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La primera vez que hablamos cara a cara con Carlos estaba visiblemente nervioso. Hacía tan solo un par de días que había contactado con nosotros por teléfono. En un principio pensamos que se trataba de una broma o de alguien que no estaba en sus cabales, pero en el momento en que lo tuvimos enfrente, nos dimos cuenta de que estaba realmente desesperado. Su mujer, embarazada de siete meses, estaba poseída por demonios.

Carlos no dormía y apenas probaba bocado, pues en cualquier momento Rosa se transformaba. A veces se le volteaban los ojos y los demonios hablaban a través de ella, otras la hacían levitar sobre la cama mientras dormía, y muchas veces aparecían dibujadas sobre su cuerpo cruces de sangre invertidas o rasguños. También los demonios tomaban el control del teléfono móvil, como si de un experto hacker se tratara. Estábamos en shock, nunca habíamos escuchado nada así. De nuevo dudamos de la cordura de este joven, pero si algo tuvimos claro desde el principio, es que debíamos llevarle a los pies de Cristo, y pocos días después, el Señor nos concedió nuestro deseo, ahora Carlos era una nueva criatura.

A partir de entonces, él intentaba convencer a Rosa para que lo acompañara a la iglesia, pero ella se negaba, hasta que un día accedió a ir con él. Después del servicio dominical, nos sentamos con ellos para hablar. Rosa reconoció que necesitaba ayuda, pues pronto nacería su bebé. Tuve el privilegio de dirigirla en oración al arrepentimiento de sus pecados y luego a aceptar al Señor Jesús en su corazón. Estábamos preparados para lo que fuera, pero no pasó nada, los demonios no se manifestaron ni tuvimos ninguna muestra física que evidenciara su liberación.

Rosa se había criado en un ambiente de brujería y ocultismo y estaba acostumbrada a todo tipo de experiencias paranormales. Cuando llegó a su juventud, por primera vez se planteó la posibilidad de ser libre de todo aquello, así que fue a una iglesia católica. El cura y varios feligreses intentaron exorcizarla, pero los demonios la lanzaron hacia una pared con fuerza. El espejo que había colgado en ella se rompió y ella sufrió varios cortes y una fisura en el coxis que le provocaba un intenso dolor desde entonces.

Después de haber tomado una decisión por seguir a Cristo, Rosa dio testimonio en la iglesia de su conversión y de la sanidad recibida en su coxis, todo dolor había desaparecido. Los rasguños y las cruces invertidas desaparecieron también, pero todavía no era libre del todo. Al siguiente viernes, después del culto, cuando mi esposo Alex fue a despedirse de ella, Rosa perdió el control sobre sí misma y quiso atacarlo, pero de repente cayó con ímpetu hacia atrás golpeándose fuertemente la cabeza contra el suelo y empezó a gritar. Los hermanos allí reunidos empezaron a reprender a los demonios y Rosa volvió en sí llorando. Empezó a confesar y a pedir perdón a Dios por cosas específicas que había hecho, como el uso de la ouija o su participación en rituales para dañar a las personas. Desde ese día fue completamente libre. ¡Gloria a Dios!

Al domingo siguiente quiso tomar la santa cena y no se lo impedimos. Cuando finalizó el servicio, se acercó a mí y me dijo: “Pastora, ahora entiendo que al haber hecho un nuevo pacto con Cristo tomando este pan y este vino, el pacto de sangre que yo había hecho con Satanás queda roto.” No pude más que emocionarme, porque fue el Espíritu Santo quien le había revelado esta verdad.

Actualmente Rosa es una fiel intercesora y adoradora de Dios. Ella y Carlos siguen creciendo en los caminos del Señor y están siendo discipulados.

Seguramente tú también habrás sido testigo de una liberación similar o habrás escuchado algún caso parecido. Las posesiones de demonios son reales. En los evangelios encontramos numerosas historias sobre endemoniados liberados por Jesús y también por el poder del Espíritu Santo a través de sus discípulos, mientras estuvieron con él, y a lo largo del libro de los Hechos, después de su resurrección.

Los demonios van de un lado para otro, haciendo el mal, engañando y destruyendo a hombres, mujeres y niños para hacerlos lo más semejante a ellos, ya que, sabiéndose ya condenados, no quieren que el ser humano, la perfección de la creación, sea salva ni tenga vida eterna en Cristo ni vivan una vida abundante.

Los demonios quieren maltratar y destruir los cuerpos de las personas y convertirlos a su vez en maltratadores de otros. También quieren afectar sus mentes para que vivan, como ellos, atormentados y oprimidos por la eternidad.

Los demonios son mentirosos y quieren afectar las emociones de las personas a través de mentiras para que vivan vidas a la deriva, se autodestruyan e incluso se suiciden.

Por último, los demonios usan la estrategia de la distracción y mantienen a los creyentes desenfocados de la verdad de la palabra de Dios y de una vida de oración. Ellos saben que, si consiguen que un hijo de Dios deje de orar, se convertirá en una presa fácil. Entonces los tentarán con pecados sutiles, antiguos o nuevos, para hacerlos caer luego en una vida fuera del control del Espíritu Santo y atarlos, tomando autoridad sobre sus vidas, pues el pecado abre las puertas a la opresión y posesión demoníaca.

En la Palabra se nos dice que en el nombre de Jesús sanaríamos enfermos y echaríamos fuera demonios (Marcos 3:15) Esta autoridad nos viene dada desde arriba, y es por gracia, y no por méritos propios. No debemos temer cuando encontremos a una persona endemoniada, solo tenemos que tomar autoridad en el nombre de Jesús y echar al demonio fuera.

La palabra también dice que cuando los demonios son expulsados de una vida, luego intentarán regresar para ver si sigue vacía y poder hallar algo de descanso. Si la encuentran libre, traerán consigo siete espíritus peores y el estado final de aquella persona vendrá a ser peor que al principio (Mateo 12:44,45) Por ello, es muy importante el acompañamiento y discipulado inmediato de aquellas personas que han sido libres de su antiguo modo de vivir, y es muy importante que, antes de echar al demonio fuera, la persona quiera verdaderamente ser libre y aceptar el señorío de Cristo en su vida.

La iglesia debe despertar, prepararse y entrenarse para luchar contra los poderes de las tinieblas, velando y orando en todo tiempo y arrebatando las almas de las garras del enemigo.

“Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo (2 Co. 10:4 y 5)


Los nombres reales de los protagonistas han sido sustiudos para preservar su privacidad
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