La Sanidad como parte integral del Evangelio

Siendo muy joven, comencé a trabajar en una empresa de instalaciones de Aire Acondicionado en grandes superficies. Tras varios meses, un día me di cuenta que, en nuestro uniforme, se indicaba el nombre de la empresa, seguidamente de un eslogan que decía: “Instalaciones Integrales”. Nunca comprendí a qué se refería con eso de “Instalaciones Integrales”, ya que nuestro trabajo era muy concreto con aparatos de refrigeración. Podríamos decir que nuestra publicidad era algo “fraudulenta”. Hoy en día, es evidente que esa empresa ya no mantiene ese eslogan.

En el anterior artículo hice énfasis a los beneficios y efectos del Reino de Dios presente en la tierra. Como Iglesia, no podemos olvidar que el evangelio de Jesucristo, es un evangelio integral, y como tal, debe ser predicado en su totalidad. ¿A qué nos referimos con «Evangelio Integral»? El Doctor Pablo Deiros lo sintetiza como: «la comprensión del evangelio en sus múltiples dimensiones (personal y social), así como las implicaciones que esto tiene en todas las esferas de la vida (religiosa, cultural, política, económica, social, personal y familiar)»1. Es decir, un evangelio integral es comprender el evangelio como un mensaje totalizador que no puede ser reducido a una declaración doctrinal. El artículo 6 del Pacto de Lausana dice lo siguiente: «La evangelización del mundo requiere que toda la iglesia lleve todo el evangelio a todo el mundo». Fijémonos que dice: «todo el evangelio». Por lo tanto, el mensaje de la Iglesia debe ser completo e integral.   

Una de las características del movimiento pentecostal alrededor del mundo, es precisamente el fuerte énfasis que ha hecho sobre señales, prodigios y milagros de sanidad como parte del evangelio de Cristo.  A través del sacrificio perfecto de nuestro Señor, el creyente no solamente goza del perdón de pecados, sino también puede experimentar el poder milagroso de Dios. El error aquí es que podamos caer en un pensamiento reduccionista donde pensemos que los milagros no forman parte de ese evangelio integral.  

 El Nuevo Testamento utiliza en varias ocasiones el término griego sozo, el cual indica la idea de sanar y salvar al mismo tiempo. Aunque el ser humano se compone de cuerpo, alma y espíritu, para Dios es una sola unidad. El artículo 4 de nuestra Declaración de Fe dice lo siguiente: «Creemos en la salvación integral del ser humano (cuerpo, alma y espíritu), ofrecida gratuitamente mediante un acto soberano de Dios y obtenida por la fe en Jesucristo». Evidentemente consideramos su dualidad como ser material e inmaterial, pero debemos matizar que forma una sola unidad. Esto es precisamente el holismo bíblico, el cual reconoce a la persona como un total, y la gracia de Cristo redimiéndola en su totalidad. Pablo dice en 1ª Tesalonicenses 5:23: «Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo». Del mismo modo que el pecado tiene efectos universales y afecta a todas las esferas de la vida, la obra de Dios se manifiesta en el hombre de manera integral, siendo su voluntad la restauración completa. Es pertinente entonces, pensar que la acción salvífica recae sobre el hombre de manera integral. Sería una incongruencia afirmar que la sangre de Jesús limpia actualmente el pecado del hombre, pero, sin embargo, ya no actúa sobre la enfermedad.  Lamentablemente, en los primeros siglos, la idea del dualismo platónico rebajando al cuerpo y al mundo material, dejó una fuerte huella en algunos de los padres de la Iglesia que hasta nuestros días perdura. Pensar que Dios solamente se interesa por el alma y no por la persona en su totalidad, es totalmente contrario a las Escrituras.  

 Cuando vemos tanto el ministerio de Jesús, como el de los apóstoles, nos damos cuenta que la sanidad fue una parte integral de su mensaje. Los evangelios registran cómo los milagros se manifestaron paralelamente a la predicación. Asimismo, Lucas escribió en el libro de los Hechos, cómo los milagros de sanidad respaldaron la predicación de los apóstoles. Después de estos, la Iglesia primitiva, continuó con ese mandato de orar por los enfermos convirtiéndola en una práctica común en su liturgia con el fin de edificar a la Iglesia y glorificar a Cristo. El pasaje de Santiago 5:14, identifica la oración por sanidad como una manifestación que continuaría en la Iglesia hasta el regreso de Cristo: «¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor».  

 La Iglesia, es dispensadora de la gracia del evangelio de Cristo, y por tanto, debemos tener esa correcta comprensión de la plenitud de la redención y predicar el evangelio del reino en su totalidad. Con relación a esto, Pablo Deiros comenta: «Nuestra aproximación Cristológica debería ser comprehensiva, de la manera que el totus Christus (su encarnación, vida terrenal, muerte, resurrección y parousía) sea indispensable para la Iglesia y su misión».2 La misión de la Iglesia, no se limita a la proclamación del reino de Dios, sino también es una llamada a sanar enfermos y liberar cautivos. De esta manera, estamos predicando un evangelio integral. Evidentemente, no debemos caer en poner el énfasis en la sanidad física, sino en el Sanador Divino.  

 Por tanto, nuestro ministerio como Iglesia del Señor es seguir proclamando el mensaje de Jesucristo y a su vez, orando por sanidades físicas como una parte integral de la obra redentora. No podemos prescindir ni de la predicación ni de la tarea de orar.