PREFACIO
Como Departamento Nacional de Educación Cristiana nos complace en presentar este manual de Declaraciones de Fe de las Asambleas de Dios de España. Es nuestra preocupación que en FADE contemos con un material que exprese de forma concisa aquellos aspectos de nuestra fe que nos identifican como pentecostales y como miembros de la gran familia de las Asambleas de Dios. La presente obra está escrita por siervos de Dios con una reconocida trayectoria ministerial, con convicciones profundas y con carácter de obreros aprobados, que han mantenido y guardado la fe, inspirando a las nuevas generaciones que se levantan para el servicio de la obra, a mantener un fiel cuidado de sí mismos y de la doctrina, como bien le advierte Pablo a Timoteo.
Nuestro deseo, más que el de publicar un texto que desarrolle las doctrinas en las cuales se sustenta nuestra fe, más bien se trata de enfocar la atención en las 13 declaraciones de fe que como cuerpo de Cristo hemos confesado y declarado como verdades fundamentales que nos ayudarán a mantener un enfoque bíblico, teológico y espiritual en nuestra Federación y a su vez en nuestras iglesias locales.
En primera instancia este libro va dirigido a los pastores y miembros de FADE, con el propósito de ser una herramienta de orientación doctrinal y de apoyo para el discipulado cristiano.
Esperamos que pueda ser de bendición y de ayuda para la orientación teológica y bíblica.
Milady Mejías
ACERCA DE LOS AUTORES
Juan Carlos Escobar, Pastor y licenciado en Teología, cuenta con una amplia experiencia en la enseñanza y docencia como miembro de la Junta Directiva del CSTAD (Centro Superior de Teología de las Asambleas de Dios). En este centro académico ha impartido las materias de Eclesiología, Hebreos, Escatología y Pneumatología. Su labor ministerial se extiende como Miembro del Comité Ejecutivo de la WAGF (World Assemblies of God Felloship; Presidente del Consejo Ejecutivo de las Asambleas de Dios de España; Presidente de la SEAGF (Fraternidad del Sur de Europa de las Asambleas de Dios) y, también, miembro de la directiva de la Fraternidad Hispana de las Asambleas de Dios (FHAD).
Hugo Jeter, Profesor: Área teología, disciplinas prácticas filosofía y cristianismo; Máster Teología, 1975 por el Assemblies of God Theological Seminary, Springfield (USA); Licenciado Teología, 1970 por la Southwestern A/G University (USA); Investigación y composición del capítulo 10 de la edición ampliada y revisada de: Cuál camino. Edit Vida, 1994; Investigaciones varias para la “Comisión de Pureza Doctrinal de las Asambleas de Dios de Cuba. Ponencias y artículos para la Convención Nacional de Venezuela; Artículos para la Publicación Cristiana Kerygma; Creación de manual didáctico para el estudio de la asignatura Filosofía y Cristianismo. (Publicación Facultad A.D.); Ponencias y artículos para publicaciones de la Comisión de Investigación Teológica de FADE.
Francisco Vicente Pena Vidal, graduado en Teología en el Instituto Bíblico de Málaga, España y tres años después en el IBTI, International Bible Training Institut, Burgess Hill, Inglaterra, Gran Bretaña. Colaboró durante 2 años como maestro para Instituto por Correspondencia Internacional (I.C.I). Pionero de las dos primeras iglesias pentecostales en la Comunidad Valenciana, España. También, ejerció como Secretario Nacional de las Asambleas de Dios de España. Coordinador durante casi 30 años de la Fraternidad de Valencia-Castellón. Fundador y Expresidente del CECVA (Consell Evangèlic de la Comunitat Valenciana) y con más de 50 años en el ministerio pastoral sirviendo a Dios Pastor en la Iglesia Templo Cristiano.
Javier Otero, es profesor de Enseñanza Religiosa Evangélica en colegios públicos. Profesor en el curso de formación de profesorado de ERE. Miembro del Cuerpo Ministerial de FADE desde 1998. Pastor fundador en Ferrol durante cuatro años, pastor en Lugo, y pastor en A Coruña, además de ser Secretario del Consejo Ejecutivo de FADE.
Esteban Muñoz De Morales Mohedano, pastor de la iglesia evangélica “Comunidad de Amor Cristiano” (C.A.C.) de Córdoba. Es profesor de la Facultad de Teología Superior de las Asambleas de Dios (CSTAD) en La Carlota (Córdoba), de la asignatura de Teología Fundamental. Su labor ministerial ha incluido ser miembro del Consejo Ejecutivo de la Federación de Asambleas de Dios de España (FADE); Vocal de la Comisión Permanente de FEREDE; Tesorero de la Fraternidad Pentecostal y Carismática de España (FPCE), y componente del Comité de seguimiento de Lausana en España.
Osmany Cruz Ferrer, de origen cubano, ministro de las Asambleas de Dios de España. Bachiller en Teología y Biblia en el Seminario de las Asambleas de Dios de Cuba (EDISUB). Es Licenciado en Teología y Biblia de la Facultad de Estudios Superiores de las Asambleas de Dios de Cuba (FATES) y Licenciado en Teología y Biblia con ISUM Internacional de Sprinfield, Asambleas de Dios y Master con FIET. Ha sido Director del Instituto Bíblico de Asambleas de Dios de Cuba, Miembro de la Dirección Nacional de Investigaciones teológicas y miembro del Consejo Ejecutivo del Distrito Occidental en La Isla. Pastor, escritor de varios libros y profesor adjunto de la Facultad de Teología de las Asambleas de Dios de España.
Milady Carolina Mejías Toro, nació en Venezuela y es misionera en España. Realizó sus estudios teológicos en el Instituto Bíblico Central de las Asambleas de Dios de Venezuela. Cursó estudios como Pedagoga Social en la Universidad Experimental el Libertador. Desde el año 1995 es ministro acreditado de Asambleas de Dios. En Venezuela se desempeñó durante varios años como profesora del Instituto Bíblico regional. En España, ha desarrollado su ministerio en el área educativa (coordinación del DENEC) y pastoral junto con su esposo y familia.
Josué Abimael Pena Cuervo, ministro de las Asambleas de Dios y pastor de Templo Cristiano de Asambleas de Dios de España, en Valencia. Con gran experiencia como docente en La Escuela de Líderes del propio Templo Cristiano, formando líderes, y obreros. Fundador de la ONG Manos en Acción, ligada a la Iglesia Templo Cristiano. Coordinador de la Fraternidad de Valencia y Castellón y parte del equipo de coordinación del DENEC.
Amaro Rodríguez, profesor: Área disciplinas históricas sinópticos y Hechos/ Pentateuco-Históricos; Licenciado en Latín y Humanidades, (Sacerdote), 1957 por el Seminario Conciliar de San Froilán, León. España; Licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación, 1981 por la Universidad de Argentina “John F. Kennedy”, Buenos Aires. Homologado MEC (1990); Licenciado en Teología, 2008 por el Instituto de Superación Ministerial (ISUM), Argentina; Diplomado en Teología, 1974 por el Instituto Bíblico Río de la Plata, Argentina; Investigaciones sobre dogmática católica y Biblia. Autor de artículos, conferencias y simposiums.
José Ma Baena, es Graduado en Teología por la Facultad de Teología de las Asambleas de Dios; Diplomado en Enseñanza Religiosa Evangélica por el CSEE (España) y Pastor del Centro Cristiano Internacional Asambleas de Dios de Sevilla (España). Profesor de Enseñanza Religiosa Evangélica (ESO) y de la Facultad de Teología de las Asambleas de Dios, ha sido Presidente de las Asambleas de Dios de España y de la Federación de Entidades Religiosas Evangélicas (FEREDE).
José Ma Romo, Pastor de la iglesia Betel en Aragón, Euskadi y Soria. Ha trabajado en la formación de obreros que actualmente pastorean en otros lugares de España. A lo largo de estos años ha ocupado distintos cargos como secretario y vocal del Consejo Ejecutivo de las Asambleas de Dios España y en la coordinación del DEPI (Departamento de Evangelismo y Plantación de iglesias)
Armando Lechuga González, nació en México. Estudiante de Ciencias Políticas en la UNAM. Colaborador de Operación Movilización. Armando publicó “Recluta de Jesús” cuya contraportada le confeccionó D. Samuel Vila. Ha ejercido el pastorado de la iglesia Asambleas de Dios en Vilapicina, Barcelona, durante 14 años. Tiene una licenciatura en Biblia y Teología de Global University. Dedicados a la enseñanza, especialmente en ICI como profesor asociado.
Dr. Prince Maurice Parker, más de 40 años de ministerio activo plantando Iglesias nuevas y pastoreando en América Latina y España. Ha servido en España desde 1990. Es Th.D., Christian University of the Nations (2006-2008) (USA); MDiv. Christian University of the Nations (2004-2006) (USA); B.Th., Christian University of the Nations (2000-2003) (USA); CAGS Liberal Arts - Educación (Magisterio), Cal State Monterey, California (1975) (USA); CAS Trinity Theological Seminary, Chicago, Illinois/ Canterbury Christ Church University, Canterbury, Kent; CT1 1QU, United Kingdom (1997-98); AA degree - Liberal Arts, Cal State Monterey, California (1971-1973) (USA); AA degree – Missiology, Wheaton College, under “International Teams”, Prospect Heights, Illinois (1978-79).
Xesús Miguel Vilas Brandón, graduado del SEE, ha desarrollado servicio y labor pastoral en la Iglesia FADE Boiro, Milladoiro y en Bertamiráns, donde ministra como Pastor. Dentro de FADE ha colaborado en el departamento de Jóvenes; en el DENEC y en el Patronato de la Facultad de Teología de FADE, donde también colabora como profesor de Historia del Nuevo Testamento.
DECLARACIÓN DE PROPÓSITO
Juan Carlos Escobar
La Iglesia es definida en las Escrituras como: edificio, cuerpo, familia y esposa. Cada una de estas acepciones alude a roles que se complementan entre sí y que definen a la Iglesia en cuanto su naturaleza y propósito. Pero si pudiésemos buscar una definición contextualizada con nuestro presente y que pueda justificar o amparar la misión de la Iglesia en el mundo, podríamos declarar que la Iglesia es una agencia divina encargada de presentar el mensaje de salvación por medio del cual el hombre puede conocer a Dios y ser salvo.
Lo que toca resaltar en este capítulo es dejar evidenciado que lo que justifica la presencia de la Iglesia en el mundo es que obedece a la Misión de Dios y al cumplimiento de la Gran Comisión. Y siendo una misión encomendada por Dios, centramos nuestros ministerios, recursos y pasión en el propósito central del por qué la Iglesia está en la tierra.
Ahora, cuando la Iglesia olvida o trivializa la evangelización pasa a malograr su esfuerzo desgastándose en lo que deja de tener propósito eterno. Por ello, debemos ajustar toda la vida y propósito de la Iglesia hacia el cumplimiento de la Gran Comisión. No alcanzar esta meta nos lleva a tener iglesias institucionalizadas y envueltas en una inercia activista, ensimisma- das, costumbristas, religiosas, insensibles y ajenas al destino de quiénes viven sin Cristo. De ahí que, precisamente, las Asambleas de Dios hayan dado una importancia vital a la Misión de la Iglesia hasta convertirla en su máxima expresión de desarrollo, procurando que todos los ministerios y recursos acaben incidiendo en afectar al mundo con la proclamación del Evangelio mediante la máxima excelencia expositiva, con obreros capa- citados, dependientes del poder del Espíritu Santo y bajo la inspiración de las Escrituras. En sintonía con lo mencionado, Charles Spurgeon, llegó a entender y sentenciar lo siguiente: “Prefiero traer a un pecador a Jesucristo que descubrir todos los misterios de las Escrituras, porque la salvación es la única razón por la que estamos vivos”.
Por todo lo dicho, podemos acercarnos a nuestra Confesión de Fe haciendo de la misma el fundamento doctrinal del cual debe emanar toda la acción de nuestra denominación, la vida de sus Iglesias, la labor de cada ministerio y el desarrollo de cada creyente.
NUESTRA CONFESIÓN DE FE
En nuestra Confesión de Fe lo primero que advertimos es la intención de Dios en revelarse al ser humano por medio de las Escrituras. Al mismo tiempo, la Biblia se convierte, no sólo en el compendio profético más seguro, sino que es el instrumento ineludible para llevar al hombre al conocimiento del plan de Salvación de una manera fiable en cuanto a los pasos a dar y con la garantía de carecer de espurias propias de aquellos que se desvían de la verdad y causan la desviación de otros.
Cuando en nuestra Declaración de Fe se hace referencia a la Biblia como la Palabra inspirada de Dios, estamos ante una expresión determinante para afirmar que sin el uso de las Escrituras no hay proclamación profética que lleve al hombre a la salvación. De manera que, el apóstol Pedro afirma: 2 P. 1:19 “Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones”.
Definitivamente, por muy elocuente que sea el expositor, o muy creativo que sea el método usado, no hay evangelización eficaz sin que la Biblia sea la fuente inspiradora y el instrumento esencial de la exposición del mensaje que debe tocar a través de la obra del Espíritu Santo, los corazones de los pecadores que aún no han creído en Él. Debemos saber que, como pecadores, la humanidad sufre por una razón fundamental: ignora la Biblia, el libro de Dios.
DEFINIENDO LA EVANGELIZACIÓN
La Iglesia es el cuerpo de Cristo, la morada de Dios en el Espíritu Santo, cuyo principal encargo, es llevar a cabo la Gran Comisión. Esto fue el deseo expreso de Jesús a sus discípulos tras su resurrección de entre los muertos y antes de su ascensión a los cielos: Hechos 1:8; Mateo 28:19-20; Marcos 16:15-16. Consiguientemente, nuestras Asambleas de Dios deben tener como tarea prioritaria contribuir en conformar un cuerpo de creyentes a la imagen de su Hijo, para mostrar su amor y compasión al mundo.
Para definir la evangelización, determinaremos lo que es el evangelismo. Entre muchas otras definiciones, conozcamos la que nos da William Temple: “El Evangelismo es la presentación de Jesucristo en el poder del Espíritu Santo, de tal manera que los hombres puedan llegar a confiar en Él como Salvador y a servirle como Señor en la fraternidad de su Iglesia”.
La palabra evangelismo, proviene de la palabra griega evaggelidzo, cuyo significado es: “traer buenas noticias”. Así que, básicamente, el evangelismo es compartir con la gente las buenas nuevas del Evangelio. El término Evangelio, es un concepto conocido en el mundo clásico ya que se refería a la buena nueva que portaba un mensajero tras el triunfo sobre el enemigo en el campo de batalla. De ahí, que la Iglesia naciente adoptase este término para aplicarlo a la Encarnación del Hijo de Dios. A posteriori, el término en plural, acabó refiriéndose a los cuatro libros que narran la vida y obra de Jesucristo.
En la Iglesia primitiva, se conceptúa la primera y fundamental ex- presión del Evangelio como kerigma (anuncio o proclamación). El primer anuncio, al ser aceptado y provocar la conversión, da paso a que el nuevo discípulo comience su andadura en la Didaché (enseñanza apostólica) para acabar ejercitando la profesión de fe.
Veamos tres ejemplos en cuanto al énfasis al acto de evangelizar y que contribuyen a un sentido más amplio del término:
- Anunciar el Evangelio (Mt. 11:5; Hch. 8:4; Gá. 4:13).
- Anunciar las Buenas Nuevas ( Lc. 3:18; Ef. 2:17; He. 4:2).
- Predicar el Evangelio (Hch. 17:18; 1a Co. 9:18).
Pero habría un cuarto enfoque en cuanto a lo que es la evangelización, más integral, y que lo podemos advertir por medio del ministerio del apóstol Pablo y que, en definitiva, nos vendría a resultar como la definición apostólica de lo que es la evangelización (Ro. 15:18-21).
- Mensaje basado en un testimonio personal de la obra de Jesucristo en el mensajero. Por consiguiente, mensaje fortalecido por el testimonio. • Evangelización compuesta por la palabra, las obras, las señales y los milagros.
- Una misión sustentada por el poder del Espíritu Santo en la vida del mensajero y en el respaldo al mensaje.
- El alcance de la misión evangelizadora consiste en llenar todo del Evangelio, por lo que no hay posible tregua hasta lograr que el Evangelio llegue hasta lo último de la Tierra (Mt. 24:14).
- La evangelización requiere esfuerzo, compromiso, pasión.
Siguiendo la estela del espíritu emprendedor de Pablo, veamos cómo sustenta la acción Evangelizadora mediante una teología plena- mente coherente con la necesidad del Hombre que, sin la llegada del mensajero, se queda sin el mensaje que le ofrece la oportunidad de la salvación: Ro. 10:13-15 “porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo. ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quién no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quién les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!”.
EL POR QUÉ DE LA EVANGELIZACIÓN
Atendiendo a algunos fundamentos bíblicos, podríamos sustentar cuatro razones para llevar a cabo la obra de la evangelización:
- Es un mandamiento. (Mt. 28:18-20; Mr. 16:15-18). El imperativo id, conlleva la idea de que estamos ante una exigencia, no una cuestión opcional. Si esto es así, entonces, podríamos llegar a la conclusión que de no ir entraríamos en una rebelión contra los propósitos divinos y defraudaríamos profundamente el deseo expreso de Jesús de llevar el Evangelio a todas las naciones de la tierra.
- Es una prioridad. (Jn. 4:32). La Evangelización propone anteponer el problema más crucial de la humanidad frente a nuestras propias necesidades. Precisamente, una de las grandes realidades que nos llevan a postergar la evangelización al ámbito de lo secundario, es porque anteponemos nuestros intereses a los de las personas que no tienen a Cristo. De esta manera, cuando la Iglesia se ocupa en atender sus problemas internos se despreocupa de dar respuesta al mayor problema existente en la vida del hombre, la condenación de su alma por causa del pecado.
Una prioridad es aquello que conlleva un compromiso primario. La vida del creyente en la tierra ha de estar enfocada hacia la gratitud a Dios por la gracia recibida. Precisamente, la gratitud es aún mayor cuando la deuda saldada para la adquisición de la salvación es por precio de sangre, la del Hijo de Dios. De ahí que el apóstol Pablo, ante la dicha de haber sido alcanzado por la gracia de Dios para ser salvo, entiende que su vida está en deuda con Dios y, que la forma de saldar esa deuda, es asumir como deuda el que otros sean alcanzados por el Evangelio (Ro. 1:14).
- Es una verdadera necesidad.“Pues si anuncio el Evangelio, no tengo de por qué gloriarme; porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mi si no anunciare el Evangelio!” (1 Co. 9:16).
La necesidad de predicar el Evangelio no es una cuestión de imposición autoritaria. Tampoco como consecuencia de una actividad obligada por la existencia de un calendario de la organización. Más bien, en este caso, podríamos establecer la necesidad en base a tres razones:
- La necesidad ha sido impuesta como consecuencia de una relación íntima con el Espíritu Santo de Dios. Esa intimidad con Dios, jamás hará del creyente un ermitaño, por el contrario, la cercanía con Dios notará la aceleración del latido de su corazón como consecuencia de que miles de personas siguen cayendo por el precipicio al infierno. Por tanto, el sentido de urgencia impone necesidad, despierta pasión.
- Uno de los síntomas propios de la apatía es la falta de gozo. En la vida del cristiano y de la propia Iglesia, la falta de gozo se evidencia cuando se abandona la evangelización. Pensemos que el corazón de Dios se goza cuando su Iglesia está focalizada sobre la Misión y, a su vez, ese gozo se hace latente en la Iglesia mediante el fluir del Espíritu Santo en el ejercicio del cumplimiento de la Gran Comisión. Cuando los setenta fueron enviados a predicar el Evangelio, la Escritura afirma que volvieron exultantes de gozo. Sin duda, la renovación de la Iglesia y del creyente queda evidenciada por el gozo producto de haber complacido lo que más satisface el corazón de Dios: ver a sus hijos cumplir con el objeto de su razón de existir como Iglesia (Is. 49:6).
- La necesidades impuesta por razón del sentido de responsabilidad ante el hecho de que Dios demandará cuentas de aquellos que no hicieron algo por evitar la perdición de quienes murieron sin oír el Evangelio (Ez. 33:1-9). No hay excusa ante Dios cuando damos la espalda al perdido. El sentido de responsabilidad impone la necesidad de predicar el Evangelio, ya que el creyente, como atalaya en el mundo, no podrá eludir dar cuenta del ejercicio del cumplimiento de la Misión.
- La cosecha está lista. (Hch. 18:10; Mt. 9:37) Lo que el Señor echa en falta son obreros. Pero a su vez, los obreros son quienes responden coherentemente al llamado inexcusable del Señor. Jesús afirma que la cosecha está dispuesta y que la falta de obreros con visión es lo que impide emprender la siega.
Normalmente, la falta de resultados en la evangelización se atribuye a la resistencia al Evangelio de algunas personas en determinados lugares geo- gráficos. Esto es cierto en muchas ocasiones y por esta causa, la Biblia expresa un acto significativo de sacudir el polvo de los pies de los mensajeros en aquellos lugares que no son bien recibidos (Mt. 10:14; Mr. 6:11; Hch. 13:51). Pero, también, Jesús está comprometiendo el resultado de la cosecha en función de la visión que tengan los discípulos. En este sentido, lo que Jesús demanda de sus seguidores es una oración para que más obreros sean llamados a levantar la cosecha. Pero, ¿quién ora por lo que no logra visualizar? ¿Cómo pedir lo que no creemos? ¿Cómo solicitar obreros si no pensamos que son necesarios?.
LA COMPASIÓN
“Y salió Jesús y vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, por- que eran como ovejas que no tenían pastor; y comenzó a enseñarles muchas cosas.” (Mr. 6:34) “Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (Mt. 9:35) “Entonces llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera, y para sanar toda enfermedad y toda dolencia.” (Mt. 10:1).
En todos estos textos, aparece la compasión como el motor que activa la pasión que lleva a Jesús a sacrificar sus derechos por el derecho a oír del Evangelio. La compasión es lo que activa en Jesús la fe para sanar las enfermedades y toda dolencia en el pueblo, para liberar a los endemoniados, para predicar y recorrer cada lugar sin dar opción al acomodamiento.
Es la compasión lo que despierta la pasión por la evangelización, y sin pasión, nuestro mensaje es insípido y nuestra fe carece del fuego para ver los prodigios y milagros que harán posible que multitudes puedan acudir a los pies de Cristo. La compasión es la verdadera motivación que nos conducirá a hacer de la evangelización un estilo de vida, y no un activismo proselitista o de carácter temporal.
El espíritu de Jesús debiera caracterizar nuestra misión evangelizadora, pues sólo entonces seríamos capaces de pagar el precio de este llamado y amar profundamente a los perdidos. Como lo hizo con Jesús, Satanás tratará por todos los medios de procurar despertar la autocompasión y hacer que encontremos cuantas justificaciones sean necesarias para eludir el sacrificio por las almas y abandonar nuestro espacio de compromiso con la evangelización a los perdidos (Mt. 16:21-23).
El amor debe ser la fuerza que domine toda nuestra vida para adoptar las actitudes correctas hacia Dios, hacia los demás y hacia nosotros mismos. En realidad, no hay nada más elocuente que el amor; la gente no tiene tanto interés en lo bien que podamos predicar, enseñar o testificar. El mundo necesita una genuina revelación del amor de Dios por medio de aquellos que son discípulos de Jesús. Precisamente, el distintivo de Jesús y el de los discípulos no es otro que la manifestación del amor de Dios (Jn. 17:26).
CONCLUSIÓN
El que nuestra Confesión de Fe tenga como fundamento la Evangelización responde al mover del Espíritu Santo que fue parte del origen de las Asambleas de Dios. Pero también, mientras mantengamos viva la llama de la pasión por los perdidos, nuestra institución será un poderoso instrumento para transformar al mundo mediante el mensaje del Evangelio.
Es verdad que vivimos en un momento crítico de la historia en don- de la oscuridad ha tomado la mente de legisladores, políticos, educadores y religiosos que, bajo la influencia del príncipe de este siglo, están pretendiendo impedir el avance el evangelio. Pero, con todo, podemos hacer nuestras las palabras de David Brainerd que, describiendo su trayectoria ministerial, expresó: “No me preocupaba por el lugar donde tenía que vivir ni por la manera, ni por las penurias a las que tenía que someterme; sólo me preocupaba por poder ganar almas para Cristo... ¡Ojalá que fuera una antorcha ardiendo en las manos de Dios!”.
Debemos hacer de la predicación del Evangelio la tarea más urgente. Recordemos que a Satanás no le importará cuánto tiempo dedicamos en servir dentro de las iglesias, o cuánto tiempo dedicamos a preparar un sermón, o cuánto oramos, o cuánto prosperamos... si lo que hacemos no tiene relación con la Evangelización, entonces estamos perdiendo el tiempo.
Toca edificar un reino eterno que pertenece a Dios y que es la esperanza de los hombres. Hemos recibido el privilegio de que con manos mortales contribuyamos a hacer algo inmortal. El precio de un alma no tiene límite, por consiguiente, no podemos aparcar la necesidad del pecador para atender a nuestras necesidades materiales. Construyamos lo que el fuego no puede quemar, ni la polilla carcomer. Pasemos a la historia con quienes sembrando sus vidas en el campo de batalla han hecho posible el avance del Evangelio. Tertuliano escribió hace 1800 años que la sangre de los mártires es la semilla de la Iglesia.
Quizás no todos entiendan lo que significa dar la vida, pero Jesús dijo que si el grano de trigo no cae a tierra y muere no puede llevar fruto (Jn. 12:24). De manera que, el Evangelio, solo se siembra con la vida de aquellos que con el mensaje, comparten su vida y, de su vida, hacen un verdadero mensaje.
Finalmente, aludiendo a nuestra raíz pentecostal, como Asambleas de Dios, no debemos dar la espalda a los indicativos más elocuentes que conforman nuestra identidad: la Evangelización y las Misiones. Así que toca, a cada generación, mantener viva la llama del primer amor para no dejar de hacer las primeras obras y evitar que nuestro espacio quede vacío en la Historia.
ARTÍCULO 1. La Biblia
Hugo Jeter
DECLARACIÓN DE FE
“Creemos en las Sagradas Escrituras, la Biblia, que como palabra inspirada de Dios mediante la cual se revela al ser humano, no contiene error en sus originales y constituye la única regla infalible de fe y conducta”.
Conceptos Claves: Revelación, Inspiración e Inerrancia.
La Biblia es la Palabra de Dios inspirada, revelada, inerrante, infalible y autoritativa. Sería difícil exagerar la importancia de esta declaración. Las Sagradas Escrituras “son el fundamento sobre el cual descansa toda la estructura de la teología cristiana. Quitemos este fundamento y todo el sistema se desmorona”.
La teología en su intento por conocer a Dios y darle a conocer tiene como suposición previa que ha habido una revelación de conocimientos acerca de Él. Lo que no haya sido revelado, no puede ser conocido, estudiado ni explicado. Charles Hodge resume el criterio de las iglesias de tradición protestante:
- Que las Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento son la Palabra de Dios.
- Que contienen todas las revelaciones de Dios designadas para ser regla de fe y práctica de su Iglesia.
- Que son suficientemente perspicuas para ser comprendidas por el pueblo, sin la necesidad de ningún intérprete infalible. Amaya, Ismael E.,“La inspiración de la Biblia en la teología latinoamericana” en El debate contemporáneo sobre la Biblia, Ediciones Evangélicas Europeas, Barcelona, 1972, pág. 82.
En el Diccionario de Teología, Everett F. Harrison define “Inspiración” como: “una influencia sobrenatural del Espíritu Santo sobre hombres elegidos divinamente, por lo que sus escritos vienen a ser confiables y autoritativos”. José Grau afirma que la palabra “inspiración” es un término derivado de la traducción latina de la Vulgata “inspirare” para verter el concepto original bíblico “soplo de Dios”. Charles Ryrie ofrece la siguiente definición: “Dios supervisó a los autores humanos de la Biblia, para que ellos compusieran y grabaran sin error Su mensaje a la humanidad en las palabras de sus escritos originales.” Añade las siguientes observaciones:
- La supervisión de Dios algunas veces fue muy directa y otras no tanto, pero ésta siempre incluía el guardar a los escritores para que ellos escribieran con exactitud.
- La palabra “compusieran” muestra que los escritores no eran taquígrafos pasivos a los cuales Dios les dictaba el material, sino escritores activos.
- “Sin error” expresa la aseveración de la misma Biblia de que ella es la verdad (Jn. 17:17).
- La inspiración solamente puede atribuírsele a los escritos originales, no a las copias o las traducciones, por más precisas que sean. La supervisión del Espíritu Santo permitía diferencias de procedimiento, habilidad, y personalidad de los escritores, y se aplicaba a todo lo que escribieron como se encuentra en el canon de las Escrituras.
DEFINICIÓN DE CONCEPTOS
Es importante distinguir entre los conceptos de revelación, inspiración e iluminación. El vocabulario de la Biblia arroja luz sobre el significado del concepto divino de la revelación. El Nuevo Testamento emplea el vocablo griego mysterion (“cerrado” o “escondido”) para significar lo desconocido u oculto que Dios mismo ha hecho diáfano por medio de la comunicación divina (1 Co.2:9-10).
Revelación. Es el acto en que Dios da a conocer las cosas que el hombre no puede descubrir por su propia cuenta. En contraste, la inspiración se refiere a una influencia divina sobre hombres elegidos por Dios para comunicar esa revelación.
Inspiración. Comunica y preserva lo que Dios revela. También, por inspiración, Dios ilumina el significado de hechos históricos y capacita al escritor para registrar correctamente esta interpretación divina. La inspiración no se debe confundir con iluminación espiritual. Los sujetos de la inspiración fueron unas pocas personas seleccionadas mientras que los sujetos de la iluminación espiritual son todos los verdaderos creyentes. Es necesario que la inspiración bíblica sea complementada por la iluminación del Espíritu Santo, en el interior del lector u oidor de la Palabra. El Espíritu divino arroja luz sobre el significado de las Escrituras (Jn. 16:13-16) para que lo que Dios ha revelado en el pasado, llegue a ser hoy su viviente e iluminadora Palabra en el corazón y mente del creyente. El hombre no regenerado no puede experimentar la iluminación porque está ciego a la verdad de Dios (1 Co. 2:14).
