Autora Belén Lechuga
Texto base: Hechos 4:29–31
“Y ahora, Señor, mira sus amenazas, y concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra, mientras extiendes tu mano para que se hagan sanidades y señales y prodigios mediante el nombre de tu santo Hijo Jesús. Cuando hubieron orado, el lugar en el que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios.” (Hechos 4:29-31)
La valentía, como el amor, es una decisión consciente basada en una fe inquebrantable. Es la determinación de hacer algo que parece difícil o imposible desde nuestras limitaciones. Ser valiente no significa no tener miedo, sino actuar a pesar del temor con una confianza firme en Dios.
En un contexto de persecución como el que narra el pasaje, la fe impulsa a seguir adelante en la misión más grande que Dios haya confiado al ser humano: predicar el Evangelio a toda criatura. Fuimos comisionados hace más de dos mil años a proclamar una locura gloriosa: la salvación eterna mediante la fe en Jesús, la confesión de nuestros pecados y la aceptación del perdón del Padre. Una verdad tan transformadora como desafiante.
Hoy, proclamar el Evangelio puede parecer cada vez más peligroso. La iglesia sufre persecución en muchos países, y nuestros hermanos pagan con desprecio, tortura o muerte. Pero existen otras amenazas silenciosas: el miedo, la apatía, el conformismo religioso… enemigos internos que nos paralizan y alejan del mandato.
¿Qué necesita la Iglesia del siglo XXI para obedecer con eficacia?
1. Una voluntad rendida completamente a Cristo.
Difundir el mensaje de salvación debe ser una prioridad, como lo fue para los primeros discípulos. Someter nuestra voluntad implica soltar el peso que estorba la misión.
2. Un estilo de vida de oración.
Ante la imposibilidad humana, la oración constante y la total dependencia de Dios son esenciales. Los discípulos oraron: “Mira sus amenazas y concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra”. Y pidieron también poder sobrenatural para llevar a cabo su tarea.
El resultado fue inmediato: el lugar tembló, fueron llenos del Espíritu Santo y hablaron con denuedo la Palabra de Dios.
La Gran Comisión no puede cumplirse sin sumisión total a Cristo, sin oración y sin un derramamiento sobrenatural del Espíritu. Dios sigue llamando a hombres y mujeres valientes a obedecer Su mandato. Aunque los enemigos nos intimiden, y a veces provengan de dentro, nuestra fe está en Cristo, que ya venció al mundo.
“Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea y hasta lo último de la tierra.” (Hechos 1:8)


