Las enseñanzas que recibí al comienzo de mi vida cristiana levantaron en mí muchos prejuicios acerca del bautismo en el Espíritu Santo. Había ideas, temores y barreras interiores que, con el tiempo, Dios tuvo que derribar.
Cuando comencé a congregarme en una iglesia de Asambleas de Dios, empecé a escuchar sobre la llenura y el bautismo en el Espíritu Santo. En los tiempos de oración oía a hermanos hablar en otras lenguas, palabras que yo no entendía, y aunque aquello despertaba preguntas dentro de mí, también empezó a despertar algo más fuerte: un profundo anhelo.
Yo quería recibir esa promesa.
Las palabras de Jesús en Juan 7 comenzaron a cobrar mucho sentido para mí: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.”
Y yo tenía sed.
Recuerdo especialmente una experiencia que marcó un antes y un después en mi vida. Estaba realizando un curso de serigrafía y un día sentí el deseo de orar por una joven que se encontraba allí. Mientras oraba, comenzaron a venir a mi mente unas palabras que yo no entendía.
Pero en aquel momento tuve miedo.
Me asusté de lo que estaba ocurriendo y cerré mi boca. No pronuncié nada.
A partir de ese día, cada vez que me ponía a orar, aquellas mismas palabras volvían a mi mente una y otra vez, cada vez con más claridad, con más intensidad. Pero yo seguía reteniéndolas. Seguía luchando con el temor y con la inseguridad de enfrentar algo nuevo para mí.
Hasta que llegó el día en que Dios decidió romper mis barreras.
Recuerdo que me levanté aquella mañana con muchos planes organizados. Tenía el día completamente estructurado, pero uno tras otro, todos mis planes comenzaron a cancelarse. Lo que yo no sabía era que Dios había preparado un encuentro conmigo.
Aquel día me quedé sola en casa. Tenía 23 años y vivía todavía con mis padres. Aproveché ese momento para entrar en mi habitación y orar.
Me arrodillé y le dije al Señor algo muy sencillo, pero muy sincero:
“Señor, si esto viene de ti, que yo no sea impedimento.”
Y en ese momento decidí dejar de resistirme.
Abrí mi boca.
Y entonces el Espíritu Santo vino sobre mi vida de una manera poderosa.
Aquello que durante días y semanas había estado reteniendo empezó a fluir con fuerza. Comencé a hablar en otras lenguas y la presencia de Dios llenó completamente mi habitación. No sé cuánto tiempo estuve allí adorando al Señor, hablando palabras que no entendía, pero sintiendo cómo mi interior se llenaba de su presencia.
Fue algo tan profundo que después pasé muchísimo tiempo llorando delante de Dios como una niña pequeña.
Aquel día cambió mi vida para siempre.
El Espíritu Santo transformó completamente mi caminar con Dios. Desde entonces, su presencia se convirtió en algo vital para mí. No es solamente un recuerdo bonito o una experiencia puntual, sino una necesidad diaria en mi vida.
Necesito ser llena de su Espíritu cada día.
Porque he entendido que cuando el Espíritu Santo llena nuestra vida, también nos capacita para bendecir a otros, para ser instrumentos útiles en las manos de Dios y para vivir en fortaleza y victoria.
Por eso hoy quiero hablarle especialmente a quien quizá se siente como yo me sentí durante mucho tiempo.
Tal vez tienes hambre de Dios. Tal vez anhelas más de su presencia. Pero también hay miedo, dudas o prejuicios dentro de ti.
Quiero decirte algo muy sencillo: no tengas temor.
Todo lo que proviene de Dios es bueno.
Y el bautismo en el Espíritu Santo no es algo que debas temer, sino un regalo que Dios quiere darte.
No luches contra aquello que Dios quiere derramar sobre tu vida.
Simplemente… recíbelo.


