ALIENTO · Nuevos Comienzos (Episodio 17)

Lo primero que hizo Jesús el día de la resurrección fue encontrarse con sus discípulos. No los encontró celebrando, ni llenos de fe, sino encerrados, con miedo, paralizados por la persecución. Y en ese contexto, Jesús no les dio únicamente una explicación doctrinal ni un mensaje intelectual. Lo que hizo fue soplar sobre ellos para que recibiesen el Espíritu Santo.

Hoy no solo necesitamos la noticia de la resurrección o el conocimiento intelectual de las Escrituras. Necesitamos el impulso del viento, el soplo de Dios. Necesitamos algo más que información; necesitamos impartición. La Escritura lo declara con claridad:

¿Acaso no lo sabes? ¿Acaso no te has enterado? El Señor es el Dios eterno, creador de los confines de la tierra. No se cansa ni se fatiga, y su inteligencia es insondable. Él fortalece al cansado y acrecienta las fuerzas del débil. Aun los jóvenes se cansan y se fatigan, y los muchachos tropiezan y caen; pero los que esperan en el Señor renovarán sus fuerzas, levantarán alas como las águilas, correrán y no se fatigarán, caminarán y no se cansarán (Isaías 40:28–31).

Sin duda, el impulso del viento es vital para la supervivencia del águila. El águila necesita saber esperar el soplo del viento para remontar el vuelo. El verbo “esperar” que aparece en Isaías 40:31, en el hebreo qavá, no habla de una espera pasiva, sino de una espera activa, expectante, confiada en la intervención de Dios. Es una espera anticipada de la acción divina, una confianza que decide no depender de las propias fuerzas.

La fe es comparable a las alas que nos impulsan a volar hacia lo más alto. Pero las alas, sin viento, no sirven. Por eso la fe necesita del soplo de Dios. Cuando intentamos caminar, correr o volar sin el viento del Espíritu, aparece el cansancio, el desgaste y el desfallecimiento. Nuestra fe no es verdaderamente viva sin el soplo del Espíritu Santo.

El águila lo sabe. Cuando levanta el vuelo, ejercita sus músculos, pero no lo hace de manera innecesaria. Reserva fuerzas para el momento en que deben ser usadas. De igual manera, el creyente aprende a no agotarse luchando en sus propias capacidades, sino a depender del impulso del cielo.

Un ejemplo ilustrativo lo encontramos en el pueblo polinesio. Un pueblo navegante cuyo origen se remonta a más de cinco mil años atrás. Su estrategia no consistía en remar sin descanso, sino en esperar el momento propicio del soplo de los vientos alisios. Eran maestros en aprovechar el impulso del viento. Gracias a ello, lograron realizar navegaciones épicas a través de millones de kilómetros cuadrados del océano Pacífico y poblar lugares como Nueva Zelanda, Hawái, Tahití o la Isla de Pascua.

Así como ellos conocían el viento natural, la Iglesia debe conocer el impulso del viento de Dios. Por eso no es casual que en el día de Pentecostés el Espíritu Santo se manifestara como un viento recio que produjo un gran estruendo, aun cuando las puertas del aposento alto estaban cerradas.

Jesús mismo lo explicó: el viento sopla de donde quiere; oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo aquel que es nacido del Espíritu. En la Biblia, el término espíritu aparece cientos de veces. En hebreo es ruaj; en griego, pneuma. Ambos significan aliento, soplo, viento. La idea es clara: sin ese insuflo de vida, no hay vida espiritual.

Desde el inicio de la creación, el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. No era una presencia pasiva, sino una acción preparatoria, vivificante, incubadora de vida en medio del caos. El mismo verbo se utiliza para describir a un águila que revolotea sobre su nido para preparar a sus crías para volar.

Dios no improvisa. Cuando creó al hombre, lo formó y luego sopló aliento de vida en su nariz. El soplo de Dios es el que sustenta la vida y distingue al ser humano del resto de la creación. Job lo expresa así: “El Espíritu de Dios me hizo, y el soplo del Omnipotente me dio vida”.

Ese mismo soplo es indispensable para el avivamiento. Cuando Ezequiel es llevado al valle de los huesos secos, no hay vida, no hay expectativa. Pero Dios le ordena profetizar y llamar al soplo. Y cuando el aliento de Dios llega, lo muerto revive. Es una impartición de vida en medio de la sequedad.

El soplo del Espíritu tiene que ver con nuestra identidad. No nacimos para vivir a ras del suelo. No somos pollos para picotear las impurezas del suelo. Somos hijos del águila. Fuimos creados para volar. Pero para volar necesitamos esperar el impulso del viento sobre la roca que es Cristo, hasta que llegue ese “de repente” de Dios.

Cuando el soplo de Dios llega, produce estruendo. Personas que no conocen tu historia escucharán las cosas maravillosas que Dios hace a través de tu vida. El Espíritu quiere impulsarte más allá de tus límites, más allá de una fe sostenida solo por tus capacidades.

Quizá el enemigo intenta encerrarte, limitarte, convencerte de que no hay salida. Pero Jesús se presenta hoy, como aquel día de la resurrección, para soplar sobre tu vida, darte aliento y hacer que tu vuelo remonte a alturas jamás soñadas.

Dejemos que el Espíritu Santo sople. Que el desgaste natural no anule lo sobrenatural. Porque cuando el viento de Dios sopla, todo cambia.

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