Tengo tres hijos de diferentes edades, una joven de veinticinco años, un adolescente de dieciocho, y el benjamín de la casa, de ocho. A través de los años, a principio de cada curso, e incluido en el presupuesto de material escolar, siempre he añadido algo de lo que nadie habla: el kit anti piojos.
El patrón siempre ha sido el mismo. Circular del colegio dentro de la mochila, en la que se puede leer algo así:
“Se informa a los padres y madres que en el aula de su hijo/a se ha presentado algún caso de pediculosis. Rogamos que pongan las medidas adecuadas, gracias.”
Al cabo de pocos días llegaba uno de mis hijos rascándose la cabeza, y después de comprobar que, efectivamente, había “pediculos”, tal como les habíamos bautizado, yo sacaba el kit. Primero rociaba la cabeza del hijo en cuestión con el líquido mortal, seguidamente la cubría con un gorrito de plástico transparente. Transcurridos diez minutos, a la ducha. Le echaba el champú aniquilador y, por último, pasaba la peineta, en los dientes de la cual, quedaban atrapados los cuerpos inertes de los piojos y liendres. Pasados unos días, previa revisión de la cabeza, volvía a repetir el protocolo y ya podíamos olvidarnos del problema. Y así, cada uno de ellos ha pasado por esta experiencia, guardando siempre el secreto, tal como lo hicimos nosotros en nuestra infancia, aunque era algo más difícil de ocultar, ya que por aquel entonces solo se usaba vinagre para matar a los “bichos”, y no existían peinetas de púas especiales, sino solo el peine de plástico negro de papá. Todavía recuerdo la escena de mis dos hermanos mayores y yo, con las cabezas boca abajo en la bañera y mi madre pasándonos el peine. Ella decía siempre: “¡Esto no son piojos, son tigres!”
Pues bien, el otoño pasado llegó el papelito del cole. A los pocos días mi hijo pequeño entró por la puerta rascándose la cabeza. Confirmamos la presencia de intrusos. Empezamos el protocolo anti piojos. A la semana, volvemos a repetirlo y mi hijo adolescente llega a casa y me dice que le pica mucho el cuero cabelludo. “No puede ser”, me digo, “su hermano se los ha pasado”. Pero resulta que la cosa va a ser complicada porque mi hijo mayor tiene un melenón rizado que le llega hasta la espalda y que lleva recogido siempre con una coleta, muy jipi él, como también lo fue su madre. A los pocos días, mi hija viene con la misma historia, y es otra melena, en aquel momento de color rosada, que luego se tiñó de azul, con lo cual, varias generaciones de piojos y liendres han pasado por los distintos tonos referidos en los últimos meses. Y luego, los pillo yo. ¡Pues ya estamos todos! Menos mi marido, que, por su carencia de espesura capilar, se libra.
Pasan días, semanas, meses y la plaga sigue activa. No hay manera de deshacerse de ella. Cambio y lavo sábanas y toallas a diario y hasta prohíbo los abrazos, hasta que, después del verano, por fin parece, según dice mi hijo menor, “debido al fuerte sol vacacional de Andalucía, ¡que han muerto por calcinación!” Pero no. Ya en tierras castellanas, los muy bribones reaparecen en las cabezas de todos. ¡Y vuelta a empezar! Compro varios kits de marcas diferentes, pero no hay manera, empiezo a preocuparme de verdad. Un día me echo a llorar y clamo al cielo como Faraón en el Éxodo clamó a Moisés para que se deshiciera de aquella plaga. No es para menos, esto parece un expediente x, ya no es normal. Entonces oro. Discierno lo que pasa, Dios me quiere decir algo con todo esto, lo sé, le conozco. Decido calmarme y tomar tiempo para escucharle. La verdad es que hace tiempo que no apartaba un tiempo de calidad a solas con Jesús en condiciones, sin prisas, y pienso que me vendrá muy bien. Siento que es una manera en la que él quiere llamar mi atención, y en cuanto entro al lugar secreto el primer día, su Espíritu me va recordando todo aquello con lo que me había comprometido a orar. Pasan tres días y me siento renovada. Tomo nuevas fuerzas y me dirijo de nuevo al campo de batalla contra los demoníacos insectos capilares.
Llevo varios días buscando información acerca de los productos más eficaces para la eliminación de los piojos. Ya se sabe, al enemigo para vencerlo, hay que conocerlo. Al fin encuentro un blog llamado algo así como “La mamá desesperada”, y con razón. La autora se ha tomado la molestia (cómo estaría de desesperada) incluso de poner una foto casera de los piojos de sus propios hijos en las diferentes etapas de crecimiento, desde una liendre hasta un piojo adulto. Seguidamente, escribe acerca de todos los productos y la diferencia entre cada uno de ellos para poder acabar con los pedículos. Me interesa. Lo apunto todo. Aprendo que la permetrina paraliza el sistema nervioso del piojo, que la dimeticona y otras siliconas recubren al piojo y bloquean sus espiráculos provocando su asfixia lentamente. También el alcohol bencílico abre el mismo espiráculo y hace que se asfixie. El octanediol funciona disolviendo la cutícula protectora de cera del piojo y este muere por deshidratación…
Antes de terminar de leer el artículo me levanto y me dirijo rápidamente al cajón de los productos químicos peligrosos y descubro que tengo permetrina y dimeticona. Después de tenerlos localizados regreso a la lectura y entonces, al final de todo leo:
“No importa qué producto decidas usar, siempre teniendo en cuenta las recomendaciones de la etiqueta según la edad de tu hijo. Lo más importante de todo es que, después de aplicar el producto en un intervalo de entre tres y siete días, hay que pasar la liendrera a diario.”
Al leer esta última parte, se me desencajó la mandíbula de repente. Aquella frase se repitió como un eco varias veces en mi mente… “hay que pasar la liendrera todos los días,” “todos los días”, “cada uno de los benditos días”. ¿De verdad podía ser un detalle tan simple la solución que había pasado por alto todos aquellos meses para acabar con tal faraónica plaga? Esta señora me había soltado un sermón acerca del funcionamiento del aparato respiratorio de los piojos, de la clasificación de cada producto que los podía matar y su inocuidad según la OMS, y ¿resulta que no importa el producto utilizado, que lo más eficaz es “pasar la liendrera todos los días?”
Sí, podía sentir cómo Jesús se partía de risa mirándome en aquel momento. Él es así, el crack de los cracks.
Esa misma noche elegí usar la permetrina, porque ya estaba el envase empezado, y empecé a pasar la peineta cada día, sin faltar uno, a cuatro cabezas, incluyendo la mía. No fue fácil compaginar los horarios de mis hijos mayores con los de mi hijo pequeño. Yo era la última, muchos días me dieron las tantas echándome el líquido y peinándome minuciosamente, pero en una semana y media ya no había ni rastro. El peque gritaba: “¡Se han ido, los “pediculos” se han ido!”
Toda aquella historia de la tercera plaga que había invadido mi casa durante tanto tiempo había sido permitida por el mismo cielo para hacerme entender que, como la liendrera, la constancia, el compromiso y la dedicación en la oración diaria, sin duda era el arma más eficaz para combatir el avance del maligno. Yo estaba fallando en ese compromiso, y Jesús, mi amigo, había aprovechado, tal como solía hacerlo mientras vivió aquí en la tierra, para enseñármelo de una manera, digamos, creativa.
“Gozosos en la esperanza; sufridos en la tribulación; constantes en la oración.” (Rom. 12:12)
“La Oración eficaz del justo puede lograr mucho.” ( Stgo. 5:16)
“Orad sin cesar.” (1 Tes. 5:17)