Inerrancia. Aunque la discusión de la doctrina de inerrancia es principalmente un fenómeno de años recientes, por mucho tiempo en la historia de la Iglesia ésta se ha mantenido firme tanto respecto de la inspiración de las Escrituras, cuanto de la doctrina de su inerrancia como algo implícito de esta opinión. Entendemos por inerrancia que Dios actuó sobre los autores humanos de la Biblia de tal manera que ellos usaron sus personalidades individuales al escribir sin error la revelación de Dios al hombre en las palabras de los manuscritos originales. Cuando hablamos de inerrancia no solamente queremos decir que la Biblia no contiene errores, sino que ella es la verdad. Se puede definir la inerrancia como “exento de error” e infalibilidad como un sinónimo que significa “incapaz de error, cierto”. Si hay alguna diferencia entre el significado de los dos términos, inerrancia enfatiza la veracidad de las Escrituras, mientras que infalibilidad enfatiza la confiabilidad de las Escrituras. Tal inerrancia e infalibilidad se aplica a todas las Escrituras e incluye tanto la inerrancia de revelación cuanto la inerrancia factual. El Pacto de Lausana declaró: “Afirmamos la divina inspiración, fidelidad y autoridad de las Sagradas Escrituras del Antiguo y del Nuevo Testamento, sin error en todo lo que aseveran, y que son la única norma infalible de fe y conducta”. El Concilio Inter- nacional sobre la Inerrabilidad Bíblica en su declaración de Chicago, afirmó la inerrancia en una breve declaración que establece que “la Escritura es sin error o defecto en toda su enseñanza” (La Declaración de Chicago sobre la Inerrabilidad Bíblica, 2004). Entonces siguieron diecinueve artículos para describir y explicar la inerrancia. Afirmamos que la Biblia es inerrante porque es inspirada por Dios; no es inspirada porque es inerrante.
ARGUMENTACIÓN BÍBLICA
El punto de partida para un recto entendimiento de la doctrina de inerrancia es el autotestimonio de la Biblia. Ésta claramente afirma su propia autoridad divina e inspiración completa. Jesucristo, tanto un testigo creíble como un mensajero de Dios, atestigua de la inspiración de los detalles en las Escrituras (Mt.5:18). Él insistía en la naturaleza esencial de cada parte de las Escrituras (Jn. 10:34-35). Una y otra vez Jesús señalaba la fuente divina de las Escrituras indicando que actuaba para “que se cumpliese todo lo que está escrito de mí...” (Lc. 24:44-45). Tanto Jesús (Mt. 22:32,43-45) como el apóstol Pablo (Gá. 3:16) reforzaron sus argumentos usando ejemplos en las Escrituras de pequeños detalles implicando tiempos, palabras específicas, y el uso del singular y plural. Éstos sólo tienen importancia a la luz de unas Escrituras completamente inspiradas que sean infalibles aún en los detalles.
Una de las declaraciones más poderosas sobre la inspiración completa de las Escrituras se encuentra en 2 Ti. 3:16. Este pasaje enseña que cada o toda Escritura es “inspirada por Dios” o literalmente “espirada por Dios”. 2 P. 1:21 dice que los escritores del Antiguo Testamento hablaron “siendo inspirados por el Espíritu Santo”. También dan testimonio las muchas afirmaciones de las Escrituras mismas de ser en realidad la “Palabra de Dios”. El Antiguo Testamento está lleno de frases como “y Dios dijo”, “así dice el Señor”, y “vino la Palabra del Señor”. En otros pasajes, las Escrituras son igualadas directamente con el escritor divino: “Así dice”, “está escrito”, y “la Escritura dice”. Esto muestra que la voz de Dios, hablada a los profetas, es igualada con las Escrituras, que fueron escritas por inspiración divina.
En la Biblia hay unidad y diversidad, una paradoja que señala hacia la paternidad literaria sobrenatural. Dios irrumpió en el tiempo-espacio de la historia del hombre de forma evidente y verificable. La Biblia fue escrita y compilada en un período de aproximadamente 1.500 años y por más de 40 autores con inmensas diferencias en tradición, educación, vocabulario y experiencias. Sin embargo, uno queda asombrado por la extraordinaria armonía de cada libro con el resto de los escritos sagrados claramente indicando la continua influencia de Dios en la dirección de tan completa y extraordinaria pieza de literatura. Sin la dirección sobrenatural los escritos combinados de tan diverso grupo ciertamente hubieran producido cualquier cosa, menos un todo unificado.
La Biblia difiere radicalmente de los libros sagrados de otras religiones por cuanto no narra una manifestación divina a un solo hombre o unas especulaciones y pensamientos de él. La Biblia es una revelación arraigada en la larga historia de todo un pueblo. Una persona puede errar teniendo alucinaciones o una imaginación vívida viendo y escuchando cosas que realmente no existen, pero es sumamente improbable que muchas personas a través de los siglos erraran con referencia a las manifestaciones de Dios. El Cristianismo es la única religión que ofrece el argumento apologético del cumplimiento de la profecía. Literalmente centenares de predicciones, muchas de ellas hechas siglos antes del evento profetizado, se cumplen con asombrosa exactitud. La credibilidad de la Biblia se refuerza con las pruebas arqueológicas. En multitud de casos, las investigaciones arqueológicas han comprobado la exactitud de muchas referencias geográficas y de otro tipo que se encuentran en la Biblia, y que los detractores de la Escritura habían calificado de erróneas. El famoso arqueólogo judío, Nelson Glueck afirma: “Puede declararse categóricamente que ningún descubrimiento arqueológico ha contradicho alguna referencia bíblica”. La arqueología ha sido uno de los testigos más convincentes de que la Biblia tiene razón.
La Biblia se describe correctamente como “la revelación de Dios”. Sin embargo, no todo su contenido es una revelación divina aunque todo lo que contiene está escrito por inspiración bajo la supervisión del Espíritu. Los teólogos ortodoxos señalan que hay distintos grados de revelación pero no de inspiración. Muchos de los escritores sagrados, aunque inspirados, no recibieron revelaciones. Éste fue posiblemente el caso de los autores de los libros históricos del Antiguo Testamento. El evangelista Lucas dice que derivó su conocimiento de los acontecimientos que narra de aquellos «los que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la Palabra» (Lc. 1:2). No lo atribuye a ninguna revelación divina. Si los escritores sagrados tenían suficientes fuentes de conocimiento por sí mismos o por medio de los que los rodeaban, no hay necesidad de suponer una revelación directa.
ARGUMENTACIÓN TEOLÓGICA
La Biblia no es un libro escrito por los hombres acerca de Dios. No es la exposición de un sistema de doctrinas o un libro de filosofía. La Biblia principalmente es Dios hablando al hombre. Afirmamos que la Biblia actual es la misma Palabra de Dios. La doctrina común de la Iglesia es y ha sido siempre que la inspiración fue una influencia del Espíritu Santo sobre las mentes de ciertos hombres seleccionados, que los hizo instrumentos de Dios para la comunicación infalible de su mente y voluntad. El constante testimonio de las Escrituras es claro; Dios habló el concepto (revelación) a la mente del escritor; el Espíritu Santo guió la transmisión (inspiración) de ese concepto a la forma objetiva de las palabras; y, por medio de la continua guía del Espíritu Santo (iluminación) recibimos la revelación original cuando leemos las Escrituras. Él ilumina la mente del lector de esas palabras de tal forma que el lector pueda comprender la misma verdad que estaba originalmente en la mente del escritor. Por lo tanto, los pensamientos y las palabras son revelados e inspirados.
Anteriormente todo lo que uno necesitaba para afirmar su creencia en la inspiración total de la Biblia era la declaración: “Yo creo en la inspiración de la Biblia”. Pero cuando algunos no extendieron la inspiración a las palabras del texto se hizo necesario decir: “Yo creo en la inspiración verbal de la Biblia”. Para contrarrestar la enseñanza de que no todas las partes de la Biblia eran inspiradas, uno tenía que decir: “Yo creo en la inspiración verbal y plenaria de la Biblia”. Entonces, porque algunos no quisieron atribuirle precisión total a la Biblia, fue necesario decir: “Yo creo en la inspiración verbal, plenaria, infalible e inerrante de la Biblia”. Pero entonces “infalible” e “inerrante” se empezaron a limitar a los asuntos de la fe solamente, en vez de también abarcar todo lo que la Biblia contiene (incluso hechos históricos, genealogías, relatos de la creación, etcétera); así que se hizo necesario agregar el concepto de la “inerrancia ilimitada”. Cada adición a la declaración básica surgió a causa de una enseñanza errónea.
Revelación es uno de los conceptos fundamentales de la teología cristiana, expresando que el cristianismo no es una creación humana sino divina. El prejuicio del humanismo contra la idea de Dios hace considerar la Biblia como cualquier otro libro. Tan pronto que acepta la idea de Dios, también puede ser aceptado el concepto de la revelación. Si hay un Dios bueno, sabio e inteligente, es deseable y razonable que se revelara personalmente a Sus criaturas. Sin la voluntad propia de un Dios invisible, inaccesible, desconocido y misterioso de autorrevelarse, sería imposible para el hombre finito llegar a conocerle. Pablo Hoff cita a Geerhardu Vos:
“Aparte de una autorrevelación especial, Dios es de carácter escondido e incomprensible. Además, lo poco que uno puede saber acerca de Dios por la revelación general es corrompido por el pecado que distorsiona la verdad. La conciencia puede señalar el gran problema de la culpa de la humanidad, pero la revelación general (Ro.1:19-20) es incapaz de proporcionar la solución; no comunica verbalmente el remedio. Karl Barth comenta que el Dios de la Biblia es “el Dios a quien no habría camino o puente, acerca de quien no podrían decir o haber dicho una sola palabra si por su propia iniciativa no nos hubiera encontrado como Deus revelatus”.
En la teología cristiana la revelación especial se refiere a la actividad divina por lo cual Dios se da a conocer al hombre, así como las verdades pertinentes a sí mismo y a sus criaturas. Siempre debemos recordar que Dios es el que toma la iniciativa en revelarse; es Él que se hace cognoscible. No es el hombre que ha descubierto a Dios. El infinito no puede ser descubierto por lo finito. A través de nuestra propia búsqueda, alejados de lo que Dios ha revelado, no podemos conocer nada sobre Dios y Su voluntad; ni siquiera sobre Su existencia. El Dios absoluta y eternamente consciente de sí mismo tomó la iniciativa de darse a conocer a su creación. Dios ha hablado por medio del universo que creó y por medio de la conciencia de los hombres. Sin embargo, la sola revelación natural es insuficiente para ayudar a los seres humanos caídos. Es impersonal, limitada e inadecuada. Por ella sabemos solamente que Dios existe, que es poderoso, sabio y el autor del orden y la belleza. Sin una revelación especial, no podríamos saber si Dios es santo, justo, misericordioso o un ser cruel. No sabríamos cómo ser salvos de nuestras debilidades ni aun cómo acercarnos a él. Emil Brunner ve esta autorrevelación como una “incursión desde otra dimensión” que trajo consigo un conocimiento “totalmente inaccesible a las facultades naturales del hombre para la investigación y el descubrimiento”. Dios hizo que Su autorrevelación al hombre fuera personal y comprensible. En la revelación especial de las Escrituras, Dios se reveló a sí mismo de forma antrópica esto es, dentro del carácter del lenguaje humano de sus tiempos, usando categorías humanas de pensamiento y actuación. La revelación no comprende solamente información acerca de Dios (revelación proposicional), sino también la presentación de Dios mismo para que entráramos en relación con Él (revelación existencial).
Fue necesario que Dios se revelara por conceptos concretos. No es posible comunicar adecuadamente las ideas del pecado, la redención, las exigencias de Dios y los detalles de la vida de ultratumba por medio de los sentimientos. Si Dios no empleara oraciones y preposiciones, el encuentro con él resultaría en puro subjetivismo y cada persona que tuviera esta experiencia la interpretaría a su propia manera. Al transmitir oral e indefinidamente el mensaje de Dios, probablemente éste resultaría distorsionado, abreviado (omitiendo partes vitales), o ampliado (añadiendo detalles imaginarios o puntos de vista teológicas particulares). Dios en su infinita sabiduría impulsó a sus siervos para registrar por escrito las revelaciones personales y los eventos en los cuales él intervenía. Estos se encuentran en la Biblia. Considerando la importancia trascendental de la revelación divina, se ve la necesidad de que sea registrada con suma exactitud a fin de reflejar bien la mente de Dios. La exactitud del mensaje es un requisito indispensable para que sea fidedigno y autoritario. Calvino escribió, “Si consideramos la mutualidad de la mente humana, cuán fácilmente cae en el olvido de Dios, cuán grande es su propensión a errores de toda clase, cuán violenta es su pasión por la constante fabricación de religiones nuevas y falsas, será fácil percibir la necesidad de que la doctrina celestial quedara escrita, a fin de que no se perdiera en el olvido, se evaporara en el error, o se corrompiera por la presunción de los hombres” (Calvino Inst. I, cap VI). Myer Pearlman cita al doctor Keyser: “Los libros constituyen el mejor método de preservar la verdad íntegra, y trasmitirla de generación en generación. Ni la memoria ni la tradición son dignas de confianza.” Dios proporcionó al hombre la revelación divina en forma de libro para que fuera preservada de una vez por todas, de forma objetiva, permanente, asequible y universal. Es la única forma en que “podría Él haber impartido a la humanidad un nivel infalible que hubiera estado disponible para toda la humanidad, y que continuaría intacto a través de las edades, y del cual el hombre podía obtener el mismo nivel o patrón de fe y conducta”. Es razonable esperar que Dios inspiraría a sus siervos para registrar las verdades que no podrían haber sido descubiertas por la razón del hombre. También es razonable creer que Dios ha preservado en forma providencial los manuscritos de las Sagradas Escrituras, y ha inspirado a la iglesia para incluir en el canon sólo aquellos libros que tuvieron su origen en la inspiración divina”. La verdad final del cristianismo no puede ser descubierta por la razón humana sola, sino que tiene que contar con la participación de Dios, su Espíritu Santo, para que dé testimonio de la veracidad de la Palabra de Dios. Ésta fue la posición más o menos indiscutible del cristianismo hasta el siglo XVIII. Los reformadores, en busca de autoridad, rápidamente aceptaron la doctrina de la inspiración y, por implicación, la doctrina de inerrancia. Zinglio apeló persistentemente al Antiguo Testamento y al Nuevo Testamento en su defensa de la sana doctrina cristiana. Calvino describió las Escrituras como “el único registro en el cual Dios se complace confiar su verdad a la memoria perpetua, hasta que tengamos una convicción perfecta de que Dios es el Autor” (Instituciones, 1, 7, 2, 4).
APLICACIÓN
¿Cuál es el propósito de la revelación de Dios? Al ser procesado por la Inquisición, Galileo dijo, “Dios no nos ha dado la Biblia para que sepamos cómo es el cielo sino para ir al cielo”. Agustín escribió: “Dios, al darnos las Escrituras, no quiso enseñarnos matemáticas o astronomía; Él quería hacer santos y no sabios”. En el ambiente socio-cultural filosófico que vivimos hoy con su relativismo y pluralismo, con el pos-modernismo afirmando la imposibilidad de la existencia de “absolutos” o la “Verdad” objetiva, es imprescindible establecer el por qué creemos en a Biblia como revelación divina, inspirada por Dios e infalible, y como tal nuestra máxima autoridad para la fe y la conducta como cristianos. Nuestro conocimiento de Jesús, Sus enseñanzas y las de Sus apóstoles, nuestra percepción y creencia en el único Dios santo y Todopoderoso depende de la fiabilidad de las Escrituras.
Lo único que sirve para dar cuerpo a un sistema de doctrina fidedigno y autoritario y una vivencia que agrade a Dios es un mensaje revelado por Dios y registrado bajo la influencia del Espíritu Santo. Pablo Hoff acierta en su afirmación, “Si Dios no se ha revelado, la Biblia no es inspirada, Dios queda como un misterio y los hombres todavía están en tinieblas y sin esperanza. José Grau cita al teólogo renombrado Emil Brunner que admite que “sin la Biblia no sabríamos nada de Cristo. La fe cristiana es la fe en Cristo, y sólo en la Biblia podemos entrar en relación con Él para escuchar sus palabras. La fe cristiana es una fe bíblica”.
Como Evangélicos aceptamos la Biblia como nuestra autoridad suprema para toda doctrina, creencia y práctica cristiana. En contraste, la Iglesia Católica Romana pone a la Iglesia por encima de las Escrituras. C. H. Dodd, el gran erudito inglés dijo que la Biblia para el cristianismo es más que una colección de literatura religiosa o de liturgia. “Ha sido considerada como la suprema autoridad doctrinal en cuanto a la fe y la moral, de origen divino y, consecuentemente, infalible. El cristianismo histórico ha sido una religión de revelación”. Si la Biblia es una revelación de Dios, tiene que ser recibida y obedecida; pero no puede ser recibida sin atribuirle autoridad divina, y no puede tener tal autoridad sin ser infalible en todo lo que enseña”.
Afirmamos que la Biblia es completamente verdadera en todo lo que enseña. Si la inerrancia de la Biblia es negada o limitada, resulta dañada la autoridad de Dios y Su Palabra. Como cristianos sabemos que no es necesario caminar a tientas sumido a la duda y el escepticismo ya que tenemos la evidencia que Dios, por Su naturaleza se revela a sí mismo. ¡Dios ha hablado al hombre! Dios se ha dado a conocer desde el tiempo de los patriarcas. Se reveló por teofanías (apariencias de Dios), eventos, milagros y palabras. El escritor a los hebreos dice Dios había “hablado en otro tiempo muchas veces y de muchas maneras a los padres por los profetas”, y luego añade la revelación divina perfecta y completa: “en estos últimos días nos ha hablado por el Hijo” (Hch. 1:1,2). Jesús podía decir: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn. 14:9). José Grau observa que la revelación especial que culminó en la encarnación del Verbo “sería de ninguna utilidad si no hubiera quedado registrada en las páginas de un Libro. Este libro es la Biblia”.
Finalmente Dios se revela en la experiencia espiritual del creyente. Por medio de la revelación general, el hombre puede saber sólo unas pocas cosas acerca de Dios, pero por medio de la revelación especial, le puede conocer personalmente. Cuando leemos la Biblia o escuchamos la predicación del evangelio, a menudo oímos su voz y sentimos su presencia. Además, él contesta nuestras oraciones y llena nuestros corazones con su paz la cual “sobrepasa todo entendimiento”. Debemos acatarnos a la enseñanza de Pablo a Timoteo cuando dijo (2 Ti. 3:14-15), “Persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido; y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús.”
Seamos como los de la Iglesia en Berea que: “eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así. Así que creyeron muchos de ellos, y mujeres griegas de distinción, y no pocos hombres” (Hch.17:10). Seamos más como los creyentes de Berea reconociendo que Dios mismo nos ha dado Su Palabra y la guía del Espíritu Santo para guiarnos por sendas seguras en nuestra Fe y nuestra vivencia cristiana. Junto con el apóstol Pablo declaramos: “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Ro.1:16).
ARTÍCULO 2. Dios Único
Francisco Vicente Pena Vidal
DECLARACIÓN DE FE
“Creemos en un Dios único, existente y revelado en las Escrituras en las personas del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.
Conceptos Claves: Dios y Trinidad.
DEFINICIÓN DE CONCEPTOS
Dios. La mejor definición, según estudiosos de la palabra “Dios” es la que se encuentra en el Westminster Shorter Catechism (Catecismo Abreviado de Westminster):
“Dios es un Espíritu, infinito, eterno e inmutable, en su ser, sabiduría, poder, santidad, justicia, bondad y verdad.”
Dios es un ser personal no material, consciente de sí mismo y auto determinante. Está en todas partes; Su Omnisciencia es todo inclusive conoce eternamente el pasado y el futuro. Su Omnipotencia es la habilidad de hacer con poder todo lo que el poder puede hacer, controlando todo el poder que hay o que puede haber. La santidad es el atributo moral central de Dios. Los principios éticos básicos están revelados por la voluntad de Dios y derivados de y en base al carácter de Dios. Dios es eterno, sin principio ni fin temporal. Inmutable, en el lenguaje bíblico, señala la autoconstancia perfecta del carácter de Dios a lo largo de toda la eternidad y en sus relaciones con sus criaturas.
Trinidad. Definición de la Real Academia Española de la Lengua. (Del lat. trinĭtas, -ātis) “Distinción de tres personas divinas en una sola y única esencia”. También se usa el término de Santísima Trinidad y Trino Dios/ Dios Trino o Triuno. La palabra trinidad no aparece en la Biblia, y aunque la usó Tertuliano en la última década del siglo II, formalmente no encontró su lugar en la teología de la iglesia hasta el siglo IV. Sin embargo, nos encontramos con que es la doctrina distintiva de la fe cristiana que abarca todo lo demás. En ella se hace tres afirmaciones: que no hay sino un solo Dios, que cada una de las tres personas, Padre, Hijo, y Espíritu, es Dios, y que tanto el Padre, como el Hijo y el Espíritu Santo son personas claramente diferenciadas. De esta forma se ha convertido en la fe de la iglesia desde que recibió su primera formulación plena por Tertuliano, Atanasio y Agustín.
ARGUMENTACIÓN BÍBLICA
Como ya comentamos antes desde el primer renglón de la Biblia, es decir desde el propio Génesis 1:1 se habla de Dios y Dios se presenta como la revelación que Él ha dado de sí mismo. Cada nombre usado por Dios, Elohim; Adonaí; El-Elion; YHWV; Shem Hameforash; El- Shaddai... nos revelan atributos, el carácter y su relación con el hombre. El mismo se auto revela como único; como uno; que no hay ninguno más como Él. Deuteronomio 6:4 “Oye, pues, oh Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es” ese uno proviene del hebreo ekjád, que se podría traducir como único, primero o como unido, esta última nos da ya unos rasgos de que Dios es uno, en tres personas. Is.44:6 “Así dice Jehová Rey de Israel, y su Redentor, Jehová de los ejércitos: Yo soy el primero, y yo soy el postrero, y fuera de mí no hay Dios.” Él mismo lo revela, fuera de Él no existe, ni existirá nada parecido, también aporta un dato de su preexistencia, y su existencia eterna por los siglos de los siglos. En el versículo 8, Dios vuelve a revelarse como único usando de nuevo la expresión “No hay Dios, sino yo” y añade que “No hay Fuerte, no conozco ninguno”, “Fuerte” es referido a su Omnipotencia como Dios, de tal manera que Él dice que no conoce ninguno más con ese atributo. Isaías 45:15 usa la expresión de nuevo de “No hay Dios fuera de mi”, y enlazando el versículo 6, nos dice “para que se sepa”, es decir para que todo el mundo se entere, que “desde que sale el Sol hasta que se pone no hay nadie más que Él”, v.18, 21 y 22, 46:9, 47:8 Dios sigue usando la misma fórmula para continuar hablándole a Isaías y al pueblo de Israel. En Joel 2:27, Dios vuelve a revelarse de nuevo, pero al profeta Joel y a su pueblo como, “No hay como Él”. Deuteronomio 4:39, nos dice que es Dios de arriba en el Cielo y abajo en la Tierra “y no hay otro”, es una expresión como de “No busques más, no mires que ni arriba ni abajo vas a encontrar a otro como Dios”. Esta misma expresión la usa el propio Salomón en 1 de Reyes 8:23 y se vuelve a reiterar en el versículo 60. Y Jeremías dice “No hay semejante a ti” (Jr. 10:6-7).
Por lo que vemos en la Biblia, está claro que las distintas experiencias vividas; demostraban con creces que jamás encontrarían a alguien como Dios. Y es la verdad, Dios es único, inigualable, y no hay otro como Él, y es al conocerlo, como ha pasado con cada uno de ellos, que uno no puede dejar de exclamarlo o repetirlo “No hay como tú Señor”.
Ahora bien, nuestra creencia es monoteísta en esencia; y aunque vemos muchos versículos que remarcan este monoteísmo o la misma boca de Dios pareciera que remarcaba este monoteísmo, sin embargo desde sus propios nombres revelados por Él, hasta distintas manifestaciones y expresiones encontradas en el Antiguo Testamento nos hablan de la existencia en la creencia Judaica de esta Trinidad en Dios. Diversos estudiosos comentan que probablemente era algo asimilado por ellos pero no expresado al mundo exterior por causas de sus férreas leyes y creencias anti politeístas, entendiendo que no comprenderían está manera Trinitaria de presentar a Dios, aunque este tipo de personificaciones teístas se encontraban en otros tipos de culturas politeístas.
Pero... ¿Dónde vemos la Trinidad en el Antiguo Testamento? En primer lugar desde la propia creación nos encontramos a la Santísima Trinidad actuando. En Génesis 1: 1-2 nos encontramos ya a Dios y se comenta que su “Espíritu se movía sobre la faz de la Tierra” pero no solo queda aquí. Dios se nos presenta como “Elohim” que significa o se traduce como Dioses en plural siendo su singular “elóah, Dios”; y siempre unido a un verbo en singular y dando a entender la existencia de la Trinidad intrínseca en su nombre. Este nombre se usa más de 2.000 veces en el Antiguo Testamento, pero no es el único caso, también nos encontramos el uso asiduo, cercano a las 300 veces, de otro de los atributos de Dios, “Adonaí” que aparece por primera vez nombrado en Génesis 15: 1-2. Adonaí; o como se traduciría “ mis señores” o “ Señor de una manera muy enfática” y plural de adón; “Señor”. Otra vez vemos este uso plural de un atributo divino dando a entender la Trinidad presentada a los judíos desde el principio de la creación. Este término va muy ligado a Yejová (Jehová) y al término Elohim (traducido generalmente como Dios).
Pero también hay referencias a cada una de las personas. En general el uso esta referenciado al Padre pero no se usa siempre este atributo tal cual. En Isaías 63:16 y 64:8 es el propio Isaías quien le atribuye Paternidad nuestra a Dios de una manera bien clara “Tú eres...”. Y en Malaquías 1:6, 2:10 nos encontramos la misma afirmación.
Con respecto al Hijo (Jesús, Mesías; El Salvador) aunque es difícil encontrar una referencia directa, sí encontramos cantidad de versículos que nos hablan de la profecía acerca del advenimiento del Salvador del mundo. Pero si es de referenciar Isaías 7:14 y 9:6, donde encontramos una referencia al Mesías (Jesús), al cual se le atribuye deidad aún cuando se le considera como persona diferenciada de Dios mismo.
Con respecto al uso de la palabra Espíritu referenciada a Dios, aparece en gran cantidad de versículos en todo el Antiguo Testamento desde la creación Gn.1:2 el Espíritu de Dios se manifiesta en el Antiguo Testamento y se le asigna dotación al Mesías para la realización de su obra (Is. 11:2, 42:1, 61:1), y en la de su pueblo para responder con fe y obediencia (Jl. 2:28; Is. 32:15, Ez. 36:26-27). O en la triple bendición aarónica en Números 6:24.
Estudiando ahora el Nuevo Testamento, nos encontramos primeramente cómo Jesús habla acerca de que Dios es uno (Mr. 12:29; Jn. 5:44 y 17:3). Después Pablo en varias de sus epístolas habla usando el término “Un solo Dios” apostillando que es de todos y para todas las cosas... (1 Co. 8:6, Ef. 4:6, Gá. 3:20). También usa el término “Único y sabio Dios” en Romanos 16:27,1 Timoteo 1:17 y en Judas 1:25 en referencia a que a Él y sólo a Él sea la gloria, y el honor como único Dios.
Ahora bien, ese atributo, “Único”, “Uno”. Jesús, en su oración al Padre por sus discípulos, lo une así mismo con Dios. “Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí y yo en ti...” y de una manera recíproca dando a entender que ambos son personas idénticas e iguales de la Trinidad. Jesús dejo bien patente esta unidad inseparable con el Padre, exclamando en Juan 10:30 “Yo y el Padre uno somos”, y esto enfadó mucho a los judíos que tenía alrededor, que querían apedrearle, pero volvió a insistir en esta unidad en el v.38 donde argumenta esta unión con el Padre, “Para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí y yo en el Padre”. De nuevo hay una unión indisoluble de ambos; que tan sólo Juan plasma en su Evangelio.
La Trinidad es más fácil de ver como hemos comprobado en los versículos anteriores en el Nuevo Testamento. Jesús mismo nos da la referencia de realizar el Bautismo en “El nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo” Mt. 28:19. Dando la misma importancia a cada una de las Personas de la Trinidad. Esta fórmula sigue aún hoy resonando en cada bautismo. En Lucas 3:22 y precisamente en el Bautismo en agua de Jesús, se manifiesta la Trinidad de pleno, con Jesús bautizándose, el Espíritu Santo descendiendo a Jesús y el Padre declarando que Jesús es su “Hijo amado en el cual Él tiene complacencia”. Y unos versículos más adelante, vemos la Unidad del Espíritu Santo y Jesús (Lc. 4:1), donde se nos habla de un Jesús lleno del Espíritu Santo que comienza su ministerio. Se unen en uno Jesús, Espíritu Santo y Padre que como ya dijimos antes, Jesús aludió a que eran uno sólo Él y el Padre.
En la propia anunciación, (Lc. 1:35) se le revela a María la participación del Espíritu Santo y del Padre, en la encarnación del Hijo. En Juan 14:26 vemos cómo aparecen de nuevo la Trinidad, dijo que el Padre “enviará” al Espíritu Santo en su nombre (Jesús). Ese “enviará” en griego nos habla de “un mandado temporal” que actúa en nombre de Jesús (es decir igual que lo haría Jesús, sin diferenciarse de Él). Ésta es otra de las figuras en las que no sólo vemos la Trinidad, sino que se nos muestra a las tres personas diferenciadas pero al mismo nivel.
Durante las enseñanzas de Jesús, Él habla del Padre, como que lo había enviado, de sí mismo como el que revela al Padre, y del Espíritu como aquél por el cual Él y el Padre obran. Las interrelaciones entre Padre, Hijo y Espíritu se hacen resaltar en todas partes (Jn. 14.7, y 9–10). Declaró enfáticamente: “Yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador (Abogado), para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad” (Jn. 14.16–26). Se hace por lo tanto una distinción entre las tres Personas, y también una identificación como especificamos anteriormente.
