Lo que el deporte me enseñó

Fui una niña traviesa, aunque no demasiado movida, la verdad. Cuando tenía ocho años de edad mis padres me apuntaron a atletismo. De aquella época solo recuerdo mi primera competición, quedé última. También me inscribieron a baloncesto, y lo único que viene a mi mente es que disfrutaba botando el balón, que era casi nunca, y tocando los puntitos rugosos con los dedos durante los minutos de descanso. Nunca entendí por qué me apuntaron a este deporte, pues era, y sigo siendo, bastante corta de estatura. Más tarde, en secundaria, fue un balón de baloncesto el que me golpeó el dedo índice de la mano izquierda, tal como si un martillo dejara caer su peso sobre un clavo. ¡Para una vez que me pasaban el balón! Creo que me lo entablillaron mal en el hospital, porque nunca recobró su delicada forma original.

El año de natación obligatoria en la escuela tampoco había sido mejor unos años atrás. Durante las clases yo simplemente huía, y cuando no quedaba más remedio que meterme en el agua, me agarraba con todas mis fuerzas a las cuerdas flotantes, no había nada que hacer. Por eso, el último día del curso, unos cuantos niños y yo fuimos lanzados, literalmente, al centro de la piscina grande, sin tabla de corcho y sin nada que flotara. Salimos de allí nadando solitos como gatitos asustados. Puedo decir que aprendí a nadar, por no ahogarme y darle un disgusto a mis padres.

Luego estaba la asignatura de educación física, ya en el instituto. Reconozco que más de una vez me salté la clase para no ir. Yo le tenía un miedo feroz al potro. Es esa estructura piramidal de madera compuesta por varios cajones apilables. El último está acolchado y se suelen hacer varios ejercicios gimnásticos sobre él.

Todos nos poníamos en fila, íbamos corriendo hasta un pequeño trampolín, situado justo al pie del aparato, entonces saltábamos y se suponía que debíamos hacer la voltereta encima del potro sin apoyar la cabeza en él. Mis compañeros iban pasando uno tras otro al compás de las palmadas del profesor de gimnasia, y al final de la cola estábamos una niña gordita y yo. Ella llegaba hasta el trampolín, apoyaba las manos y pegaba un saltito, como por no decepcionar al instructor. Todos veíamos claramente cuál era el problema, su peso le impedía realizar el ejercicio, pero por alguna razón el profe insistía en que lo repitiera, y al tercer intento, ella empezaba a llorar. Después de este pequeño espectáculo, era mi turno.

Yo cogía carrerilla desde más lejos, creo que en algún momento llegué a creer que podría conseguirlo. Corría en un esprint bestial hasta el trampolín, saltaba, y antes de poder apoyar las manos en la parte superior acolchada del potro, mi cabeza chocaba estrepitosamente contra la madera. Nunca comprendí por qué no podíamos quitar un par de cajones para que mi compañera y yo pudiéramos realizar el ejercicio exitosamente. La cosa es que desde ese momento me dije que el deporte no estaba hecho para mí.

A mis treinta y tantos acepté la invitación de salir a correr con tres madres del colegio. Era la época en la que el running se puso de moda. La cosa me vino fenomenal, estuve corriendo tres días a la semana, durante un año y pico, a eso de las diez de la noche, que era cuando nuestros peques ya estaban metidos en cama. Salíamos a correr tanto si llovía, nevaba o granizaba. Correr no implicaba nada demasiado difícil para mí, aparte de tener que embutirme en unas mallas horrorosas, claro.

Cuando empecé a correr fue la primera vez que alguien me dijo «tú puedes», y por primera vez, pude. El hecho de salir a trotar me ayudó mucho tanto a nivel físico como mental, además pasé muy buenos momentos con mis compañeras charlando y riendo. Pero la vida continúa y los caminos se bifurcan, y al cabo de un tiempo el pequeño grupo se deshizo, y aunque salí a correr alguna vez por cuenta propia, no duró mucho. Me apunté algunos meses a un gimnasio, hice pilates y probé algunas máquinas en las que no encajaba muy bien del todo. Luego me quedé embarazada de mi tercer hijo y no volví a hacer ningún tipo de ejercicio hasta que años después descubrí el crossfit.

Alex y yo tenemos la suerte de ser los pastores de los dueños de Crossfit El Templo. Un día decidieron soñar a lo grande y montaron su propio negocio.

El crossfit es un deporte de alta intensidad que trabaja la resistencia, la fuerza física, el equilibrio y la flexibilidad. Es realmente una actividad deportiva muy completa y dinámica, divertida y que te reta a superarte constantemente, y lo bueno del crossfit es que es para todas las edades y condiciones físicas, siempre y cuando un buen profesional te asesore y supervise en todo momento. 

No os voy a mentir, después de la primera semana de entrenamiento pensé: «Pero ¿qué estoy yo haciendo aquí? Jamás llegaré al nivel, no estoy hecha para este deporte».

Todavía recuerdo cuando mi coach de fundamentos me pidió que alzara la barra básica de quince kilos, simplemente no pude levantarla del suelo. La comba de saltar era demasiado larga para mi estatura, correr era un suplicio y ni siquiera llegaba a la calculadora de la pared para poder calcular las repeticiones del wod (work of the day) Estaba lista para rendirme.

