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La respuesta corta es por el puro afecto de una voluntad que ama. La respuesta más extendida, y sin ser exhaustiva, la veremos con detalle a continuación.

Dios queda definido por la palabra amor (1 Juan 4:7-9). Amar, por definición, implica por lo menos el aspecto de vivir más allá de las fronteras de uno mismo para darse a los demás (Juan 3:16). Esto, de manera singular y extraordinaria, ha ocurrido desde siempre en la naturaleza trinitaria de Dios. El Padre ama al Hijo y al Espíritu Santo, por tanto, se da y se entrega a ellos plenamente. De la misma manera, el Hijo y el Espíritu Santo aman y se entregan completamente al Padre y también, entre ellos. Esta relación que existe entre el Padre, Hijo y Espíritu Santo, al ser perfecta y plena, no exige suplemento externo alguno. Debemos entender y aceptar que el Dios trino, en su perfección y plenitud relacional, no necesita ni está obligado a ningún otro tipo de relación más allá de sí mismo.

Por tanto, la revelación de su persona y de su verdad requieren ser la expresión de su buena voluntad, en este caso, para con los hombres. Dios no tiene una necesidad (como a quien le falta algo y se le debe añadir para ser o estar completo). Tampoco, tiene la obligación (como quien es forzado por algún agente externo) que lo impulse a revelarse. Dios, de ninguna manera, fue completado al crearnos y mucho menos, obligado a amarnos. Dios nos creó, simple y llanamente, porque tuvo el afecto y la buena voluntad de compartir su amor con nosotros. Un amor que resulta en el mayor beneficio para el ser humano. Un privilegio que nos permite conocer a Dios, glorificarle y disfrutar de Él para siempre. Dios, por tanto, deseó y tomó la decisión libre y consciente de crearnos para revelarse amorosamente a nuestras vidas.

El hecho de que Dios no necesitara crearnos ni revelarse a nuestras vidas, preserva su naturaleza plena, perfecta, libre y amorosa hacia nosotros; lo libra de cualquier acusación o connotación de ser un ser egoísta, imperfecto y esclavo de su necesidad; y al mismo tiempo, le otorga un valor extraordinario al ser humano. El ser humano no es fruto de la necesidad, de la obligación o del azar sino del amor de Dios. Amar es consecuentemente darse y relacionarse con otro, e implica una revelación consciente y voluntaria de uno mismo hacia otro ser, el cual es el objeto de nuestro amor. En este caso, de Dios hacia los hombres.

Dios siempre que se ha revelado a sí mismo al hombre, lo ha hecho por amor. Esto lo vemos una y otra vez en la Biblia, de principio a fin. Algunos ejemplos son dignos de remarcar.

El libro del Génesis que registra la creación del cielo estrellado que admiramos y la tierra en la que habitamos, nos relata cómo Dios puso su imagen y su semejanza en el hombre. Esto significa, que Dios no solamente nos dio vida, sino que, de manera única y extraordinaria, se dio a sí mismo al hombre. Dios tomó de lo que Él es en esencia y lo compartió con nosotros. Ahí, en el huerto del Edén, cuando todo era perfecto, fue que Dios puso el sello de su imagen en la humanidad. Y fue ahí también, dónde el hombre se convirtió en una revelación de Dios mismo como portador de la semejanza divina.

Más tarde, en Belén, cuando todo estaba perdido. Cuando la imagen divina en nosotros estaba distorsionada por causa del pecado, Dios se reveló nuevamente por amor. En esta ocasión, lo hizo de manera diferente. En Belén, fue Dios mismo quien tomó nuestra imagen y semejanza. Dios se encarnó y se hizo semejante a nosotros.  Dios se despojó a sí mismo para vestirnos y cubrir nuestra desnudez. Lo hizo para salir al encuentro de una humanidad totalmente pérdida y extraviada, y traer la plena revelación de quien es Dios (Hebreos 1:1-3). El Hijo de Dios se encarnó para revelarnos al Padre, tomó nuestro lugar en la cruz y nos dio la oportunidad nuevamente de ser, no solamente el objeto, sino los depositarios del amor de Dios.

Más adelante, justo antes de la futura Jerusalén en los cielos nuevos y nueva tierra (Apocalipsis 21), Dios se revelará conforme a nuestra bendita esperanza (Tito 2:13-14). Cristo volverá, regresará y todo ojo lo verá (Hechos 1:11, Apocalipsis 1:7). Volverá a revelarse para juzgar a sus enemigos y establecer su reino para siempre. Lo hará por amor a su nombre y para unirse a su pueblo por la eternidad. Un aspecto de la firme garantía de su regreso y futura revelación es el amor que Dios tiene a su iglesia. Dios no se olvida de los suyos; de su iglesia a la que ama, y por eso regresará. Lutero acuñó esta frase, el Deus absconditus (el Dios escondido) tomó la iniciativa para llegar a ser el Deus revelatus (el Dios revelado).

Es glorioso ver que, en la creación, redención y consumación de todo, Dios se ha revelado por amor al hombre. Lo ha hecho, de principio a fin. La revelación de Dios se hace visible en la naturaleza amorosa de la creación del hombre, la encarnación de Cristo y su futuro regreso. ¿Qué mayor muestra de amor puede existir que darse a sí mismo por el otro?, ¿O despojarse a causa de otro?, ¿O ser fiel hasta el final, no abandonando al ser querido?

El Dios escondido se ha convertido el Dios revelado por amor, por el puro afecto de su voluntad. El hombre, por más que se esfuerce, no puede conocer a Dios más allá de lo que Él mismo ha querido descubrir en su autorrevelación.

En la Biblia, Zofar le preguntó con amonestación a su amigo Job: ¿Descubrirás tú los secretos de Dios? ¿Llegarás tú a la perfección del Todopoderoso? Es más alta que los cielos; ¿qué harás? Es más profunda que el Seol; ¿cómo la conocerás? (Job 11:7-8)

Si lo que sabemos de Dios es lo que Dios mismo ha querido revelar, entonces cabría preguntarnos, ¿cómo y cuánto se ha revelado Dios? La respuesta la dejamos para el próximo artículo.  En este artículo, lo importante era reflexionar sobre las causas y razones divinas para revelarse al hombre. En suma, podemos decir, que Dios se revela y sale al encuentro del hombre, no por necesidad u obligación, sino por el puro afecto de una voluntad buena y libre que ama de principio a fin. Por tanto, solo podemos dar gracias a Dios por ser cómo es y amarnos cómo nos ama. Amén.

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