El derramamiento del Espíritu en Pentecostés hizo que la personalidad de este adquiriese mayor prominencia y al mismo tiempo arrojó nueva luz sobre el Hijo. Pedro, al explicar el derramamiento ocurrido en Pentecostés, lo representa como una actividad de la Trinidad: “Este Jesús... exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís” (Hch. 2.32–33). De modo que vemos aquí fundamentación Trinitaria de la iglesia de Pentecostés, por lo que la iglesia Primitiva estaba fundada en la doctrina de la Trinidad.
En 1 Corintios hay una mención de los dones del Espíritu, la diversidad de servicios para un mismo Señor y la inspiración de un mismo Dios para la obra (1 Co. 12.4–6). Pedro traza la salvación a la misma fuente triunitaria: “elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo” (1 P. 1:2). O la bendición final apostólica de Pablo: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros” (2 Co. 13:14), no sólo resume la enseñanza apostólica, sino que se interpreta el significado más profundo de la Trinidad en la experiencia cristiana, con una visión de la gracia salvadora del Hijo que da acceso al amor del Padre y a la comunión del Espíritu.
ARGUMENTACIÓN TEOLÓGICA
Muchos son los estudios realizados para afirmar la existencia de Dios y muchos son los científicos que se rebelan contra esta afirmación. Recientemente nos encontramos que después de estudiar los Taquiones y su comportamiento, se llegó a la conclusión de que este mundo está regido por reglas creadas. El científico Michio Kaku decía así: “He llegado a la conclusión de que estamos en un mundo hecho por reglas creadas por una inteligencia, no muy diferente de un juego de ordenador favorito, pero, por supuesto, más complejo e impensable”.
Esto es un simple recordatorio de que bajo Dios está todo el control del Universo, que Él fue el Creador de todo y que todo empezó bajo su mano poderosa. Muchos desean explicar científicamente; o filosóficamente la existencia de Dios, sin embargo Dios manifiesta su existencia en el todo de este mundo. Cada regla Física o Matemática; la Naturaleza y su “sabiduría”; el Universo y todos sus movimientos perfectos y sincronizados a la voluntad del Divino creador hablan de su existencia.
La existencia de Dios y la Razón: Tomas de Aquino fue el precursor de que se podía evidenciar la existencia de Dios a través de la razón. El presentó las “Cinco Vías” o los “Cinco Modos”, las cuales presentaban a través de la razón un Dios existente. Éstas fueron aceptadas como válidas y entran dentro de las doctrinas Católicas desde el I Concilio Vaticano.
La existencia de Dios desde la perspectiva cristiana está basada principalmente en la Fe y creencia en que existe un Dios creador del Universo, que la Biblia es la revelación de Dios para el Hombre y por eso tomamos como Verdad Absoluta la existencia de Dios dictaminada en su Palabra desde el Génesis 1:1. Su propio nombre lo indica; YHWH (tetragrámaton); como dice Strong traduciendo del Hebreo, Yejová el Auto Existente o Eterno; o como el mismísimo Dios se autollama en Éxodo 3:14. “YO SOY EL QUE SOY” “El YO SOY me ha enviado a vosotros”, su nombre proviene de jayá verbo “ser” o “existir” en Hebreo; pero su nombre da a entender eternidad como lo remarca Strong; y es que abarca el pasado, el presente y el futuro, la existencia en sí.
Con respecto a la Preexistencia: su naturaleza de existencia en sí; y en su infinito ser, es decir su eternidad. Pero veamos lo que nos dice la Doctrina a cerca de la Preexistencia de Dios.
Todo efecto debe tener una causa. Pero Dios no es un efecto por lo que no tiene causa. Él no tiene principio, por lo que no tiene causa precedente. La Autocreación es un concepto irracional. Es imposible que algo se cree a sí mismo. Por eso la Autocreación es contradictoria en sí. Para que Dios se creara a sí mismo, algo debería de haber antes que Él. Por eso remarcamos uno de los atributos de Dios, y la traducción de su nombre de nuevo aquí “Él es la existencia en sí”. La preexistencia es un concepto racional. Es decir porque sea imposible preexistir no significa que Dios no exista. La preexistencia no es solamente posible sino que es racionalmente necesaria. Es decir como Pablo declara en Hechos 17:28, nuestra existencia depende del poder del ser de Dios: “Porque en Él vivimos, y nos movemos, y somos…”.
Después de el tema de “Único” y la forma de presentarse a nosotros en tres personas reveladas en la Biblia, Padre, Hijo y Espíritu Santo. No se puede hablar de Dios único separándolo de sus tres personas.
Otros Planteamientos Doctrinales
El Monarquianismo modalista, también conocido como “Sólo Jesús”, dice que hay una sola persona en la divinidad, que adoptó formas o “modos” consecutivos. Primero fue el Padre, que después devino el Hijo, quien luego llegó a ser el Espíritu Santo. Ejemplos de estos grupos son las iglesias Pentecostal Unida y Apostólica Unida. Esta enseñanza es incorrecta, pues contradice la verdadera doctrina de la Trinidad.
El Monarquianismo dinámico, enseña que hay sólo una persona en la divinidad, el Padre. Ni Jesús ni el Espíritu Santo son Dios. Ejemplos de grupos que hoy sostienen esta doctrina son los Testigos de Jehová, los Cristadelfos, y El Camino Internacional. Y también entendemos que está completamente errada esta doctrina.
APLICACIÓN
Después de esta exposición, vemos que la Biblia es clara de inicio a fin con respecto a este punto de la Declaración de Fe. Dios es Único, Dios es existente, y se nos ha revelado desde la Creación del Universo que es Triuno. En Él conviven las tres personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Cada persona es co-igual, co-eterna y co-poderosa con las otras. Cada persona, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, es una persona diferente de las otras. Cada una tiene una personalidad distinta. Sin cualquiera de ellas, no hay Dios; todas comprenden el único Dios. Todas las Grandes Creencias basadas en Cristo, aceptan y toman como verdadera y fundamental la Doctrina Trinitaria.
ARTÍCULO 3. Jesucristo
Javier Otero
DECLARACIÓN DE FE
“Creemos en Jesucristo como único y suficiente Salvador, en su encarnación por obra y gracia del Espíritu Santo y que su obra redentora, muerte y resurrección es suficiente para la salvación del ser humano, sin necesidad de obras. En ningún otro hay salvación”.
Conceptos Claves: Jesucristo, Encarnación, Redención y Salvación.
DEFINICIÓN DE CONCEPTOS
Evidentemente el concepto central de este artículo de fe es Jesucristo, y en torno a su figura y su obra encontramos el resto de conceptos que aparecen en nuestra declaración de fe.
Jesucristo. Nombre compuesto por Jesús, identificado como el Salvador del mundo, y Cristo, el Ungido de Dios, precisamente para salvar a este mundo perdido.
Encarnación. Es el acto por el cual la segunda persona de la Trinidad, el Hijo de Dios, asume la naturaleza humana, concebido por el Espíritu Santo y nacido de una virgen, revistiéndose voluntariamente de cuerpo y naturaleza humana; así pues, en una sola persona se conjugan tanto la naturaleza humana como la divina.
Redención. Es el acto por el cual Jesucristo, al morir en la cruz, paga con su preciosa sangre la deuda contraída con Dios por causa de nuestros pecados. Con su resurrección Jesús nos rescata, declara nuestra libertad de la esclavitud de Satanás y nos introduce en la familia de Dios. Otras palabras en relación con ésta: expiación, propiciación, liberación, rescate, compra.
Salvación. Denota preservación y liberación. Es un término amplio que refiere a la liberación espiritual y eterna que concede Dios de forma inmediata a aquellos que se arrepienten, depositan su fe y confiesan a Jesucristo como Señor y Salvador, siendo sólo en Él que se puede obtener.
ARGUMENTACIÓN BÍBLICA
La figura central de las Escrituras es Jesucristo, el Hijo de Dios. Su obra es anunciada desde Génesis 3:15, el verdadero protoevangelio:“Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar”.
Múltiples aspectos de su vida y ministerio son adelantados proféticamente en el Antiguo Testamento: su nacimiento de mujer y virgen (Gn. 3:15; Is. 7:14), sus títulos (Sal. 2:7; 110:1; Is. 7:14), sus funciones (Dt. 18:18; Sal. 110:4; Is. 9:7; 33:22), su ministerio poderoso en palabra y hechos (Is. 8:23 – 9:2; 35:5-6; 61:1-2), su pasión (Sal. 22; Is. 53), su resurrección (Sal. 16:9-12), entre otros muchos detalles.
El título Señor Jesucristo pertenece exclusivamente al Hijo de Dios (Ro. 1:1-3,7; 2 Jn. 3). En lo que respecta a su naturaleza divina y eterna, es el verdadero y unigénito Hijo del Padre, pero en lo que respecta a su naturaleza humana, es el verdadero Hijo del Hombre. Por lo tanto, se le reconoce como Dios y hombre; quien por ser Dios y hombre, es “Emanuel”, Dios con nosotros (Mt. 1:23; 1 Jn. 4:2,10,14; Ap. 1:13,17).
El título Hijo de Dios describe su debida deidad, y el título Hijo del Hombre su debida humanidad. De manera que el título Hijo de Dios pertenece al orden de la eternidad, y el título Hijo del Hombre al orden del tiempo (Mt. 1:21-23; 2 Jn. 3; 1 Jn. 3:8; He. 7:3; 1:1-13).
“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como la del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” Jn. 1:14. Jesucristo fue hecho carne. Negar la realidad de Cristo y su encarnación es señal del mentiroso y del espíritu del Anticristo (Jn. 1:1,2,14,18,29,49; 1 Jn. 2:22,23; 4:1-5).
Así pues, el Señor Jesucristo es el eterno Hijo de Dios. La Biblia declara: Su concepción virginal (Mt. 1:23; Lc. 1:31,35); su vida sin pecado (He. 7:26; 1 Pe. 2:22); sus milagros (Hch. 2:22; 10:38); su obra vicaria en la cruz (1 Co. 15:3; 2 Co. 5:21); su resurrección corporal de entre los muertos (Mt. 28:6; Lc. 24:39; 1 Co. 15:4); y su exaltación a la diestra de Dios (Hch. 1:9, 11; 2:33; Fil. 2:9-11; 1 Co. 15:24-28; He. 1:3; 1 Pe. 3:22).
Jesucristo es el autor de salvación, el único mediador entre Dios y los hombres, declarando la Palabra que en ningún otro hay salvación (Jn. 14:6; Hch. 4:11-12; He. 5:9). Su sacrificio y obra en la cruz una sola vez es suficiente para la salvación del ser humano (He. 7:27; 9:28; 1 Pe. 3:18) Por tanto, la única esperanza de redención para el hombre es a través de la sangre derramada de Jesucristo, el Hijo de Dios, sin que pueda aportar mérito u obra alguna con la cual alcanzar la salvación de Dios (Ef. 2:8-9).
Dicha salvación se recibe a través del arrepentimiento para con Dios y la fe en el Señor Jesucristo. El hombre se convierte en hijo y heredero de Dios según la esperanza de vida eterna por el lavamiento de la regeneración, la renovación del Espíritu Santo y la justificación por la gracia a través de la fe (Lc. 24:47; Jn. 3:3; Ro. 10:13–15; Ef. 2:8; Tit. 2:11; 3:5–7). La evidencia interna de nuestra salvación es el testimonio directo del Espíritu (Ro. 8:16); mientras que la evidencia externa ante todos los hombres es una vida de justicia y verdadera santidad (Ef. 4:24; Tit. 2:12).
ARGUMENTACIÓN TEOLÓGICA
Expresión de Nuestro Posicionamiento Doctrinal
Siguiendo el hilo argumentativo de Stanley M. Horton en su Teología Sistemática hay cuatro elementos en la doctrina sobre Jesucristo que es necesario relacionar entre sí en un marco teológico significativo. Estos son: su concepción virginal, su total divinidad y total humanidad en una sola persona, su relación con la Trinidad y su relación específica con el Espíritu Santo. Tratamos a continuación dos de estos elementos:
- Su encarnación por medio de su concepción virginal. La concepción virginal siempre ha sido un hecho profundamente cuestionado pues aboca al reconocimiento de lo sobrenatural en medio de un mundo natural. Jesús fue concebido siendo María virgen, y ésta lo continuó siendo hasta el nacimiento de su hijo. Los evangelistas (Mateo y Lucas) tratan este hecho desde puntos de vista distintos, pero ambos recalcan la concepción virginal de Jesús. Es el cumplimiento de la señal profética dada a Acaz y a toda la casa de David en Isaías 7:14. La palabra griega parzénos, que traduce la hebrea almá, presenta a María como una joven soltera y sexualmente pura, quien se convierte en la madre de nuestro Señor Jesucristo.
- Jesús es totalmente divino y totalmente humano en su única Persona. Este hecho es conocido como la unión hipostática. Jesús es totalmente humano: goza de cuerpo como el resto de los humanos, experimentando hambre, sed, cansancio... (Mt. 4:2; Jn. 4:6); posee espíritu humano (pneuma), entregándolo en la cruz al morir por la humanidad (Lc. 23:46); y también posee alma humana (psyjé), mostrando y sintiendo las emociones propias del ser humano: dolor, gozo, sufrimiento, angustia, esperanza... (Mt. 26:36-38).
Pero igualmente, Jesús es totalmente divino como lo proclaman numerosos textos en las Escrituras, entre ellos algunos de relevancia: Juan 1:1, declarando que Jesús, el Verbo, es Dios y enlazando su existencia eterna con el propio Génesis 1:1; Juan 8:58 es uno de los siete “Yo soy” pronunciados por Jesús en el Evangelio de Juan y con ello se atribuye una existencia continua como la del Padre. Ese “Yo soy” nos traslada a la auto-revelación divina en Éxodo 3:14; y Filipenses 2:5-7, donde Pablo nos señala que, aunque Jesús se hallaba en un estado de existencia en igualdad con Dios, no se aferró o apegó a ese estado sino que lo soltó convirtiéndose en siervo y muriendo en una cruz por nosotros.
Jesucristo es el Hijo de Dios, autor de eterna salvación para todos los que le obedecen. Una salvación tan grande que somos llamados a no descuidar (He. 2:1-4). La Biblia nos habla en abundancia de la necesidad que todos los seres humanos tenemos de un Salvador, no pudiendo salvarse a sí mismo. La degradación y pecado de la raza humana se ve ya desde en la primera pareja tratando esconderse de Dios (Gn. 3), pasando por la primera rebelión y asesinato (Gn. 4), y culminado en la última rebelión intentando frustrar los planes divinos (Ap. 20).
Después de una gran riqueza léxica en el Antiguo Testamento para expresar la idea de rescatar, liberar o salvar; el Nuevo Testamento expresa con Sódzo y Sotería la salvación espiritual que Dios provee por medio de Cristo ( 1 Co. 1:21; 1 Ti. 1:15). “Iesus sotería kyríu, es decir, Jesús significa salvación por medio de nuestro Señor”.
La naturaleza santa y justa de Dios no tolera el pecado y la falta de santidad o justicia (Lv. 11.45;19:2; Jos. 24:19; Is. 6:3; Lc. 1:49; Sal. 119:142; Os. 2:19; Hab. 1:13; Jn. 17:25; Ap. 16:5); aún habiendo pasado por alto en la antigüedad los pecados pasados (Hch. 14:15-16; 17:29-30; Ro. 3:25), llama ahora al arrepentimiento y salvación en Cristo Jesús mostrándose paciente, misericordioso y “tardo para la ira” (Ro. 11:28-32; Ef. 2:4-5; Tit. 3:4-5; 2 Pe. 3:9, 15). Todo ello es efectuado por su gran amor con el que nos amó y por su gracia abundante para el hombre pecador (Dt. 7:7-8, 12-13; Jer. 31:3; Ro. 5:8; Ef. 1:7; 2:5-8).
La salvación de Dios incluye diversos aspectos:
- La necesidad de un sacrificio, siendo Cristo el cordero perfecto por nuestros pecados (Is. 53:7; Jn. 1:29; 1 Co. 5:7; 1 Pe. 1:19). La propiciación y la expiación son términos relacionados con el sacrificio, que nos dan la idea de apaciguar, pacificar o conciliar, que nos transmiten el efecto que tiene el sacrificio de Cristo para nosotros (1 Jn. 4:10).
- La reconciliación con Dios, siendo que la obra salvadora de Cristo nos reconcilia con Dios al quitar todas las barreras entre Dios y los hombres. El término hace referencia a cambiar, a hacer que una cosa cese y otra tome su lugar. Y el concepto bíblico nos habla de aquel ofendido que desempeña el papel principal estando dispuesto a recibir al ofensor para que la reconciliación se produzca (Ro. 5:9-11; 2 Co. 5:16-21)
- La redención, un término (hebreo: ga ́al, o go ́el para redentor) que aparece mucho más en el Antiguo Testamento que en el Nuevo. Lo vemos en las instrucciones de la Ley (Lev. 25, 27), o en la historia de Rut y Booz (Rt. 3, 4); observamos al Redentor proveyendo para redimir a los primogénitos (Ex. 13:13-15), o a todo el pueblo de Israel (Ex. 6:6; Dt. 7:8; Sal. 130:8; Is. 41:14; 43:14). Es en el Nuevo Testamento que Jesús se identifica tanto como el Rescatador como con el propio Rescate (Mt. 20:28; Mr. 10:45; Ro. 3:24; 1 Co. 1:30; Col. 1:14; 1 Ti. 2:6). Y es esta redención realizada por medio de la sangre de Jesucristo (Ef. 1:7; He. 9:12; 1 Pe. 1:18.19; Ap. 5:9). Cristo ha pagado con su vida el precio del justo castigo divino que merecíamos debido a nuestros pecados (Ro. 3:24-25).
No podemos finalizar el tema de la salvación sin mencionar el orden de la misma, que tiene en cuenta: la elección de Dios (una elección de amor por todo la humanidad, que espera una respuesta o participación del ser humano (Ro. 9:30-33; 10:3-6, 9-11, 13-14, 16; 11:20, 22-23; Ef. 1:4-5; 1 Ts. 1:4; Col. 3:12; 2 Ts. 2:13); el arrepentimiento y la fe, apartarse de algo y regresar hacia algo expresado con simpleza (Mt. 3:2; 4:17; Jn. 1:12; 3:16; Hch. 2:38; 16:31; 17:30; Ro. 2:4; Ef. 2:8; He. 11:6); la regeneración, como un acto decisivo e instantáneo del Espíritu Santo que crea de nuevo la naturaleza interna del hombre (Ez. 11:19; 36:25-27; 2 Co. 5:17; Tit. 3:5; 1 Pe. 1:3); la justificación, por la cual Cristo efectúa un cambio en nuestra posición con respecto a Dios, declarando el Señor que los pecadores quedan libres de toda culpa del pecado y los declara justos ante su presencia mediante la obra justa y satisfactoria de Cristo en la cruz del Calvario (Ro. 3:21-26; 5:1,9; 8:33-34); La adopción, siendo que Dios nos hace parte de su familia (Ef. 1:4-5; Ro. 8:15, 23); y la perseverancia, entendida como la operación continua del Espíritu Santo por medio de la cual será completa la obra de Dios que fue comenzada en nuestro corazón (Mt. 24:12-13; Lc. 9:62; Jn. 15:6; Ro. 11:17-21; Gá. 5:4; Fil. 1:6; 1 Ti. 1:19; 2 Ti. 2:12; He. 3:6,12,14).
Otros Planteamientos Doctrinales
En cuanto a la persona de Jesucristo encontramos, entre otros, los siguientes planteamientos doctrinales equivocados:
- Ebionismo: Según éstos, Cristo fue un mero hombre, sobre quién el Espíritu de Dios descendió en el Bautismo, a fin de capacitarle para Su obra, pero le abandonó en el Calvario. Contra ellos escribe Juan (1 Jn. 5:5-6) que el Espíritu mismo da testimonio de que Cristo no sólo vino mediante agua (en el Bautismo), sino mediante agua y sangre (en el Calvario).
- Docetismo: El vocablo doceta viene del gr. Dokéin que significa «parecer». Éstos, gnósticos también como los cerintianos, optaban por la solución más sencilla: Cristo fue un ser celestial que tomó un cuerpo aparente, etéreo, formado en el Cielo y venido a la tierra a través del útero de María, pero sin ser concebido por ella. Contra ellos escribe Juan lo que leemos en Jn. 1:14 («se hizo carne»–lit.); 1 Jn. 4:2-3. Ver también 1 Ti. 3:16 y He. 2:14.
- Arrianismo: En lo que respecta específicamente a la Cristología, Arrio, no sólo negaba la plena Deidad de Cristo, sino que también negaba la integridad de su naturaleza humana, diciendo que el Verbo se había unido a un cuerpo humano carente de alma, sustituyendo así al principio vital, el alma racional, de la naturaleza humana de Cristo.
- Nestorianismo: enseñaba que el Logos, la Deidad completa, habitaba en el Jesús humano, de una forma similar a como habita el Espíritu Santo en el creyente. Así, admitiendo en Cristo dos naturalezas, pero consecuentemente dos personas distintas, una humana y una divina, de modo tal que conforman dos entes independientes, dos personas unidas en Cristo, que es Dios y hombre al mismo tiempo, pero formados de dos personas distintas. Fue rebatido por el Concilio de Éfeso en el 431 D.C.
Aún podríamos señalar otras doctrinas erróneas que surgen sobre la humanidad de Cristo, sobre su divinidad, sobre la unión hipostática, las cuales sólo mencionamos: los cerintianos, el monarquianismo, el socinianismo, el modernismo, el apolinarismo, el monofisismo, el monotelismo o el adopcionismo. En cuanto a la obra de Cristo también encontramos algunas teorías o planteamientos equivocados; alguna de ellas:
- La teoría de la influencia moral: esta teoría insiste en el amor de Dios y descarta toda exigencia de satisfacción. Dios no exige un pago por el pecado, sino que perdona bondadosamente. No toma en consideración la santidad y justicia de Dios, ni tiene en cuenta las afirmaciones bíblicas acerca de la expiación (Ro. 3:25-26; He. 2:17; 1 Jn 2:2).
- La teoría del rescate: según la cual debido al pecado estamos bajo el dominio de Satanás. Sin embargo, porque Dios nos ama, le ofreció su Hijo al diablo como precio del rescate para que quedásemos libres. El diablo estuvo dispuesto al intercambio, pero no sabia que no podía retenerlo en el Hades, y con su resurrección perdió tanto el rescate como los prisioneros originales. Es cierto que el diablo tiene «la potestad de las tinieblas» (Col. 1:13), pero ese reino no le pertenecía por derecho, sino que le fue regalado en bandeja por nuestros primeros padres en el Edén (Gn. 3:1-6). Ese derecho le fue arrebatado en la Cruz del Calvario a favor de los que creen en Jesús, pero continúa ejerciéndolo de hecho en los que tienen «cegado el entendimiento» (2 Co. 4:4).
- Hugo Grocio (1583-1645), teólogo y jurista holandés, enseñó la llamada teoría gubernamental, según la cual, Dios no tenía por qué demandar el pago por el pecado, puesto que es omnipotente; el objetivo de la muerte de Cristo fue demostrar que la Ley de Dios había sido quebrantada y, como Dios es el Legislador y Rector del Universo, alguna clase de castigo debe sufrirse cuando se quebrantan sus leyes. En este caso, la muerte de Cristo no sería una satisfacción, sino una revelación, de la justicia de Dios.
APLICACIÓN
“A quienes Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles; que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria” Col. 1:27.
La completa humanidad de Cristo le permite identificarse con nosotros en todas nuestras debilidades y tentaciones. Su ausencia de pecado nos transmite un mensaje de victoria en el poder del Espíritu Santo. (1 Co. 10:13; He. 4:14-16) Así pues, la Iglesia es una iglesia sufriente, con debilidades y tentaciones, pero victoriosa en Cristo Jesús. ¡Cristo en vosotros, la esperanza de gloria!
Su completa divinidad nos traslada al reino de lo sobrenatural, lo divino desciende y habita entre lo humano, siendo Dios con nosotros. Aún siendo incomprensible para nuestra mente finita tal acto de amor y entrega hacia la humanidad, lo cierto es que en Cristo podemos disfrutar de la gloria divina y de todo el poder divino. Su poder y autoridad ha sido delegada a Su Iglesia para predicar el Evangelio y hacer discípulos por todas las naciones hasta lo último de la Tierra (Jn. 1:18; Mt. 28:18- 20) ¡Cristo en vosotros, la esperanza de gloria!.
Su resurrección nos abre a nosotros una nueva expectativa, una nueva esperanza: como Él resucitó nosotros también resucitaremos con Él. El triunfo de Cristo es nuestro triunfo también. La muerte ya no nos puede sujetar, está sorbida la muerte en victoria. No nos atan las cadenas del pecado y de la muerte, Cristo venció, exhibió públicamente su triunfo y nos ha prometido un lugar con Él en los cielos (1 Co. 15; Col. 2:13-15; 3:1-4; 2 Ti. 2:11-13; Tit. 2:13) Sin duda alguna, Cristo es nuestra esperanza de gloria!.
La resurrección de Cristo también permitió que el Espíritu Santo viniera a nosotros, esté con nosotros y more en nosotros. Su especial relación con Cristo en la tierra, ahora está también disponible para nosotros. Y sobre todo, la promesa del Espíritu Santo derramando poder sobre nuestras vidas para ser testigos hasta lo último de la Tierra es factible gracias a la resurrección de Jesucristo (Jn. 16:515; Hch. 1:4-5, 8; Hch. 2).
Su obra salvadora nos da seguridad y garantía: somos hechos hijos de Dios, tenemos las arras del Espíritu, somos coherederos de la vida eterna (Jn. 1:11-12; Ro. 8:15-18; 2 Co. 2:21-22) Gracias a la obra salvadora de Cristo tenemos acceso directo al trono de Dios, tenemos intimidad con Dios, siendo declarados santos y justos delante de Dios, viviendo en verdadera y completa libertad (Jn. 8:34-36; Ro. 5:1-2; He. 4:14-16; 10:19-22) ¡Qué gran privilegio disfrutamos al tener amistad y comunión personal con el Creador de todo el universo!
Y es este gran privilegio el que nos hace estar atentos y vigilantes sobre nuestra salvación, no descuidando una salvación tan grande, y perseverando hasta el fin para obtener la corona de la vida (He. 2:1-4; Ap. 2:10).
Sin duda alguna, en todo ello se manifiesta Jesucristo como figura central e imprescindible, la verdadera piedra angular en quien edificamos nuestra fe. Por tanto, ¡Cristo en nosotros, esperanza de gloria!.
ARTÍCULO 4. La Salvación
Esteban Muñoz
DECLARACIÓN DE FE
“Creemos en la salvación integral del ser humano (cuerpo, alma y espíritu), ofrecida gratuitamente mediante un acto soberano de Dios y obtenida por la fe en Jesucristo. Creemos que todo ser humano es pecador y que, para ser salvo, en su libre albedrío, debe aceptar la Gracia de Dios con la indispensable necesidad de arrepentimiento, confiar en la eficacia del sacrificio expiatorio de Cristo Jesús en la Cruz, quien murió por toda la humanidad como pago de la deuda contraída por nuestros pecados y, además, permanecer fiel hasta la muerte cuidando nuestra salvación que es susceptible de perderse por causa de infidelidad o apostasía”.
Conceptos Claves: Salvación y Predestinación.
DEFINICIÓN DE CONCEPTOS
Salvación. La soteriología o la doctrina de la salvación, contiene todo el propósito y plan completo de Dios de llevar a las personas de la condenación a la justificación y de la muerte a la vida eterna, incluye tanto la libertad del pecado como la bendición de la reconciliación con Dios por medio de Jesucristo y la llenura del Espíritu Santo en el creyente.
La raíz de la palabra hebrea es “yasha”, que originalmente significaba el ser espacioso o amplio en contraste con la estrechez o la opresión. En el Nuevo testamento se usa el verbo griego “soteria” que viene de la raíz “sozo”, que implicaría cura, recuperación, remedio, rescate, redención, o bienestar. La salvación también se puede relacionar con la preservación del peligro, de la enfermedad o de la muerte (Mt. 9:22; Hch. 27:20, 31, 34; He. 5:7). En el uso habitual del cristiano significa salvar de la muerte eterna y conceder a una persona la vida eterna (Ro. 5:9; He. 7:25).
Predestinación. Significa destinación anterior de algo. Nunca se menciona en la Biblia, mucho menos en relación con la doctrina. El verbo “predestinar” en alguna forma solo aparece tres veces en las Escrituras: Romanos 8:29 (“predestinó”) y Efesios 1:5 (“predestinado”), y Efesios 1:11 (“predestinados”). En los tres pasajes, la predestinación se menciona no en referencia al hecho de que uno sea o no salvo, sino que habla de la posición o el privilegio compartido en el futuro de los que ya somos salvos. Según esta doctrina Dios ha determinado de antemano quiénes han de recibir la vida eterna, es decir, quiénes son los “elegidos” y, por lo tanto, quién se ha de condenar.
ARGUMENTACIÓN BÍBLICA
En el Antiguo Testamento a todas las acciones de Dios encaminadas a librar a Israel del hambre o de la esclavitud o de cualquier dificultad en la que se encontrase, se les llama acciones de salvación. De hecho a Dios se le alaba como el Salvador de Israel.
En el Nuevo Testamento la “salvación” se refiere tanto a la cura de una enfermedad como a ser librado del pecado, por lo que la salvación tiene que ver, no sólo con el destino eterno de la persona, sino con todo lo que sea impedimento para el cumplimiento de los propósitos de Dios para el ser humano. Es por ello la salvación incluye tanto la “justificación” como la “santificación”.
El pecado es la mayor tragedia en la existencia del ser humano, le quita la libertad haciéndole esclavo, le imposibilita la comunión con su creador, le trae culpa y, además, su resultado final, es la muerte (Ro. 5:21; 6:23; Gá. 1:4). Es por ello que Dios ha enviado a su Hijo al mundo para salvar a los pecadores (1 Co. 15:3).
