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Hace unos días, deambulando yo cerca de mis compañeras, en un campo hacia el cual nuestro pastor nos había dirigido para pastar, me sentí tentada a alejarme un poco del resto. Escuché el murmullo de un riachuelo cercano y decidí seguir su suave sonido, pero cuando volteé a mirar, estaba sola, en un paraje desconocido, y tan solo en un par de minutos, dejé de escuchar también el murmullo del agua.

No sé cuánto tiempo pasó, tenía sed y mucho miedo. El sol caía, la oscuridad iba cubriendo los cielos y entonces ¿qué sería de mí?

De repente escuché una voz en la lejanía que pronunciaba mi nombre, era él, el pastor.

Balé con todas mis fuerzas hasta que mi cuidador llegó hasta mí.  A medida que se iba acercando fui comprobando la manera en la que el gesto de desespero de su rostro, se tornó de repente en alegría, justo en el momento en el que me vio. Me abrazó y una lágrima rodó por su mejilla «¡Estás aquí!» dijo.

Comprobó que cada una de mis cuatro patas me sostenían correctamente, abrió mi boca y se cercioró de que no había comido nada dañino y entonces, aliviado por un lado, se dio cuenta de lo cansada y sedienta que estaba. Sacó su cantimplora llena de agua y me dio de beber. Me puso sobre sus hombros y emprendió el camino de vuelta a casa. Canturreaba una canción hermosa que jamás había escuchado antes de su boca.

Al llegar junto a las demás ovejas, el pastor nos guio a todas hasta nuestro redil. Abrió la puerta de la cerca de madera y nos acomodamos todas para descansar. Él entró en su casa muy contento, y después de un tiempo, mientras las demás dormían, con un ojo entre abierto, pude ver a varias personas que también entraron, portando todos ellos, víveres, bebidas y hasta algún instrumento musical. Las luces permanecieron encendidas hasta no sé cuándo, pues después de todo lo acontecido, el sueño finalmente me venció.

A la mañana siguiente, madrugué más que todas las demás. Desperté súbitamente entendiéndolo todo. Aquella fiesta había sido en mi honor. Entonces comprendí que mi pastor realmente me amaba. Me había perdido, y dejando a las noventa y nueve ovejas restantes, había venido a buscarme a mí. 

«Yo buscaré la perdida, y haré volver al redil la descarriada; vendaré la perniquebrada y fortaleceré la débil; mas a la engordada y a la fuerte destruiré; las apacentaré con justicia.»

(Ez. 34:16)

«Jehová es mi pastor; nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará descansar; junto a aguas de reposo me pastoreará.»

(Sal.23:1,2)

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