Son las 7:30 de la mañana. Escribo estas líneas sentada a la mesa del salón, en mi sitio de siempre. Es la mesa que me vio crecer, la que acompañó a mi familia a tantos lugares en los que vivimos hasta que me casé, volando fuera del nido, y es, con el inicio de esta segunda historia, donde el ciclo se repite; ahora ella, la mesa, es la que ve crecer a mis tres hijos.

En esta mesa, y en el mismo lugar donde hoy me siento, solía también hacerlo para mirar, absorta, los únicos dos canales de televisión que existían en mi infancia, hacer las tareas del colegio o aprender a bordar. Sentada aquí, mi madre me curó los lóbulos infectados de las orejas, pasándome dos hilitos con una aguja para que no se me cerraran los huecos que tan solo hacía unos días nos había hecho a mi hermana y a mí. Sentados alrededor de ella, comíamos los domingos, después de la iglesia, muchas veces acompañados de alguna visita, y también, sentada en este mismo lugar desde el que hoy escribo, celebrábamos coloridas fiestas de cumpleaños con nuestros amiguitos. Me acuerdo que comíamos pastel con Lacasitos de colores y gelatinas de fresa, y que a mi madre le gustaba vestirnos a mi hermana y a mí de sevillanas. Pero si hay una escena que me viene a la mente con gran nostalgia, es la cena de Nochebuena.

Mis padres y mis dos hermanos mayores, en la primera casa de mi infancia, sentados a la mesa, vestida de gala con un mantel blanco y servilletas a juego. La vajilla azul y blanco Principado Blue Bouquet, que solo se usaba durante esas fechas, y que ahora se encuentra repartida entre los hogares de las cuatro féminas hermanas, que en mi caso, es un juego de café de esa misma vajilla, que reposa en la vitrina del Ikea.

En esas fechas navideñas mi madre se metía en la cocina ya algunos días antes, incluso yo diría, que vivía en ella. Ese menú navideño, que no ha variado lo más mínimo en mis cincuenta años de vida, se sigue sirviendo en casa de mis padres. Recuerdo con cariño la imagen de mi madre sosteniendo la tapa de la sopera Blue Bouquet, en forma de manzana, a punto de servirnos el caldo de Navidad, un caldo con grandes albóndigas de pollo y trocitos de jamón serrano, que le enseñó a hacer su madre, mi abuela, y que a mí me parecía que había estado hirviendo en la cocina, dentro de la “ollanca”, durante siglos enteros. Mi padre, como buen mexicano, la consumía con un buen chorreón de limón, cosa que hoy en día yo también hago, pero si había algo que de verdad mi padre esperaba con ilusión, era el postre, muy propio de su linda tierra, la ensalada de Navidad, que consistía en remolacha y naranja troceadas, cacahuetes y palo de azúcar de caña. Una ensalada que nos ha costado años aprender a disfrutar debido a su sabor peculiar, pero que no solo se ha convertido en un clásico de Navidad en la familia, sino también en un lujo, digno de degustar.

No sé qué será del futuro de esta mesa en la que estoy sentada, no sé si algunos de mis hijos querrán heredarla o quién ocupará mi lugar, pero sí sé que mientras yo viva, quiero seguir sentándome en ella y construir, como hasta ahora, momentos especiales, tanto cotidianos como festivos, en familia o con amigos, con conocidos o con desconocidos, con sanos o con enfermos, no importa, porque muchas de las cosas significativas, que transforman nuestras vidas, y las de los demás, suceden cuando nos sentamos juntos a la mesa.

Y escribiendo estas últimas líneas, sentada en mi sitio de siempre, deseo que todos vosotros, los que ahora estáis leyendo, paséis una muy feliz Navidad en compañía de los que este año estarán, y recordando con cariño a los que ya no nos acompañarán, sentados a vuestras mesas.

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