El ser humano no puede conocer a Dios mediante su propia sabiduría o conocimiento personal, ya que le «agradó a Dios salvar a los creyentes mediante la locura de la predicación» (1 Co. 1:21; Ro. 10: 13-15). Esa predicación se basa en las Buenas Nuevas y su resultado final es la salvación “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Ro. 1:16). La predicación y su resultado, si se recibe en forma positiva, va dirigida a toda la humanidad: “Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres” (Tit. 2:11).
El centro y protagonista de dicha proclamación de la Iglesia es Jesucristo, pues “...en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hch. 4:12). Si hubiera sido posible cualquier otro método para conseguir la salvación de la raza humana, Cristo habría muerto en vano (Gá. 2:21; 3:21).
El conocimiento de Cristo y la fe en Él son esenciales para la salvación: «El que cree en el Hijo, tiene vida eterna; mas el que rehúsa creer en el Hijo, no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él» (Jn. 3:36). La Biblia enseña claramente que nuestra salvación es por gracia y mediante la fe: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios” (Ef. 2:8) Y es que la justificación es sólo por la fe (Hab. 2:4; Ro. 1:17).
Así que la salvación del creyente se recibe no por una acción de justicia que podamos obtener por nuestros medios. Pero asimismo la salvación se conserva, no por actos de justicia, sino por una vida de fe. (Gá. 3:11; He. 10:38).
Pero siempre la iniciativa de la salvación, como fruto de amor a sus criaturas, procede de Dios: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn. 3:16). Desde la base de la soberanía de Dios y del regalo de la salvación (Ef. 2:8), el creyente, en su libre albedrío dado por Dios (Dt. 30:19; Lc. 6: 43-44; Mt. 15:19; Jer. 4:14; Mt. 23:37), es el que responde al llamado de la salvación y es responsable de mantener la obediencia y comunión con Dios (1 Co. 15:2). Como todo regalo de Dios, pero especialmente éste, que trata de la vida eterna al lado de nuestro Dios, hemos de cuidar lo recibido, al ser susceptible de perderse: “Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor” (Fil. 2:12). Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos. Porque... ¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? (He. 2:1-3).
ARGUMENTACIÓN TEOLÓGICA
La persona que ha sido salvada es la que ha cancelado su deuda con Dios, ha ajustado sus cuentas con Él, ha normalizado sus relaciones con el Hacedor, dedicado al servicio de Dios. Todo lo anterior implica que la experiencia de la salvación consiste en la justificación, regeneración, (y adopción) y santificación. Al estar justificado, pertenece a los justos; al estar regenerado es un hijo de Dios y al estar santificado, es un “santo,” (literalmente persona santa).
La salvación tiene un aspecto pasado, que ocurrió cuando creímos, un aspecto presente, y una consumación futura. Asimismo, como ya hemos mencionado, la salvación afecta a la persona en su totalidad, tanto en la eliminación de la naturaleza caída del hombre como en la recepción de un cuerpo resucitado en un día futuro.
Dios quiso salvar a los pecadores para una demostración contundente y clara de su amor. Ninguno de los mejores dones de Dios se pueden comparar con el regalo de Su Hijo para convertirse en nuestro Salvador. Juan 3:16 nos recuerda que Su amor se mostró en dicho regalo y Romanos 5:8 dice que Dios definitivamente demostró que Él nos amaba por la muerte de Cristo.
Sólo Dios puede salvar y Dios sólo puede salvar a través del sacrificio de su Hijo. El hombre no puede sostener ninguna otra relación para la salvación que creer en el mensaje de Dios hasta el grado de volverse de sus propias obras para depender solamente en la obra de Dios a través de Cristo.
La salvación también hace posible que Dios manifieste Su gracia por toda la eternidad (Ef. 2:7) a los que han sido redimidos por su sangre. Pero también Dios quiere un pueblo que haga buenas obras en esta vida y que de este modo ofrezca al mundo la visión de un Dios bueno.
Pero para alcanzar la salvación la Palabra de Dios manifiesta que el arrepentimiento y la fe son elementos fundamentales y, como símbolo de lo anterior, se desarrolla el bautismo en agua.
Las Sagradas Escrituras declaran el arrepentimiento y la fe (Mr. 1:15; Hch. 2:38; 3:19; 16:31) como condiciones fundamentales de la salvación; el bautismo en agua es mencionado como símbolo exterior de la fe interna del convertido. (Hch. 22:16; Mt. 28:20). Por medio del arrepentimiento la persona puede quitar el impedimento para recibir el don de la fe pero se requiere la fe como forma de recepción de dicho don.
Podemos decir que aunque el arrepentimiento y la fe son obligatorios para obtener la salvación, ésta no se podría obtener sin la acción del Espíritu Santo (Hch. 11:18). De hecho, la blasfemia contra el Espíritu ahuyenta a aquél que es el único que puede inspirar el arrepentimiento del corazón, y por lo tanto no hay perdón (Mt. 12:31).
No hay nada que limite la obra de salvación y redentora de la sangre de Jesucristo que derramó en la cruz en propiciación por nuestros pecados. En la porción bíblica tal vez más conocida de Juan el Apóstol, dijo: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios” (Jn. 3:16-21). El apóstol Pablo aseguró en Romanos 10:13 que “todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo.”
Otros Planteamientos Doctrinales
La mayor controversia en el campo teológico, trata del alcance de la salvación ¿Es susceptible de ser alcanzada por todos? o ¿es para unos pocos escogidos?
Desde el Siglo XVI se ha desarrollado en el campo evangélico la controversia entre el Calvinismo y el Arminianismo y, lamentablemente es una discusión que todavía permanece muy viva en nuestros días. Los cincos puntos principales de la controversia calvinista, los cuales Jacobo Arminio se dedicó a refutar, son los siguientes:
- Depravación total.
- Elección incondicional.
- Expiación limitada.
- Gracia irresistible.
- Perseverancia de los santos .
Aunque las Asambleas de Dios también creemos en la “Depravación Total” del hombre, pues todo ser humano está bajo la maldición del pecado y condenado a la muerte eterna, también creemos que la Expiación de Cristo Jesús tiene un alcance universal y la salvación está al alcance de todos, por la GRACIA de Dios.
Creemos asimismo, que Dios ha conferido al ser humano el libre albedrío, por lo que éste puede escoger y escoge. El “pre-conocimiento” de Dios no es la “predeterminación”. La Elección de Dios es determinada por “todo aquel que invocare el nombre del Señor”. Y si esto es así, también el ser humano puede decir “no” a Dios, por lo que deja de ser irresistible la gracia.
El gran descubrimiento de Lutero fue la expresión del libro de Habacuc, que luego se repite en tres ocasiones en el nuevo testamento: “el justo vivirá por fe”. Dios está buscando a personas que mantengan una relación de comunión y relación con él. Nuestra seguridad de salvación se fundamenta en la fe en Jesús, el cuál murió en la cruz del Calvario para derramar su sangre regeneradora por nosotros.
Si no participamos por medio de la fe en dicha redención, simplemente estamos muertos en nuestros delitos y pecados, alejados de la vida de Dios (Ef. 2:1; 4:18), Dicho de otra manera, la salvación se pierde al rechazar a Cristo, pues esta se recibe y conserva solo y exclusivamente por medio de la fe: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios” (Ef. 2:8).
La verdadera tragedia está en el hecho que muchas personas se han apoyado en una falsa “seguridad” que se basa en una hermenéutica errada, una equivocada interpretación de las Escrituras y han utilizado esta enseñanza para darles una licencia para vivir en libertinaje, vidas que no agradan a Dios ni asemejan en nada lo que es la relación con Dios de un verdadero hijo.
APLICACIÓN
Aunque es cierto que podemos perder la salvación, tal como dice el mismo Jesús en la parábola del sembrador: “creen por algún tiempo, y en el tiempo de la prueba se apartan” (Lc 8:13), lo cierto es que Dios no va a permitir que nos alejemos de Él fácilmente, pues Dios nunca deja de ofrecernos esperanza y motivarnos al arrepentimiento para que se cumpla su palabra: “porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Ro. 10:13). Nuestra seguridad y tranquilidad es que, mientras el día dure podremos escuchar la voz de Jesús que nos sigue diciendo una y otra vez: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mt. 11:28).
ARTÍCULO 5. Espíritu Santo
Osmany Cruz
DECLARACIÓN DE FE
“Creemos en la Promesa del Padre, el bautismo en el Espíritu Santo por el que los creyentes son investidos de poder, para ser testigos de Jesucristo, servir a Dios y vivir en santidad. La evidencia inicial es hablar en lenguas desconocidas, diferenciando este hecho del don de lenguas”.
Conceptos Claves: Bautismo en el Espíritu Santo, Llenura del Espíritu Santo, Lenguas como Señal y Cesacionismo.
Al estudiar el Bautismo en el Espíritu Santo hay conceptos claves que necesitamos reafirmar mediante el examen de las Escrituras. Ello nos ayudará a encumbrar esta doctrina tan necesaria para la vida y continuidad de la iglesia, si ésta desea vivir según “todo el consejo de Dios” (Hch. 20:27).
DEFINICIÓN DE CONCEPTOS
El Bautismo en el Espíritu Santo, es un don de Dios para toda persona que haya nacido de nuevo. Es una investidura de poder adicional significante para la vida y el ministerio cristiano, que debe ser recibido mediante la fe, como cada regalo divino. Este bautismo lo caracteriza una señal sobrenatural que evidencia su recepción y a la que la Biblia llama hablar en otras lenguas, la cual se diferencia del don de diversos géneros de lenguas que opera como una manifestación divina según el Espíritu quiera repartir a los creyentes (Mr. 16:17; Hch. 2:4, 1 Co. 12:7-11, 29). El bautismo con el Espíritu Santo se describe en la Biblia de diferentes maneras:
- Como una promesa de Dios (Jl. 2:28; Ez. 36:27; 37:14; 39:29; Is. 32:15; 44:3; Zac. 12:10; Lc. 24:49; Hch. 1:4).
- Como un derramamiento (Jl. 2:28; Hch. 2:17, 18, 33; 10:45; Tit. 3:5,6).
- Como un bautismo (Hch. 1:5; cf. Mt. 3:11).
- Como un don (Hch. 2:38; 10:45). Cada una de estas referencias con sus textos bíblicos respectivos, describen los distintos aspectos del bautismo en el Espíritu Santo y sus benéficas implicaciones.
La Llenura del Espíritu Santo, es una experiencia sobrenatural y potenciadora que experimenta el creyente a causa de su búsqueda espiritual continuada. Es la evidencia de una vida plena en el Espíritu (Ef. 5:18). Debiera ser un estado espiritual, una condición de vida, un estilo vivencial de todos los creyentes. La llenura del Espíritu Santo es tanto un estado como un evento. Podemos y debemos vivir llenos del Espíritu Santo (Ef. 5:18), pero además, seremos llenos en ocasiones muy evidentes y particulares. La Biblia dice que Pedro estaba lleno del Espíritu Santo en el momento de defender la fe ante los gobernantes de Jerusalén y los ancianos: “Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo...” (Hch. 4:8). Unas horas después, cuando Pedro y Juan son liberados, se reencuentran con la iglesia, y al orar juntos reciben la llenura del Espíritu Santo: “Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios” (Hch. 4:31). O sea, Pedro estaba lleno del Espíritu Santo y fue nuevamente lleno del Espíritu Santo.
Lenguas como Señal, glossa (γλῶσσα) adquirida de manera no natural. Don sobrenatural de hablar en otro lenguaje sin haberlo aprendido. En Hechos 2:4-13 se registran las circunstancias desde el punto de vista de los oyentes. Para aquellos en cuyo lenguaje se hizo el discurso constituía un fenómeno sobrenatural; para otros, el tartamudeo de los ebrios. Aquello que fue proclamado no estaba dirigido a la audiencia, sino que consistía en una proclamación de «las maravillas» de Dios.
Cesacionismo, Movimiento doctrinal que cree que las obras del Espíritu Santo (hablar en lenguas, profecía, sanación y milagros) cesó en algún momento de la historia, y no se cumple ahora en nuestros días.
ARGUMENTACIÓN BÍBLICA
El bautismo en el Espíritu Santo fue profetizado en el Nuevo Testamento por Juan el Bautista, quien dijo: “Yo a la verdad os bautizo en agua; pero viene uno más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatar la correa de su calzado; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Lc. 3:16b). Jesús prometió a sus discípulos poco antes de su ascensión a los cielos, que la promesa del Padre tendría cumplimiento muy pronto en ellos. El Maestro hizo referencia a que esta promesa la habían oído de él en otras ocasiones, por lo que se infiere que fue una doctrina en la que el Señor enfatizó: “Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. Porque Juan ciertamente bautizó con agua, más vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días” (Hch. 1:4,5; 11:16). Obviamente éste fue un tema recurrente en la enseñanza del Maestro, al punto que lo incluyó en su último recordatorio. Él les diría a sus seguidores que ese bautismo los capacitaría para ser sus testigos en cualquier parte del mundo. Hecho que fue cumplido durante la fiesta de Pentecostés en el Aposento Alto (Hch. 2:1-3).
Los apóstoles insistirían en que los nuevos creyentes tuvieran la experiencia del bautismo con el Espíritu Santo, por la relevancia que esto tendría en sus vidas. Por ello Pedro y Juan oraron para que los samaritanos tuvieran esa experiencia: “Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la Palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan; los cuales, habiendo venido, oraron por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo; porque aún no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente habían sido bautizados en el nombre de Jesús. Entonces les imponían las manos, y recibían el Espíritu Santo” (Hch. 8:14-17). Pablo en sus recorridos misioneros se interesaba en que, aquellos que creían, recibieran el bautismo con el Espíritu Santo (Hch. 19:1-7), lo que ilustra la preponderancia que esta doctrina tenía en la iglesia primitiva. Ellos sabían, por las palabras de Jesús, que necesitaban el poder del Espíritu para ser eficaces en la gran comisión y demostrar que eran los genuinos testigos del Cristo Salvador: “He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto” (Lc. 24:49).
En el Nuevo Testamento existen cinco relatos, donde los creyentes son bautizados con el Espíritu Santo (Hch. 2:4; 8:14–25; 9:17–20; 10:44–48; 19:1–7). Estos cinco pasajes no fueron escritos con la intención de explicar el bautismo del Espíritu Santo en forma exhaustiva. Lucas lo que procuraba era relatar la vida de la iglesia y de los principales sucesos relacionados con ella, luego de la ascensión de Cristo. Sin embargo, en tres de estos cinco pasajes, Lucas describe lo que ocurrió inmediatamente al descenso del Espíritu en los creyentes. Él resalta que aquellos creyentes que recibían el Espíritu Santo, tenían la señal inequívoca de hablar en un idioma desconocido (Hch. 2:4; 10:44–48; 19:1–7). Esta era la reiterada señal que evidenciaba que había tenido lugar la experiencia sobrenatural del Bautismo con el Espíritu Santo. Debido a la base bíblica que tenemos en el Libro de los Hechos, creemos que el hablar en lenguas es la evidencia inicial de que ha tenido lugar el bautismo con el Espíritu Santo en la experiencia de vida de un creyente.
ARGUMENTACIÓN TEOLÓGICA
Expresión de Nuestro Posicionamiento Doctrinal
La persona y la obra del Espíritu Santo aparecen en toda la Biblia en forma recurrente y distintiva. Tan solo en el Nuevo Testamento se mencionan la persona y la obra del Espíritu de Dios en 261 pasajes: 56 veces en los Evangelios, 57 veces en el Libro de los Hechos, 112 veces en las epístolas paulinas y 36 veces en el resto de los libros. Obviamente el Espíritu Santo prevalece en los distintos relatos, sucesos y vivencias de la iglesia primitiva.
Aquellos eventos de la primera iglesia no son sucesos aislados o restringidos a una época determinada. El Espíritu Santo continúa su obra en nuestros tiempos con evidentes muestras de su deidad, poder y gracia. Es menester, por tanto, que cada cristiano lo conozca mejor y lo experimente en su propia vida, familia y ministerio.
El desafío de la Palabra de Dios es a vivir en el Espíritu (Ro. 8:9). Si el cristiano ha de vivir en el Espíritu, deberá, entonces, conocer al Espíritu en una cercana relación con él. Pablo expresó este mismo sentir cuando le deseó a la iglesia de los corintios que la comunión del Espíritu Santo fuera con todos ellos (2 Co. 13:14). Por otra parte, el bautismo en el Espíritu no es la meta final de la búsqueda y relación con la tercera persona de la Trinidad, sino que a esta experiencia le acompaña y le sigue otra que debe ser tanto frecuente como permanente y a la que la Biblia llama la llenura del Espíritu Santo.
En ocasiones la llenura del Espíritu ocurre de una manera especial y dramática, a causa de una necesidad particular de la iglesia (llenura colectiva o corporativa) o de uno de sus miembros envuelto en sucesos que lo demandan urgentemente (llenura particular individual).
En Pentecostés hubo una llenura corporativa donde los 120 en el Aposento Alto fueron bautizados y llenos con el Espíritu Santo: “Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen” (Hch. 2:4). Al mismo tiempo que Pablo y Bernabé eran expulsados de la ciudad de Antioquía de Psidia por los ancianos judíos, los discípulos experimentaban el gozo y la llenura corporativa del Espíritu: “Ellos entonces, sacudiendo contra ellos el polvo de sus pies, llegaron a Iconio. Y los discípulos estaban llenos de gozo y del Espíritu Santo” (Hch. 13:51,52). Todas estas son experiencias corporativas de llenura del Espíritu experimentadas en momentos muy especiales y en formas muy evidentes.
La llenura del Espíritu Santo debe ser un estilo de vida, como es evidente en el caso de los primeros diáconos: “Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo” (Hch. 6:3). Lo mismo se decía de Bernabé quien era reconocido como alguien evidentemente lleno del Espíritu: “...y enviaron a Bernabé que fuese hasta Antioquía. Éste, cuando llegó, y vio la gracia de Dios, se regocijó, y exhortó a todos a que con propósito de corazón permaneciesen fieles al Señor. Porque era varón bueno, y lleno del Espíritu Santo y de fe” (Hch. 11:22-24). Igualmente tenemos registros bíblicos de una llenura del Espíritu para un determinado momento y en una situación especial como lo es el caso de la defensa de Esteban ante los judíos y el Sumo Sacerdote: “Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios” (Hch. 7:55). Este pasaje dice que Esteban estaba lleno del Espíritu, lo que puede indicar una llenura previa al conflicto particular que debió enfrentar.
La llenura es una experiencia producida por el Espíritu Santo, pero siempre como consecuencia de una disposición del creyente a ser lleno. En su libro “La unidad puede ser una realidad”, Stanford Orth nos dice sobre la llenura del Espíritu Santo:
“La expresión sed llenos del Espíritu dice mucho. El mandato afirma que es una responsabilidad personal del creyente. No es opcional ni automático, y el cumplimiento de este mandato depende del individuo. Segundo, es el Espíritu el que actúa para llenar al creyente. La participación del cristiano es permitir ser llenado por el Espíritu. Para ello, tiene que quitar los obstáculos para que Dios haga lo que desea, que es controlarlo. En tercer lugar, la llenura del Espíritu no es privilegio de algunos cristianos especiales. Todos tienen la oportunidad y obligación de ser controlados por él. Finalmente, el creyente debe estar constantemente controlado por el Espíritu, ya que está formando un nuevo estilo de vida que le caracterizará siempre” (Ro. 8:9).
Es interesante el comentario de Stanford Orth, aunque en una primera lectura sus continuas inferencias al control del Espíritu Santo pudieran ser malinterpretadas. El énfasis está en la vida en el Espíritu y en la sujeción voluntaria del creyente al Espíritu Santo. El autor no tiene intención de negar el libre arbitrio del hombre. Hecha esta necesaria aclaración, podemos concluir que cuando estamos dispuestos a ser llenos por el Espíritu y aderezamos el corazón para ello, sencillamente el Espíritu Santo lo hace en nosotros produciendo los más hermosos resultados. Entre ellos encontramos: Un gozo evidente y renovado (Hch. 13:51,52). Valor para defender la fe (Hch. 4:8). Autoridad para enfrentar a los que se oponen al evangelio (Hch. 13:9,10). Capacitación sobrenatural para servir (Hch. 1:8; 6:3, 8; 11:24). Gracia particular para exhortar (Hch. 11:22-24). Y poder para demostrar el mensaje del evangelio con señales y milagros (Hch. 6:8). Éstas son suficientes razones por las que debemos procurar el bautismo en el Espíritu Santo, pero también la llenura del Espíritu a diario en nuestras vidas.
Planteamientos Doctrinales Diferentes
Una de las posturas más comunes sobre el bautismo en el Espíritu Santo es creer que éste es parte de la experiencia de la conversión. O sea, que en el momento que una persona es salva eso implica que ha sido también bautizado con el Espíritu Santo. Esta postura desestima que tenga que haber señal alguna que confirme este hecho y asevera que el bautismo con el Espíritu Santo es intrínseco al momento mismo de la conversión. En esta postura prevalece la idea de que la señal de hablar en lenguas fue temporal, para los inicios de la iglesia y debido a los grandes desafíos primigenios, pero que ello cesaría con la muerte de los apóstoles de Cristo. Esta postura es identificada en teología como cesacionismo.
Al examinar las Escrituras, podemos constatar en los pasajes donde se narran las diferentes ocasiones en que los creyentes fueron bautizados en el Espíritu Santo, que siempre la experiencia fue distinta a la conversión y posterior a ella. Los 120 en el aposento alto ya eran creyentes, se habían arrepentido de sus pecados, habían reconocido a Cristo como Señor y estaban esperando la promesa del Padre en obediencia a una orden específica del Señor antes de su ascensión, por tanto eran ya salvos. Los samaritanos ya habían recibido a Cristo a través de Felipe, pero no habían recibido el bautismo en el Espíritu Santo aún, sino hasta que vinieron Pedro y Juan y oraron por ellos: “Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan; los cuales, habiendo venido, oraron por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo; porque aún no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente habían sido bautizados en el nombre de Jesús. Entonces les imponían las manos, y recibían el Espíritu Santo” (Hch. 8:14-17).
Pablo es el tercer caso. Se convierte dramáticamente en el camino a Damasco, pero no fue hasta tres días después que recibió lleno del Espíritu Santo cuando Ananías oró por él. El caso relatado en Hechos 10 sobre la casa de Cornelio es el que más pudiera aproximarse a la interpretación de que conversión y bautismo en el Espíritu Santo suceden simultáneamente, pero aún en este pasaje se nota que Cornelio y su casa creen el mensaje de Pedro sobre la salvación en Cristo, lo cual es el requisito para ser salvo y aunque Pedro no llega a terminar su sermón, el Espíritu Santo viene sobre todos los presentes y comienzan a hablar en otras lenguas (Hch. 10:44,46).
Finalmente se encuentra el caso de los discípulos en Éfeso. Lucas relata que después que Pablo les hablara de Jesús, a quien Juan anunciaba a través de su ministerio, ellos fueron bautizados en el nombre de Jesús, lo que implica que habían creído. Después de ser bautizados en agua, Pablo impone las manos sobre ellos y enseguida reciben el Espíritu Santo y comienzan a hablar en otras lenguas. “Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas, y profetizaban” (Hch. 19:6). En todos los casos antes expuestos es evidente que el Bautismo en el Espíritu Santo es siempre una experiencia posterior a la salvación y distinta de ella. También vemos que en tres de los cinco casos, los que reciben el bautismo en el Espíritu hablan en otras lenguas y en los dos otros no se niega que ocurriera ese hecho, solo que Lucas destaca más la conversión y el maravilloso cumplimiento de la promesa de Dios de la venida del Espíritu Santo.
Lucas está relatando un suceso no pretendiendo escribir un desarrollo sobre la doctrina del Bautismo en el Espíritu Santo, solo ratifica ese hecho contando que en verdad sucedió como Cristo lo había dicho antes. Nos preguntamos ¿qué habrá visto Simón en los samaritanos cuando los apóstoles oraron por ellos que quiso comprarle a Pedro el bautismo en el Espíritu Santo? Sin dudas hubo una señal externa que aún aquel hombre ignorante de las cosas de Dios pudo ver. Por otra parte, Pablo reconoce que él hablaba en lenguas (1 Co. 14:18), lo que lo hace depositario también de esa experiencia.
El creer que la señal de hablar en otras lenguas no es normativo para hoy, sino que esta experiencia cesó y fue exclusiva para la iglesia en su etapa fundacional, es “pensar más de lo que está escrito” (1 Co. 4:6). La promesa de Jesús de que los que creen hablarán en otras lenguas (Mr. 16:17) no fue temporal, sino permanente. No tenemos razón alguna para pensar otra cosa. Es cierto que las lenguas cesarán, pero solo cuando “venga lo perfecto” y veamos “cara a cara” (1 Co. 13:8-10, 12). Hasta que no llegue ese futuro escatológico no tenemos razón para desestimar algo que está claramente enseñado en las Escrituras.
APLICACIÓN
El bautismo del Espíritu Santo es una experiencia que todo creyente debe disfrutar. No conduce a la salvación, pero los salvos deben anhelarlo. Es una promesa de Dios para todos los que han conocido a Jesucristo y se han arrepentido de sus pecados (Hch. 2:38). Todo cristiano tiene la morada del Espíritu Santo y desde la conversión todos los que han nacido de nuevo son sellados por el Espíritu, regenerados y santificados. El bautismo en el Espíritu Santo es una de las diversas obras del Espíritu. Cada una de esas obras son distintivas en su esencia y razón de ser.
El bautismo en el Espíritu es una capacitación sobrenatural para ser testigos, es por eso que sería una gran pérdida no procurar ser investidos del poder del Espíritu para ser testigos más eficaces. Aparejado a esto, el bautismo con el Espíritu Santo proporciona al creyente una nueva experiencia con Dios y, por tanto, una conciencia más profunda de su divina persona (Hch. 2:43). Los que han sido bautizados con el Espíritu también experimentan un deseo de consagración, devoción y servicio renovado (Hch. 2:44-47). Esto hace del bautismo en el Espíritu una necesidad prioritaria para la vida plena y triunfante de la iglesia.
Los requisitos para ser bautizado en el Espíritu Santo son los mismos que para recibir cualquier dádiva espiritual. Se necesita de manera imprescindible: la fe, el arrepentimiento, el anhelo por las cosas de Dios y la obediencia. Stanford Orth enumera los requisitos para la llenura del Espíritu Santo cuando escribe: “En primer lugar, el cristiano necesita limpiarse del pecado que ha cometido y que es obstáculo para la comunión con Dios y el control del Espíritu; debe ser sensible al pecado y dejar de justificar y excusar sus actos de desobediencia. Constantemente, el creyente debe arrepentirse y confesar sus pecados cuando se dé cuenta de su desobediencia (1 Jn. 1:9). En segundo lugar, el cristiano debe renunciar al espíritu rebelde y egocéntrico que desea hacer su propia voluntad. Debe entregar su vida al control de Dios, para poder cumplir la voluntad de Él (Ro. 12:1). En tercer lugar, debe depender del poder del Espíritu en su vida, no de su propia sabiduría y fuerza humana para obedecer a Dios”.
Si la solución de Dios para la necesidad espiritual del mundo en el primer siglo fue enviar a una iglesia bautizada en el Espíritu y llena de su impronta, no debemos pensar que ahora, en el siglo XXI, Dios haya cambiado de idea (He. 13:8). Una iglesia fervorosa, avivada, poderosa en Dios, con señales y milagros, anunciadora de la verdad del evangelio, es la iglesia que el mundo debe ver. Ese es nuestro desafío. Esa es nuestra responsabilidad. Ese es nuestro privilegio ¡Seamos esa iglesia!.
ARTÍCULO 6. La Iglesia
Milady Mejías
DECLARACIÓN DE FE
“Creemos en la Iglesia, que es el cuerpo de Cristo, compuesta por todos los creyentes nacidos de nuevo, con su doble carácter universal y local, y cuya única cabeza es Jesucristo”.
Conceptos Claves: Iglesia, Cuerpo de Cristo, Creyente y Nuevo Nacimiento.
DEFINICIÓN DE CONCEPTO:
Iglesia. En la Biblia el uso más frecuente es “εκκλησία”, (ekklesía). En el Antiguo Testamento.En la Septuaginta se utiliza “εκκλησία” cerca de unas cien veces, en su mayoría como traducción del término hebreo “qajal” significa: juntó, juntaron, congregación, reunir como una asamblea, congregación, o llamamiento. Su significado designa a la congregación de Israel, una nueva comunidad teocrática convocada desde el cautiverio para adorar y servir a Jehová y demostrar su señorío en medio de los pueblos (Nm. 10:7, Dt. 31:30, 1 R. 8:14, 1 Cr. 13:2, 4, Sal. 22:22, cf. Hch. 7.38). Es usada unas setenta veces, y su significado es el pueblo de Dios convocado por Dios a fin de que escuche a –y actúe para- Dios.
En el Nuevo Testamento
La palabra “εκκλησία”, fue utilizada por Jesús solo en dos ocasiones en Mateo 16:18 y 18:17. Estaba hablando de algo que Él iniciaría en el futuro (“edificaré [gr.oikodoméso] es un futuro simple; no una expresión de disposición o decisión). Este término se deriva del sustantivo griego “εκκλησία”:
- ek (ek): preposición que significa fuera de.
- Klhsiva (klesía): forma pasiva del verbo (kalew): llamo, llamar (prop. En voz alta), pero usado en una variedad de aplicaciones, como convidado, convidar, decir, invitar, llamar. Su significado es llamar fuera, una asamblea pública, generalmente de orden político (de polis que significa ciudad), convocada por un heraldo oficial.
El uso de esta palabra en el mundo griego aparece a partir del siglo V a.C, se empleó para la movilización del ejercito (Herodoto y Eurípedes). Tenía un sentido social y político, se utilizaba para realizar convocatorias civiles en Atenas unas 30 a 40 veces por año. También en casos urgentes (ekklesía extraordinaria). Era de su inconveniencia las propuestas de cambio leyes, la elección de funcionarios y algunas prioridades de la política interior y exterior.
