A lo largo de mi vida me he mudado muchas veces. Haciendo cálculos, exactamente unas diez veces de casa, seis veces de colegio e instituto y cinco veces de iglesia local. Ante esta realidad, a menudo me pregunté:

¿De dónde soy realmente? ¿Alguna vez llegaré a pertenecer a algún lugar? ¿Se quedará alguien para siempre? ¿Tendré que volver a irme de repente?

Como hija de misionero y de pastor, a lo largo de mi juventud me tocó enfrentarme a situaciones lo suficientemente inestables como para tambalearme y luchar por mantener el equilibrio mental y emocional. Si eres hijo de misionero o de pastor, sabes perfectamente a qué me refiero.

Los primeros años de mi vida crecí rodeada de misioneros de aquí y de allá que pasaban por nuestra casa, jugando en las plazas durante los evangelismos de los  grupos que nos visitaban, viendo año tras año la película de Jesús y El progreso del peregrino proyectada en la iglesia o en la calle, escuchando  grupos de música cristiana que cantaban acerca de las buenas nuevas de salvación y siendo testigo del nuevo nacimiento de personas, milagros de sanidad, liberación y del surgimiento de la iglesia que mis padres fundaron en los años ochenta en el garaje de mi primer hogar.

De pequeña, amaba la parte del corazón misionero que heredé de mi padre, pero todavía no era lo suficientemente madura para entender la implicación real de la parte del pastorado. Cuando llegué a la adolescencia, había sido ya testigo de muchas cosas negativas dentro de la iglesia (adulterio, robo, intento de asesinato, chisme, rivalidades, cansancio extremo…) y llegué a la conclusión de que todo aquello era demasiado doloroso como para desear tal ministerio. Me prometí que por nada del mundo estaría nunca en el pellejo de mis padres. Soñaba con ser misionera, sí, pero no con ser pastora.

Lo divertido del asunto es que, aunque prometí no involucrarme nunca en el ministerio pastoral, acabé casándome con un pastor vocacional, entregado en corazón y alma a este llamado.

Con el tiempo, entendí que un corazón realmente misionero se compone de dos partes inseparables: la aventurera, pero también la pastoral, la que siembra, pero también la que cuida, riega y protege la semilla de las malas hierbas con paciencia, amor y perseverancia. También comprendí que no solo hace falta valentía para dejar tu lugar de nacimiento y toda tu vida atrás en pos del país amado, sino que también se requiere de una gran dosis de valor para permanecer en un lugar árido y solitario, cuidando día a día de la grey que Dios nos ha encomendado.

“Y él dijo: Mi presencia irá contigo, y te daré descanso.” (Ex. 33:14)

De los veinte años que llevamos mi esposo y yo de pastores, tardé como unos quince en amar las dos partes del corazón misionero por igual, porque al final, decir “heme aquí, envíame a mí” implica tanto obediencia, sacrificio y sufrimiento, como también la alegría de ver el fruto del esfuerzo, la bendición de la constancia y la fe y el resultado de aprender a amar como Dios ama. Ser madre espiritual es lo más bonito que Dios me ha podido regalar y no lo cambio por nada.

Cuando escribo estas palabras, curiosamente Dios todavía no me ha permitido realizar ningún viaje misionero a los lugares con los que de niña soñaba, pero mi corazón, ahora lo sé, ya es completamente misionero, y muchas de las preguntas que me hice tantas veces, ya tienen respuesta y me siento totalmente en paz.

No pertenezco a ningún lugar físico, sino a uno celestial, y aunque ya he batido el récord de estabilidad en la amada tierra castellana que hace años me adoptó, estoy preparada igualmente para hacer las maletas si hace falta.

Muchos de aquellos a quienes amo es probable que se marchen, o tal vez sea yo la que se mude de nuevo, con o sin previo aviso, de una u otra manera. Nadie me pertenece, ni siquiera mi familia más cercana. Estaré siempre con los brazos abiertos para dar la bienvenida a las personas que lleguen a mi vida, pero también estaré preparada para despedirme de otras. Disfrutaré de la presencia de la gente bonita que ahora me acompaña todo lo que pueda, aprenderé de las riquezas y sabiduría de quienes me han sido regalados en el presente.

El verdadero arraigo, la verdadera seguridad y la paz inquebrantable, solo se encuentra en un lugar mientras vivamos sobre la faz de la tierra: el corazón de Jesús, el amigo y hermano que nos acompañará donde quiera que vayamos, quien siempre se queda, a quien realmente pertenecemos.

 

 

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