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“Ningún hombre sabe lo malo que es hasta que se ha esforzado mucho en ser bueno.” C. S. Lewis

Nuestra vida cristiana es siempre caminar. Y en el andar del camino encontramos lugares tranquilos donde poder reposar, pero en ocasiones son lugares muy abruptos y difíciles. En ese pasar de la vida en muchos de esos senderos paramos y levantamos altares a Dios.

Los altares siempre fueron lugar de sacrificios. Además, eran lugares donde se encontraba la presencia de Dios.

El altar se levantaba porque si un día el Señor estuvo en ese lugar, seguro que era un buen lugar para que vuelva. Por eso si un día Dios se manifestó en nuestra vida, seguro lo volverá a hacer. Él te vuelve a llevar a los lugares de bendiciones para volver a bendecirte.

 

La vida de los patriarcas se caracteriza por la continua edificación de altares. Los altares fueron construidos para adorar, como lugar de encuentro especial con Dios, para testificar victoria, y para agradecer.

Es bonito saber que, en el camino, otros muchos verán nuestros altares y eso les animará a seguir adelante pensando que otro ya paso por ese lugar y el Señor lo sostuvo.

Nosotros mismos tal vez volveremos a pasar y al ver nuestro altar sabremos que Dios puede hacerlo otra vez y que no debemos olvidar ninguno de sus beneficios.

 

Pero en la vida hay tres altares necesarios e imprescindibles. Debemos de ser conscientes de nuestro altar personal, familiar y congregacional.

Los altares del camino no deben ser cuidados, pasamos los levantamos y seguimos.

Estos tres, sin embargo, debemos cuidarlos cada día. Son lugares donde el fuego debe de arder y no apagarse nunca.

  • El altar personal, de encuentro con el Eterno, nuestro lugar secreto, solos el Padre y tú. Lugar de intimidad y amor. Nunca debemos dejar descuidado este lugar. Es un lugar de amistad y de encuentro divino. Un lugar de preguntas y respuestas, de diálogo y confrontación. Lugar de paz y entrega.
  • El altar familiar, que no puede existir sin el personal. Un tiempo de unirnos con un mismo propósito, donde dejar las peticiones familiares y creer que Dios estará con nosotros de generación en generación.
  • Y el último, el altar congregacional donde disfrutamos de koinonía y fraternidad. Un altar de convocatoria del pueblo unido para trabajar en el proyecto de Dios. Un altar de comunidad eterna donde esperamos dirección y bendición del cielo.

 

No podemos dejar que ninguno se apague ya que realmente en cada momento uno aviva al otro y lo sostiene.

Antes que el fuego se apague revisa tus altares, el fuego siempre es encendido por Dios, pero la responsabilidad de que siga ardiendo es nuestra.

Es cierto que cuanto más nos acercamos a Dios más reconocemos nuestra maldad, pero también es cierto que cuanto más vamos al altar más caminamos hacia la purificación de nuestros corazones. No dejes de arder, el fuego del Señor consume la maldad del hombre y hace brillar en nosotros lo que se asemeja a Él.

 

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