El sentido más usual bíblico de esta palabra “εκκλησία” significa que han sido “citados fuera” de sus casas para ir a reunirse con Dios; y esto, tanto en el uso griego como hebreo, en sentido inclusivo, nunca exclusivo. Primordialmente, no se refiere a una institución o estructura, sino más bien al pueblo que ha sido reconciliado con Dios a través de la obra salvadora de Cristo, y ahora le pertenece a Él.
El término “εκκλησία” se usa ahora regularmente para describir los grupos locales de creyentes. Así, leemos de la iglesia en Jerusalén (Hch. 5:11), en Antioquía (Hch.13:1) y en Cesarea (Hch.18:22). Al mismo tiempo, la palabra se usa para todos los creyentes (posiblemente Hch. 9:31). Desde el principio la iglesia ha tenido tanto un significado local al igual que uno general, denotando tanto la asamblea individual como la comunidad mundial.
Cuerpo de Cristo. Pablo emplea esta figura a menudo para ilustrar la naturaleza vital y dinámica de la Iglesia (Ef. 1.23), su expansión y crecimiento (3.6), y sobre todo su unidad en medio de una profusión y diversidad de dones (Ro. 12.5 ; 1 Co. 12 ; Ef. 4.3–16). Apela a la figura del cuerpo para que cada cristiano comprenda la relación de facto y funcional que goza con los demás cristianos, sujetos todos a la cabeza directriz que es el Señor Jesucristo.
Creyente. Es traducción del verbo griego πιστός (pistói) “los fieles”. Normalmente se encuentra esta palabra relacionada con el tiempo presente en el Nuevo Testamento, lo cual implica una acción en progreso. Sugiriendo una actitud de fe, confianza, obediencia y consagración a su Salvador, constante y no una experiencia del pasado basada simplemente en creer en el sentido de aceptar intelectualmente la obra de Cristo.
Nuevo Nacimiento. El nuevo nacimiento es un concepto revelado por Jesús a Nicodemo, quien se acerca de noche para dilucidar algunas dudas. Jesús le declara que la única opción que tiene para poder entrar al reino de los cielos es experimentar el nuevo nacimiento. (Jn. 3: 1-7). Un sinónimo de nuevo nacimiento es la regeneración. La regeneración es un acto divino que imparte al creyente penitente una vida nueva y más elevada en unión con Cristo. Este acto de regeneración proporciona al recién nacido la capacidad para ‘ver’ y ‘entender’ las cosas de Dios. Sin el nuevo nacimiento o regeneración nadie sería salvo jamás. (1 Jn. 5:1, Jn.3:8, Jn.3:7).
ARGUMENTACIÓN BÍBLICA
Fundamentación Bíblica de Nuestra Declaración.
La iglesia aparece en el Nuevo Testamento como un nuevo pueblo de Dios que responde al llamamiento divino en Cristo Jesús. Nace como una comunidad de personas que además de creer con una fe viva, eran ejemplo de conductas honestas en medio de una sociedad corrupta. Si nos atenemos al origen histórico de la iglesia cristiana, observamos que ésta tenía como miembros a quienes acogieron bien la predicación del evangelio, es decir los convertidos a Cristo (Hch. 2:41, 47). La conversión hacía de los creyentes discípulos (Hch. 9:1, 11: 26, 13:52, 14:20, 22, 28, 18:23) y santos en Cristo. (1 Co. 1:2, Fil. 1:1). Entre los componentes de la iglesia se encontraban personas que en otro tiempo habían vivido en el error y el pecado, pero que habían experimentado un cambio radical en sus modo de vivir (Ro.6:17, 1 Co. 6:11).
La iglesia es creación y diseño de Dios; con múltiples propósitos, siendo un método para proporcionarle al creyente el alimento espiritual y una comunidad de fe a través de la cual es proclamado el evangelio, y su voluntad es presentada a cada generación. Por consiguiente, la doctrina sobre la iglesia estudia temas de importancia fundamental para el caminar cristiano de la persona y para la comprensión correcta de la dimensión corporativa que tienen la vida y el ministerio cristiano.
Varía considerablemente el significado que al término de “iglesia” se ha atribuido según el contexto y las circunstancias en que se haya. Suele darse el nombre de iglesia al edificio en que se celebra alguna forma de culto cristiano; a una confesión determinada (iglesia católica, protestante, ortodoxa); dentro de una confesión, a una denominación más concreta (iglesia anglicana, presbiteriana, metodista). Pero en el contexto bíblico cuando hablamos de la iglesia no nos referimos a unas instituciones o estructuras, sino más bien al pueblo que ha sido reconciliado con Dios a través de la obra salvadora de Cristo, y ahora le pertenece a Él. Tal confusión se debe a la falta de comprensión de la naturaleza básica de la iglesia.
Entre las razones que expone Erickson Millard está que, en ningún momento de la historia del pensamiento cristiano, la doctrina de la iglesia ha recibido la atención directa y completa que han recibido otras doctrinas. En 1948 tuvo lugar la primera asamblea del Consejo Mundial de Iglesias en Amsterdam, y allí el sacerdote Goerges Florowsky comentó que la doctrina de la iglesia apenas si había pasado su fase preteológica, en contraste con otras doctrinas a las que se les había dedicado una atención especial. El movimiento ecuménico ha puesto en la mesa el tema de la iglesia, porque la preocupación básica del ecumenismo es la relación entre las iglesias. Por otro lado, vemos que hay un despertar con el tema de la iglesia y se encuentran actualmente muchos escritos con un enfoque práctico, siempre mirando a la iglesia en su relación con la sociedad secular, con el cambio social, con las misiones, entre otros. John Macquarrie trae la atención a que aún cuando se está escribiendo más que nunca de la iglesia, se escribe no con un enfoque en la esencia de la iglesia en sí, sino con otras entidades. Su preocupación es que si no entendemos la naturaleza de la iglesia, con dificultad podremos precisar su papel con otras entidades.
Si acudimos al testimonio bíblico, podremos ver con claridad la naturaleza de la iglesia, y partiendo de esto definir su influencia y rol con otras entidades con las cuales mantiene una relación constante. Y de este testimonio bíblico nos dice Karl Schmirt que: “Hemos señalado que la suma de congregaciones individuales no da como resultado la comunidad total o la iglesia. Cada comunidad, aunque sea pequeña, representa la comunidad total o la iglesia”. En 1 Corintios 1:2 resulta especialmente útil para entender este concepto. Pablo dirige esta carta “A la iglesia de Dios que está en Corinto”. Observamos que está escribiendo a la iglesia que se manifiesta o aparece en un lugar, por ejemplo Corinto.
El Carácter de la Iglesia: Universal y Local
El carácter universal de la iglesia se revela en los siguientes pasajes: Mateo 16:18, cuando el Señor Jesús declara “edificaré mi iglesia”; y en el uso que Pablo hace del término en su carta a los Efesios. La iglesia es el cuerpo de Cristo (Ef. 1:22, 5:23). Está sujeta a Cristo y un día será presentada ante Él (5:24, 27). Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella (5:25). En otros escritos de Pablo también aparece claramente ese significado (1 Co.12:28, Col.1:18, 24).
En los tiempos apostólicos el concepto de Iglesia Universal aparece en la práctica con nitidez. La iglesia local de Jerusalén no es indiferente a la expansión cristiana en Samaria, en Antioquia y en otros lugares en los que se formaron iglesias locales. Los apóstoles y sus colaboradores fueron nexos de unión y comunión entre todas ellas. La iglesia universal no era una federación de iglesias locales. Más bien éstas, todas y cada una de ellas, eran expresión de la Iglesia “Una”, que se extendía por todo el mundo.
Idealmente, la iglesia local debería ser una pequeña réplica de la Iglesia universal; es decir, debería estar compuesta por personas de todas la procedencias, culturas raciales o étnicas, así como de diferentes niveles socio-económicos, que han nacido de nuevo y comparten en común la consagración de su vida al señorío de Jesucristo. En el nuevo testamento la “εκκλησία” tiene las más de las veces el sentido de iglesia local. Pablo la utiliza más que cualquier otro escritor del Nuevo Testamento. Como la mayoría de sus escritos fueron cartas dirigidas a asambleas locales especificas de creyentes de una ciudad concreta. Encontramos “La iglesia en Corintio” (2 Co.1:1). “Las iglesias en Galacia” (Gá. 1:2), “La iglesia de los Tesalonicenses” (1 Ts. 1:1).
Unidad del Cuerpo de Cristo
Otro aspecto importante es la unidad de la iglesia que no es de carácter principalmente externo, sino de carácter interno y espiritual (Ef. 4:4-6). Es la unidad del cuerpo místico de Jesucristo, del cual todos los creyentes son miembros. Este cuerpo está controlado por una cabeza, Jesucristo, quien también es el Rey de la iglesia, la cual está animada por su Espíritu, el Espíritu de Cristo. Esta unidad implica que todos aquellos que pertenecen a la iglesia participan de la misma fe, están unidos juntamente por un lazo común de amor, y tienen la misma perspectiva gloriosa sobre el futuro. Esta unidad interna procura y también logra, hablando relativamente, una expresión externa en la profesión y en la conducta cristiana de los creyentes, en su adoración pública al mismo Dios en Cristo, y en su participación en los mismos sacramentos. No puede haber duda acerca del hecho de que la Biblia afirma la unidad, no solo de la iglesia invisible, sino de la visible. Esta distinción de la iglesia visible e invisible, apareció en la literatura cristina muy pronto, con Agustín, y se encuentra con frecuencia en los escritos de reformadores como Lutero y Calvino. Lo que querían indicar no era que había dos iglesias sino los dos aspectos de la única Iglesia de Jesucristo. Hace referencia a que la iglesia es invisible por su esencia espiritual en su naturaleza: los creyentes son unidos invisiblemente a Cristo por el Espíritu Santo, y la iglesia es visible por medio del testimonio cristiano y la conducta práctica, a través del ministerio tangible de los creyentes, tanto corporativa como individualmente. La figura del cuerpo, tal como se encuentra en 1 Corintios 12:12-31 implica esta unidad.
Inicio de la Iglesia
La Iglesia de Cristo nació como tal el día de Pentecostés, cuando fue consagrada por la unción del Espíritu, esa es nuestra postura como Asambleas de Dios de España. La mayoría de los eruditos de fondo pentecostal evangélicos creen que las evidencias bíblicas sobre la inauguración de la Iglesia favorecen al día de Pentecostés en Hechos 2.
Hay varias razones para creer que la Iglesia se originó, o al menos fue reconocida públicamente por primera vez, en el día de Pentecostés, no hay evidencias claras de que existiera el concepto de Iglesia en el período del Antiguo Testamento. Recordemos la declaración de Jesús en Mateo 16:18, que como mencionamos anteriormente se refiere a un futuro simple, no una expresión de disposición o decisión. Por su naturaleza misma como Cuerpo de Cristo, la Iglesia es íntegramente dependiente de la muerte, resurrección y ascensión del Señor y de la venida del Espíritu Santo (Jn.16:7, Hch. 20:28, 1Co. 12:13), algo interesante a resaltar es que Lucas en su evangelio no utiliza la palabra “εκκλησία”, pero en libro de los Hechos la utiliza veinticuatro veces, lo que puede entenderse como que no fue sino hasta después del Pentecostés que Lucas ve presente a la iglesia. Después de ese gran día el evangelio empezó a ser proclamado poderosamente, como fue anunciado por el Señor en Hechos 1:8
Los Miembros de la Iglesia: Los Nacidos de Nuevo
Ser miembro verdadero de la Iglesia de Jesucristo tiene una importancia singular. Solo se es iglesia cuando el miembro ha experimentado el nuevo nacimiento: ha nacido del espíritu y del agua (Jn. 1:12-13, Ef. 4:22-24). El pasar a formar parte de la iglesia no es asunto de unirse a una organización sino de ser parte del pueblo de Dios, como lo expresa 1 Pedro 2:10 “vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habías alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia”.
Hemos sido aceptados en la iglesia por medio de la fe en Cristo, de la misma manera que una rama es injertada al árbol. Este mantiene una relación viva con Dios mediante la fe en Cristo y una conducta acorde con esa fe en (Jn. 15) como se desprende de las metáforas que se usan para representar la comunidad cristiana.
Consideremos algunas de las más sobresalientes en el apartado de argumentos teológicos.
ARGUMENTACIÓN TEOLÓGICA
Evolución Historia de la Doctrina
A lo largo de la historia, las definiciones y los matices han variado. Al comienzo del periodo post-apostólico, todavía se veía a la iglesia como una comunidad de fieles “santos”, que adoraban a Cristo y daban testimonio de Él. El culto era sencillo, con elementos carismáticos; y la organización, simple. Su gobierno era ejercido por “Ancianos” o presbíteros (llamados también episkópoi, obispos) ayudados en la administración por diáconos, pero sin el menor atisbo del orden jerárquico que surgiría y se desarrollaría posteriormente. En la mente de las primeras generaciones cristinas no se contemplaba la Iglesia, como institución de corte humano, al estilo de un estado temporal. Pero ya al final del siglo II, ante la aparición de herejías diversas, se empezó a sentir la necesidad de dar a la Iglesia un perfil más concreto.
Desde los tiempos de Cipriano de Cartago se tendió más y más a considerar y sacralizar la institución externa, la Iglesia como organización visible. Ignacio de Antioquia fue, con Cipriano, uno de los principales propulsores del episcopalismo, afirmando que la institución del obispado era esencial en la iglesia para el mantenimiento de su unidad; llegando éste a representar a la iglesia misma, tal pensamiento lo vemos reflejado en esta expresión: “Seguid todos al obispo, como Jesucristo al Padre; asimismo al presbiterio como a los apóstoles”.
De este modo, a principios del siglo IV la Iglesia cristiana se había convertido en una sólida institución, dotada no solo de autoridad espiritual, sino también de un poder político, que aumentó a raíz de la “conversión” del emperador Constantino al cristianismo y de la declaración del cristianismo como religión oficial del Imperio por parte de Teodosio.
Este cambio histórico dio lugar a que grandes masas de población, sin una auténtica experiencia de conversión, solicitaron el bautismo y vinieran a engrosar las filas de la Iglesia. Los negativos efectos morales y espirituales que este aumento numérico reportó se prolongaron durante siglos, y todavía hoy se observan en algunos sectores de la cristiandad.
Vemos como en algún momento de la historia el verdadero significado de la iglesia se fue entenebreciendo hasta perder la luz de Cristo, dejando de reflejar la verdadera luz, pero como lo declaró el Señor Jesús en Mateo 16:18 “... edificaré mi iglesia; y as puertas del Hades no prevalecerán contra ella”.
Su iglesia la edifica Él y no hay fuerzas enemigas que puedan detenerla o hacerla desaparecer. La iglesia Católica rechazó en su mayor parte estos esfuerzos de reforma y, a cambio, se volvió más endurecida en cuanto a su doctrina, e institucionalizada en su tradición, es entonces cuando se hizo casi inevitable la Reforma Protestante (siglo XVI).
Hombres como Lutero, Ulrico Zwinglio, Juan Calvino y Juan Knox. Ellos y sus seguidores compartieron muchas de las mismas ideas de los reformadores anteriores (Clerigós católicos como Juan Wycliffe siglo XIV, Juan Hus fines del siglo XIV), vieron a Cristo como la verdadera cabeza de la Iglesia, y no al papa; las Escrituras como la verdadera autoridad espiritual, y no la tradición de la Iglesia; y la fe como esencial para la salvación, y no las obras.
Los líderes de la Reforma radical, por su parte, insistieron en la necesidad de separar por completo las dos esferas (Iglesia y Estado), lo que les hizo objeto de una dura persecución por parte de católicos como de protestantes.
Otro punto importante de discrepancia de los reformadores respecto al catolicismo papal es el relativo a la naturaleza del ministerio cristiano. Con su énfasis en la doctrina del sacerdocio universal de todos los creyentes, rechazaron el carácter autoritario de la jerarquía, considerando que ésta es de derecho humano, no divino.
En lo que se refiere a los rasgos de la verdadera Iglesia, la Reforma destaca dos: la predicación del evangelio y la correcta administración de los sacramentos (bautismo y comunión o cena del Señor). Puede verse que en el lastre que la reforma recibió del catolicismo romano había una dosis considerable de sacramentalidad que solo algún tiempo más tarde sería contrarrestado por otros movimientos evangélicos.
Uno de esos movimientos fue el pietismo, que presentó una nueva configuración de la iglesia. Su conceptualización de Iglesia era la de una comunidad de verdaderos creyentes, de la que deben quedar excluidos quienes carecen de fe o viven contrariamente a lo dispuesto en la Palabra de Dios. El pietismo influyó notablemente en la formación de las “iglesias libres” de los últimos dos siglos, cuyo concepto de iglesia es el de comunidad de creyentes consecuentes con su fe.
El neocatolicismo del Concilio Vaticano II ha intentando presentar un nuevo rostro destacando la Iglesia como cuerpo místico de Cristo y como pueblo de Dios. Parece querer aproximarse a la doctrina reformada del sacerdocio universal de los creyentes, pero por otro lado mantienen el sacerdocio ministerial.
Corrientes Contemporáneas
Mencionaré solo los aspectos más novedosos con respecto a las tendencias teológicas que pueden estar afectando esta doctrina. En este caso, como menciona Erickson Millard, tiene que ver con el pensamiento filosófico del siglo veinte con tendencia hacia la metafísica y la ontología, que está muy poco interesado en la teoría, por lo tanto las teologías modernas están más enfocadas en su expresión que en su esencia. Es por ello la tendencia de la Iglesia hacia su orientación extra. El cambio de énfasis de una esencia teórica a una presencia empírica es característica de la manera en que se ve el mundo en su conjunto, la Iglesia ahora se percibe de forma dinámica, se considera según su existencia y no según su esencia. Y esto trae un conflicto pues se ve a la Iglesia como un evento, un proyecto, no una entidad ya totalmente realizada y completa.
Planteamientos Doctrinales Diferentes
La Teología Política de J. Moltmann
La comunidad de creyentes no puede quedar encerrada en sí misma como en un gueto. Ha de estar abierta al mundo; en cierto sentido, comprometida con él. Es la “iglesia para los otros”, directamente involucrada en los problemas sociales de la humanidad (injusticia, hambre, guerras, opresión, racismo). En la lucha contra estos males la Iglesia habría de ser una fuerza de choque en primera línea. En este sentido se desenvuelve la “teología política” de J. Moltmann y la interpretación que el Consejo Mundial de las Iglesias de la misión de la iglesia. Esa eclesiología cuestiona críticamente el concepto de Iglesia invisible, dado que la Iglesia es una, no dos, necesariamente ha de ser visible. “La comunidad de Jesús que quiere ser invisible ya no es una comunidad de seguidores, pues el seguimiento es tan visible como la luz en la noche, como una montaña en la llanura... Desde Pentecostés, Jesucristo vive en la tierra mediante su cuerpo, que es la Iglesia; pero “un cuerpo ocupa un espacio, y lo que ocupa un espacio es visible”.
La Iglesia Latente
Otra cuestión que incide directamente en la eclesiología es la denominación “Iglesia Latente”. Se estima que a ella pertenecen muchas personas que no están adheridas a ninguna confesión cristiana, pero que tienen una fe, personas de buena voluntad. Son los “cristianos inconscientes”. Dorothea Sollë afirma: “Hay una iglesia fuera de la Iglesia, una iglesia oculta, latente en la que Cristo se hace presente como una vez hizo en el camino de Emaus sin que fuera reconocido” Paralelamente los católicos Rahner y Schillebeeckx hablan “cristianos anónimos”, entre los que incluyen a cuantos obran en conformidad con su conciencia y no se oponen al Evangelio. Schillebeeckx opina que la concesión de la gracia se extiende de modo amplísimo en virtud de la creación del hombre. Toda la humanidad lleva en sí misma la “eclesialidad” y el don de la gracia, sea que se acepte o que se rechace. De este modo desaparecen los límites entre la iglesia y Humanidad.
La iglesia y el Reino
Uno de los problemas que se presentan es una confusión entre la Iglesia y el Reino, es cierto que existe una conexión entre el Reino y la Iglesia. Pero es importante diferenciar entre ambos. El Reino es el gobierno de Dios, y los creyentes están bajo su gobierno, mientras que la iglesia es la comunidad humana que está bajo ese gobierno. La Iglesia es una manifestación del Reino de Dios, la forma que toma en la tierra en nuestro tiempo. Es la manifestación concreta del gobierno soberano de Dios en nuestros corazones. El Reino de Dios por ahora es espiritual y está en los corazones que han rendido su vida a Cristo. La Iglesia posee el evangelio, es la encargada de llevar las buenas nuevas de la salvación, comparte el Reino de Dios, con el mundo.
Nuestra postura teológica se fundamenta en las evidencias bíblicas de lo que es la Iglesia en sí, en el Nuevo Testamento encontramos metáforas que nos permiten tener una claridad de esa esencia y, a su vez de su desempeño en esta tierra. Solo mencionaremos las metáforas más importantes, y haremos más énfasis en el cuerpo de Cristo, que es el que aparece en nuestra declaración de fe.
Metáforas de la Naturaleza de la Iglesia
Rebaño de Cristo (Jn.10:1-6, 11-16, 27). El verdadero cristiano, el único capacitado para ser incorporado a la Iglesia, había sido en un tiempo una oveja descarriada, hasta que fue hallada por el Buen Pastor. (Mt. 18:12, Lc. 15:4-7) El gran encuentro de la conversión. A partir de ese momento, la oveja oye la voz del pastor y le sigue. Es el seguimiento del discipulado del esfuerzo por vivir de acuerdo con las enseñanzas del Maestro.
Esposa de Cristo (Ef. 5:25-27). Esta figura nos muestra la relación de amor que debe existir entre el Señor y su iglesia. Es el amor que nace de la fe y se complace en la sumisión al esposo celestial. Fe y entrega a quien es Salvador y Señor. El verdadero miembro de la iglesia es la persona que, por el conocimiento del evangelio, ha tenido un “encuentro” con Cristo, como resultado del cual ha quedado “prendado y prendido de Él” y a Él se ha dado con todo su ser.
Pueblo de Dios. El apóstol Pablo tomó prestada esta descripción de Israel en el Antiguo Testamento para aplicarla a la Iglesia del Nuevo Testamento, al afirmar: “Como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo” (2 Co. 6:16; Lv. 26:12). A lo largo y ancho de las escrituras se describe a la Iglesia como el pueblo de Dios. Así como en el Antiguo Testamento, Dios había creado a Israel para que fuera un pueblo para Él, también la Iglesia del Nuevo Testamento es creación suya, “pueblo adquirido por Dios” (1 P. 2:9-10; Dt. 10:15: Os. 1:10).
Templo del Espíritu. Los escritores bíblicos hacen uso de varios símbolos para hablar de los componentes de la edificación de este templo, que corresponden a los materiales necesarios para la construcción de una estructura terrenal. Por ejemplo, todo edificio necesita unos cimientos sólidos. Pablo indica con claridad que el cimiento primario de la Iglesia es la persona histórica y la obra de Cristo: “Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo” (1 Co. 3:11). Sin embargo, en otra epístola, el mismo Pablo sugiere que, en cierto sentido, la Iglesia está edificada “sobre el fundamento de los apóstoles y profetas” (Ef. 2:20). Quizás esto significa que el Señor utilizó aquellos primeros ancianos de manera única para establecer y fortalecer el templo del Espíritu con las enseñanzas y prácticas que ellos habían aprendido de Cristo, y que se han seguido comunicando a los creyentes hasta hoy por medio de las Escrituras.
Cuerpo de Cristo. Esta expresión se usaba para comparar las partes del cuerpo humano con las relaciones mutuas y funciones de los miembros de la Iglesia, y la relación de la Iglesia con Cristo como cabeza del cuerpo. Los escritos de Pablo insisten en la verdadera unidad que es esencial para la Iglesia. (1 Co. 12:12). Cada miembro se desarrolla y ejerce su función para el bien de todo el cuerpo, (v. 14, Ef.4:16), todos cuidan de todos (v. 25). La unidad es básica en el cuerpo, aún cuando la iglesia está compuesta por miembros de diferentes nacionalidades, posición social y culturas, la unidad se mantiene por medio de la fe en Cristo, (1Co.12:13) por un bautismo, todos los miembros del cuerpo de Cristo han de pasar por el testimonio público del bautismo en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, en todos opera el mismo Espíritu Santo, quien nos santifica y nos capacita para ejercer la obra del ministerio.
El Espíritu Santo produce en nosotros una misma fe y esperanza, de tal manera que nuestro deseo es y será el mismo en todos, agradar al Padre y cumplir con su voluntad. Ésta es la verdadera unidad, en el cuerpo no hay uniformidad, sino diversidad, pues tenemos diferentes dones y formas de expresar el amor y el servicio al Señor. La imagen del cuerpo de Cristo también nos refleja la vida que Cristo le imparte a este cuerpo siendo Él la cabeza, Él la sustenta, la dirige, la sostiene, de acuerdo a su voluntad (Col. 2: 9-10,19), hay un paralelismo con la ilustración de la vid, en Juan 15: 1-11.
Otro aspecto importante lo menciona Pearlman y es que Cristo vino y se manifestó en un cuerpo, que no está presente en la tierra, pero que por medio de Su iglesia Él está presente manifestando el Reino de Dios, Cristo continua expresándose por medio de sus discípulos, como evidencia en el libro de los Hechos (Jn.20:21). Esta imagen resalta la actividad de Cristo y al igual que su cuerpo físico lo fue durante su ministerio terrenal la Iglesia posee la autoridad que Cristo le delegó para ejercerla en la tierra. (Ef. 1:22-23).
APLICACIÓN
En Efesios 3: 3-12. Se declara “que por revelación me fue declarado el misterio, como antes lo he escrito brevemente, leyendo lo cual podéis entender cuál sea mi conocimiento en el misterio de Cristo, misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y co- partícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio, del cual yo fui hecho ministro por el don de la gracia de Dios que me ha sido dado según la operación de su poder. A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo, y de aclarar a todos cuál sea la dispensación del misterio escondido desde los siglos en Dios, que creó todas las cosas; para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales, conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor, en quien tenemos seguridad y acceso con confianza por medio de la fe en él”.
La Iglesia es constituida por la gracia de Dios, manifestada a todos los hombres, hemos sido llamados por Dios para ser parte de su cuerpo, privilegio que conlleva la responsabilidad de dar a conocer las riquezas del Reino de Dios, mediante el poder del Espíritu Santo. No hemos sido hechos un cuerpo para ser un grupo aislado que vive para sí, es un cuerpo que vive para su Señor. La Iglesia vive como un cuerpo que se nutre, se edifica y que tiene dirección y propósito, porque Cristo es su guía, como un pueblo que se rige con la constitución del Reino de los Cielos, como un rebaño que sigue y es sustentado por su pastor (Jn. 10:27-28) y como una esposa que vive en fidelidad y que espera el regreso de su Amado (Ap. 22:7). La esencia misma de la iglesia define su misión en esta tierra, glorificar a Dios, por medio de sus buenas obras (Mt.5:16), predicar el evangelio (Mr. 16:15), administrar los misterios de Dios (1 Co. 4:1). La Iglesia cuenta con el Espíritu Santo que ha sido enviado para equiparla con el propósito de que viviendo en una relación de dependencia muestra la gloria y el poder de Dios. Haciendo frente a las mismas tinieblas Jesús le capacita con poder (Hch.1:8, Lc.10:19), siendo la única que puede hacer frente a las maquinaciones del mal contra la humanidad, una Iglesia que conoce sus privilegios y sus responsabilidades es luz y sal en este mundo (Mt. 5:13-16).
ARTÍCULO 7. Bautismo y Santa Cena
Josué Abimael Pena Cuervo
DECLARACIÓN DE FE
“Creemos en el bautismo por inmersión y la cena del Señor como ordenanzas dadas por el Señor a su iglesia. El bautismo, como testimonio público de conversión al evangelio de Jesucristo en identificación con su muerte, sepultura y resurrección. La santa cena, como recordatorio de su muerte, señal del Nuevo Pacto y anuncio de su segunda venida”.
Conceptos Claves: Sacramentos, Bautismo y Santa Cena.
DEFINICIÓN DE CONCEPTOS
En la Iglesia Primitiva se observaban dos “sacramentos”, el “Bautismo” y la “Santa Cena” o “Cena del Señor” que es lo que leemos en el articulado superior con respecto a nuestra Declaración de Fe. Se dice “sacramento” a una ordenanza dada por Dios.
Sacramento. Esta palabra viene el latín “sacramentum”, “sacra” sagrado y “mentum” medio, modo o instrumento. En el uso cotidiano esta palabra se ha aplicado en dos formas:
- Para la prenda o garantía depositada en custodia pública por los litigantes en un juicio y cedida para un fin sagrado.
- Para el juramento que hacía el soldado romano al emperador, y por extensión para cualquier juramento. Estas ideas se combinaron luego hasta llegar al concepto de rito sagrado con sentido de prenda o voto, cuya recepción comprendía un juramento de lealtad, es decir el sacramento como un símbolo externo de una verdad interior. En la Biblia Antiguo Latín y Vulgata se empleó para traducir del griego mysteμrion (Ef.5:32; Co. 1:27; 1 Ti. 3:16; Ap.1:20; 17:7), término que, no obstante, se vertía más comúnmente mysterium (Misterio).
El Bautismo. Del término griego “baptizo” que significa “sumergir” consistente en el proceso de inmersión, sumersión, y emergencia (de bapto, mojar, empapar).
ARGUMENTACIÓN BÍBLICA
Aunque Juan el Bautista fue el que realizaba esta práctica a judíos y gentiles por igual, para arrepentimiento de pecados, cuando ésta se usaba para limpieza o como rito purificatorio del gentil que adoptaba el judaísmo, vemos que el mismo Jesucristo se puso como ejemplo y fue el primero de todos sus discípulos en bautizarse (Mt.3:13-17; Lc.3:21,22; Mr.1:9-11), aún en contra de los deseos de Juan el Bautista que creía que no era digno de realizarlo, sino que él mismo debería ser bautizado por el propio Jesús (Mt.3:14). Esta misma práctica no fue exclusiva de Juan el Bautista y sus discípulos, sino que fue encomendada también a los discípulos de Jesús posteriormente a ser bautizados, pero no realizada por Él, como podemos leer en Juan 4:1-2 “Aunque Jesús no bautizaba sino sus discípulos”.
