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La teología debería servir para conocer a Dios, y para conocerlo de verdad y en verdad. Y me explicaré porque esta frase tiene mucha miga y encierra mucho debate teológico. 

Estamos de acuerdo que la teología es la ciencia o conocimiento que tiene por objeto al mismo Dios y como finalidad, conocerle y darle a conocer. La teología presupone que Dios es cognoscible y que dicho conocimiento proviene de la revelación que Dios ha hecho de sí mismo. Así que Dios sería incognoscible en tanto y en cuanto Él decidiera, no revelarse al hombre. La teología, por tanto, hace de la revelación el fundamento de todas sus afirmaciones y pronunciamientos. La razón es que lo que no haya sido revelado, no puede ser conocido, por tanto, no puede ser estudiado ni explicado por el hombre. Por tanto, la teología se fundamenta o debería hacerlo en la revelación de Dios y no en la especulación, sensación o erudición humana.

En el artículo anterior, vimos cómo Dios se ha revelado por igual y de manera general, a través de la naturaleza y la consciencia moral, sin importar la condición social, época o lugar de nacimiento del hombre.

Aquí, algunos se cuestionan y formulan la pregunta en cuanto a si la revelación general es suficiente para ser salvo. En otras palabras, ¿Es suficiente con saber que existe un Dios y Juez Supremo para ser salvo?, ¿La revelación general ofrece suficiente terreno para tener un encuentro personal con Dios (lo que he llamado en este artículo, conocer a Dios de verdad)? ¿La revelación general es suficiente también para conocer la verdad de Dios (lo que he llamado en este artículo, conocer a Dios en verdad)?

La teología protestante de corte liberal, que inició Friedrich Schleiermacher en el s. XIX, como en el catolicismo con Karl Rahner como máximo exponente en el s. XX, defienden que sí lo hay y que sí es posible. Teólogos neortodoxos como Karl Barth en su obra Church dogmatics y Emil Brunner en The Divine Human Encounter, apuntan en esa dirección, en el sentido de que no creen que la revelación de Dios sea proposicional, es decir, que contenga o transmita verdad en sí misma sino que es general o como mucho fenomenológica.

De ser esto así, los interrogantes que surgen son innumerables y las repuestas devastadoras ya que, si el ser humano por medio de la revelación general puede conocer a Dios de verdad y en verdad, entonces, ¿Cuál es la necesidad de la Biblia como revelación especial de Dios?, ¿Cuál es la necesidad de la venida de Cristo o su encarnación?, ¿Qué valor tiene la muerte de Cristo?, ¿Qué diferencia el evangelio de cualquier otra enseñanza?, ¿Qué hace distinto al cristianismo del resto de religiones? Según ellos, y así lo han hecho, habría que redefinir lo que la Biblia y la obra de Cristo son tanto en sustancia como en relevancia para el hombre. Siguiendo sus premisas, tanto la persona de Cristo, su obra y su palabra no serían distintos de cualquier otro libro, obra religiosa o personaje histórico. Se pasaría de la necesidad de Cristo, de su obra y del evangelio, a como mucho una buena la ejemplaridad para todos.

Todo esto abre la puerta a una segunda discusión. La primera, tiene que ver con la distinción de la magnitud de la revelación de Dios, ya sea general o ya sea especial. Esta última incluye principalmente la encarnación de Cristo y la inspiración de las Escrituras. La segunda, aborda el asunto de la modalidad de la revelación de Dios, ya sea existencial o proposicional, a saber, un encuentro vivencial, personal y existencial o un conocimiento intelectual de las verdades divinas.

Por amor a la claridad y al dicho popular que dice que el que mucho abarca poco aprieta y el que habla de todo, no habla de nada, en este artículo nos centraremos el segundo tema de discusión y dejaremos el primero para el próximo artículo.

En este artículo defendemos la posición que afirma que la revelación divina no es solamente proposicional o existencial sino ambas. Dios revela tanto su persona como también su verdad. Defendemos que la revelación de Dios permite conocerlo de verdad (existencialmente) y conocer en verdad (proposi-cionalmente).

La Biblia presenta a un Dios santo, eterno, inmutable, creador, siendo la primera causa incausada de todo, pero no lo presenta como un ser distante, impersonal sin ningún tipo de interacción con el hombre o naturaleza que Él mismo ha creado. La Escritura registra, de principio a fin, la inmanencia y cercanía divina interviniendo en medio de su creación y narrativa humana. En el libro del Génesis, vemos como Dios se dio a sí mismo al hombre cuando puso su imagen y semejanza en el hombre, sopló aliento de vida y estableció una relación personal con él. Aún después de la caída, Dios siguió revelándose al hombre e interviniendo de manera inmediata y directa. Encontramos el relato de Abel y Caín, Noé, Abraham, Moisés, José, Samuel, David, los profetas … y tantos otros hasta llegar al punto álgido de la encarnación del Hijo de Dios. Posterior a la encarnación, crucifixión, resurrección, ascensión y coronación de Cristo, la Escritura registra que Dios continuó con su acción de revelación en la vida de la iglesia e incluso en la vida de aquellos que no lo conocían como fue el caso de Cornelio. La Biblia concluye que todo será consumado en la manifestación y revelación de Cristo en su segunda venida a la tierra, un evento público, visible y corporal que todo ojo verá y todo hombre atestiguará según el libro de Apocalipsis capítulo 1 versículo 7.

Está claro que bíblicamente Dios se revela sí mismo, pero ¿cómo es esta revelación?, ¿Es para todos o solo para algunos?, ¿Cómo me relaciono con Dios?, ¿Cómo lo aplico a mi vida? Algunos dirán que es meramente un encuentro personal y existencial con Dios mientras que otros señalan que consiste en conocer las verdades o proposiciones divinas. Son estos aspectos los que veremos en detalle en la siguiente parte de este artículo que podrá leer en los próximos días en este mismo medio.

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