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En el artículo anterior vimos que Dios se revela al hombre por el puro afecto de una buena y amorosa voluntad. Pero ¿Cómo es que Dios lleva a cabo esta revelación?

Lo primero que podemos decir es que la mayoría de los teólogos coinciden que Dios se ha revelado principalmente de dos maneras distintas: una, es de carácter universal o general y la otra, es de carácter especial o particular. Hoy nos centraremos en la revelación que posee un carácter global.

La revelación general puede ser definida como la comunicación que Dios hace de sí mismo a todas las personas, en todos los tiempos y en todos los lugares. Este tipo de revelación es mediata y global, es decir, usa ciertos medios que están al alcance de todos.

Dios, que no se ha dejado a sí mismo sin testimonio (Hechos 14:17), ha establecido tres grandes testigos que anuncian al hombre su existencia de manera universal. Dios ha situado estos testigos en diferentes posiciones para el bien nuestro. El primero, fuera del hombre escrito en la gloriosa naturaleza creada por Dios; el segundo, dentro de la propia naturaleza moral del hombre; y el último, entretejido providencialmente en la historia de la humanidad.

Al analizar el primero de ellos, que lo encontramos, más allá del hombre, en la creación, con su infinita variedad, ajuste fino, finalidad, belleza y orden, nos proporciona la inferencia de un Dios creador infinitamente sabio y poderoso. La creación, de manera inevitable, se convierte en la huella divina. Como cualquier artesano o creador deja su huella, sello e impronta en su obra creada, así Dios la ha dejado la suya en el universo que nos rodea.

El Salmo 19 declara que los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Un día emite palabra a otro día, y una noche a otra noche declara sabiduría. No hay lenguaje, ni palabras, ni es oída su voz. Por toda la tierra salió su voz, y hasta el extremo del mundo sus palabras (Salmo 19:1–4a). Este salmo indica que hay una misma revelación objetiva e inmutable para todos los hombres en la creación, y aun cuando no es presentada en un lenguaje formal escrito o hablado, transmite un mensaje muy claro: existe un Dios creador glorioso.

Pablo en Listra expone el cuidado providencial sobre la creación y el hombre al decir os anunciamos que … os convirtáis al Dios vivo, que hizo el cielo y la tierra, el mar, y todo lo que en ellos hay … Si bien no se dejó a sí mismo sin testimonio, haciendo bien, dándonos lluvias del cielo y tiempos fructíferos, llenando de sustento y de alegría nuestros corazones en Hechos 14:15, 17.

En su discurso a los atenienses en el Areópago (Hechos 17) Pablo incluye la razón del testigo divino en la naturaleza cuando dice con ella Dios desea que le busquen, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle (Hechos 17:27).

Romanos 1:18–21 establece que Dios lleva la verdad de su existencia a todos los seres humanos, incluidos los pecadores a través de la naturaleza. Las cualidades invisibles de Dios, su eterno poder y deidad, son hechas visibles. Así nadie podrá aludir una falta de conocimiento, información o revelación divina como excusa de su comportamiento incrédulo, indiferente o rebelde hacía Dios.

En suma, este primer testigo grita al hombre desde fuera de él. La creación misma anuncia un Dios omnipotente (que pudo crear), inteligente (que supo crear) y volitivo (que quiso crear).

El segundo gran testigo reside en el interior del hombre. Este vocero divino tiene que ver con nuestra propia naturaleza moral. La raza humana fue creada a imagen de Dios según Génesis 1:26–27. La imagen y semejanza de Dios en el hombre incluye una imagen moral al igual que una volitiva, afectiva y cognitiva. Trágicamente, la caída trajo consigo una separación y corrupción de todos estos aspectos en el hombre. Aunque el pecado afectó a todas las áreas del hombre, con todo, la imagen de Dios en los seres humanos no fue aniquilada completamente.  Quedó desfigurada y distorsionada, pero no destruida.

La Biblia afirma que el ser humano es un ser moral y esto es así porque fue dotado con libertad. Es gracias a la capacidad de elegir libremente que el hombre realiza juicios morales que se traducen más tarde en actos de los cuales tendrá que responder. Poder elegir hace al hombre responsable de sus acciones para bien o para mal. Es un hecho, que juzgamos a otros y a nosotros mismo sobre la base de una consciencia moral. Las ciencias de la sociología, antropología y axiología refrendan la verdad bíblica de una consciencia moral que posee valores objetivos comunes a todos sin importar la época, geografía o trasfondo social del individuo.

Muchos autores y pensadores a lo largo del tiempo han hablado de este fenómeno. Calvino lo definió como el divinitatis sensum (sentido de la divinidad o de lo divino) en el hombre. Immanuel Kant afirmó en la Crítica de la Razón Práctica que permanecía perplejo y maravillado al contemplar el cielo estrellado (primer testigo) fuera de él y el sentimiento moral (segundo testigo) dentro de él. Los teólogos resaltan el valor que tiene como evidencia el impulso moral que caracteriza a los seres humanos y las inferencias lógicas que se extraen de ellos, en cuanto a la necesidad de un legislador universal. El énfasis para todos estos autores no es tanto en cómo se encuentra articulado este código moral en el hombre sino en la realidad irrefutable de que existe tal código en todos los seres humanos.

