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El video se hay convertido en viral en diferentes redes sociales, hasta el punto de que ha sido difundido por diferentes canales de televisión. Se trata de una bebé de apenas un año de edad que, en el video, se acerca con verdadera premura a un gran ventanal de la casa en la que vive, lleva unos prismáticos de juguete en la mano, y se aplica con verdadera fruición a mirar todo lo que sucede en el exterior de la vivienda.

Sin duda la conocida “vieja del visillo” de José Mota se sentiría orgullosa de ver como la tradición del chismorreo, de meterse en la vida de los vecinos para conocerlo todo, con la finalidad de “poder comentarlo”, se encuentra asegurada para el futuro en las nuevas generaciones.

Pero no debería preocuparse, en ningún caso, la entrañable anciana escondida tras el encaje de los visillos: en nuestro país la tradición del “metiche”, del entrometido, del chismoso, está garantizada “et in saecula saeculorum”; y mucho me temo que el micro universo cristiano está lejos de encontrarse al margen de esa situación.

Observo con cierto estupor como, sobre todo en las redes sociales, proliferan cual setas tras la lluvia las publicaciones dedicadas al análisis, crítica, posterior censura y final condena y destrucción de prácticamente todo lo que hacen o dicen públicamente diferentes prójimos. Se analiza y se realiza una profunda exégesis, debemos reconocer que en muchas ocasiones evidentes eixégesis, la última predicación, publicación, comentario y/o fotografía de predicador, evangelista, o simplemente conocido de turno; y desgraciadamente en muchas ocasiones, el escrutinio remata con una clara y justiciera condena pública de tal o cual actitud, idea, pensamiento o doctrina. Y todo ello desde la muy noble intención de proteger y defender la sana doctrina, la pureza de la fe.

Con frecuencia olvidamos los consejos escriturales sobre la corrección del errado o del ofensor: que se busque la restauración, que nos consideremos a nosotros primero, actuar con mansedumbre, en Gálatas 6; hacerlo en privado, con testigos y en la iglesia, pero nunca en público, de Mateo 18. Todo esto ha sido. Comúnmente esto se ha sustituido por la picota de las redes sociales, por el San Benito de la censura pública, por la hoguera inquisitorial de la declaración de herejía.

¿Qué imagen estamos dando los cristianos en el escaparate público de los medios de interacción y comunicación masivos?, ¿pueden ver nuestros contactos la mansedumbre y misericordia de Jesús escribiendo en tierra para no condenar públicamente?, ¿alcanzarán a vislumbrar quienes nos observan, desde la penumbra de la red de redes, el amor de Dios hacia los equivocados?.

Y no pretendo que no debamos corregir el error, el pecado; solo me pregunto si la manera en que lo estamos haciendo agrada a aquel que nos llamó.

Quiera nuestro buen Señor que haya menos cristianos del visillo, menos “Torquemadas” de las redes;  y se extiendan los mansos discípulos de Jesús, escribiendo en tierra para restaurar en lugar de condenar.

 

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