Autor: Pr. Juan Carlos Escobar

Texto base: “Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos.”

Hechos 2:1

Cuando llegó el día de Pentecostés, habían pasado 50 días desde la crucifixión de Jesús y diez días más desde su ascensión al cielo. Desde la ascensión, los discípulos no se habían movido de Jerusalén, atendiendo a la petición encarecida de Jesús de quedarse en Jerusalén hasta recibir la Promesa del Padre (Hechos 1:4), o lo que es lo mismo, el derramamiento del Espíritu Santo con poder para ser testigos más allá de las fronteras de Jerusalén y hasta lo último de la tierra (Hechos 1:8).

1. Obediencia y Expectativa

Lo primero que vemos en este corto versículo es que estaban en el aposento alto por obediencia y con gran expectativa de recibir lo prometido. Estaban en el lugar correcto cuando llegó el día de Pentecostés. Jesús fue específico al decirles que esperasen en Jerusalén, porque sería el punto de partida y epicentro de la expansión de la Iglesia.

2. Congregados en un mismo lugar

No debían dispersarse, tenían que estar congregados en un mismo lugar. Desde los inicios de la Iglesia, comprobamos que la dispersión es contraria a su fundamento e identidad. El estar congregados aporta uno de los factores básicos de la vida cristiana: las relaciones.

El libro de Hebreos, dirigido a una comunidad esparcida y perseguida, exhorta a no dejar de congregarse como algunos tenían por costumbre, ya que frente a la dificultad, el estar juntos estimula al amor y a las buenas obras (Hebreos 10:24). Definitivamente, el estar juntos propicia el ambiente idóneo para que, cuando el Espíritu Santo sea derramado, el fuego arda con más intensidad y se mantenga encendido. Si los leños están separados, también el fuego del Espíritu y la manifestación de los dones dejarán de operar.

3. Unánimes con un mismo propósito

Además de estar juntos, debían estar unánimes. Este término aparece diez veces en el libro de los Hechos y es una característica inconfundible de la Iglesia naciente. Unánime significa tener una misma mente o corazón con un mismo propósito.

¿Y cuál era ese propósito? Recibir el poder de lo Alto para ser testigos en Jerusalén, en Judea, en Samaria y hasta el fin de la tierra. El propósito de la unción siempre será dar cumplimiento a la Gran Comisión, predicar el Evangelio y hacer discípulos a toda criatura y nación.

“La Gran Comisión no es solo un mandato individual, sino un llamado colectivo. Solo cuando la iglesia actúa al unísono, podemos cumplir con el llamado de ir y hacer discípulos en todas las naciones.”

— John Stott

Esto concuerda con lo que Jesús dejó claro en Juan 17:21: el mundo creerá si somos uno, porque en esa unidad, su gloria se hará manifiesta.

Conclusión

Podemos afirmar que Pentecostés no es posible sin estar unánimes juntos. Y, al mismo tiempo, sin Pentecostés no es posible dar cumplimiento a la Gran Comisión. Hoy, como Asambleas de Dios, siendo una comunidad pentecostal, no podemos olvidar que, si bien es fantástico disfrutar de tantos recursos y estrategias, lo más importante es siempre esperar el Poder de lo Alto, para que Su Reino avance y se establezca.

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