“Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá.” (Mateo 7:7)

Bendiciones a todos. Soy Luis Vivas, pastor en la ciudad de Vigo, Galicia, y quiero compartir una experiencia que marcó mi vida para siempre: mi encuentro con el Espíritu Santo.

Con apenas 11 años entregué mi vida a Jesús. Venía de una infancia muy complicada, marcada por la enfermedad. Pasé largos periodos hospitalizado, enfrentando situaciones muy duras: tenía desviación ocular, dos soplos en el corazón y epilepsia, llegando a convulsionar hasta veinte veces al día. Pero aquella misma noche en la que decidí seguir a Cristo, el Señor me sanó. Fue un antes y un después en mi vida.

Sin embargo, mi entorno familiar no acompañaba ese proceso. Crecí en un hogar completamente desestructurado, sin una base espiritual sólida. Pero Dios puso en mi camino a dos personas clave: mis abuelas. Ellas habían conocido al Señor, y su fe fue determinante en mi vida.

Fueron ellas quienes sembraron en mí el amor por Dios. No solo con palabras, sino con su ejemplo. Vivían una devoción real por el Espíritu Santo, una convicción profunda de quién era Dios en sus vidas. Ese testimonio impactó mi corazón siendo todavía un niño.

Recuerdo que pasábamos horas de rodillas orando. Ellas me enseñaban a buscar la presencia del Espíritu Santo y me decían cosas como: “vas a oír la voz de Dios”, “vas a ver su gloria”, “Dios va a tocar tu vida”. Yo, con la mentalidad de un niño, muchas veces respondía con sinceridad: “yo no siento nada”. Y ellas, con paciencia, siempre me decían lo mismo: “sigue buscando… hasta que lo sientas”.

Ese fue el legado que dejaron en mí.

El momento clave llegó el día que cumplía 12 años, en una campaña evangelística. Allí viví por primera vez la experiencia de la llenura del Espíritu Santo. Comencé a hablar en lenguas, y lo que experimenté fue algo completamente nuevo para mí: un gozo profundo, una paz inexplicable, una sensación de plenitud que no había conocido antes.

Pero al regresar a casa, la situación dio un giro. Mi madre, que estaba apartada del Señor, reaccionó con rechazo y me prohibió volver a la iglesia. Fueron tres meses difíciles. Sin embargo, lejos de enfriarme, ese tiempo me llevó a buscar más a Dios. Aprendí a depender del Espíritu Santo en medio de esa situación, y fue Él quien me sostuvo hasta que finalmente se abrió de nuevo la puerta para poder congregarme.

Hoy, después de 46 años desde aquella experiencia, puedo decir con total certeza que aquel Pentecostés fue real. No fue algo puntual ni pasajero. Ha sido una realidad constante en mi vida.

El Espíritu Santo me ha sostenido en cada etapa. En los momentos buenos y en los momentos difíciles. En los tiempos de crecimiento, pero también en los desiertos. Incluso en mis errores, Él ha estado ahí, guiándome, corrigiéndome, enseñándome y llevándome adelante.

Puedo afirmarlo sin ninguna duda: la manifestación del Espíritu Santo es real. Su poder es real. Su compañía es real. Su cuidado sobre mi vida y sobre mi hogar es real.

Él me ha bautizado, me ha sanado, me ha llamado. Él está conmigo, me guía, me enseña y me corrige. Y sigue esperando mi búsqueda, mi disposición, mi encuentro con Él para seguir manifestándose en mi vida.

La Palabra de Dios dice en Hechos 2:4: “Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen”. Para aquellos que vivieron ese momento, nada volvió a ser igual.

Y hoy puede ser tu momento.

La llenura del Espíritu Santo no depende de méritos humanos. No es algo que se alcanza por esfuerzo. Es un regalo de Dios. Es gracia. Es algo que Él desea darte.

Por eso te animo a buscarle. A no rendirte. A seguir insistiendo hasta que vivas esa experiencia por ti mismo. Porque no hay nada en este mundo que pueda sustituir lo que el Espíritu Santo hace en nuestra vida.

Yo doy gracias a Dios por haber enviado su Espíritu Santo, y por permitirme ser partícipe de esa realidad.

Y tú también puedes vivirlo.

“Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.”

Que Dios te bendiga.

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