Hay diálogos que no solo informan, sino que iluminan la esencia de un movimiento entero. El encuentro entre Doug Clay y el Dr. Allen Tennison es uno de esos momentos: una conversación honesta, casi pastoral, sobre las Verdades Fundamentales que han dado forma a las Asambleas de Dios durante más de un siglo. No se sienten como una declaración fría; emergen como el relato vivo de una fe que ha unido a millones de creyentes en todo el mundo.

Doug Clay abre la charla recordando que las Asambleas de Dios, con sus 444 000 iglesias y más de 85 millones de fieles a nivel global, no se sostienen solo por estructuras, sino por un entendimiento compartido de la verdad bíblica. Y para comprender esa verdad, es necesario volver a 1914, cuando todo empezó. En aquellos primeros días —explica Tennison— el movimiento tenía prioridades muy prácticas: unidad, misiones, evangelización, formación y recursos comunes. Tan centrados estaban en la misión que nadie pensó en redactar una declaración de fe. Los primeros pentecostales tenían una teología compartida, una Biblia bien desgastada y un mensaje claro: Jesús salva, sana, bautiza en el Espíritu Santo y pronto regresará.

Pero la unidad práctica no fue suficiente. En apenas dos años surgieron tensiones sobre la doctrina de la Trinidad. Algunos ministros negaban que Dios fuera Padre, Hijo y Espíritu. Aquello obligó a la joven fraternidad a detenerse, orar y escribir juntos lo esencial. Así nació en 1916 la Declaración de Verdades Fundamentales: no un credo para recitar, ni un texto para imponer, sino una guía para asegurar que quienes servían como ministros hablaban desde un mismo fundamento teológico. Tennison lo resume con una frase que atraviesa todo el episodio: “No decimos lo que otros deben creer para ser cristianos… sino lo que nosotros nunca dejaremos de afirmar.”

A partir de ahí, el diálogo se vuelve profundamente pedagógico sin dejar de ser ameno. Tennison muestra cómo las primeras verdades nos conectan con el protestantismo histórico: la autoridad de las Escrituras, la realidad de un Dios trino, la deidad de Cristo y la salvación por medio de Jesús. Son las convicciones que compartimos con millones de creyentes en todo el mundo. Pero pronto llega el matiz que nos distingue: las verdades sobre el bautismo en el Espíritu Santo, el hablar en lenguas como evidencia inicial, la santificación, la misión de la Iglesia y la sanidad divina. Es aquí donde, sin complejos, Tennison afirma que las Asambleas de Dios se identifican como pentecostales clásicos, herederos de un mover del Espíritu que sigue transformando vidas hoy.

Sin embargo, la conversación no se queda en el presente. Clay lleva el diálogo hacia el horizonte final de la fe: el regreso de Cristo. Las últimas verdades fundamentales —explica Tennison— expresan la esperanza premilenialista que ha estado en el ADN del movimiento desde su fundación: la resurrección de la Iglesia, el reinado milenario de Cristo, el juicio final y la nueva creación. No como detalles especulativos, sino como una convicción que orienta nuestra misión ahora. Y aquí Tennison ofrece una frase que resuena como un golpe suave en la mesa:

“El objetivo de la Iglesia hoy no es gobernar la cultura, sino representar al Rey que viene a gobernar.”

Esa perspectiva, lejos de aislarnos, nos posiciona como embajadores: una iglesia que anuncia a Jesús, que sirve, que acompaña, que sana, que espera. Una iglesia que no toma el rol del Rey, sino que prepara el camino para Él.

La conversación termina como comenzó: con gratitud. Clay agradece a Tennison por traducir verdades profundas en palabras comprensibles, y anima a cada miembro —no solo a los ministros— a conocer lo que creemos y por qué lo creemos. Porque nuestras verdades fundamentales no son solo un documento histórico; son un mapa que guía a la familia de las Asambleas de Dios en su misión global.

Este episodio no solo explica nuestra doctrina. Nos recuerda nuestra identidad: protestantes en nuestra base, pentecostales en nuestra experiencia y premilenialistas en nuestra esperanza. Y sobre todo, nos recuerda que, en cada nación y cada iglesia, nos une el mismo mensaje: Jesús salva, sana, bautiza y volverá.

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