La razón principal por la que fui fiel a este deporte durante tres años fue porque mis coaches creyeron en mí, y no solo ellos, también mis compañeros. Creedme, muchos de ellos son unos monstruos del crossfit, tienen un nivel altísimo, pero cuando acabábamos el entrenamiento se acercaban, te chocaban los cinco y te decían: «¡Fenomenal campeona!».

Cuando los más novatos no habíamos terminado el wod y ellos ya hacía rato que sí, te animaban hasta el último de los burpees, y cuando por fin todo el mundo había terminado, todos recogíamos el material de todos.

Otra cosa que me gustó mucho de este deporte es que ser “crossfitero” no se limitaba solamente a ir a entrenar, ser “crossfitero” de verdad implicaba vivir un estilo de vida saludable y ser coherente con la actividad física que practicabas. Hacer crossfit también despertó en mí la inquietud por averiguar cómo llevar una alimentación realmente sana y saludable. Empecé a leer libros de nutrición, escuchar podcasts, seguir canales en YouTube y perfiles de Instagram que me motivaban continuamente a comer mejor. Aprendí a ejercitarme y a alimentarme de una manera consciente. Al mismo tiempo, todo ello me recordaba cuánto tenía que ver con vivir la vida cristiana, y encontré muchas similitudes. Simplemente no podía separar todo lo que estaba aprendiendo a nivel físico con mi vida espiritual.

Cuando conocemos a Jesús y empezamos a ir a la iglesia lo hacemos muy animados con nuestra nueva vida. Queremos crecer, ir a más, asumir nuevos retos. Es fantástico cuando tus nuevos hermanos te acogen con amor, te ayudan con las nuevas disciplinas de la oración o el estudio de la Biblia, te dicen: «Tú puedes». Ver los progresos que vas alcanzando a lo largo de la vida cristiana te anima a seguir adelante.

Pero, ¿qué pasa cuando esto no sucede? Desgraciadamente, los nuevos no duran mucho tiempo y terminan por irse. Todavía no son lo suficiente maduros como para poder continuar por los arduos caminos de la fe ellos solos, como tampoco ningún “crossfitero” novato dura mucho si no se le arropa desde el principio de su entrenamiento. No fue este mi caso, pero llegó el momento en el que mis obligaciones y cargas familiares, laborales y pastorales no me permitían asistir a los entrenamientos con la regularidad que yo quería, y es que, en el crossfit, como en muchos deportes, para ver resultados a medio y largo plazo, se necesita un compromiso casi inquebrantable de tres o cuatro clases por semana. Aun así, aprendí mucho en esos años y fue de gran ayuda en un tiempo de difícil prueba, creo que Jesús sabía que necesitaba estos duros entrenamientos para enseñarme, a nivel equiparable, lo que era la lucha espiritual, disciplina en la que más adelante también aprendería a ejercitarme.

Tanto en crossfit, o en cualquier otro deporte, como en la vida cristiana, la decisión de vivir una nueva vida saludable no es siempre fácil, realmente hay un precio a pagar y también conlleva un proceso. Hay que alimentarse bien, mucha fruta y verdura, o buena Palabra, dejar los malos hábitos, asistir a un mínimo de entrenamientos a la semana, o reunión dominical, oración…, aprender nuevas disciplinas, físicas o espirituales, y practicarlas regularmente, descansar el tiempo necesario para reponer fuerzas (sí, también la Palabra nos manda descansar), pasar tiempo con los compañeros, tener comunión con los hermanos, dejarse guiar por el coach (el pastor) y comprometerse con el servicio a la comunidad.

El apóstol Pablo también utilizó la misma comparación entre deporte y vida cristiana, y cada vez que medito en ello, más disfruto de hacer ejercicio. ¡Cómo me hubiera gustado empezar a practicar algún deporte ya desde mi juventud! Pero nunca es tarde si la dicha es buena, dice el refrán, y lo mismo se aplica a la vida espiritual. Todavía estás a tiempo de conocer a Jesús y empezar una nueva vida junto a Él, abandonar lo malo y escoger lo bueno, y si hace tiempo que le conoces, nunca es tarde para aprender la disciplina de la oración, el verdadero amor al prójimo, la generosidad sincera, implicarte en la obra misionera, en definitiva, vivir una vida cristiana con pleno conocimiento de la Verdad. Así como el deporte es para todos, el mensaje de Jesús también lo es.

No hace mucho he retomado el running. Después de más de diez años sin correr, no ha sido fácil el regreso, me tomó un mes entero empezar a trotar treinta minutos de carrera continua, que equivalen a una media de cinco kilómetros aproximadamente. Salgo un par de veces a la semana y he descubierto que me gusta más correr sola que acompañada.  La naturaleza es mi medio preferido, aunque el asfalto es siempre más agradecido que la irregularidad de terrenos más agrestes, pero sin duda el paisaje es más inspirador y siempre vale la pena.

¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis. Todo aquel que lucha de todo se abstiene; ellos a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros una incorruptible. Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura, de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que, habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado. (1 Co. 9:24-27)