Pero Jesús siguió insistiendo y remarcando el realizar esta práctica a las naciones en la Gran Comisión.“Por tanto id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado...” (Mt. 28:19, 20) “Y les dijo: id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado será salvo...” (Mr.16:16) .
Tal y como está reflejado en la Palabra de Dios, estas acciones a cumplir por la iglesia fueron expresamente ordenadas por nuestro Señor Jesucristo. La iglesia primitiva cumplió fielmente con estas ordenanzas:
“Así que los que recibieron la Palabra fueron bautizados... y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan...” (Hch.2:41) (Denotad que se manifiesta la continuidad de la realización de ambos Sacramentos, Bautismo y Santa Cena o Cena del Señor nombrándola “partimiento del pan”).
Teología sobre el Bautismo
El Antiguo Testamento habla de prácticas de limpieza con agua, como el ritual que se celebraba para la consagración y limpieza de los sacerdotes. (Lv.8:6; Éx.29:4; y 30:18-21; Lv.16:24,26). También los que tenían enfermedades de la piel, tenían un bautismo de purificación (Lv.13:52-59 y 14:8) el mismo Naamán el leproso se purificó de su lepra en el Jordán y en él ven algunos estudiosos un cierto ritual bautismal (2 Re.5:1-14). Ezequiel habla de un “bautismo” que simboliza limpieza y restauración (Ez.36:25-28).
Pero como se comentó antes, había prácticas bautismales para los prosélitos, paganos que abrazaban la fe judía, los cuales tenían que ser sumergidos por completo en agua. Con todo ello los judíos en sí, no se sorprendían de la predicación del bautismo de Juan y muchos eran bautizados como dice la Escritura (Mt.3:6-7). Sin embargo hay un sentido nuevo a esta práctica de los judíos, ya que el bautismo que proclamaba era un bautismo de arrepentimiento por los pecados (Lc.3:3) y era realizado no sólo a prosélitos sino también a judíos. La predicación de Juan era tan clara que la persona que aceptaba ser bautizada, entendía que necesitaba una limpieza interior, previa, a una decisión de contrición por los pecados cometidos.
Por ello, cuando Jesús se acercó a Juan para ser bautizado (Mt.3:11-17), éste se opuso firmemente a este bautismo reconociendo el carácter puro de Jesús y por tanto no había motivo para bautizarse, sin embargo acepta el hecho motivado por las propias palabras del Señor “para que se cumpliese toda justicia” (v.15).
El ejemplo de Jesucristo al descender a las aguas del bautismo, tiene un significado teológico importante, con esta acción su santa humanidad se solidariza con toda la raza humana, “se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres” (Fil.2:7), nos revela que no se aferró a su divinidad (Fil.2:6), a la vez que toma relevancia el significado de su muerte expiatoria expresado en las palabras de Juan el Bautista “¡He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!” (Jn.1:29).
Expresión de Nuestro Posicionamiento Doctrinal
Fórmula del Bautismo. “Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt.28:19). Este texto expresa la ordenanza del Señor Jesús a sus discípulos antes de su ascensión. Esta fórmula fue practicada por los apóstoles y los creyentes de la iglesia Primitiva en el I siglo. En la Didaché (documento que contenía la doctrina de los apóstoles con las que se enseñaba a los creyentes del primer siglo) se expresa de la siguiente manera: “En lo que se refiere al bautismo, tenéis que bautizar así: Habiendo dicho todo esto, bautizad en el nombre del Padre y del Hijo y el Espíritu Santo, en agua viva.”
El bautismo bíblico es una “inmersión” total (Jn.3:23; Hch.8:38,39). No fue hasta la Edad Media que se desvió esta práctica en la iglesia latina, que como decimos no se sostiene bíblicamente. Algunos léxicos traducen el termino griego βάπτισμα (báptisma), βαπτίζω (baptízo), o βάπτω (bápto), no solo como inmersión, sumergir, o inundar sino también como rociar o asperjar, es decir, “bautismo” para ellos se traduciría como aspersión o rociamiento, en el sentido de ritual de lavamiento, con la excusa de que ya los sacerdotes realizaban esta práctica en el Antiguo Testamento.
Pero lo curioso es que distintos autores de las epístolas (Pedro y el autor de Hebreos) en He.9:13,19, 21 y 12:24, y en 1 Pedro 1:2 usan la palabra ῥαντίζω (jrantízo, rociar, asperjar), ῥαντισμός (jrantismós, rociado/a, asperjado/a o rociamiento y aspersión), para denotar este sentido de ritual de lavamiento antiguo por aspersión y no la palabra bautizar o bautizado como cabría suponer si tiene el mismo significado ritual que ellos expresan. Con esto entendemos que la forma correcta de bautismo es por inmersión. Solo en casos excepcionales por motivos de salud, se plantearía la opción de bautismo por rociamiento, buscando que el creyente pueda cumplir con el mandamiento del bautismo.
Tampoco entendemos que deba practicarse el bautismo de niños. Jesús mismo relaciona indisolublemente la fe del bautizado con el acto del bautismo (Mr.16:16 Hch.8:37). Así pues es necesaria una clara comprensión de arrepentimiento y fe para obtener el bautismo. Muchos quieren basarse o argumentarse en los rituales de circuncisión extendidos a niños o en los pasajes bíblicos donde aparece que toda la casa acepta la fe en Cristo y se bautiza. Pero el silencio en el Nuevo Testamento con respecto a este tema, el pre-requisito o la condición de la Creencia o Fe en Cristo, las grandes bendiciones espirituales que parecen atadas a una recepción correcta, y la responsabilidad que implicaba a aquéllos que han tomado sobre sí mismos las obligaciones con respecto a la decisión del bautismo, son las objeciones, más significativas y realmente concluyentes para la objeción al bautismo infantil.
El Significado del Bautismo
Es importante resaltar que el acto del bautismo en sí mismo no tiene poder salvífico. El acto del bautismo es un signo exterior que expresa el cambio interior producido en el hombre. Mediante la aceptación del sacrificio de Cristo por los pecados, el hombre cambia de status y de posicionamiento ante Dios. De ser pecador pasa a ser inocente; de ser enemigo de Dios pasa a ser amigo y tener una relación personal con Dios.
Por medio del bautismo el creyente se identifica con Cristo en su muerte y resurrección, así lo expresa el apóstol Pablo en Romanos 6:3-5. El descenso al agua tipifica la sepultura del viejo hombre (muerte a la antigua humanidad, es decir ruptura total con el pecado) y la salida del agua tipifica una resurrección a la nueva humanidad en Cristo. Del mismo modo es por medio del bautismo que el creyente formaliza su entrada en la iglesia (La congregación de los santos) como miembro del Cuerpo de Cristo como se hace alusión en 1 de Corintios 6:15 adquiriendo un compromiso con el Cuerpo de Cristo en servicio y amor.
Requisitos para Ser Bautizado
El bautismo es requisito para toda persona que haya reconocido y aceptado el sacrificio de Cristo en la cruz como medio único de salvación para el hombre, mediante el arrepentimiento de sus pecados. La creencia o Fe en Cristo marca el principal requisito para poder bautizar a una persona, tiene que haber recibido la salvación y perdón de pecados procedente del Sacrificio de Cristo (Mr.16:16, Hch.2:38, 41, 18:8). El bautismo es un acto que se hace una sola vez.
La Santa Cena
Este sacramento que fue instituido por Jesucristo la noche antes de su muerte expiatoria, consta de una doble finalidad; en primer lugar es un recordatorio de la muerte de Cristo por todos los hombres. En segundo lugar es una proclamación de la venida de Cristo a por su iglesia, habiéndose de practicar hasta que Él vuelva.
Es también llamada; “Cena del Señor”, “Pacto”, o muy comúnmente “Comunión” (κοινωνία, koinonía) por esta cita bíblica en 1 Co. 10:16, o “Eucaristía”, del griego “Eucharistía” (εὐχαριστία) (1 Co. 14:16; 2 Co. 4:15 o Ef. 5:4) y su significado es “Acción de Gracias”, se inspiraron en pasajes como éstos, “abundar en acciones de gracias” para nombrar a este sacramento así, por causa de que como leemos en Lc. 22:19-20 o 1 de Co. 11: 24-25, tiene un sentido “memorial” y este vocablo junto a este acto evoca agradecimiento a Jesús por su obra redentora en la cruz.
ARGUMENTACIÓN BÍBLICA
“Y habiendo tomado pan, después de haber dado gracias, lo partió, y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí. De la misma manera tomó la copa después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que es derramada por vosotros” (Lc. 22:19-20).
“Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado; Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mi. Así mismo tomó también la copa después de haber cenado, diciendo; Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí” (1 Co.11:24,25).
Estos dos pasajes dejan claro el por qué se realiza este sacramento. Tanto Jesús como instaurador, y Pablo, que la enseña y practica, denotan que era algo común y de obligado cumplimiento para la Iglesia Primitiva desde el momento de la Última Cena del Señor.
Teología de la Santa Cena
La Santa Cena tiene su origen en la celebración de la Pascua judía (fiesta de los panes sin levadura) que está reflejado en el libro de Éxodo capítulo 12 donde se conmemoraba la salida de Israel de la esclavitud de Egipto; fue durante la celebración de esa fiesta (Mt.26:17; Mr.14:12; Lc.22:7; Jn.13:1) que Jesús instituyó este nuevo pacto como recordatorio del sacrificio de Cristo, el Cordero de Dios en la cruz para librarnos de la esclavitud del pecado.
A diferencia del Bautismo, la Santa Cena es celebrada por la iglesia como parte y expresión de adoración de una manera continuada, recordando el sacrificio expiatorio de Cristo por nuestros pecados y anunciando la venida de Cristo a por los suyos (1 Co.11:26). Denote la expresión “todas las veces que...” en los v.25-26.
- El pan: Símbolo del cuerpo de Cristo, partido (muerto) por toda la humanidad. Éste es sin mancha ni pecado y así se muestra (1 Co.11:24).
- El vino: Símbolo de la sangre de Cristo que fue derramada por toda la humanidad (Mt. 26:28).
El Significado
Para entender “este Nuevo Pacto” como dice Cristo “en su sangre” hay que entender el antiguo pacto, que estaba condicionado a la obediencia de los preceptos de la Ley que el hombre necesitaba cumplir y no pudo, ni podría cumplirlo, siendo declarado así culpable ante Dios y conllevando con ello el juicio divino y la muerte eterna. Así como en la antigüedad la forma de sellar un pacto requería un sacrificio de sangre, y por eso es que se realizaban los sacrificios en Pascua, en el nuevo pacto, Jesús, como “Cordero sin mancha”, hace posible el acercamiento a Dios por medio de su cuerpo y de su sangre, de modo que “Todo aquel que en Él cree” (Jn.3:16) es decir que acepte el pacto hecho por Jesucristo es declarado justo delante de Dios, y no se pierde sino que obtiene la Vida Eterna. Es en la celebración de la Santa Cena que la iglesia de Cristo expresa su unidad por medio de la comunión, es, como dice el texto bíblico en 1 Co.11:26 una manera de anunciar no sólo “Su Muerte y Resurrección”, sino también la esperanza de su Segunda Venida para recoger a su Iglesia, “Hasta que Él venga”.
El Propósito
La participación de la mesa del Señor a los creyentes tiene la importancia de recordar la muerte expiatoria de Cristo como comentamos antes, puesto que es por ella que somos justificados y salvos. El apóstol Pablo proporciona el propósito de este sacramento a la Iglesia de los Corintios en 1 Co.11:26-31. El creyente que participa de la Santa Cena recuerda que por medio de Cristo tenemos el perdón de los pecados, la vida eterna, sanidad y provisión divina.
Pero hay que recordar, como el apóstol Pablo enseña, que también se está llamado a hacer un previo examen sobre su estado de vida y conducta, sabiendo que hay un juicio sobre la actitud y situación del creyente al participar de los elementos indignamente, o con pecado.
Controversias sobre los Elementos de la Santa Cena
En el Nuevo Testamento se hace referencia al pan y al vino de la Santa Cena como elementos simbólicos. Aunque concretamente la Iglesia Católico-Romana, Ortodoxa y Copta comenzaron con lo que se conoce como el “oficio de la misa” donde al participar de la Santa Cena la expusieron como un sacrificio de Cristo en el momento mismo de su celebración, y dando la validez para la salvación de vivos y muertos. El acto fue llamado “El sacrificio de la Eucaristía”, este acto tiene que ser realizado por un sacerdote, el cual toma el lugar de mediador entre Dios y el hombre.
Doctrina de la Iglesia Católica Romana
La doctrina de la Iglesia Católica sobre la Santa Cena es conocida como “Transubstanciación” ya que según dicen, cuando el sacerdote consagra el pan y el vino, dejan de ser esos elementos para convertirse en la “sustancia” de la carne, (cuerpo) y la sangre, (alma y divinidad) de Cristo. Generalmente a los feligreses solamente se les da el pan o la hostia (Pan ácimo), quedando el vino para ser tomado exclusivamente por el sacerdote. Aunque, en ciertos momentos especiales, o en la primera eucaristía, se moja la hostia o el pan en el vino.
Doctrina de la Iglesia Luterana
Es conocida con el nombre de “consustanciación”, es decir coexisten las sustancias del cuerpo y la sangre de Cristo con las del pan y el vino. Es decir esta doctrina considera que en la eucaristía se encuentra de forma real Cristo en su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad, pero existiendo a la vez el vino y el pan, por lo tanto el acto eucarístico no se trataría de una sustitución sino de una coexistencia.
La Reforma Protestante
Los reformadores, Lutero, Melanchthon, Zwinglio y Juan Calvino rechazaron de forma unánime el sacrificio de la Eucaristía, declarando los elementos como simbólicos y el acto como memorial, tal y como Cristo mismo lo ordenó. Tampoco existe el papel del sacerdote como mediador en la consagración de la hostia.
APLICACIÓN
En las iglesias de las Asambleas de Dios siempre se ha mantenido la convicción que la Palabra de Dios es la única revelación de Dios al hombre, entendiendo a través de ella que el sacrificio de Cristo por nosotros fue una vez y para siempre. La Santa Cena es un memorial que los creyentes estamos llamados a celebrar con los símbolos del pan y del vino, como recordatorio del cuerpo y la sangre de Jesús ofrecidos por nuestros pecados.
También aceptamos que el creyente está llamado a realizar un examen de vida y conciencia antes de tomar los elementos y discernir el Cuerpo de Cristo (1 Co. 11:26-31).Que por medio de la Santa Cena la iglesia hace una doble proclamación; la unidad y comunión característica de los hijos de Dios, proclamación de su muerte y resurrección, y la bendita esperanza en la Segunda Venida de Cristo para rescatar a su Iglesia.
ARTÍCULO 8. Sacerdocio Universal
Amaro Rodríguez
DECLARACIÓN DE FE
“Creemos en el sacerdocio universal de los creyentes, siendo Jesucristo el único mediador entre Dios y los hombres. Creemos en la oración en el nombre de Jesús, como medio de comunicación con Dios”.
Conceptos Claves: Sacerdote, Universal y Sacrificio.
DEFINICIÓN DE CONCEPTOS
Sacerdote. Consideramos la acepción general que el DRAE da al término “Sacerdote”: “Persona dedicada y consagrada a hacer, celebrar y ofrecer sacrificios”. Etimológicamente, sacerdocio viene del latín sacerdos-otis: sacerdote. A su vez, sacerdote proviene del término: sa/cer-cra-crum> sagrado, consagrado. En su acepción real, sacerdocio es “dignidad, estado, ejercicio y ministerio de sacerdote”. En sentido figurado, “consagración activa y celosa al desempeño de una profesión o ministerio elevado y noble.
Universal. Que comprende o es común a todos en su especie, sin excepción de ninguno. En nuestro caso se refiere al hecho de que el sacerdocio es participado y ejercido por todos y cada uno de los creyentes sin excepción, desde el más nuevo al más veterano.
Sacrificio. El término “sacrificio” proviene del verbo latino sacrifico-as-are. Significa sacrificar, inmolar, ofrecer un sacrificio a la divinidad e incluye la idea de muerte de un ser vivo y consiguiente derramamiento de sangre. La idea y necesidad del sacrificio aparece desde el mismo momento en que Adán y Eva pecan y Dios los viste con túnicas de pieles (Gn.3:21), lo que supone la muerte y el sacrificio de un animal. En adelante el hombre necesitaría un holocausto o sacrificio para acercarse a Dios (Gen.4:3-5).
ARGUMENTACIÓN BÍBLICA
El Sacerdocio en el Antiguo Testamento
En la época patriarcal, desde Abraham hasta la entrada de los judíos en Egipto, no existe un sacerdocio específico. El mismo jefe de familia o tribu ejerce las funciones sacerdotales, como se ve en el caso de Abraham, (Gn.22:13, Gn.35:3; Job 1:5).
El sistema levítico es una institución original de Israel. El honor de la tribu de Leví está en haber sido elegida para las funciones sagradas (Nm. 1:48-54). No tiene parte ni heredad en Israel, sino que el Señor es su herencia. Moisés pertenecía a la casa de Leví, fue legislador y mediador entre Jehová y el pueblo, pero Aarón su hermano es constituido y consagrado Sumo Sacerdote (Nm. 8:1-7), apartado a un estado de santidad que lo capacita para acercarse a Dios. Las funciones sacerdotales eran impartir la bendición al pueblo, llevar el pectoral del juicio con el urim y tummin (Lv. 21), símbolo de las funciones judicial y oracular, pero en primer plano la función sacrificial, responsable de ofrecer a Jehová holocaustos, ofrendas y sacrificios por sus propios pecados y por los del pueblo.
El Sacerdocio en el Nuevo Testamento
Iglesia Primitiva
En ninguna parte en el Nuevo Testamento llaman a los líderes de la Iglesia “sacerdotes”, sino más bien, ancianos, obispos, pastores.
Menciona cinco ministerios: apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros (Ef 4:11), pero no dice nada de sacerdotes. La Biblia afirma reiteradamente que todos los creyentes son sacerdotes, llamados a ofrecer sacrificios espirituales y buenas obras (1 P. 2:5; Ap.5:10; Ro.12:1; He.13:14-16). La idea y creencia del sacerdocio universal de todos los creyentes perduró hasta fines del siglo II y ha continuado siendo creencia y doctrina bíblica firme e indiscutible a lo largo de la historia del cristianismo en aquellos grupos y sectores cristianos fieles a la Palabra de Dios. Los apóstoles eran hebreos, nutridos en las doctrinas del Antiguo Testamento. La estructura y dinámica en la celebración del culto y la secuencia en las reuniones de los primeros cristianos, se debió más bien al modelo de la sinagoga judía.
Hacia el fin de la vida del apóstol Pablo, por los años 70, nada se sabía de un obispo en la iglesia que se diferenciara de sus compañeros de presbiterio por atribuirle poderes especiales. El carácter y significado jerárquico en el sistema de gobierno de la Iglesia fue el resultado de un proceso paulatino que logró imponerse con el paso del tiempo. El concepto de un obispo como jerarca, que ejercía su autoridad sobre un distrito o región con múltiples iglesias es algo que corresponde a una fecha más tardía.
La Reforma
La doctrina del sacerdocio universal de todos los creyentes no surge a partir de la Reforma. Lo que Lutero y Calvino hicieron fue recuperarla y actualizarla en el siglo XVI, enfatizando su importancia y significado frente al sacerdocio ministerial del clero católico romano, que tenía el monopolio y la administración exclusiva de los sacramentos, situación que hoy sigue en vigencia. Con referencia al sacerdocio universal de todos los creyentes, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento presentan varios textos que fundamentan el principio de que cada creyente es su propio sacerdote delante de Dios.
1 Ti. 2:5 afirma: “Porque hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre”. La enseñanza indiscutible de este versículo es que Jesucristo es el único, perfecto y suficiente mediador entre Dios y los hombres. He.7:25 y 4:16 confirman el ministerio de mediación e intercesión de Jesús ante el Padre, lo que hace innecesario y anula otro mediador. En Jn.14:6 después de afirmar que es el camino, la verdad y la vida, Jesús declara enfáticamente: “nadie viene al Padre, sino por mí”.
El propósito original de Dios es hacer de Israel un pueblo sacerdotal, como declara Éxodo19:6: “Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa”. Dicho propósito es confirmado en Isaías 61:6: “Y vosotros seréis llamados sacerdotes de Jehová, ministros de nuestro Dios seréis llamados”.
Jesucristo dotado de un sacerdocio único y perfecto, hace participar de su Sacerdocio a los que creen en Él. 1 P.2:9. “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de Aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable”. El sacerdocio de los creyentes se expresa en la ofrenda de sacrificios espirituales y el anuncio de las maravillas de Dios. En dependencia de Jesucristo, cuyo sacrificio consistió en la ofrenda de su vida, los creyentes se ofrecen a su vez en su existencia cotidiana.
Así lo confirma Romanos 12:1-2. “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional...transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento…”.
Hebreos 13:15-16 insiste en el mismo pensamiento: “Así que ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificios de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesen su nombre. Y de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada el Señor”. Una conducta recta y una vida dedicada a hacer el bien son sacrificios agradables a Dios y evidencia consecuente de nuestra identidad de creyentes.
El sacerdocio de los creyentes significa a la vez dependencia y dignidad. Dependencia porque está totalmente sometido al señorío de Cristo, que concede a su pueblo redimido santificación y perfección. Dignidad porque le permite reinar con Cristo y vivir una vida de gozo, libertad y victoria.
Según Rom. 8:16-17 somos hijos de Dios y por tanto “herederos de Dios y coherederos con Cristo”. Dios nos da como creyentes la función de sacerdotes en herencia. Mat.27:51 dice que al morir Jesús en la Cruz “el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo”. Nuestro Sumo Sacerdote nos ha dado libre acceso al trono de Dios, como lo confirma Hebreos 10:19-22: “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura”.
Nuestro sacerdocio delante de Dios es una función y consecuencia de nuestra calidad de hijos de Dios, siendo únicamente válida a través de Jesucristo. “Así que ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesen su nombre” (He. 13:15).
Cada creyente debe conocer esta gran responsabilidad directamente relacionada con los demás. De acuerdo a las demandas de Dios, el creyente debe ser: santo, (1 P.1:13-16; 2:4,5), responsable por cada hermano en Cristo, (Hch.12:5,12) y responsable por los incrédulos y aún por aquellos que nos aborrecen (Lc.6:28).
El sacrificio de sangre ya está hecho por Jesús en la Cruz. Ahora nuestro sacrificio será de obediencia y sujeción a aquél que nos dio el privilegio de escogernos para ser santos. Apocalipsis 1:6 dice: “Al que nos amó y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a Él sea la gloria y el imperio por los siglos. Amén”. Es un privilegio que el Señor Jesús nos haya hallado dignos de tan glorioso ministerio.
Además nos ha hecho “reyes y sacerdotes y reinaremos sobre la tierra”. Tendremos la bendición de gobernar sobre la tierra, juzgar al mundo y aún a los ángeles, como enseña 1 Corintios 6:2,3. Por último, el mayor privilegio, según 1 Pedro 2:9 es que somos “linaje escogido y real sacerdocio”, que ha sido delegado por Jesucristo no a algunos de los creyentes, sino a todos los que han sido lavados por su sangre. No solo podemos entrar a la presencia de Dios sin impedimento por medio del sacrificio hecho por Cristo en la Cruz del Calvario, sino que tenemos el privilegio de interceder por otros.
ARGUMENTACIÓN TEOLÓGICA
Catolicismo
Terminando ya el siglo II, aparece la figura del obispo, (epíscopos), que asume autoridad sobre los presbíteros o ancianos, y tiene lugar la formación de una jerarquía eclesiástica con el reconocimiento de los tres rangos de oficiales: obispos, presbíteros y diáconos. Poco a poco se va definiendo y acentuando una diferencia entre los feligreses y sus líderes, entre laicos y clérigos, limitándose a éstos últimos el título distintivo de sacerdote. Varias iglesias formaban una diócesis y varias diócesis una iglesia metropolitana. El sacerdocio instituido como una clase especial está íntimamente ligado a la idea de sacrificio y la figura del sacerdote surge como consecuencia de la interpretación de la Santa Cena o Eucaristía, que adquirió aspecto sacramental. Los sacrificios eran realizados no solo por los fieles, sino para ellos. Al desarrollarse la idea de que la Santa Cena era un sacrificio propiciatorio, era lógico que el que oficiaba fuera conceptuado como sacerdote.
El sacerdocio ministerial institucionalizado vigente en la Iglesia Católica Romana carece de todo fundamento bíblico. La carta a los Hebreos demuestra claramente la superioridad de Cristo sobre todos los demás líderes del judaísmo y le presenta como el Sumo Sacerdote del Nuevo Pacto. En el sistema levítico, en el gran día de la expiación, el sumo sacerdote ofrecía un sacrificio primero por sus propios pecados, porque él también era pecador, y luego otro sacrificio por los pecados del pueblo. En cambio, Jesucristo es Sacerdote y víctima, oferente y ofrenda a la vez. Jesús cumplió en la tierra su ministerio expiatorio de manera completa y final, al punto que Hebreos 8:4 afirma que “si estuviese sobre la tierra, ni siquiera sería sacerdote, habiendo aún sacerdotes que presentan las ofrendas según la ley”. Declaración definitiva y final.
Esta enseñanza da motivo para reflexionar acerca del sacerdocio ministerial católico romano y el carácter innecesario y superfluo del mismo. Jesús ejerce ahora su ministerio sacerdotal de intercesión no en la tierra, sino en el cielo a la diestra del Padre, “viviendo siempre para interceder por ellos” (He. 7:25).
APLICACIÓN
El sacerdocio universal de todos los creyentes significa que cada creyente es su propio sacerdote delante de Dios, a cuya presencia tenemos libre acceso a través y por medio del único, perfecto y suficiente intermediario y mediador Cristo Jesús. Así lo confirman reiterados textos y pasajes bíblicos (Ex. 19:6; Is.61:6; Ap.1:6; 5:10; 1Ti. 2:5; Heb.10:19-24; 7:22-27).
Jesucristo es sacerdote y víctima, oferente y ofrenda a la vez. Es sacerdote para siempre “según el orden de Melquisedec”. Su sacrificio y muerte en la cruz tiene carácter sustitutivo y vicario, muriendo en lugar del pecador para lograr la redención y saldar la deuda que teníamos con Dios Padre por el pecado (Sal.110:4; He.5:10; 6:20; 7:17, 21; 2 Co. 5:17-21; 1 Co.1:30; 1 P.1:18,19). Es único, eterno, perfecto, irrepetible y con efecto retroactivo y que en virtud de sus méritos se salvan cuantos en Él creen, tanto los santos del Antiguo Testamento, antes de la cruz, como los del Nuevo Testamento, después de la cruz (He. 9:12-14; 10:14,18-24; 11:13,14; Jn.12:32). Jesucristo logró la salvación y obra redentora por medio de su sacrificio y ministerio expiatorio en la cruz y ahora ejerce su sacerdocio y ministerio de intercesión en el cielo (He. 8:4; 7:25-27; 4:14-16).
Ahora en la tierra el creyente no puede ni debe hacer ninguna obra ni sacrificio alguno con el propósito de obtener la salvación, porque la misma ya la obtuvo Cristo con su muerte en la cruz y lo único que puede hacer es recibirla por fe, previo arrepentimiento de los pecados (Jn.1:12-13; Ef.2:1-10; Ro.5:1,2:8:1). Que cada creyente, en virtud de los méritos de Cristo y como beneficiario y participante de su sacerdocio eterno, debe ejercer su propio sacerdocio ofreciendo sacrificios espirituales en tres dimensiones y áreas específicas:
- Adoración y alabanza a Dios (He. 13:15; Ap.1:6).
- Edificación y buenas obras hacia los demás miembros del Cuerpo (He.13:16; Fil. 2:17).
- Evangelización y proclamación de las buenas nuevas de salvación (1 P. 2:5, 8,9;Jn.15:16).
Debemos, como creyentes, ser agradecidos y aceptar el desafío de una vida de santidad y consagración, que glorifique a Dios, bendiga a los demás miembros del Cuerpo de Cristo y comparta y anuncie al pecador el mensaje de salvación (Stg. 1:21-23; 2:18; He.12:14; Ro.15:6; 1 P.4:11; 1Co. 12:25-27; Ro.12:9-21; 1:14-16).
ARTÍCULO 9. Vigencia de los Dones
José Mª Baena
DECLARACIÓN DE FE
“Creemos en la vigencia actual de los dones espirituales, manifestaciones sobrenaturales del poder del Espíritu Santo, dados a la iglesia para su edificación”.
Concepto Clave: Dones Espirituales
DEFINICIÓN DE CONCEPTO
Los capítulos 12, 13 y 14 de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios nos hablan con cierta extensión de los “dones espirituales” así como también en el capítulo 12 de su Carta a los Romanos.
Aunque inicia el tema refiriéndose a “los espirituales”(Περὶδὲτῶν πνευματικῶν...), eludiendo la palabra “dones”, todo el desarrollo que sigue indica que efectivamente habla de los dones espirituales (χαρισμάτων). La palabra griega χαρισμα, significa don, regalo, algo que se otorga por gracia.
Estos textos establecen con claridad que estos dones o regalos proceden del Espíritu Santo, siendo otorgados gratuitamente, es decir, no por mérito alguno que el receptor pudiera aportar: “todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como Él quiere” (1 Co. 12:11).
ARGUMENTACIÓN BÍBLICA
Pablo los define como una “manifestación del Espíritu, (φανέρωσιςτοῦ πνεύματος, v. 7), es decir, una acción o efecto que el Espíritu revela o hace aparecer con un fin específico y concreto.
Pablo señala que esas manifestaciones son diversas (διαιρέσεις), así como lo son los propios ministerios y las maneras como Dios actúa (v. 4), pasando luego a enumerar esos dones: Palabra de sabiduría, Palabra de conocimiento o ciencia, Fe, Dones de sanidades, Profecía, Poder para hacer milagros, Discernimiento de espíritus, Diversos géneros de lengua, Interpretación de lenguas.
