oficial.
Sobre los desaparecidos, las autoridades no se atreven a dar una cifra concreta, pero las estimaciones no bajan de los 10.000 ni superan los 50.000, debido a un censo no actualizado desde hace años. Será muy difícil cuantificarlo con precisión. A esto se suman 856 edificios afectados, de los que 190 colapsaron por completo. Basta esto para hacernos una idea de la magnitud de la tragedia.
La Iglesia, presente y a la altura
Vuelvo a la pregunta: ¿dónde está la Iglesia? He podido observar una Iglesia comprometida con su nación, bendiciendo a su pueblo. Escucho mucho decir: «Hermano, somos uno», «nos levantaremos unidos».
No conozco las cifras generales de las ayudas que la Iglesia evangélica está dando a nivel nacional e internacional, pero si nos centramos solo en lo que Convoy of Hope y el DAS, junto con las Asambleas de Dios de Venezuela, están aportando, los números hablan por sí solos: se están sirviendo 2.250 comidas diarias entre comidas calientes y kits. Se han preparado 1.000 kits de higiene y 1.000 kits de bolsas de comida con once productos de primera necesidad. Solo Asambleas de Dios de Venezuela tiene nueve puntos de distribución donde, diariamente, se reparten cientos de comidas y medicamentos.
La Iglesia sí está presente. He podido comprobar, con gran satisfacción, una Iglesia viva, animada para servir y con un corazón que late por su gente.
Una Iglesia resiliente que transmite esperanza
Doy gracias a Dios por esta experiencia de estar en Venezuela y de conocer de primera mano a una Iglesia que está en marcha, firme y hacia adelante, con una gran capacidad de resiliencia. Y, lo que es más importante, transmitiendo esperanza a muchas familias que lo han perdido todo.
He leído una frase en un cartel grande en la autopista de Caracas que dice: «Yo creo en el amor como el único motor de la historia». Qué gran verdad: el amor de Dios derramado sobre la Iglesia es el gran motor que nos mueve.
La Iglesia en Venezuela necesita nuestra ayuda. Esta situación no es de un mes o dos; va a necesitar tiempo. Como Iglesia en España, es importante comprometernos a seguir bendiciendo a esta nación.
Que Dios nos siga usando para su gloria y honra. Seguimos adelante desde tu Departamento de Acción Social. Un saludo.


