El Camino

Hace ya algunos años, estuvimos de campamento con los jóvenes de la iglesia en el norte de Palencia. Lejos de todo, en una casa de campo, el lugar ideal para desconectar del mundo y conectar con Dios. Fue un tiempo de comunión precioso que no olvidaremos y que anhelamos algún día volver a repetir.

Uno de esos días fuimos a bañarnos a un río que cruza el precioso pueblo de Saldaña. Extendimos nuestras toallas en la pedregosa orilla, sacamos unas patatas fritas y algunas bebidas fresquitas y nos dispusimos a pasarlo bien. Algunos reían y gritaban chapoteando en el agua, mientras otros conversaban bajo la sombra de algún árbol. Yo disfrutaba de la escena, sentada en una gran piedra, charlando conmigo misma y divagando en mis pensamientos. Levanté la vista y me di cuenta que más allá de la ribera había un camino. Anuncié a los demás que me iba a pasear un rato y emprendí la marcha. A ambos lados de la senda se alzaban altos y sublimes chopos. El viento susurraba entre sus hojas y yo cerré mis ojos para sentirlo también en mi cara y disfrutar del sonido del bosque circundante. Los pájaros cantaban y el murmullo del cauce del río me acompañaba en aquel recorrido a ninguna parte.

Caminé durante una media hora y empecé a orar. Mis ojos estaban fijos en el camino, que a veces serpenteaba, y después de atravesar algunas curvas, yo todavía seguía caminando. Entonces me pregunté: «¿Dónde está la casa?» Al mismo tiempo me di cuenta que era una pregunta absurda, pues sabía muy bien que no habría ninguna.

Desde muy jovencita hay una imagen que siempre se repite en mi mente: un camino con frondosos árboles a los lados que se adentra en un bosque. Camino y camino hasta que llego al final, donde hay una casa de madera. Abro la puerta, estoy muy cansada, y allí está Jesús esperándome. Me ofrece una taza de té caliente, nos sentamos alrededor de una mesa de roble maciza y charlamos. Mi ropa no es la misma, llevo un vestido largo hasta los pies de color granate y el cabello muy largo y recogido en una trenza que se enrosca alrededor de mi cabeza.  Luego salimos afuera y nos sentamos en una roca cerca de una fuente de agua cristalina. El sonido del líquido cayendo sobre las piedras refresca mi alma y me da paz, y algunos pajarillos se acercan a beber o a chapotear.

Jesús me escucha con deleite y de manera paciente. Sonríe a menudo durante la conversación, le hace gracia cómo le cuento las cosas, y a veces suelta una carcajada.  De vez en cuando cruza los brazos o se toca la barba, y cuando acabo mi discurso acerca de la vida empieza a hablarme, respondiendo a todas mis preguntas. Me abruma con su sabiduría, y después de un largo rato, me invita a entrar de nuevo a la cabaña, se hace de noche. Entramos y yo me siento en una butaca grande muy antigua, me cuelgan los pies, y él, de una estantería llena de libros viejos, saca una gran Biblia. Me dice que todo está escrito ahí, que Él ya lo había dicho, que todo es cierto, que no me preocupe y que no tenga miedo del mundo. Me recuerda que tengo una misión importante, la de amar, la de dar a conocer a las personas todo lo que pone en el Gran Libro, y que soy una guardiana de cada una de sus palabras. Me entrega una pluma y un papel muy largo y me dice: «escribe.» Tomo el bello instrumento de escritura que me ha sido entregado y empiezo a trazar palabras a toda prisa.

Detuve entonces mis pasos en mitad del camino y lloré, aunque no estaba triste, al contrario, era una mezcla de alegría, gozo y esperanza. Di media vuelta y me dispuse a regresar de nuevo a la realidad, a la bulla de la orilla del río, con los demás, sabiendo que algún día estaría cara a cara con él, sin límite de tiempo, para siempre.

Muchas veces, cuando oro, cierro mis ojos y, conscientemente, vuelvo a recrear el camino, la casa de madera, a Jesús. Me detengo en la escena del té y le cuento mis cosas. Si estoy triste lloro, y si estoy alegre me ofrezco yo a preparar las infusiones, y luego salimos afuera, a la fuente, y le hago preguntas y más preguntas. Creo que alguna vez debí soñarlo todo…

«En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis. Y sabéis a donde voy, y sabéis el camino. (…) 

Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al padre, sino por mí» (Juan 14:2-6)