Autor: Fernando Ramírez de Arellano
Texto base: Lucas 19:11–24
En la parábola de las minas, Jesús enseña una verdad poderosa: Dios otorga capacidad, pero el ser humano debe actuar con responsabilidad. Este pasaje no solo habla de talentos o recursos, sino del corazón y la actitud con la que respondemos a lo que hemos recibido de parte de Dios.
Cuando la capacidad divina se une con la responsabilidad humana, hay fruto y multiplicación. Pero cuando uno falla en asumir su parte, incluso lo recibido puede perderse. La clave no es cuántos talentos tenemos, pues todos hemos recibido, en un sentido, lo mismo: conforme al 100% de nuestra capacidad. Por eso debemos actuar con plena responsabilidad.
Uno de los primeros principios que extraemos de esta parábola es que el llamado tiene que ser de Dios. No nos movemos por necesidad, oportunidad o capricho. Si Dios no te ha llamado, no vayas; pero si te ha llamado, no tardes. La responsabilidad comienza obedeciendo su voz, y la verdadera autoestima nace de saber quién soy en Él.
También aprendemos que nunca debemos permitir que nos quiten nuestro talento. A veces no es el mundo exterior el que nos lo roba, sino nuestras propias inseguridades, miedos o comparaciones. Debemos identificar esos “enterradores” en nuestra mente y corazón… y echarlos fuera. Dios te ha dado algo valioso, ¡no lo entierres!
Además, la porción recibida es limitada, pero puede multiplicarse o perderse. Nadie tiene todos los dones, por eso necesitamos de otros. Negociar, compartir, servir y aprender nos hace crecer como cuerpo. Un buen líder primero es un buen discípulo. En comunidad, todos ganamos cuando hay unidad y humildad.
Un principio fundamental que se destaca en el pasaje es que nuestra manera de actuar refleja cómo vemos a Dios. El siervo que enterró su mina tenía una imagen distorsionada del Señor. Si no creemos que Dios es bueno, generoso y justo, no podremos actuar con confianza ni responsabilidad. Por eso es vital tener una imagen correcta de nuestro Padre celestial.
Finalmente, recuerda: Dios cuenta contigo. Si Él te ha llamado, equipado y enviado, no te enredes en lo que no te corresponde. Abraza tu propósito. Camina con diligencia. Sé fiel. La responsabilidad es un acto de fe, de amor y de obediencia.
Cuando unimos la capacidad que viene de Dios con la responsabilidad que ejercemos nosotros, el resultado es multiplicación, fruto y propósito cumplido. No entierres tu talento. No dudes de tu llamado. Actúa con responsabilidad y verás cómo Dios te dice:
“Bien, buen siervo. Entra en el gozo de tu Señor.”


