Bailando con mi Psiquiatra

Una de las cosas que he querido hacer toda la vida ha sido aprender a bailar. Me he decantado siempre no tanto por los bailes de salón clásicos, como el vals o el pasodoble, ni mucho menos por la salsa, el merengue o el reggaetón, creo que no lo llevo en la sangre, pero sí me llama mucho la atención el flamenco, street dance u otros bailes más alternativos. Bueno, pues decidí un día probar algo de eso, así que acepté la clase de prueba que ofrecía una escuela de teatro de Palencia, era algo como «danza y expresión corporal». Así que llamé y fui.

Éramos como unas quince personas, la mayoría mujeres, excepto dos varones, un andaluz de ojos azules y un hombre bajito de apariencia tímida.

La clase empezó con ejercicios de respiración y estiramientos. Seguidamente hicimos algunos juegos rompehielos bastante ridículos. Menos mal que no me conocía nadie porque odio esta clase de jueguecitos en los que siempre me he negado rotundamente a participar. Después, la profesora puso de esa música estilo «chill» y empezamos a mover primero un brazo, luego el otro, una pierna, luego la otra, la cabeza… Me recordó a la canción de la escuela dominical para niños «Padre Abraham», pero en versión alternativa hippie. El objetivo era que cada uno se soltara y empezara a bailar tal y como le dictara el cuerpo. En unos momentos la sala se convirtió en quince cuerpos pululando de aquí para allá de una manera desordenada y algo rocambolesca. En ese momento supe que no volvería más. Y así, inmersa en mis pensamientos y dando vueltas de un lado para otro, de repente observé al hombre bajito de mirada tímida. Estaba apoyado en la pared como meditando al son de aquella música. Lo cierto es que su cara se me hacía muy familiar, lo había visto en alguna parte, pero no podía recordar dónde. Pensé: «Di que sí, chaval, que esto es un rollazo», antes de disponerme a parar con aquella pantomima yo también. Pero en aquel momento…

–¡En parejas! –dijo la profesora–. Belén, ponte frente a Manuel.

–Definitivamente ha sido un error venir aquí –pensé.

Me puse frente a Manuel y le hice una mueca que decía: «Tú no te preocupes, que le seguimos la corriente a esta mujer para que se quede tranquila».

La cosa es que empezamos a bailar a una distancia de dos metros el uno del otro, haciendo aspavientos y esas cosas que suelen hacer los bailarines. Al cabo de pocos minutos, Manuel parecía haberse animado por fin y recorría ya toda la sala dando saltitos volando como un pájaro al estilo Nacho Duato. Parecía como si toda aquella timidez que traía hubiera desaparecido.

Por fin el tiempo del baile se había terminado. Nos sentamos todos en redonda y la profesora nos pidió a cada uno que contáramos cómo nos habíamos sentido. Observé a Manuel intentando acordarme de dónde le había visto antes, estaba convencida de que le conocía, y de repente se hizo la luz en mi cabeza, mientras atónita escuchaba a Manuel contar su experiencia:

–Siempre he sido tímido y por un momento pensé que no podría hacerlo. El hecho de ponernos en pareja me ha ayudado mucho. Decidí seguir los pasos de Belén, eso me ha dado confianza.

–¿Qué te ha transmitido ella? –preguntó la profesora.

–Paz… Mucha paz y alegría, tiene en su interior algo especial que proyecta hacia afuera.

Pero yo estaba ya en otra parte.

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El altavoz de la sala de espera dijo mi nombre. Entré nerviosa a la consulta donde no había nadie. Me senté en la silla que había frente a la mesa del doctor, que tardó unos minutos en llegar. Era un hombre de mediana edad, de pelo rizado y corto de estatura.

–Hola Belén.

–Hola…

–Cuéntame por qué has venido, Belén…

–Eh… El estrés y esas cosas, creo.

–¿Puedes ser más específica? Tenemos tiempo.

La verdad es que yo tampoco sabía por qué estaba allí, de hecho, no me quedaba otra, yo no quería haber tenido que ir, pero debía estar porque necesitaba ayuda. Y allí me encontraba, explicándole mi vida a un perfecto desconocido. Muy seguro de sí mismo, el doctor Manuel, psiquiatra titulado, me explicó que mis síntomas eran propios de una ansiedad antigua no tratada en su momento y que había empeorado con el tiempo, aflorando en momentos de estrés transformándose en un trastorno de ansiedad, manifestándose en lo que él llamó «agorafobia».

Di muchas gracias a Dios, porque, aunque me había costado mucho decidirme en pedir ayuda, ahora por fin entendía todo lo que me había estado pasando todo aquel tiempo, y eso me tranquilizó mucho. Pensé en cuánta gente huye y se esconde de problemas de este tipo, incluso aquellos que creemos en un Dios grande y poderoso y estamos en el ministerio. Muchos lo ven como un signo de debilidad y falta de fe, pero olvidamos que somos humanos. De hecho, lo que me atormentaba siempre era preguntarme por qué Dios no me ayudaba, por qué no me aclaraba lo que me estaba pasando. Y precisamente ese día me dio muchas respuestas. Aquel tiempo fue el comienzo de mi sanidad.

A partir de entonces empecé a aprender a escuchar mis necesidades, tanto físicas como emocionales, a respetar mis tiempos de descanso y a cambiar hábitos, y también a prepararme, entrenarme y equiparme para la guerra espiritual.

–Puedo recetarte algo –dijo el doctor.

–Creo que no, por ahora, quiero intentarlo de otra manera.

–¿Tu fe? –A esas alturas ya conocía bastante sobre mí.

–Mi fe, mi familia, mis amigos, mi bici… Si veo que lo necesito, regresaré. Gracias doctor.

Me sonrió, me estrechó la mano y salí de la consulta sintiéndome la persona más feliz del mundo. Me subí en mi bicicletilla y me dirigí a casa canturreando.

Dos años más tarde, allí estaba yo, bailando con mi psiquiatra, y sinceramente creo que él sí que me recordaba.