ALIENTO · Nuevos Comienzos (Episodio 19)

Todos pasamos por estaciones que podríamos definir como invierno. Tiempos de dificultad, de prueba, de cierta tristeza o de recogimiento. El invierno es la estación en la que la vida parece detenerse, el fruto escasea y el frío nos empuja a resguardarnos. Pero la Escritura nos recuerda que el invierno no es eterno y que llega un momento en el que la voz del amado anuncia el cambio de estación.

En Cantares 2:10–15 leemos:

“Mi amado habló y me dijo: Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven.
Porque he aquí ha pasado el invierno, se ha mudado la lluvia, y se fue;
se han mostrado las flores en la tierra, el tiempo de la canción ha venido,
y en nuestro país se ha oído la voz de la tórtola…”

El invierno representa ese tiempo en el que la paloma se esconde en los agujeros de la peña, buscando refugio frente al clima adverso. Es tiempo de protección, de espera, de supervivencia. En nuestra historia, y particularmente en España, la Iglesia ha atravesado largos inviernos: opresión política, militar y, más recientemente, ideológica. Aunque hoy disfrutamos de libertad, muchas veces esa libertad ha sido vivida desde el encierro, desde la prudencia extrema, como quien se acostumbra al agujero de la peña.

Sin embargo, hay una voz que irrumpe y declara que el invierno ha pasado. El Espíritu Santo llama a su Iglesia y la llama amiga y hermosa. No la llama sierva ni esclava, sino amiga. Eso habla de intimidad, de revelación, de cercanía. Dios quiere compartir sus planes con su Iglesia. Y la llama hermosa, porque para Él no hay nada más bello que su pueblo. A pesar de nuestras imperfecciones, de nuestros errores y fragilidades, seguimos siendo la niña de sus ojos.

Saberse hermosa es clave. La falta de identidad lleva al complejo, y el complejo conduce al descuido espiritual. Cuando la Iglesia olvida su hermosura, deja de cuidarse, de mantenerse limpia, de preservar su pureza. Pero el llamado del amado es claro: “Muéstrame tu rostro, hazme oír tu voz”. Dios quiere una Iglesia visible, presente, expuesta a la luz.

También quiere oír su voz. No voces de amargura, de crítica, de politización o de frases huecas. No voces que buscan protagonismo o popularidad. Dios quiere la voz de la tórtola, ese arrullo suave y constante que expresa amor, fidelidad y comunión. La voz de la tórtola representa la voz profética del Espíritu Santo, la que enamora, la que revela a Cristo, la que atrae la presencia de Dios.

La primavera anuncia nuevos comienzos. Las flores brotan, las vides comienzan a dar olor, los brotes aparecen. Hay vida nueva gestándose. Y es precisamente en ese momento cuando surge una advertencia clara: “Cazadnos las zorras, las zorras pequeñas, que echan a perder las viñas, porque nuestras viñas están en cierne”.

Las vides en cierne son los comienzos tiernos, frágiles, aún en formación. Nuevos ministerios, nuevas generaciones, nuevas expresiones de fe que están naciendo. Son promesas que todavía no se han consolidado. Y las zorras pequeñas —actitudes, pensamientos, palabras, dinámicas tóxicas— tienen la capacidad de arruinar lo nuevo antes de que madure.

Estas zorras no siempre son evidentes. Son pequeñas, sutiles, pero destructivas. Traen maldición, división, crítica constante, resistencia al cambio. Si se les permite permanecer, retrasan la misión y hacen perder el tiempo de oportunidad que Dios está concediendo.

El llamado es claro: salir del escondite, dejar el agujero de la peña, no temer al entorno, no vivir a la defensiva. El invierno ha pasado. Es tiempo de levantarse, de mostrar la hermosura que Dios ve en su Iglesia y de hacer oír la voz que Él desea escuchar.

Estamos viviendo un tiempo de oportunidad como pocas veces en la historia de España y de Europa. La primavera espiritual está delante de nosotros. Dios está llamando a su Iglesia a dejar el encierro, a cuidar lo nuevo y a caminar en este tiempo de canción, de vida y de esperanza.

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