Millard Erickson sobre este tema apunta en su Teología Sistemática: “En todas las culturas, en todos los tiempos y lugares, los seres humanos han creído en la existencia de una realidad más alta que ellos, e incluso en algo que está por encima de la raza humana como colectividad. Aunque la naturaleza exacta de la creencia y de las prácticas de alabanza varían considerablemente de unas religiones a otras, muchos ven en la tendencia universal a la adoración de lo sagrado la manifestación de un conocimiento antiguo de Dios, un sentido interno de deidad, que, aunque se puede estropear y distorsionar, sin duda sigue presente y actuando en la experiencia humana.”

Romanos 2:1-15 afirma tres verdades básicas: primera, el ser humano tiene consciencia moral. Segunda, esta consciencia moral ha sido dada por Dios; y tercera, esta consciencia moral dada por Dios hace al hombre responsable de todas sus acciones. Según este pasaje, el hombre no necesita tener una ley externa escrita en papel o en tablas fuera de él porque la lleva grabada en su propio corazón. El texto se encarga de dejar claro que esta ley es común para todos los hombres, ya sean incrédulos, moralistas o creyentes.

Stanley M. Horton en su Teología Sistemática expone: “Aun cuando los hombres nunca se hayan enfrentado a la ley escrita de Dios, las personas sin regenerar experimentan incontables conflictos mentales cada día, al enfrentarse a la ley de Dios que llevan dentro”.

En suma, este segundo testigo grita al hombre, desde la moral interior, que existe un Dios santo (separado de la maldad), bueno (que no realiza maldad) y justo (que juzga la maldad),

El tercer gran testigo se encuentra entretejido providencialmente en la historia del hombre. Definimos providencia como el cuidado sabio, bueno y soberano que Dios tiene de su creación, debido a su conocimiento previo y pleno de todas las cosas, con el fin de preservarla y que se cumplan en ella sus propósitos.

Esta evidencia indirecta de la existencia de Dios es menos obvia y más difícil de inferir que las anteriores. Aun así, muchos pensadores y teólogos ven la mano de Dios en los eventos que conforman la historia de la humanidad. Dios no es meramente un ser transcendente e indiferente al devenir de los acontecimientos terrenales. La Biblia rechaza la idea de un Dios “relojero” como algunos proponen, en el que Dios creó al hombre y al universo, estableció una serie de leyes naturales para su buen funcionamiento, y una vez echado a andar se desentendió del mismo. El Dios de la Biblia claramente cuida y se preocupa de la creación e interviene en los asuntos de los hombres (Job 12:23; Sal. 47:7-8; 66:7; Is. 10:5-13; Dn. 2:21; Hch. 17:26).

Dios, que, en su naturaleza, tiene la voluntad y afecto de relacionarse de manera activa con su creación y en especial con el hombre creado a su imagen. Esta actividad debería dejar una huella de su existencia en la historia lo mismo que la ha dejado en la naturaleza del universo y en la naturaleza moral del hombre.

Muchos encuentran ejemplos de esta huella en la preservación milagrosa del pueblo de Israel a lo largo de la historia. Otros afirman que al estudiar momentos cruciales de la Segunda Guerra Mundial como la evacuación de Dunkerque por parte de los aliados, la invasión de Rusia a manos de la Alemania nazi o las batallas navales del pacifico como fue la de Midway entre EE.UU y Japón, se pueden contemplar muchas aparentes “casualidades” humanas o circunstanciales de difícil o imposible explicación, Por eso afirman que son mas bien “causalidades”, propias de una voluntad divina y eterna, obrando para el bien de su pueblo y de sus propósitos. Dios es, en definitiva, quien pone y quita reyes (Daniel 2:21). Podemos decir que la gran narrativa divina se ha escrito sabia y soberanamente con la vida, acciones e historia de incontables hombres y mujeres a lo largo del tiempo.

La plena evidencia de cómo Dios interviene en la historia del hombre la hallamos en la encarnación. Dios, en la persona de Cristo, se hizo hombre para encontrar al hombre y guiarlo de nuevo a “casa”. La historia de la Biblia es la historia de la de redención, y dicha historia es la guía a los eventos de la humanidad. Y en este sentido, la figura y persona de Cristo Jesús son centrales (Gálatas 4:4).

Stanley M. Horton explica cómo la iglesia primitiva lo entendió así y escribe: “Los credos de la Iglesia recitan las obras redentoras de Dios en la historia. Por ejemplo, el Credo de los Apóstoles destaca las obras de la creación, la encarnación, la crucifixión, la resurrección, la ascensión y la segunda venida de Cristo, y el juicio.”

En suma, este tercer testigo grita al hombre desde su propia historia que existe un Dios personal (que se relaciona), cercano (que se interesa) y providencial (que cuida) de su creación y de los hombres.

Vemos que estos tres grandes testigos y voceros divinos proclaman la existencia de un Dios personal, eterno, omnipotente, sabio, inteligente, bueno, justo, santo, amoroso, soberano y providencial.

Que el hombre en todo lugar abra sus ojos para ver al Dios de la creación, incline su oído para escuchar al Dios de la moral y afine sus sentidos para encontrar al Dios de la historia. Amén.

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