Hay experiencias con Dios que uno no olvida jamás. Momentos que quedan grabados en el corazón y que, con el paso de los años, no pierden fuerza, sino que siguen hablándonos con la misma intensidad que el primer día. En mi caso, una de las experiencias más profundas que he vivido con el Espíritu Santo tuvo lugar cuando era adolescente, y todavía hoy sigue marcando mi vida.

Recuerdo que tendría unos 16 años. Estaba dando mis primeros pasos firmes en mi compromiso con el Señor. Había tomado la decisión de seguir a Jesús, de entregarle mi vida de verdad, de no quedarme solo en algo superficial. Pero, al mismo tiempo, dentro de mí había muchas luchas.

Quería servir al Señor, quería caminar con Él, quería ser fiel, pero estaba lleno de contradicciones, de temores, de inseguridades. Había muchas cosas dentro de mí que me hacían sentir incapaz. Recuerdo que me veía indigno delante de Dios. Me sentía sucio, incapaz de responder a lo que Él esperaba de mí. En mi corazón había deseo de acercarme al Señor, pero también había una batalla interior muy fuerte.

Fue en ese contexto, en un evento de jóvenes, donde viví algo que cambió mi vida para siempre.

Después de la predicación, se hizo un llamado al altar. Yo pasé adelante con todo lo que había en mi corazón: mis ganas de servir al Señor, mis luchas, mis dudas, mis miedos. Y allí, arrodillado, tuve un encuentro muy profundo con Dios. No fue simplemente una emoción pasajera ni un momento intenso dentro de una reunión. Fue una experiencia real con el Espíritu Santo.

Lo que experimenté fue el amor de Dios.

Nunca olvidaré aquella sensación tan extraordinaria. El Espíritu Santo me hizo sentir de una manera muy profunda cuánto me amaba Dios. Sentí Su gracia, Su misericordia, Su compasión sobre mi vida. En medio de mis luchas, de mis contradicciones y de mi sensación de indignidad, el Espíritu Santo me reveló el corazón del Padre.

Y eso lo cambió todo.

A día de hoy, muchos años después, sigo diciendo que pocas cosas me conmueven tanto como cuando el Espíritu Santo me deja experimentar el amor de Dios. El Señor puede hablarme por medio de Su Palabra, puede ministrarme a través de una canción, puede tocar mi vida de muchas maneras. Pero hay algo que quebranta mi corazón de una forma muy especial: sentir el amor de Dios derramado en mí por medio del Espíritu Santo.

Eso es algo que no se puede fabricar. No se puede fingir. No se puede sustituir con nada de este mundo.

La Biblia lo expresa de una manera preciosa en Romanos 5:5, cuando dice que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado. Esa es una verdad que yo no solo he leído en la Escritura, sino que he experimentado personalmente.

El Espíritu Santo no solo nos convence, nos guía o nos fortalece. También nos hace sentirnos amados por el Padre. Y eso es profundamente transformador. Porque una persona que sabe que es amada por Dios deja de relacionarse con Él desde el miedo, desde la culpa o desde la inseguridad, y comienza a vivir desde la gracia.

Muchas veces, nuestras heridas, nuestras luchas o nuestras propias contradicciones nos hacen pensar que Dios está lejos, que no somos dignos, que no merecemos Su cercanía. Pero el Espíritu Santo viene precisamente a revelarnos otra realidad: que Dios nos ama con ternura, con paciencia y con un amor que sobrepasa nuestro entendimiento.

Yo lo viví así. En un momento donde me sentía incapaz de estar a la altura, Dios no me respondió con rechazo, sino con amor. No me aplastó con condenación, sino que me abrazó con gracia. No me recordó primero mis fallos, sino Su misericordia.

Por eso sigo creyendo que una de las obras más hermosas del Espíritu Santo es hacernos conscientes del amor de Dios.

Hoy quiero animarte a abrir tu corazón a esa realidad. Tal vez llevas tiempo caminando con el Señor, o tal vez estás acercándote a Él con muchas dudas. Puede que incluso te sientas como yo me sentía entonces: débil, inseguro, indigno o incapaz. Pero precisamente ahí, en ese lugar, el Espíritu Santo quiere revelarte cuánto te ama Dios.

No se trata solo de saberlo con la mente. Se trata de experimentarlo en el corazón.

Cuando el Espíritu Santo llena nuestra vida, no solo nos da poder, dirección o consuelo. También nos afirma en el amor del Padre. Y cuando uno experimenta eso, ya no vuelve a ser el mismo.

Mi oración es que hoy tú también puedas vivir esa experiencia. Que el Espíritu Santo llene tu corazón y te haga sentir, de una manera real y profunda, cuánto te ama Dios.

Porque no hay amor como el suyo. Y no hay nadie como el Espíritu Santo para derramar ese amor dentro de nosotros.

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