No entiendo la manera en la que, en estas fechas, se presenta el miedo como algo divertido, indefenso, infantil. Hoy muchos niños en el mundo jugarán con un juguete nuevo llamado temor. Brujas, fantasmas, calaveras y cabezas descuartizadas estarán presentes en las calles y centros educativos de ciudades y pueblos en muchos países. También algunos de nuestros jóvenes jugarán a la ouija y verán películas de terror mientras se hartan de chocolates y golosinas. ¡Cuán dulce temor! Pero al día siguiente, cuando ya se hayan guardado todos los disfraces, el miedo seguirá estando ahí, y esta vez no se tratará de un juguete, sino de miedo real.
Miedo al fracaso, miedo al ridículo, miedo a volar, miedo a las arañas, miedo a los perros, miedo a las aves, miedo a hablar en público, miedo a los espacios cerrados, miedo a los espacios abiertos, miedo a la soledad, miedo a la oscuridad, miedo a las alturas, miedo a la pobreza, miedo al abandono, miedo al dolor, miedo a estar gordo, miedo a amar, miedo a estar loco, miedo a la enfermedad, miedo al maltrato, miedo a la paternidad, miedo a arriesgarse, miedo al miedo, miedo a la muerte…y podría seguir escribiendo una gran lista.
Desde pequeña fui una niña miedosa, imaginaba monstruos debajo de mi cama y dentro de mi armario y también tenía mucho miedo de perderme y que mis papás no pudieran encontrarme jamás. De adolescente, le temía a no encajar, a no ser aceptada, a darme cuenta de que de verdad era un bicho raro para los demás. Me sentía más cómoda en mi mundo particular lleno de fantasía e historias increíbles que en medio de las multitudes. Aun así, tenía algunos amigos, aunque siempre, por alguna causa, acababan por marcharse lejos, así que desarrollé un nuevo temor, el de crear relaciones afectivas. A causa de esto mi noviazgo con el que hoy es mi esposo, fue bastante inestable debido a este temor, aunque gracias a Dios, finalmente el amor plantó su bandera de victoria en mi temeroso corazón.
Con el tiempo, en la consulta de un psiquiatra muy majo, y por la gracia de Dios, descubrí que era alguien diferente a los demás, era una persona altamente sensible (P.A.S.), dos de cada diez personas en el mundo lo son. Debido a esto, había estado sufriendo en total ignorancia con problemas de estrés y ansiedad que me habían llevado a una agorafobia bastante preocupante, miedo en estado puro a grandes espacios abiertos urbanos y aglomeraciones de gente en general.
El miedo te paraliza, te limita, te impide ser quien Dios quiere que seas, te corta las manos, los pies, te nubla el pensamiento, te miente constantemente. Pero Papá siempre estuvo ahí, a mi lado susurrándome:
«No temas, porque yo te he redimido,
te he llamado por tu nombre; mío eres tú.
Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo,
y si por los ríos, no te anegarán;
cuando pases por el fuego, no te quemarás,
ni la llama te abrasará.
Porque yo soy el Señor tu Dios,
el Santo de Israel, tu Salvador;»
(Isaías 43:1-3)
Fui derivada a terapias de relajación en el hospital de trastornos mentales, leí libros de técnicas de autocontrol, pero nada de eso me sirvió, sólo una cosa: aceptar que Dios me amaba tal y como era y que mi vida tenía propósito. Tanto me había amado Dios que murió por mí entregando su propia vida. Me había redimido de toda mi culpa y profundo sufrimiento. Me había llamado por mi nombre. Ahora le pertenecía, Él iba a cuidar de mí y yo iba a servirle en una entrega total durante toda mi vida.
El miedo no se esfumó de repente, tuve que enfrentarme a él durante algunos años más. Pasé por las aguas y creí muchas veces que me ahogaba. Crucé altas columnas de fuego sintiendo el calor del mismo infierno, pero mi Jesús siempre estuvo allí conmigo, Él siempre ha sido, es y será mi Salvador y mi amigo fiel.
Ahora me enfrento al temor de manera diferente porque ahora sé quién soy. Yo soy quien Él dice que soy.
Ahora el temor me teme a mí porque soy poderosa en Cristo.
Por favor, no juegues con el miedo.