Palabra de Sabiduría. Se describe en Teología Sistemática de Stanley Horton.
“Este don enseña a las personas a crecer espiritualmente al aplicar su corazón a la sabiduría y tomar decisiones que conduzcan a la madurez. No obstante, el don en sí es un mensaje, proclamación o declaración de sabiduría, y no significa que aquéllos que ministran ese mensaje sean necesariamente más sabios que los demás”.
Palabra de Conocimiento o Ciencia. Tiene que ver con la enseñanza de la verdad que contiene la Palabra de Dios, Dios da a conocer sus secretos y expresa los hechos, divinamente inspirados. En esto se podría incluir el conocimiento por parte de Pedro del engaño de Ananías y Safira, y la declaración de Pablo de que caería la ceguera sobre Elimas (Hch. 5: 1-10; 13:5-12).
Fe. No es una fe salvadora, sino más bien una fe milagrosa para una situación u oportunidad especial. Dios le vacía sobrenaturalmente de toda duda, y le llena de fe especial. Esto le capacita para lograr el propósito de Dios a pesar de toda circunstancia contraria y contradictoria de la vida.
Dones de Sanidades. Don que ejerce la sanidad sobrenatural que sólo proviene de parte de Dios.
Profecía. Variedad de mensajes espontáneos hacia la Iglesia y sus creyentes, para edificarla, exhortarla, consolarla.
Poder para hacer Milagros. Se unen dos palabras que se definirían como: Obras de un poder sobrenatural con resultados efectivos. La palabra “milagros” en Juan hace resaltar su valor de señal para animar a las personas a creer y seguir creyendo.
Discernimiento de Espíritus. Este don manifiesta las diversas formas de los espíritus y nos ayuda a protegernos de los ataques de Satanás.
Diversos Géneros de Lenguas. El don de Lenguas tiene dos funciones: Edificar a la persona que lo opera (Lenguas devocionales), y edificar a toda la Iglesia y no solamente al creyente individual, cuando es usado conjuntamente con el don de Interpretación de Lenguas.
Interpretación de Lenguas. Para ser eficaz el don de lenguas, se requiere la interpretación. Es la capacitación sobrenatural mediante el Espíritu Santo para interpretar una articulación en lenguas a la lengua natural de la congregación.
PROPÓSITOS DE LOS DONES
La respuesta nos es dada por las mismas Escrituras, Pablo es reiterativo (1 Co. 12:7, 25, 14:3-6, 12,26,31): los dones espirituales no tienen sentido si no son para la edificación de la iglesia, para el bien de todos, para que los creyentes aprendan, sean consolados y animados —eso es la exhortación— con el fin último de mantener la unidad de la obra —no habría verdadera edificación si esta se fragmentara, rompiendo la unidad—, haciendo que los creyentes se preocupen los unos por los otros, de ahí que lo más importante es que los dones sean ejercidos impregnados siempre del amor de Dios.
El apóstol Pedro hace una aportación interesante a este respecto en su primera carta: “Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios. Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén.” (1 P. 4:10-11).
Las manifestaciones del Espíritu Santo, como también los ministerios dados por Jesucristo a su iglesia, son para la gloria de Dios, y no para el enaltecimiento o la promoción personal de quienes son así dotados o usados por Dios. Forma parte intrínseca de la doctrina de los dones espirituales, así como de los ministerios, la diversidad, necesaria para cumplir sus funciones múltiples en el cuerpo de Cristo. Pablo utiliza la analogía del cuerpo humano y de sus órganos con funciones específicas complementarias y solidarias.
El apóstol Pablo nos enseña que los dones del Espíritu son meramente instrumentales y no un fin en sí mismos, pues sin el revestimiento del amor de Dios no son nada, ni otorgan ningún plus de valor a quien los ejerce (1 Co. 13:1-3).
Diferenciación entre Lenguas
La teología pentecostal tradicional distingue entre el hablar en lenguas como señal inicial genérica del bautismo en el Espíritu Santo, y el don de lenguas. El apóstol Pablo también lo hace: el hablar lenguas para la edificación personal o el transmitir un mensaje en un momento dado que ha de ser interpretado para ser de bendición a la congregación. Todo el pasaje de 1 Corintios 14:2-28 habla sobre este asunto y el profetizar. Por un lado se nos dice:
“Porque el que habla en lenguas no habla a los hombres, sino a Dios; pues nadie lo entiende, aunque por el Espíritu habla misterios... a no ser que las interprete para que la iglesia reciba edificación” (vv. 2 y 5).
Y por otro:
“Si habla alguno en lengua extraña, sea esto por dos, a lo más tres, y por turno; y uno interprete.Y si no hay intérprete, calle en la iglesia, y hable para sí mismo y para Dios” (vv. 27-28).
Diferenciación entre el Don y el Ministerio del Profeta.
También se distingue entre el don de profecía y el ministerio de profeta de Ef. 4:11, pues los dones o carismas del Espíritu Santo son una cosa y otra distinta los ministerios o diaconías otorgados por Cristo a su Iglesia. Los primeros son repartidos por el Espíritu Santo entre todos los creyentes sin distinción, aunque no todos reciben lo mismo, mientras que los ministerios son un regalo de Cristo a su Iglesia; se trata no ya de habilidades, como los dones, sino de personas que han de ser llamados, formados, aprobados y reconocidos antes de ejercer la autoridad espiritual que les confiere el ministerio.
ARGUMENTACIÓN TEOLÓGICA
Existe una corriente teológica que niega que los dones espirituales estén vigentes hoy en día. Conocida bajo el nombre de cesacionismo, enseña que los milagros operados por individuos y los dones sobrenaturales cesaron al acabarse la era apostólica, que fueron necesarios para establecer los cimientos de la iglesia y de la fe cristiana, pero que tras la desaparición de los apóstoles y sus discípulos más cercanos, una vez establecida la Iglesia, ya no tienen razón de ser.
Aunque los defensores de tal posición teológica son personajes de especial relevancia en el marco teológico: Agustín de Hipona, Lutero, Calvino, Jonathan Edwards. Es evidente que lo que ha de primar es la centralidad de las Sagradas Escrituras.
¿Qué nos dice la historia? Es cierto que en la práctica, con el paso del tiempo, el ejercicio de los dones espirituales fue haciéndose cada vez más escaso y raro, pero también lo hizo la espiritualidad y la fidelidad a las Escrituras. Sobre todo a partir del siglo IV, cuando ya el cristianismo había dejado de ser perseguido y comenzó a forjarse el maridaje entre la iglesia y el estado; cuando el paganismo, que no había podido doblegar a los creyentes por la violencia, logró introducirse en ellos por vía de asimilación. No fue el Espíritu que dejó de obrar por iniciativa propia, sino los creyentes que dejaron de estar llenos del Espíritu para llenarse de vicios y corrupción.
A pesar de esto, la historia de la iglesia da testimonio de que los dones espirituales o carismas sobrevivieron entre muchos creyentes sencillos a través de los tiempos. El siglo XIX, al tiempo que el racionalismo y el liberalismo teológico se desarrollan con gran fuerza, está lleno de interés por viejas doctrinas prácticamente abandonadas, como el premileniarismo, la sanidad divina, la búsqueda de una vida espiritual más elevada e incluso el bautismo del Espíritu Santo. El inicio del pentecostalismo, movimiento que nace con los albores del siglo XX, liga teológicamente el bautismo del Espíritu Santo con las lenguas como su señal inicial. El avivamiento mundial que produce significará la recuperación de los dones espirituales para la Iglesia, fundamentado teológicamente en las Escrituras y confirmado por la experiencia de millones de creyentes.
Es cierto que los dones espirituales tienen una vigencia limitada en el tiempo, si hacemos caso a lo que escribe Pablo hablando de ellos en 1 Corintios 13:8-12. El problema es determinar cuándo eso sucederá. El texto es algo enigmático, pues la referencia a “lo perfecto” es ambigua para nosotros hoy.
Posiblemente los creyentes contemporáneos de Pablo no tuvieran dudas al respecto, pero en tiempos posteriores es evidente que tal expresión se presta a interpretación y, por tanto, a controversia.
Los cesacionistas interpretan que “lo perfecto” se refiere al episcopado jerárquico, al credo y al canon del Nuevo Testamento, y que con tales elementos la iglesia ya no necesitaba de más refuerzos; “lo perfecto” quedaba así establecido de manera indefectible. Pero no hay ninguna señal que nos permita asegurar que esa sea la interpretación correcta, nada que indique que “lo perfecto” es el canon bíblico, o la Biblia completa, o ninguna otra cosa similar. Más bien parece una eiségesis, un sentido introducido en el texto de forma forzada y sesgada, para justificar una situación de decadencia aceptada y asumida por la generalidad del pueblo de Dios.
Más bien parece que “lo perfecto” o “lo completo” se refiere al tiempo del cumplimiento de todas las cosas, cuando la redención que anhela la creación según Romanos 8:16-25 sea una realidad plena y los hijos de Dios seamos manifestados con Jesucristo en gloria. Es el sentido más lógico del texto en su contexto inmediato, que habla de cuando veamos “cara a cara”, lo cual solo ocurrirá en ese momento. Ahora todo es parcial y limitado por nuestra condición terrenal. Entonces conoceremos como ahora somos conocidos por Dios. Pretender poseer ya el conocimiento pleno es absurdo.
Además de la interpretación más lógica para el texto de 1 Corintios 13:8-10, hay más argumentos. Si los dones espirituales son dados por el Espíritu Santo para bien de todos, para edificación de la Iglesia, para consolar, animar y enseñar, ¿acaso ya no son necesarios? Algunos dirán que con la Biblia y el magisterio de la iglesia bastan, pero la realidad es otra. Nada nos dice que con ellos baste y ya los dones no sean necesarios.
Es cierto que nada se puede añadir a las Escrituras, que estas están completas; pero en nuestro andar diario necesitamos sin duda la ayuda sobrenatural del Espíritu Santo y esto se hace realidad de muchas maneras, pues variados son los dones, los ministerios y las formas como Dios obra, siendo uno solo el Espíritu que hace todas estas cosas. Lo que Pablo escribió a los corintios en los capítulos 11 al 14 de su primera carta está aún vigente, no es texto muerto.
Erickson nos dice, hablando de la glosolalia, que “no existe indicación alguna de que el Espíritu dejase de conceder a la iglesia ese don, Desde luego existen evidencias de que el don continuó a lo largo de la historia de la Iglesia hasta el presente. Aunque a menudo ocurrió solo en grupos pequeños relativamente aislados, dio a estos grupos una vitalidad espiritual especial”. Al hablar así, hacer referencia a Donald Gee y su obra reseñada en nuestra bibliografía.
Por último, el avivamiento que la recuperación de la experiencia pentecostal en todas sus dimensiones ha significado para el mundo cristiano no tiene parangón desde los tiempos apostólicos: el desarrollo de la vida espiritual y devocional de los creyentes, de la alabanza y la adoración, de las misiones y la evangelización mundial han alcanzado cimas extraordinarias.
APLICACIÓN
La Iglesia necesita el poder del Espíritu Santo, así como que sus dones y ministerios estén activos, pues para eso fueron dados en el pasado y lo siguen siendo hoy. Pero nuestro mundo que nos rodea y que se pierde bajo el peso de una maldad creciente y desbocada lo necesita igualmente.
Ante el poder sobrenatural del mal, solo el poder sobrenatural de Dios puede hacer realidad la declaración de Jesús, de que “las puertas del infierno no prevalecerán” (Mt.16:18) en contra de la Iglesia de Jesucristo y de su mensaje, el evangelio, que ofrece salvación a quien quiere creer. Desechar las manifestaciones milagrosas del Espíritu Santo supone sucumbir en muchas maneras al poder de Satanás, dejándole campo libre y fallar al propósito divino de destruir las obras del maligno.
“Los dones nos son dados; nosotros no los alcanzamos. La voluntad y la soberanía de Dios deciden sobre su distribución... Al mismo tiempo, son manifestaciones dadas por Dios; no talentos humanos. Dios concede dones continuamente, según Él quiere. Debemos estar abiertos a todos ellos. Si sabemos qué parte del Cuerpo somos, y cuáles son nuestros ministerios, entonces podremos canalizar los dones con eficacia.
Aunque podamos ejercitar un don al máximo, sin el amor, ese ejercicio es inútil... Los dones son dados continuamente a la medida de la fe de la persona (no de una vez para siempre). Es necesario probar los dones; éstos caen bajo los mandatos del Señor. El punto focal es el desarrollo hacia la madurez de la Iglesia, no la grandeza del don. Estas verdades nos deben llevar a la humildad, al aprecio por Dios y por los demás, y al deseo ardiente de obedecerle.”
ARTÍCULO 10. Milagros
José Mª Romo
DECLARACIÓN DE FE
“Creemos en el poder de Dios, capaz de obrar prodigios, milagros y sanidades hoy día”.
Concepto Clave: Milagros y Sanidad Divina.
DEFINICIÓN DE CONCEPTO
Aunque encontraremos en la Palabra los términos “milagro y sanidad” en forma paralela, debemos diferenciar que la sanidad divina es un milagro pero no todo milagro es sanidad divina.
Milagro. Acontecimiento inusitado, asombroso o extraordinario, perceptible en principio por cualquier observador atento e imparcial. No puede ser atribuido razonablemente a las capacidades humanas ni a otras fuerzas conocidas, que actúan en nuestro mundo de tiempo y espacio. Resultante de una acción especial, mediante la cual Dios realiza algo imposible para todo poder humano. El elemento esencial del milagro es que se considere que, su causa y su explicación, residen en una acción especial de Dios, el Único capaz de realizar el acontecimiento milagroso.
Sanidad Divina. Los milagros de sanidades son «señales del reino», por medio de la cuales Jesús nos presenta la liberación y rectificación de este quebrantado mundo por parte del reino de Dios que tiene como efecto la «persona integral». Se pueden clasificar los milagros de sanidades de Jesús en sanidad física, resurrecciones, exorcismos. Por otro lado, existe una correlación entre sanidad divina y salvación, debido a que la sanidad está incluida en la expiación y es al menos, en un sentido limitado, parte de la obra salvadora de Dios en Cristo Jesús.
ARGUMENTACIÓN BÍBLICA
Es evidente que los evangelios nos hablan y nos muestran, hechos milagrosos por parte de Jesús. Por un lado, manifestaciones de la provisión de Dios como la conversión del agua en vino (Jn. 2:1-11), la alimentación de los 5.000 (Mt. 14:15-21; Mr. 6:34-44: Lc. 9:12-17; Jn. 6:5- 13), la alimentación de los 4.000 (Mt. 15:32-39; Mr. 8:1-9) o de dominio de la naturaleza, como cuando Jesús calma el viento y el mar (Mr. 4:35-41; Mt .8:23-27; Lc. 8:22-25) o camina sobre las aguas Mt. 14:22-31; Mr. 6:45- 52; Jn. 6:17-21). Por otro lado, podemos apreciar hechos milagrosos de sanidad divina, como el paralítico de Betesda (Jn. 5:9), el hombre de la mano seca (Mr. 3: 1-6), el hombre que nació ciego (Jn. 9: 6 y 7), la mujer encorvada por 18 años (Lc. 13:11-13) o un muchacho hidrópico (Lc. 14:4), resurrecciones, como el hijo de la viuda de Naín (Lc. 7:11-16), la hija de Jairo (Lc. 8:41-56; Mt .9:23-26; Mr. 5:35-43) o Lázaro (Jn. 11:32-44), siendo éstos, simples ejemplos de todos los recogidos en los evangelios.
Pero estos milagros y sanidades, no sólo se circunscriben a los evangelios y a Jesús, sino que trascienden más allá, tal y como podemos ver en el libro de los Hechos de los apóstoles, por medio de señales y prodigios (Hch. 2:43; 5:12), sanaciones de cojos (Hch. 3:6; 14:10) o las de muchos enfermos por medio de la sombra del propio Pedro (Hch. 5:15), los prodigios de Esteban (Hch. 6:8), la obra en Samaria donde espíritus inmundos salían y muchos eran sanados (Hch. 8:7), así como resurrecciones obradas por la mano de los propios apóstoles (Hch. 9:40; 20:10).
Y estos hechos ocurridos en la iglesia primitiva nos dan muestra y señal de la manifestación de milagros y sanidades que trasciende los tiempos, de forma que son prueba de una realidad palpable en nuestro época de un Dios que se manifiesta, hoy como ayer, por medio de obras milagrosas y prodigiosas en cumplimiento de su promesa (Hch 1:8). Podemos encontrar también en las enseñanzas paulinas evidencias del poder de Dios. (Ro. 15:17-19; 2 Co 12:12).
ARGUMENTACIÓN TEOLÓGICA
Expresión de Nuestro Posicionamiento Doctrinal.
“Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado. Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán” (Mr. 16:15-18).
Cristo mismo en su mandato, dejó claro que los milagros formarían parte del testimonio de la Iglesia, por lo tanto no tenemos base para desestimar esta realidad en la época actual, de forma que nuestro posicionamiento doctrinal se fundamenta en la creencia de la existencia de milagros, prodigios y sanidades a lo largo de toda la Historia.
Esta misma idea podemos encontrarla, desde el siglo II hasta el siglo IV, donde hay algunos de los reconocidos Padres de la iglesia como Ireneo y Tertuliano que dan testimonio de indudables milagros de curación de resurrecciones de muertos, pero incluso en el siglo V se pueden ver sucesos milagrosos narrados por Procopio y Justiniano.
De la misma forma, durante la Edad Media, Tomás de Aquino (teólogo de referencia en la edad media) piensa que los milagros son signos para la credibilidad de la revelación y para confirmar la fe y ésta «puede aplicarse a todos los tiempos».
Pero en una época más reciente, Juan Wesley, anotó en su diario no menos de doscientos cuarenta casos de sanidad divina con relación al ministerio y al comentar las enseñanzas del libro de Santiago expresó:
Este don único visible que Dios confió a sus apóstoles continuó en la iglesia mucho después que otros dones milagrosos desaparecieran de ella... Este don era la única medicina de la iglesia cristiana, hasta que se perdió por la incredulidad.
Otra raíz de la doctrina de la sanidad es la influencia del «pietismo»que conservó un realismo bíblico y una creencia férrea en la continuidad de los milagros, lo que produjo una doctrina de la sanidad por la fe y finalmente en el siglo XIX con Dayton, la oración y la fe fueron elementos importantes para la sanidad divina.
Otros Planteamientos Doctrinales y su Refutación
Desde el Punto de Vista Secular
Encontramos una negación rotunda de lo sobrenatural. Por un lado, desde el punto de vista filosófico, Hume, para quien su convicción de la uniformidad de la naturaleza le llevó a negar el testimonio de los milagros en general, el cual sostenía, que un milagro, sería una violación del curso normal de la naturaleza y, por tanto, no puede suceder. Una respuesta a los argumentos de Hume es que presupone que el conocimiento humano de «las leyes de la naturaleza» se ha completado, mientras que en respuesta, San Agustín define un milagro, no como algo «frente a la naturaleza» sino como algo opuesto a «lo que se conoce de la naturaleza».
Otros, como Thomas Kuhn y Paul Feyerabend, han indicado que muchas de las creencias de nuestra época, científicas o de otro tipo son afirmaciones dogmáticas.
Sin embargo, debemos considerar que esto no es ciencia, sino «cienticismo» (ya que el cristianismo no está en contra de la ciencia), pues el problema no radica en la ciencia -en la ciencia pura- sino en el materialismo científico.
Desde el Punto de Vista Cesacionista
Por un lado desde la postura liberal, Bultmann expresa en su libro:
El hombre moderno sólo reconoce como reales los fenómenos o los acontecimientos que resultan comprensibles en el marco del orden racional del universo. No admite la existencia de milagros, porque no encajan en este orden racional. El contraste entre la antigua visión bíblica del mundo y la visión moderna, es el que separa a dos maneras de pensar opuestas, la mitológica y la científica.
Según Bultmann, como los evangelios están influenciados por religiones mistéricas y por el gnosticismo, para entender el mensaje de una vida nueva y el perdón de pecados, es necesario «desmitologizar el Evangelio y quedarnos con su esencia».
Aunque el mismo Bultmann, llega a considerar en su libro, que quien piense que se puede hablar de milagros como si fuesen acontecimientos demostrables, susceptibles de prueba, peca contra la idea del Dios que actúa de manera oculta. Somete la acción de Dios al control de la observación objetiva. Entrega la fe en los milagros a la crítica de la ciencia y, al hacerlo, da validez a esta crítica.
Sin embargo, en respuesta a este posicionamiento, debemos decir que los discípulos de Bultmann reaccionaron frente al escepticismo de su maestro y contemplaron la importancia de acceder al Jesús de la Historia. Los discípulos de Bultmann ven que sí podemos saber algo del Jesús histórico y que, por poco que sea, tiene interés. Ese interés es diferente al de los liberales. No van a pretender liberar a Jesús del dogma, sino devolverlo a la fe.
Por otro lado, también encontramos dentro de los círculos protestantes una postura cesacionista, que consiste en afirmar que los dones (y por tanto, las manifestaciones sobrenaturales del Espíritu Santo), sólo eran temporales, hasta la formación del Canon.
APLICACIÓN
Si bien a lo largo de la era moderna la razón fue el gran dios de ese tiempo, hoy por el contrario, como consecuencia de la desilusión provocada por el ser humano tras los desastres del siglo veinte, nos encontramos en un periodo o era conocida como postmodernidad, donde lo místico y lo sobrenatural conviven con lo natural. Con una sociedad que tiene un pensamiento dividido: vive como los griegos, aceptando una multiforme variedad de ídolos y desea morir como los judíos, en la creencia de un mundo mejor más allá de la muerte.
Es por esto, que ahora, en esta polifacética sociedad, necesitamos más que nunca la manifestación poderosa del Espíritu Santo, bautizando y llenando la vida de los creyentes. Necesitamos desear que Dios demuestre su poder por medio de milagros, para que impacten no sólo las palabras, sino la poderosa obra del Espíritu Santo, haciéndose eco el siguiente pasaje: “Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios” (1 Co 1:22-24).
ARTÍCULO 11. Últimos Tiempos
Armando Lechuga
DECLARACIÓN DE FE
“Creemos en el arrebatamiento de la Iglesia y la Segunda Venida de Jesucristo, junto con sus santos, para establecer su Reino sobre la tierra”.
Conceptos Claves: Rapto y La Segunda Venida de Jesucristo.
DEFINICIÓN DE CONCEPTOS
La Escatología o estudio de los Últimos Tiempos incluye:
- El Rapto o arrebatamiento (Mt. 24:37-42).
- El tribunal de Cristo (Ro. 14:10, 2 Co. 5:10).
- Las bodas del Cordero (Ap. 19:7-9).
- La Gran Tribulación (Mt. 24:29; Ap. 7:14).
- La Segunda Venida (Ap.19).
- El Milenio (Ap. 20:1-7).
- El juicio ante el gran trono blanco (Ap. 20:11-15).
- Satanás es lanzado al lago de fuego (Ap. 20:10, 9).
- Los Cielos Nuevos y Tierra Nueva o Estado Eterno (Ap. 21).
No obstante, por la amplitud del tema aquí trataremos únicamente El Rapto y lo relacionado al Reino Milenario de Cristo.
ARGUMENTACIÓN BÍBLICA
El rapto, pues, constituye la primera fase del regreso de Cristo; es el evento en que Jesús viene a por sus santos. En esta fase no todo ojo le verá pues ocurrirá en un abrir y cerrar de ojos, y vendrá como ladrón en la noche (1 Ts. 5:2; 2 P. 3:10; 1 Co. 15: 51-52). Jesús enseñó que su regreso será a la hora que no esperan, y que recogerá a los suyos. A esta traslación, indicada con la palabra griega “harpazo” se le traduce al castellano como el arrebatamiento, e igualmente en la escatología se le denomina el rapto (1 Ts. 4:14-18; Mt. 24:36-44). En ese tiempo Cristo viene y arrebata a su Iglesia, sin realmente poner los pies sobre la tierra.
Tres Eventos Después del Rapto: En el cielo, el Tribunal de Cristo y las Bodas del Cordero. En la tierra, la Gran Tribulación.
El tribunal de cristo ocurrirá inmediatamente después de la traslación de la Iglesia al cielo. Es el juicio de los creyentes, pero no es un juicio para condenación, ni para determinar lo que está bien o lo que está mal como pecaminoso, sino más bien para poner en claro lo que haya sido útil o inútil; para sacar a la luz las motivaciones, acciones, actitudes, mayordomía, y el manejo del sufrimiento en las obras de los creyentes, las cuales ameritarán ganar o perder premios. De hecho, una de las palabras para tribunal viene del griego, “κριτήριο” (criterion), y se puede traducir como un instrumento para medir o probar cualquier acción efectuada. También la palabra (βημα) “bema”, se refiere a una plataforma donde se hace juicio. Respecto a la palabra comparecer (2 Co. 5:10), tiene el significado de “poner de manifiesto” lo que hayamos hecho mientras estábamos en el cuerpo.
Aquí Cristo es el Juez, y las personas que serán juzgadas seremos los creyentes nacidos de nuevo. Creemos que, según Lucas 14:14 las recompensas están asociadas a la resurrección, pues esta es parte de la traslación (1 Ts. 4:13-17); así que los premios en este evento están íntimamente relacionados. Por lo tanto, entendemos que cuando Cristo vuelva a la tierra, en la segunda fase con sus santos, los integrantes de la Iglesia, la Esposa, ya habrán sido recompensados; además vemos en Apocalipsis 19:8 que se ponen de manifiesto las acciones justas de los santos, ya probadas. Así pues, nuestras Verdades Fundamentales, así como otros autores pentecostales, creen que el Tribunal de Cristo se efectuará en el período intermedio entre el rapto y la manifestación de Cristo a la tierra.
Las Bodas del Cordero
Ocurrirán en el Cielo, entre la traslación de la Iglesia y la Segunda Venida. El tiempo aoristo griego,”έχουν φθάσει”, traducido como: han llegado, que se refiere a la Segunda Venida, indica un acto terminado que nos muestra que las bodas ya han sido consumadas (Ap. 19:7-8). Los participantes de este celestial evento serán únicamente Cristo y su Esposa, la Iglesia.
La Gran Tribulación
Este es un período de siete años que se suscita después del rapto; es la semana septuagésima de Daniel 9:27. Esta época tiene relación directa con Israel y es el juicio de Dios por su larga apostasía e incredulidad respecto a Cristo. Se nos dice que en este período “todo Israel será salvo” (Ro. 11:25-26), pero entendemos que serán salvos los piadosos del Antiguo Testamento y los que sí lleguen a creer en Jesucristo durante la Tribulación. Evidentemente, la Tribulación afecta al mundo entero por su maldad y por su maltrato a los judíos. El último libro de la Biblia nos habla de 144.000 salvados de entre los judíos durante la Tribulación (Ap. 7:1-8; 14:1-5).
Aunque las Escrituras nos advierten sobre falsos cristos, pero éste es el tiempo cuando el verdadero Anticristo entra en acción como representante especial de Satanás. En Daniel 9:27 y 2 Tesalonicenses 2:3-10 se nos habla de este personaje y su actividad, quien por una semana ( siete de años) confirma el pacto con muchos, y a la mitad de la semana hace cesar el sacrificio y la ofrenda. Con esto vemos que permitirá nuevamente los sacrificios judíos, y se da por sentado que habrá un acuerdo entre los judíos y el Anticristo. El Anticristo será revelado como el “hombre de pecado”, y finalmente será sentenciado a la destrucción. Antes se habrá presentado a sí mismo como divino; y mediante señales y prodigios engañará a muchos, pero no podrá cumplir todos sus planes malvados hasta que algo que se lo impide sea quitado (2 Ts. 2:6-7). Aquí, el teólogo J. Dwight Pentecost opina que este algo será la Iglesia la cual es quitada en el Rapto. En esa época, después del Arrebatamiento y por tiempo limitado, operará una trinidad satánica: Satanás, el Anticristo y el Falso Profeta, quienes pondrán su marca sobre los que acaten su dominio, y llevarán a la muerte a los que no se sometan a ellos. Estos tres personajes nefastos al final del Milenio serán echados al lago de fuego (Ap.20:10).
El último período de la Gran Tribulación se caracterizará por una serie de juicios terribles:
Juicios en la Gran Tribulación
- Los Siete Sellos (Ap. 6:10, 16; Ap. 8:1). Cuatro jinetes: Conquista, guerra, hambre y muerte. El sexto representa la ira del Cordero.
- Las Siete Trompetas, son siete ángeles con trompetas descritas en Apocalipsis 8 y 9.
- Las Siete Copas, estos juicios son aún más severos que los anteriores (Ap. 16:1, 2, 3, 8-9,10, 18-21).
La Segunda Venida de Cristo. Este evento no es silencioso como el Rapto, pues todo ojo le verá, y los que le traspasaron; y todos los linajes de la tierra harán lamentación por Él (Ap. 1:7; 19:11-21). Este es el acontecimiento profetizado más antiguo (Jud. 1:14-15). Es el último mensaje dado por el ángel antes de que Jesús ascendiera al cielo (Hch. 1:10-11). Y también son las últimas palabras de la Biblia (Ap.22:20-21).
“El hecho de que los pasajes que hablan del Rapto indiquen que Cristo vendrá a llevarse a los creyentes para que estén con Él (1Ts. 4:17), mientras que otros pasajes hablan que los creyentes estarán con Él cuándo venga (Co. 3:4; Jud. 14), corroboran que es bíblicamente correcto reconocer dos fases de la Venida de Cristo. Además, el hecho que no estamos señalados para la ira nos lleva a creer que la Gran Tribulación tiene lugar entre estas dos fases de Su venida”.
