La cumbre que estamos llamados a escalar juntos
Recientemente tuve el privilegio de viajar a Nepal, un país conocido como el “techo del mundo”. Junto con mi esposa y mi hijo, mientras comíamos en un restaurante en Katmandú, observé un mural pintado en una de sus paredes. Allí estaban dibujados los grandes picos del Himalaya: el Everest, el K2, el Kanchenjunga, el Lhotse, el Annapurna… montañas que representan el límite de lo humanamente posible.
Sobre ese mural había firmas. Eran las firmas de escaladores que habían logrado alcanzar la cumbre de algunas de esas montañas imponentes.
Me detuve a pensar en lo extraordinario de esa hazaña. Sobre todo cuando uno tiene la oportunidad de contemplar esas cumbres desde el aire, como me ocurrió durante el vuelo. Son gigantes de roca y hielo. Desafían la lógica, la fuerza y el miedo.
Pero mientras reflexionaba en ello, comprendí algo más profundo.
Los nombres que no aparecen en la cima
Es verdad que el éxito se mide por quien planta la bandera en la cumbre. Sin embargo, ninguna expedición sería posible sin los sherpas.
Ellos cargan pesos que ningún alpinista soportaría. Ochenta, cien kilos sobre su espalda, sostenidos con una cinta sobre la frente. Instalan escaleras sobre el hielo, fijan kilómetros de cuerdas, transportan el oxígeno. En muchas ocasiones, incluso rescatan la vida de quienes luego serán reconocidos públicamente como héroes.
Y, sin embargo, casi nadie conoce sus nombres.
Sin esas cuerdas, ningún escalador alcanzaría la gloria. Sin su servicio silencioso, no habría cima.
MM33: una cumbre histórica
Cuando desde la Fraternidad Mundial hablamos de la visión MM33 —alcanzar un millón de iglesias para el año 2033— estamos hablando de una cumbre muy elevada. Quizás la más alta que el movimiento de las Asambleas de Dios haya intentado escalar en su historia.
Plantar la bandera de un millón de iglesias será un logro memorable. Pero no se alcanza una cumbre así sin compromiso, sacrificio y una clara comprensión del tipo de liderazgo que requiere.
Permítanme compartir dos claves que considero fundamentales.
Primera clave: no hablamos de cifras, hablamos de personas
La visión MM33 no es esencialmente estadística. No se trata de números. Se trata de vidas.
El apóstol Pablo lo entendió profundamente. En sus cartas habla de los creyentes como “mi gozo y mi corona”. Su recompensa no era su prestigio ministerial. Su premio no era su nombre en la cima. Su alegría era ver a otros alcanzar la salvación y permanecer firmes en Cristo.
Para mí, eso redefine el éxito.
El verdadero triunfo no es plantar mi bandera. Es haber hecho posible que otros lleguen a la cumbre de la fe.
Si olvidamos esto, la visión se convierte en un proyecto humano.
Si lo mantenemos claro, la visión permanece centrada en el corazón de Dios.
Segunda clave: el liderazgo como carga asumida con amor
Siguiendo la ilustración del sherpa, el liderazgo debe ser entendido como la disposición a portar cargas.
Pablo describe a los obreros como bueyes que trillan: constantes, humildes, sacrificados. Pero cuando enumera sus sufrimientos —azotes, naufragios, peligros— culmina diciendo que su carga más pesada era la preocupación diaria por todas las iglesias.
No era una preocupación ocasional. Era una presión constante. Una carga que se agolpaba sobre él cada día.
El dolor físico era externo y temporal.
La responsabilidad por las vidas era interna y permanente.
Ese es el peso que el sherpa del Evangelio debe estar dispuesto a llevar.
Los cuatro amigos y el milagro
Los evangelios nos muestran una escena que ilustra perfectamente esta verdad: cuatro amigos cargando a un paralítico hasta Jesús. Subieron al techo, abrieron un hueco y lo descendieron con cuerdas.
El paralítico alcanzó su “Everest”. Pero no lo hizo solo.
Jesús vio la fe de ellos. No solo la del hombre postrado.
Sin esos cuatro hombres dispuestos a cargar, persistir y abrir camino, el milagro no habría ocurrido.
Así entiendo hoy nuestro llamado.
Sherpas del Reino
Nuestro cansancio no proviene únicamente de la gestión diaria, los viajes o las responsabilidades administrativas. Muchas veces nace del peso emocional de ver a la iglesia avanzar, madurar, mantenerse firme.
Es la mochila diaria.
Es la carga invisible.
Pero también es el privilegio incomparable de participar en la salvación de muchos.
Cuando llegue el año 2033 y miremos atrás, lo que verdaderamente celebraremos no será una cifra fría, sino las vidas transformadas. Las cuerdas que tendimos. El oxígeno que llevamos. Las escaleras que instalamos para que otros pudieran escalar.
Por eso oro para que Dios nos haga portadores de cargas. Sherpas del Reino.
Hombres y mujeres que, aunque no siempre aparezcan en la cima, sean los que hicieron posible que otros llegaran.
Y ese, estoy convencido, es el liderazgo que Dios honra.


