“Estoy contento de formar parte de la familia de las Asambleas de Dios”. Con esta frase sincera y personal, Doug Clay —superintendente general de las Asambleas de Dios en EE. UU. y miembro de la ejecutiva mundial WAGF— abre un nuevo episodio del pódcast de la Fraternidad Mundial. Pero esta vez, no se trata solo de una conversación entre líderes. Es un llamado urgente a recuperar y fortalecer una de las marcas más poderosas del movimiento pentecostal: una iglesia que envía.

No hay misiones sin iglesia

Clay conversa con John Easter, director ejecutivo de Misiones en EE. UU. y miembro del gabinete de la WAGF, sobre una verdad central: las misiones no son una actividad paralela a la iglesia local, son su corazón mismo. Cada vez que se desligan de ella, advierte Easter, las misiones pierden rumbo, visión y sostenibilidad.

La referencia al modelo de Hechos 13 no es casual: fue en la iglesia de Antioquía, una comunidad sana y vibrante, donde el Espíritu Santo impulsó el envío de los primeros misioneros. No se trató de una iniciativa externa, sino de una respuesta interna al mover del Espíritu en la vida congregacional. “La iglesia no solo tiene una misión; la iglesia es misionera por naturaleza”, afirma Easter.

Más de 120 concilios nacionales ya envían

La conversación revela un dato impactante: de los más de 160 concilios nacionales que forman parte de la WAGF, 122 ya tienen estructuras de envío misionero activas. En un contexto donde otras grandes organizaciones protestantes han disuelto sus ramas misioneras, esta realidad habla de un compromiso contracultural que sigue firme.

Y no es solo institucional: “Estamos viendo, en números récord, a hijas e hijos de la iglesia local diciendo: ‘Aquí estoy, envíame’”, celebra Clay. En todo el mundo, jóvenes están respondiendo al llamado de Dios para servir más allá de sus fronteras.

Predicar el llamado… y facilitarlo

El episodio también pone el foco en algo clave: si queremos ver generaciones futuras de misioneros, debemos predicar el llamado y crear entornos donde se pueda discernir y desarrollar.

“No basta con hablar del sacerdocio universal de los creyentes. Hay que predicar de manera intencional sobre el llamado específico al ministerio”, apunta Easter. Y añade: “Los jóvenes necesitan escuchar historias reales, vulnerables, de líderes que compartan cuándo y cómo sintieron el llamado de Dios”. No se trata de fórmulas mágicas, sino de calendarios, plataformas, procesos y acompañamiento pastoral que validen y confirmen la vocación.

Compasión sí, pero con propósito

La conversación concluye con una advertencia profética. En un mundo necesitado de justicia social y ayuda humanitaria, muchas iglesias están reduciendo su misión a la compasión. Pero, como bien señala Easter, la compasión sin evangelización no sostiene el Reino.

“Hay miles de ONGs haciendo obras de bien. Pero si la iglesia deja de proclamar a Cristo, ¿quién lo hará?”, lanza como desafío. El ADN de las Asambleas de Dios nunca ha estado en elegir entre proclamar o servir, sino en mantener el mensaje y el mandato: formar discípulos, plantar iglesias y vivir con compasión.

Una visión global con un llamado local

Doug Clay cierra con una exhortación clara: “Nos hemos propuesto el reto audaz de ver un millón de iglesias para 2033 y que el 42 % del mundo tenga acceso al evangelio. Para eso, necesitamos iglesias con corazón misionero, dispuestas a liberar a sus hijos e hijas”.

El futuro no se escribe desde estructuras vacías, sino desde iglesias locales llenas del Espíritu, fieles a su llamado y comprometidas con la misión. En cada rincón del planeta, hay una iglesia lista para enviar… y hay un mundo que espera recibir.

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