Para mí es imposible recordar la fecha exacta de mi conversión.
Y probablemente algunos de los que estáis leyendo esto entendáis perfectamente lo que quiero decir. Cuando uno ha nacido en un hogar cristiano, cuesta identificar ese momento concreto en el que pasó de muerte a vida.
Ese es mi caso.
Mis padres eran pastores, así que crecí sabiendo que Jesús era real, que había muerto por mis pecados y entendiendo desde pequeño la realidad del cielo y del infierno. Cuando llegó el momento, me bauticé plenamente consciente de lo que estaba haciendo y de mi decisión de seguir al Señor.
Pero no tengo una fecha exacta para mi conversión.
Sí hay, sin embargo, una fecha que tengo grabada a fuego en mi memoria: el 24 de julio de 2004. La noche en que recibí el bautismo en el Espíritu Santo.
Fue durante un encuentro nacional de jóvenes. Un evento sencillo, sin grandes comodidades. Dormíamos en el suelo de un pabellón, con sacos de dormir, y caminábamos varios kilómetros hasta el lugar de las reuniones.
Pero había algo especial en aquel ambiente.
No estábamos allí pensando en la comodidad ni en el programa. Había un sentir muy claro entre todos nosotros: buscar a Dios y pedirle que hiciera algo en nuestra generación y en nuestra nación.
Aquel evento se llamaba La generación del cambio. Muchos seguramente lo recordarán: Mollet 2004.
Recuerdo especialmente la predicación de aquel sábado por la noche. Fue tan impactante para mí que todavía hoy tengo anotadas aquellas palabras en mi Biblia junto con la fecha.
Y fue allí, en medio de un corro de jóvenes, abrazado a personas que pocos días antes ni siquiera conocía, clamando juntos por España, donde ocurrió algo que marcó mi vida para siempre.
Sentí con total claridad que Dios me llenaba con su Espíritu.
Experimenté por primera vez lo que era hablar en nuevas lenguas. Pero más allá de la experiencia en sí, hubo algo interior que cambió profundamente dentro de mí.
Despertó una urgencia nueva.
Recuerdo perfectamente el camino de vuelta al pabellón después de la reunión. Me aparté un poco del grupo y empecé a mirar a las personas de una manera diferente. Sentía un deseo profundo de hablarles de Jesús, de decirles que el evangelio era real, que Dios no era una teoría y que Cristo podía transformar sus vidas.
Hasta ese momento yo había crecido escuchando historias de milagros, de respuestas de oración y de cosas que Dios hacía. Lo había leído en la Biblia, me lo habían contado muchísimas veces y, por supuesto, lo creía.
Pero aquella noche algo cambió.
Todo aquello dejó de parecerme algo lejano o perteneciente al pasado. Empecé a tener la convicción de que Dios seguía siendo el mismo y de que todo lo que había escuchado durante años seguía siendo posible hoy.
Mi fe dejó de ser simplemente algo heredado para convertirse en algo profundamente personal.
Y lo más importante es que esa experiencia no se quedó limitada a aquella noche.
Con el paso de los años llegaron cambios, dificultades, dudas y momentos complicados, como le ocurre a cualquier persona. Pero lo que Dios hizo aquella noche quedó dentro de mí como un ancla.
Incluso en momentos de zozobra, de preguntas o de incertidumbre, había algo que seguía firme: sabía que Dios era real.
Por eso me habla tanto Efesios 1:14 cuando dice que hemos sido sellados con el Espíritu Santo.
Esa imagen del sello describe perfectamente lo que viví aquel día. Porque no fue simplemente una emoción o un recuerdo bonito. Fue una marca real sobre mi vida.
Una marca que, con el paso de los años, ha seguido recordándome quién soy, a quién pertenezco y hacia dónde quiero caminar.
Y ahora que nos acercamos a Pentecostés, pienso que seguramente haya personas que nunca han vivido algo así. Y también otras que quizá sí lo vivieron, pero lo recuerdan ya como algo muy lejano.
En ambos casos, creo que el anhelo debería ser el mismo: seguir buscando al Señor y seguir deseando la obra de su Espíritu en nuestra vida.
Porque cuando Dios toca una vida, no lo hace para dejarla detenida en un recuerdo del pasado. Lo hace para iniciar algo llamado a crecer, a permanecer y a dar fruto.
Pentecostés nos recuerda precisamente eso: que Dios sigue llenando, sigue marcando y sigue obrando hoy.
Y esa sigue siendo mi oración.
Que nunca dejemos de buscarle. Que nunca perdamos el hambre por lo que Dios quiere hacer por medio de su Espíritu. Y que aquello que Él comenzó un día… siga ardiendo dentro de nosotros.


