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Al otro lado de la línea telefónica, una mujer de pastor me pide oración por su esposo, acaba de ser diagnosticado con el síndrome de burnout. Dos semanas después, una joven obrera me manifestaba igualmente la preocupación por su esposo. “No quiero que pete”, me decía.

Y es que una de las diferentes consecuencias del burnout es el aumento de las adicciones, tanto de sustancias como de conductas. En ocasiones, bajarse de la cabalgadura de las múltiples obligaciones y presiones pastorales no es fácil, así que, inevitablemente, acabas cayendo del caballo.

¿Nos escandalizamos de las cifras, que cada vez van en aumento, de inmoralidad sexual, depresión e incluso de suicidio entre ministros?

“Más vale prevenir que curar”, dice el refrán, y es cierto.

Es tiempo de pararse a reflexionar y examinarse a uno mismo y empezar a tomarnos en serio las palabras de Jesús:

“Venid a mí los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.” (Mt. 11:28-30)

Y es que para recibir descanso… primero hay que ir a Jesús.

Esto me lleva a pensar también en algo que últimamente me preocupa acerca de mi propia generación ministerial. Déjame explicarte.

El capítulo 17 del evangelio de Mateo nos cuenta acerca de dos experiencias de las cuales Pedro, Jacobo y Juan fueron tanto partícipes como testigos. La primera es la transfiguración de Jesús. Tan gloriosa fue esta experiencia, que uno de los discípulos dijo: “Señor, bueno es para nosotros que estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres enramadas…” Pedro no quería marcharse de allí, pero era necesario que bajaran al valle. Una vez allí, se encontraron en medio de un gentío y a un padre clamando por su hijo enfermo, que padecía convulsiones. Por este motivo, muchas veces caía en el agua, y otras en el fuego, todo ello causado por un demonio al que los discípulos no habían podido echar. Jesús les habla de su falta de fe y al mismo tiempo les enseña algo sumamente importante: “Pero este género no sale sino con oración y ayuno”

¡Qué contraste tan grande entre las dos experiencias!

Muchas veces pensamos que el hecho de haber tenido un encuentro poderoso en la presencia de Dios es la garantía de una inmediata victoria gloriosa en el valle, pero esto es erróneo. Te contaré el testimonio de cómo aprendí esta lección.

En 2019 fui a un retiro de intercesión. Fue un fin de semana en el que el Espíritu Santo se manifestó de una manera poderosa. Por esa época estábamos pasando una prueba muy dura a nivel familiar con nuestra hija mayor. Regresé a casa convencida de que sucedería un milagro después de haber visto maravillas en aquel retiro. Pero no fue así, sino todo lo contrario; al día siguiente mi hija estaba ingresada en el hospital con un diagnóstico muy preocupante. Fue el principio de muchas lágrimas, pero también de una revelación y búsqueda de Dios diferente y genuina. Comprendí que conseguir la victoria en cualquier área de la vida, no se obtiene a través de experiencias puntuales en el monte, sino a través de la oración y el ayuno como una práctica constante en el valle.

¿Pero, puede haber algo todavía más preocupante que vivir sin poder en el valle pretendiendo subsistir espiritualmente con experiencias puntuales en el monte? Sí, hay un peligro todavía más sutil. Se trata de la existencia de un estado muy característico del ministerio moderno actual. Yo diría que es un lugar que hemos creado nosotros mismos, un sitio en el que seguramente habrás estado alguna vez o en el que quizá te encuentres en este momento. Es un emplazamiento entre el monte y el valle, y es precisamente aquí donde muchos pastores se acaban quemando o acaban “petando” de variopintas maneras. Y luego ¿quién los recogerá?

El peligro de estar en este lugar radica en que ni nos permite estar en el monte ni tampoco en el valle, es decir, ni buscar la presencia del Señor, ni estar junto a los oprimidos que, separados totalmente de Dios, necesitan ser salvados y liberados de manera urgente a través del Evangelio. En este sitio intermedio es donde se encuentran las múltiples tareas ministeriales, las listas de personas a las que escuchar y aconsejar, el cúmulo de trabajo administrativo, la preocupación por los datos económicos que no cuadran, las diferencias interpersonales con otros colegas pastores o líderes a nuestro cargo que no se sujetan, el cónyuge imperfecto que no nos entiende, los hijos que demandan atención, la suegra, los achaques físicos, las tentaciones, la necesidad de reconocimiento, la frustración, compararse con otros  y un largo etcétera. Y cuando menos lo esperamos, ya estamos quemados, a lo que después se añade la responsabilidad y el valor para pedir ayuda.

Querido ministro, el mejor sacrificio que puedes hacer por el Señor no es dejarte morir en un limbo eclesiástico dejando que tus fuerzas se agoten, sino entregarle lo más preciado que tienes, tu tiempo y atención como prioridad, no solamente para conocerle más, sino para ser también fortalecido. Al mismo tiempo, rodéate de buenos amigos que te acompañen y aconsejen. Ten por seguro que Él te proveerá de todo lo que necesitas, porque te ama, y esto incluye las herramientas que precisas a nivel práctico para llevar a cabo tu ministerio con eficiencia.

 

“Acerquémonos pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.” (Heb. 4:16)

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