Después del día y la noche, Dios creó las aguas. A él le encanta el agua, porque el agua es vida. Somos un 70% agua y sin ella no podemos vivir. El agua es también una fuerza poderosa muy presente en nuestra historia. Esta realidad se manifiesta a través de la Biblia, desde Génesis hasta Apocalipsis.
En el principio, el rocío bañaba la tierra de los hombres, y después, con el diluvio, torrentes de aguas casi extinguen la raza humana a causa de su maldad. Entre tan malvada multitud, Dios tenía un amigo al que amaba, se llamaba Noé.
Noé supo interpretar las complicadas indicaciones de ingeniería naval que Dios le había dado para construir un barco impresionante. Dios amaba a aquel corazón que confiaba plenamente en él y que estaba dispuesto a obedecerle en un proyecto que requería una gran fe a largo plazo.
Al cabo de casi cien años desde el inicio del proyecto, Dios mandó la lluvia y las aguas llenaron toda la tierra. Solo Noé y su familia se salvó, junto con muchos animales. Cuando las aguas se retiraron de la tierra, Dios hizo un pacto con su amigo, puso un arco iris en los cielos y le prometió que nunca más habría otro diluvio.
Más tarde, Dios eligió a otro amigo, Abraham, al cual le dio una gran descendencia a pesar de que su mujer no podía tener hijos. Abraham construyó muchos altares, y también pozos, de los cuales, las generaciones venideras sacarían agua para beber y subsistir. De esta descendencia amada tuvo el Creador otro mejor amigo, Moisés, a quien eligió para salvar al pueblo que se encontraba entonces esclavo en Egipto. Dios escuchó clamar a los hebreos y no pudo ni quiso apartar la vista ni el oído. Pensó que Moisés, aunque era un niño bien, mimado y petulante, era el indicado para salvar a sus hermanos israelitas de la mano del Faraón, aunque primero tendría que tratar con su carácter, pero su corazón era noble. Dios ya se había dado cuenta de ello, desde que era un bebé y reposaba dentro de aquella cesta de mimbre que flotaba en el río; era un corazón de la misma naturaleza que la de su madre, Jocabed. Las madres somos así, no tenemos la certeza de que los cocodrilos no se comerán a nuestros hijos, pero les colocamos en el único lugar resguardado que conocemos, confiando en que lleguen a un lugar seguro. Así era también Moisés.
Después de aparatosas circunstancias que culminaron con la muerte del primogénito de Faraón, el pueblo salió huyendo de Egipto sin que les diera tiempo a llevarse ni una barra de pan bajo el brazo, y de repente, guiados por Moisés, se encontraron frente a un gran mar que les franqueaba el paso. ¿Era esta gran masa de agua salada un impedimento para el Altísimo? No. Dios dominaba las aguas. Estas se abrieron y todos pasaron en seco.
En este punto, Dios ya se había dado cuenta que tener amigos humanos era arriesgado, pero siguió creyendo que valía la pena conservarles la vida. Dios amaba a la humanidad, y ya había planeado algo grande para terminar de una vez por todas con todo obstáculo que la separaba de Él. Empezaba a estar un poco harto de tanto sacrificio de animales y de leyes que sabía que sus amigos jamás podrían cumplir, todo para poder tener un vínculo verdadero con ellos. Este plan, no tan solo implicaba una limpieza y santificación integral, sino que estos se convirtieran en sus hijos. Así que seguramente se dijo algo así como: “voy a tener que bajar yo.”
Y lo hizo, no solo se hizo carne en un hombre perfecto, humilde y sin tacha, sino que se entregó como un sacrificio único para acabar con la muerte y el pecado, y así abrirnos un acceso eterno a su santa presencia y compañía.
………………………
Jesús duerme plácidamente en una barca. Sus discípulos están con él. Rayos y truenos les advierten de una inminente tempestad. El peligro es evidente, pero Jesús sigue durmiendo.
- ¡Jesús, Jesús, despierta! ¡Vamos a morir todos!
- ¿Por qué tenéis tanto miedo, amigos? Veo que vuestra fe es poca. Esperad, que me levanto.
Entonces Jesús mandó al viento y a la tormenta que se calmaran, tal como un jinete tranquilizaría a su caballo embravecido y este le obedece, porque conoce a su amo desde que era un potrillo. Jesús, Señor de la creación, domina las aguas. Él tiene control sobre todo, y no tan solo eso, Él mismo es agua viva.
Poco antes de su muerte, en el último día de la fiesta de los tabernáculos, Jesús se puso en pie, alzó la voz y dijo:
“Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva”. (Jn. 7:37,38)
En su conversación con la mujer samaritana también dijo:
“Mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (Jn. 4:14)
En Apocalipsis dice:
“Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más. (…) Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida. El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo.” (Ap. 21:1;6,7) “Y delante del trono había como un mar de vidrio semejante al cristal.” (Apoc. 4:6)
Desde el principio hasta el final, agua. Lluvia de juicio, muros de agua, pozos, mares de sangre, aguas amargas, fuentes en las peñas.
Hoy, como ayer, dependemos del agua y también nos enfrentamos a ella. Tsunamis, inundaciones, riadas…torrentes de agua que arrasan con todo. Pero seguimos confiando en el Dios del gran plan, en un Creador que tiene todo poder y control sobre las aguas, mientras estas, como la creación entera, gimen por la libertad de la esclavitud de corrupción (Rom. 8:19-23)
Y nosotros también gemimos, desde lo más hondo de nuestro ser, y en nuestro cuerpo, por la libertad gloriosa de los hijos de Dios, por la esperanza que tenemos en Jesús, quien sigue calmando las tormentas y quien nos ha llenado de torrentes de agua viva para vida eterna.


