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Recuerdo el impacto que me produjo, en su momento, la lectura de la novela de George Orwell “1984”. Tenía 15 o 16 años y el año 1984 asomaba ya la patita, afortunadamente muy diferente del dibujado por la novela distópica de Orwell; sin embargo, hoy, en 2022, casi 40 años después de lo previsto por el escritor británico, algunas de sus predicciones han tomado cuerpo de una forma sibilina y perversa.

En la novela mencionada, un gran dictador dominaba el mundo occidental haciendo uso de las mas retorcidas herramientas; se trataba de un gobierno profundamente opresor, controlador y violento. Dentro de la monstruosa estructura tiránica destacaba el “Ministerio de la Verdad”, el tentáculo del monstruo encargado de difundir como ciertas, como verdades indiscutibles, las falaces ideas, las mentiras descaradas del Gran Hermano. Una de las principales herramientas de ese ministerio era la “neolengua”, una nueva concepción del lenguaje como medio de control del pensamiento y la verdad. El gobierno del Gran Hermano, y su insidioso Ministerio de la verdad, usaban el lenguaje de forma fluida, cambiando el significado de las palabras de forma que estas apoyasen siempre la voluntad de los dirigentes, convirtiendo, mutando y deformando los vocablos, hasta el punto de que estos significaran lo opuesto de lo que originalmente manifestaban.

En el ámbito de la sexualidad humana se está produciendo el mismo efecto que provocaba el Ministerio de la Verdad en “1984”; se cambia el significado de las palabras al servicio de unas ideas, de una ideología que pretende cambiar, trastocar, por ese medio la realidad. El lenguaje modificado y alterado, se está usando como punta de lanza de una revolución ideológica que tiene como fin el cambio del sentido de la sexualidad humana.

Comenzó esta soterrada revolución con la inclusión en nuestro lenguaje del concepto de “género” en el ser humano; así la humanidad no solo tenía dos sexos diferentes, sino que pasó a tener una verdadera miríada de posibles géneros.

Mientras el sexo está clara, definitiva y naturalmente determinado desde el momento mismo de la concepción, cuando el espermatozoide penetra en el ovulo y se funde con él para formar una nueva célula, con un material genético ya diferenciado de sus progenitores; en ese momento la nueva reconfiguración cromosómica del nuevo ser ya tiene un sexo definido genéticamente.

En cuanto al denominado género, se trata de una mera concepción mental y emocional; de una supuesta “condición” que no tiene ninguna vinculación real con la naturaleza, genómica o presencia física del ser. Es la propia persona la que define, desde su mera voluntad, cual es su género; y es imposible de discutir, probar, afirmar o negar desde otro aspecto que no sea el de la plena subjetividad. Tanto tiempo transcurrido de humanidad, y todavía no hemos sido capaces de asumir la realidad de lo que ya Dios nos advierte de forma clara a través de las escrituras: Proverbios 3:5 “Fíate de Jehová de todo tu corazón, Y no te apoyes en tu propia prudencia”, Jeremías 17:9 “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?”; desoyendo la revelación divina, la humanidad ha tomado un camino de confusión y continuo alejamiento del Dios que de continuo busca su redención.

La cuestión del género ha llevado a diferentes modificaciones del lenguaje, aceptadas e implementadas desde el parapeto de una malentendida “inclusión”, y que a la postre supone una descalificación, exclusión y total marginación de aquellos que no están dispuestos a bailar al son de su manipuladora música. Del todos y todas, se ha pasado al todes, también al tod@s, evolucionando al todxs; y aún no sabemos cuál será la siguiente ocurrencia. Y da igual cual sea la opinión de los técnicos y de los especialistas en el lenguaje; no importa cuales sean las explicaciones del significado de las palabras y su fundamento etimológico. Parece que se han tomado como lema la frase atribuida a Mark Twain: “no dejes que la realidad te estropee una buena historia”.

Pero ¿cuál debe ser nuestra postura como creyentes, como hijos de Dios?

No será popular, nos meterá en más de un problema, y tal y como corre los tiempos hasta es posible que termine convirtiéndonos en dianas de una nueva persecución. Dios creó varones y hembras, hombres y mujeres; seres con un sexo y una sexualidad claramente definidos. Claramente el ser humano disfruta de libertad, otorgada por el propio Dios, para escoger el camino por el que va a transitar; pero esa posibilidad nos convierte en responsables ante Dios de la vía por la que decidimos transitar el tiempo que nos ha sido concedido. Proverbios 14:12 nos advierte: “Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte”, y parece que la humanidad ha escogido un camino divergente del divino, cuyo fin es claro.

Nuestro libro guía nos avisa en Efesios 4:29 “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes”; durante mucho tiempo hemos interpretado este versículo sobre todo referido a las palabras malsonantes; pero lo que nos propone la “neolengua de género” no es otra cosa que corromper, a través del uso de las palabras, la clara revelación divina. Como creyentes debemos cuidar lo que el uso del lenguaje transmite realmente con su uso, huyendo de esa mal entendida tolerancia que lejos de llevarnos a la edificación, solo nos conduciría a la corrupción.

No cedamos a la insidia del Gran Hermano Satanás por querer se tolerantes con el mundo, aceptando una neolengua que solo promueve pecado y muerte.

Nuestro sí, sea sí, y no ninguna otra cosa.

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