El Milenio. Por Milenio se entiende el período en el que, después del segundo advenimiento de Cristo, Él establece su reino literal sobre la tierra por mil años. Y es el espacio de tiempo y condiciones en el que se dan cumplimiento algunas profecías del Antiguo Testamento, y otras del Reino de Dios que no se cumplieron completamente en la época de la Iglesia; El Milenio será la época en que se cumplirán profecías no realizadas durante la Tribulación, y que tampoco corresponden al “estado eterno” (Ap. 20:1- 3). El Milenio y la interpretación que hagamos de él, determina el entendimiento de los otros acontecimientos escatológicos, tal como estaremos comentándolo más adelante.
ARGUMENTACIÓN TEOLÓGICA
El Rapto
Las Asambleas de Dios, en base a su interpretación futurista, y a su hermenéutica gramático-histórica, es decir, no alegorizadora, se ubica en la postura denominada pre-mileniarismo moderno, que se diferencia del pre-mileniarismo histórico en el que se daba por entendido que la Iglesia pasaría la Gran Tribulación antes del Rapto. “La clave para estas diferencias es el enfoque a las Escrituras. Si tiendes a espiritualizar las Escrituras, terminarás con un punto de vista a-milenial o post-milenial. Si tiendes a aceptar las Escrituras por su significado normal y sencillo, tendrás un punto de vista pre-milenial”.
En base a su interpretación normal y sencilla de la Biblia, no alegorizadora, nuestra postura es pre-mileniarista en su forma moderna. Es decir que creemos que el Rapto ocurrirá antes de la Gran Tribulación, tal como lo hemos expuesto con anterioridad (1 Ts. 4:15-18).
El Milenio
A principios del siglo XXI el tema del Milenio está adquiriendo especial relevancia, y la postura teológica de las Asambleas de Dios reflejada en el punto 16 de sus Verdades Fundamentales es clara. Esta posición toma las profecías del Antiguo Testamento, las de Jesús, y las del Nuevo Testamento, no de manera simbólica sino literal en la medida de lo permitido por la hermenéutica correcta, siempre respetando, con buena exégesis el lenguaje figurado, la simbología, y los diversos géneros de los textos, por lo tanto, Las Asambleas de Dios creen, que espiritualmente estamos en el Reino de Dios o Reino de los Cielos, y que éste se establece en los corazones de los creyentes (Lc. 17:20-21), pero que la plenitud del Reino de Dios será cuando Cristo vuelva, precisamente durante el Milenio, y a establecerlo Él mismo (Ap. 19:11-21).
Otros Planteamientos Doctrinales y su Refutación
El Rapto
En relación con el Rapto y la Gran Tribulación existen otras dos posturas diferentes a lo que sostienen las Asambleas de Dios:
- El rapto meso-tribulación, enseña que el arrebatamiento ocurrirá a la mitad de la Tribulación, coincidiendo con la anulación del pacto que el anticristo quebrantará con los judíos (Dn.9:27). Si ubicáramos el arrebatamiento en esta época, posterior a la de la confirmación del pacto al principio de la semana 70 de Daniel, esto entraría en conflicto con la advertencia de Jesús: “el Hijo del Hombre vendrá a la hora que no pensáis” (Mt. 24:44).
- El rapto post-tribulación, aquí el rapto y la Segunda Venida de Cristo para destruir al anticristo, son considerados como un mismo evento. Tal como hemos dicho esta es la postura del pre-mileniarismo histórico, en el que se da, o se daba por sentado que los cristianos pasaran por la Gran Tribulación, pero esta perspectiva entra en conflicto directo con la promesa de que los creyentes no están puestos para sufrir la ira de Dios, sino para alcanzar salvación (1 Ts. 5:9). Debemos decir, además, que existen otras variaciones menores, como el arrebatamiento parcial, arrebatamientos múltiples en diferentes momentos, y el arrebatamiento pre-ira durante la semana 70 de Daniel.
El Milenio
En el estudio de los últimos tiempos, existen tres posturas básicas en relación a estos mil años de Apocalipsis 20, y que condicionan la interpretación de los eventos adjuntos, tales como el Arrebatamiento, el Tribunal de Cristo, las Bodas del Cordero, la Segunda Venida de Jesús y el Reino de los Cielos. Ya hemos mencionado nuestra perspectiva escatológica del Milenio. Pero veamos las otras dos posturas:
- La a-milenarista, que enseña que en realidad no habrá un período de mil años de forma literal, lo cual sostiene la Iglesia católica en base a los conceptos de San Agustín y expresada en el Concilio de Éfeso en el 431 d.C. Los católico-romanos más que enseñar que hoy existe un milenio dan a éste un significado simbólico para el actual tiempo de la Iglesia. Para ellos no existe el Rapto, la Gran Tribulación, un milenio terrenal futuro, ni eternidad en la nueva tierra, para ellos la época actual de la Iglesia es el reino de los cielos, en el que ellos ostentan el mando de manera exclusiva mediante el liderazgo papal; así que, tras el futuro regreso de Cristo en el que sí creen, después vendrá el juicio final, para luego dar paso al período eterno del Cielo.
- La post-milenarista, trata el milenio como una extensión de la era de la Iglesia, enseñan que ahora estamos en la época total del reino de Dios, y que debemos usar el poder que Dios nos da, para someter los reinos del mundo, asumiendo que por el poder del evangelio el mundo entero será ganado para Cristo. Ellos interpretan el arrebatamiento alegóricamente como un arrebato espiritual o emocional de poder. Dan a entender que Cristo, cuando vuelva, más que establecer su reino, éste le será entregado por una iglesia que irá de poder en poder, liderada por los apóstoles y profetas de esta época. La Teología del Reino, o del Reino Ahora, que incluye la llamada súper-fe, y otras ramas semejantes, se sitúan en ésta escuela de interpretación; ellos enseñan que debemos usar el poder de Dios para someter a los reinos del mundo como una iglesia “vencedora”. Que Cristo regresara a un mundo donde la iglesia se habrá hecho con el dominio de todo el marco social.
Es interesante que esta posición doctrinal ya fue rechazada teológicamente, tal como leemos en el libro “Eventos del Porvenir”:
“El post-mileniarismo ya no es un problema en la Teología. La segunda guerra mundial le mató. Su colapso puede atribuirse a su inherente debilidad teológica ya que basado en el principio de espiritualizar en su interpretación, no le daba coherencia alguna....la nueva tendencia hacia el realismo de la Teología y la Filosofía se ve en la neo-ortodoxia, la cual admite que el hombre es pecador, y que no puede producir la nueva era prevista por el post-mileniarismo...No encuentra defensores ni partidarios en las presentes discusiones del milenio dentro del mundo teológico”.
Lo sorprendente es que pese a eso, esta postura post-mileniarista ha tomado un gran empuje en las filas del neo-pentecostalismo en la forma de Dominianismo, Reino Ahora o Teología Consumada, que no son exactamente lo mismo, pero que tienen en común la perspectiva post-mileniarista.
Algunos observadores opinan que la razón de su empuje es el llamado nuevo modelo de pensamiento junto con el pensamiento positivo, es decir el punto de vista del post-modernismo, el cual no es realmente teológico sino filosófico, con énfasis antropocéntrico y pragmático.
Respecto al Rapto debemos decir que la mayoría de las denominaciones evangélicas tradicionales esperan que éste ocurra antes de la Gran Tribulación, es decir que son pre-tribulacionistas.
Y en cuanto al Milenio igualmente, hay diferencias escatológicas menores, pero tradicionalmente los evangélicos mayoritariamente son pre-mileniaristas.
Se puede observar, por lo tanto, que entre el catolicismo romano y las corrientes del Reino Ahora existe bastante semejanza escatológica, debido a su alegorización de las Escrituras, por lo que es de esperarse entre ellos alguna forma de ecumenismo sincretista por vía del Movimiento Carismático.
APLICACIÓN
Las Asambleas de Dios como parte de la Iglesia, la Esposa de Cristo, tienen la expectativa de la esperanza bienaventurada. Están conscientes del Tribunal de Cristo donde seremos evaluados los creyentes. Creemos que no hemos sido puestos para la ira de Dios y que seremos arrebatados en el aire antes de la Tribulación, para más tarde volver en la manifestación de Cristo para reinar con Él en la tierra por mil años. Esta es la interpretación normal y sencilla en nuestra Escatología bíblica.
Según hemos visto, algunas de las razones por las cuales existe tal variedad de puntos de vista sobre los últimos tiempos, estriba en:
- La metodología de la hermenéutica utilizada, sí tiende a utilizar la Biblia de manera más literal, o más simbólica.
- Por la forma de interpretar el Apocalipsis como un todo y sin hacer una exégesis completa.
- Por factores metodológicos relacionados con la historia de la Iglesia que inciden, tales como los puntos de vista historicistas, preteristas, idealistas, futuristas. Y últimamente por influencia de ideas post-modernistas en general.
No cabe duda que sería hermoso que en el futuro inmediato la Iglesia fuera socialmente de poder en poder. Que hubiera un gran avivamiento mundial, y que las naciones se rindieran a Cristo antes de que el Señor regrese. Pero las señales que Jesús indicó como previas a su retorno son claras y más bien indican que: vendrán falsos profetas y falsos maestros que engañarán a muchos, la maldad aumentará, el amor de muchos se enfriará. Será predicado el evangelio en todo el mundo y entonces vendrá el fin (2 Ti. 3:1-5; 1 Ti. 4:1-3; 2 P. 3:3,17; y Mt. 24:3,8-14).
ARTÍCULO 12. La Resurrección de los Muertos
Prince Maurice Parker
DECLARACIÓN DE FE
“Creemos en la resurrección de los muertos y el juicio final, unos para vida eterna, otros para condenación eterna”.
Conceptos Claves: Resurrección, Resucitar de los Muertos, Juicio Eterno y Cuerpo Glorificado.
DEFINICIÓN DE CONCEPTOS
Resurección. La palabra “resurrección” es tomada de la palabra griega, “ἀνάστασις”, es decir, “anastasis”, y significa, “Levantamiento, ponerse de pie nuevamente, resucitar de los muertos, físicamente volver a la vida, recuperación”. Proviene de la palabra “ἄνθραξ”, o sea, “anthrax”, que tiene la implicación de un tizón o un pedazo de carbón ardiente. El concepto que inspira la palabra “anastasis” proviene de una cultura y mentalidad que se trataba cotidianamente con fogatas. El Apóstol Pablo ocupó el concepto de “anthrax” en 2 Timoteo 1:6: “Por lo cual te recuerdo que avives el fuego del don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos”.
Resucitar de los Muertos. La palabra griega, “Resucitar” (resucitará), es la palabra egeirō (ἐγείρω) que significa, Levantar, resucitar, despertar, ponerse de pie, despertar a los que duermen; una metáfora de los muertos.
El Juicio Eterno. Habrá un juicio final para los que han muerto sin arrepentirse de sus pecados. Todo aquél que no fue hallado escrito en el libro de la vida fue lanzado en el lago de fuego juntamente con el diablo y sus ángeles, la bestia y el falso profeta. Serán consignados a un castigo eterno en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda. (Mt. 25:46; Mr. 9:43-48; Ap. 19:20; 20:11-15; 21:8).
El Cuerpo Glorificado, es el nuevo cuerpo inmortal y eterno que Dios dará a los resucitados en el día final. Este cuerpo será semejante en sus atributos al cuerpo de nuestro Señor Jesucristo después de Su resurrección.
ARGUMENTACIÓN BÍBLICA Y TEOLÓGICA
La resurrección del cuerpo es una doctrina indefectiblemente esencial para la confesión de la fe cristiana (1 Co. 15:13-18, 32). Así que, con estas palabras, el Apóstol afirma que la fe cristiana no puede existir sin esta doctrina. Martín Lutero dijo que la justificación por la fe era el “articulus stantis et cadentis ecclesiae” (el artículo con que la iglesia se sostiene o se cae). No obstante, podemos decir de la misma manera, que la resurrección de Cristo es equivalentemente imprescindible.
La Resurrección de los Muertos en el Antiguo Testamento
El Libro de Job. La resurrección no es un concepto únicamente neo-testamentario. Ya en el libro de Job, el texto más primitivo del Antiguo Testamento,da testimonio de la resurección de los muertos (Job 14:10-15).
Él sabía que el final de todo, después de la destrucción, el Señor le llamaría para despertar del polvo de la tierra. Posteriormente, Job afirma con aún más certeza su esperanza en la resurrección (Job 19:24-27).
Judas versículo 14 cita algo escrito por el primer profeta del registro bíblico, Enoc, hablando de la Segunda Venida de Cristo y el fin del mundo. Dice, “De éstos también profetizó Enoc, en la séptima generación desde Adán, diciendo: He aquí, el Señor vino con muchos millares de sus santos,” (Jud. 1:14 ). Podemos entender que tenemos esta cita de los escritos del vidente porque Noé y sus hijos, siendo antediluvianos, trajeron los escritos de su tatarabuelo (y tras-tatarabuelo), con ellos en el arca.
Esto nos presta a entender que entendían y creían en la resurrección de los muertos aún antes del Diluvio, porque 1 Pedro 3:18-20 dice: “... porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu; en el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados; los que en otro tiempo desobedecieron, cuando una vez esperaba la ciencia de Dios en los días de Noé, mientras se preparaba el arca en la cual pocas personas, es decir, ocho, fueron salvadas por agua.” Es decir, que Cristo fue y predicó a estos antediluvianos muertos, que Job llamaba “cautivos” en Job 3:18, para anunciar Su venida y la esperanza de la resurrección de los muertos.
En la tipología de Abraham e Isaac en Génesis. En Génesis 22:1-14, cuando Dios habló a Abraham, seguramente tuvo que contemplar pro- fundamente cómo iba a responder a esta exigencia de su Señor. El viaje a la tierra de Moriah duró tres días, de manera que en la mente y corazón de Abraham, Isaac estaba muerto. Abraham estaba plenamente de- terminado a obedecer con la plena confianza de que Dios le iba resucitar de los muertos (He. 11:17-19).
El Libro de Éxodo. Al refutar la incredulidad de los saduceos, que explícitamente no creían en la resurrección de los muertos, Cristo citó Éxodo 3:6, 15-16 diciendo: “Pero en cuanto a que los muertos han de resucitar, aún Moisés lo enseñó en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor, Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob. Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para Él todos viven” (Lc. 20:37-38).
Conforme la hermenéutica ortodoxa judaica, esta interpretación y aplicación de las Escrituras era tan contundente que sus contradictores quedaron atónitos de tal manera que se quedaron completamente estupefacto y sin poder contestar ni una sola palabra.
Salmos. Los Apóstoles vieron la promesa profética de la resurrección de los muertos en Salmos 16:8-11 recalcando el versículo 10. “... porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu Santo vea corrupción” (Sal. 16:10). En el día de Pentecostés, Pedro predicó su primer sermón lleno del Espíritu Santo, quien le dio este Salmo y su intachable aplicación (Hch. 2:23-32).
La Biblia nos confirma numerosas veces del poder absoluto del sepulcro. A causa de la caída del hombre en el pecado, la muerte se ha apoderado con una autoridad ineludible sobre todo ser humano. Sin Cristo, no hay otro destino eterno. La autoridad de la muerte era tan total que, en el Nuevo Testamento, los saduceos no abrazaban la esperanza de la resurrección o la vida después de la muerte. Con todo, Salmos 49:15 nos da otra profecía de la bendita esperanza de la resurrección de los muertos para el creyente (Sal. 49:15).
Tanta autoridad desalmada ejercitaba la muerte sobre el hombre que, en su arrogancia, se olvidó que es un enemigo de Dios que Él la había destinado a su propia destrucción (Ap. 20:14). Algunos exégetas creen que las primeras cuatro frases de Oseas 13:14 son interrogantes, como se presenta en La Biblia de Las Américas. No obstante, la mayoría cree que son declaraciones de la plena intención de la venganza de Dios sobre nuestro enemigo feroz y devorador cuando dijo: “De la mano del Seol los redimiré, los libraré de la muerte. Oh muerte, yo seré tu muerte; y seré tu destrucción, oh Seol; la compasión será escondida de mi vista” (Os. 13:14). El Apóstol Pablo da eco es a ésta proclamación de nuestra victoria sobre la muerte por medio de nuestro Señor Jesucristo (1 Co. 15:55-56).
El Libro de Daniel. El Dr. Gonzalo Aranda Pérez se refiere al libro del Profeta Daniel como el Apocalipsis del Antiguo Testamento, en que la mayor parte es profecía escatológica que compara en estilo y contenido el con su contraparte del Nuevo Testamento. Tal como el libro de Apocalipsis, Daniel, también hace una referencia muy fuerte a la Resurrección de los Muertos y el Juicio Final en el último día (Dn. 12:2-3).
La Resurrección de los Muertos en el Nuevo Testamento
El Nuevo Testamento nunca menciona la muerte de Cristo sin mencionar su resurrección juntamente en el contexto del discurso. El capítulo 15 de 1 Corintios es la obra maestra del tema de la resurrección y aclara que la resurrección de Jesucristo es la evidencia de que Dios, también resucitará a los que creen en Él. Los que dicen que creen en Él, indefectiblemente tienen que creer en su resurrección, porque creer que Dios levantó a Cristo de los muertos es una parte vital de la definición de lo que es, creer en Él.
Resurrección viene de la palabra griega “anastasis” (ἀνάστασις), y sin contar sus variaciones y otros términos en referencia a la resurrección, aparece 40 veces en el Nuevo Testamento (Mt. 22:23, 28, 30, 31; 27:53; Mr. 12:18, 23; Lc. 14:14; 20:27, 33, 35, 36; Jn. 11:24, 25; Hch. 1:22 - 2:31; 4:2, 33; 17:18, 32; 23:6,8; 24:15, 21; Ro. 1:4; 6:5; 1 Co. 15:12, 13, 21, 29, 42; Fil. 3:10, 11; 2 Ti. 2:18; He. 6:2; 11:35; 1 P. 1:3; 3:21; Ap. 20:5, 6).
Dos Resurrecciones
Tal como ha sido mencionado en Daniel 12:2-3 de forma casi introductoria, el Nuevo Testamento habla con más nitidez sobre dos resurrecciones con fines y propósitos distintos. Cristo mismo dijo en Juan 5:25-29: “De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán. Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo; y también le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre. No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación”. El Apóstol Juan también escribió de lo mismo en Apocalipsis 20:5-6 . Así que, con lo que la Biblia dice de una Segunda Muerte para los que serán dejados para Segunda Resurrección, se puede decir que, podemos escoger nacer solamente una vez y morir dos veces; o podemos nacer dos veces, y morir solamente una vez.
Nuevos Cuerpos en la Resurrección
El Nuevo Testamento nos dice que en la Segunda Venida de Cristo, seremos transformados y seremos como Él (1 Jn. 3:2). Pablo dice que nuestros cuerpos serán transformados al sonar de la trompeta final (1 Co. 15:51 - 52). Al contemplar estas verdades, nos surge la pregunta de ¿cómo serán nuestros cuerpos resucitados? Hay dos maneras para resolver ésta incógnita:
- Estudiar las Escrituras que hablan de cuerpo resucitado de Jesucristo.
- Estudiar lo que escribió el Apóstol Pablo sobre el tema.
El Cristo Resucitado
Después de su resurrección, todos los discípulos le reconocieron. No obstante, en Lucas 24:16, los ojos de los dos discípulos estaba velados para no reconocerle. Cristo tuvo carne y huesos, y podría manifestar algunas marcas de la crucifixión (v. 39). Le podrían tocar, y Él podría comer. Con todo, Él podría aparecer milagrosamente en un cuarto herméticamente cerrado sin entrar por la puerta o ventana, o subir al cielo como si la fuerza de la gravedad fuera cancelada (Jn. 20:19- 20; Hch. 1:9). Claramente, Él tenía un cuerpo, pero este cuerpo estaba transformado y era superior a nuestros vasos de barro actuales.
Cuerpos Espirituales
Pablo compara esta metamorfosis de nuestros cuerpos a una semilla. Un manzano no es nada semejante a una semilla de manzana, pero es una continuidad física de dicha simiente. Nuestra transformación involucrará cambios aún más dramáticos porque tendremos lo que la Biblia llama, un cuerpo espiritual (1 Co. 15:44). Pablo está hablando de un cuerpo distinto del que actualmente tenemos. En el versículo 44, cuando dice que tenemos cuerpos naturales, él emplea la palabra griega “suchikos”, que es la forma adjetiva de la palabra “suche”, o sea, alma. Él no se refiere a un cuerpo hecho de un alma, sino un cuerpo caracterizado y dominado por el alma. De la misma manera, cuando habla de un cuerpo espiritual, ocupa la palabra, “neumáticos”, la forma adjetiva de la palabra “neuma”, o sea, espíritu. Está hablando de un cuerpo caracterizado y gobernado por el espíritu, posiblemente de la misma manera que el mencionado en Gálatas 6:1, solamente que aumentado hasta la perfección.
La Resurrección en la Historia de la Iglesia
A través de toda la historia de la Iglesia, una cosa ha sido constante de todas las agrupaciones de la fe cristiana ortodoxa; la confesión de la esperanza en la resurrección de los muertos.
Desde la conclusión del canon del Nuevo Testamento en el final del primer siglo hasta el día de hoy, los creyentes han manifestado su fe en esta promesa de las Escrituras, dejando, testimonios escritos de dicha confirmación.
Juntamente con testimonios de personajes individuales, ha habido varios notables credos y confesiones de fe históricos escritos como una forma de la identificación de la fe cristiana. Esto afirma enérgicamente lo constante que ha sido, a través de la historia de la iglesia, la confesión de fe en la verdad bíblica de la resurrección de los muertos y el Juicio Eterno. Entre estas confesiones están: “El Credo de los Apóstoles”, “El Credo de Nicea”, La Confesiones de Augsburgo, y La Confesión de Fe de Westminster, y otras.
Generalmente, las pautas transcendentales de estas confesiones de fe son aceptados por todos los protestantes ortodoxos, y que en principio exceptuando algunos asuntos menores están de acuerdo con la “Declaración de Verdades Fundamentales” de Las Asambleas de Dios, en que resaltan lo indispensable de la doctrina de la resurrección de los muertos para la fe cristiana, juntamente con otras verdades bíblicas.
La Piedra Angular de Nuestra Fe
La doctrina de la resurrección de los muertos es una de las confesiones de fe que más determina nuestra verdadera fe en Jesucristo, y por ende, nuestra salvación y motivo de ser. El Apóstol Pablo remarcó la indiscutible importancia de esta declaración de fe (1 Co. 15:14-17). Romanos 1:4 nos informa que la resurrección de Jesucristo de entre los muertos es lo que le declaró a Él, como el Hijo de Dios (Ro. 1:4). En el libro de los Hechos de los Apóstoles, podemos ver que el enfoque principal de la predicación de los Apóstoles a los no creyentes, tanto judíos como gentiles, era la resurrección de Jesucristo de los muertos para traer a la gente a la fe en Cristo.
APLICACIÓN
Se percibe la importancia de este discurso en numerosos áreas de aplicación. A través de este resumido discurso, podemos ver claramente que ninguno de los pasajes da indicación de alguna promesa de rehabilitación o restauración una vez que el juicio final ha sido pronunciado. Ningún agente de santificación es revelado en conexión con los tormentos del Lago de Fuego. El fuego del infierno es punitivo y no purificador. En aquél gran y terrible día, el pecador se encontrará en un lugar semejante, pero peor, que la situación en que se encontró Esaú.
El autor de Hebreos ilustra la comparación de estas situaciones al decir: “no sea que haya algún fornicario, o profano, como Esaú, que por una sola comida vendió su primogenitura. Porque ya sabéis que aun después, deseando heredar la bendición, fue desechado, y no hubo oportunidad para el arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas” (He. 12:16-17).
No habrá una segunda oportunidad después de la muerte. También declara tajantemente que, “Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio,” (He. 9:27). Al contemplar esto, la Iglesia debe ser conmovida para proclamar el mensaje de, “He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación.” (2 Co. 6:2).
¡Jesucristo es el primero que ha resucitado de los muertos, y nosotros le seguiremos porque, también, seremos resucitados! (Col. 1:18 y Ap.1:5).
El Dr. Juan Stam dice, en esencia, que el título cristológico de “primogénito de entre los muertos” lleva una sorprendente contradicción implícita. “Primogénito” dice nacimiento; nos lleva mentalmente a la sala de partos. Sin embargo, “muertos” dice lo contrario; la defunción nos lleva al tanatorio. Parece paradójico que la verdadera vida nacería de la muerte. No obstante, así es, porque Cristo ha resucitado de los muertos. Así que, en un sentido, y con un poco de humor, podemos decir que para el creyente, Cristo cambió el lecho de la muerte en sala de parto. Nuestra vida y nuestra resurrección nacen de la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo.
ARTÍCULO 13. El Matrimonio
Xesús Miguel Vilas Brandón
DECLARACIÓN DE FE
“Creemos que el matrimonio fue instituido por Dios y confirmado por Cristo, como la unión entre un hombre y una mujer, nacidos como tales”.
Conceptos Clave: Matrimonio, Hombre y Mujer.
DEFINICIÓN DE CONCEPTOS
Matrimonio. El Diccionario de la Real Academia Española (DRAE en adelante) define el matrimonio, en su primera y principal acepción como: “Unión de hombre y mujer, concertada mediante ciertos ritos o formalidades legales, para establecer y mantener una comunidad de vida e intereses”. En una acepción, añadida con posterioridad, también se define como: “En determinadas legislaciones, unión de dos personas del mismo sexo, concertada mediante ciertos ritos o formalidades legales, para establecer y mantener una comunidad de vida e intereses”. Esta última acepción es especialmente importante, pues nuestra legislación es una de las que reconocen este segundo uso de la palabra matrimonio.
Hombre. DRAE: “varón (‖ persona del sexo masculino)”
Mujer. DRAE: “Persona del sexo femenino”.
ARGUMENTACIÓN BÍBLICA
La Biblia es clara al definir la realidad de la identidad sexual del ser humano; y lo hace desde el principio mismo de la revelación. En el capítulo 1 de Génesis nos transmite, inmerso en relato general de la creación, el momento en el que Dios decide crear a la raza humana; lo hace con estas palabras: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Gn. 1:27). En este versículo se define claramente: El hombre como un ser creado. Esto supone que el hombre no es producto del azar, o del “devenir de las cosas”; sino que hay una intervención divina directa en la existencia del ser humano, y por lo tanto en lo que este es. Que el “modelo” para lo que el ser humano es, al menos en su creación original y previa a la caída, es el propio Dios, que crea al hombre a su imagen. Que desde el principio ha existido una clara diferenciación de sexos en la humanidad: varón y hembra, sexo masculino y sexo femenino, claramente diferenciados, creados como tales fruto de una acción volitiva de Dios; y además, a tenor del versículo siguiente (v. 27) complementarios necesariamente a la hora de “fructificar” y “multiplicarse”.
Si seguimos avanzando en el texto Bíblico encontraremos un nuevo relato de la creación: Génesis 2. Todo este capítulo es un relato más pormenorizado de lo que Génesis 1:27 nos dice. Son de especial interés dos versículos: Génesis 2:18 “Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él”, y Génesis 1:24 “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne”. Atendiendo a la revelación de estos dos versículos es que podemos afirmar:
La situación escogida por Dios para el hombre es la vida en pareja. Esto no quiere decir que el ser humano, en determinadas circunstancias, no pueda tener una vida plena y satisfactoria en soltería, pero si es cierto que desde el principio, Dios diseñó al ser humano para alcanzar su plenitud en pareja.
El matrimonio es la unión de un hombre y una mujer. La Palabra es clara y específica: el hombre deja otras relaciones naturales (padre y madre) para unirse a una mujer, y ambos desarrollan una relación de intimidad tan profunda que esta se expresa diciendo: “serán una sola carne”.
La unión resultante es profunda. La expresión “una sola carne” nos habla de una unión que va más allá de lo meramente formal o contractual. Expresa asimismo una unión física profunda que se relaciona con la practica del sexo y que en diversos lugares de la palabra se expresa a través del verbo “conocer”.
Es bíblicamente correcto decir, a la luz de la revelación bíblica, que el matrimonio, como unión entre un hombre y una mujer, es la institución diseñada por Dios para el ser humano, y que esta unión enriquece la vida de ambas partes que se complementan.
A lo largo de todo el Antiguo Testamento vemos la mano de Dios, de diferentes maneras, avalando, apoyando y ordenando la institución matrimonial, por ejemplo:
- Dando descendencia de forma milagrosa, dentro del matrimonio, a su siervo Abraham.
- Dirigiendo y ayudando a siervo de Abraham cuando debe escoger esposa para su hijo Isaac.
- Ordenando el matrimonio para su pueblo una vez entra en la tierra prometida, de forma que no se mezcle con los pueblos que ya poblaban la tierra.
En el Nuevo Testamento, el matrimonio es abordado desde diferente aspectos:
- Reconociéndolo como una institución digna de apoyo. Juan 2:1-11 nos muestra a Jesús honrando con su presencia una ceremonia nupcial, y apoyándola de forma milagrosa, a petición de su madre, cuando la fiesta de bodas se encuentra en apuros.
- Defendiendo la indisolubilidad de la unión matrimonial y su institución divina (Mt. 19:1-12, Mr. 10:1-11.) Es de nuevo Jesús el que, usando los versículos arriba mencionados de Génesis, avala y confirma la realidad del matrimonio como una unión diseñada y refrendada por el propio Dios y con un carácter indisoluble (salvo en caso de fornicación). Llama poderosamente la atención el hecho de que los propios discípulos son sorprendidos por este carácter del matrimonio, considerándolo ya entonces demasiado exigente, lo que les lleva a exclamar: “si esta es la condición del hombre con su mujer, no conviene casarse”.
- Enseñando la esencia e importancia de la institución matrimonial entre las iglesias gentiles de nueva creación. 1a Corintios 7, es Pablo el que usando como base las palabras del Señor Jesús, enseña sobre el matrimonio y su condición de unión permanente entre el hombre y la mujer. Destaca el versículo 9 “pero si no tienen don de continencia, cásense, pues mejor es casarse que estarse quemando”, aunque Pablo era un firme partidario de la soltería (para dedicarse a la predicación del evangelio sin distracciones de ningún tipo) manifiesta que el matrimonio es el lugar indicado para la satisfacción de sus necesidades (afectivas, sexuales, emocionales) del ser humano, que de no satisfacerse conducen a este a quemarse, o sea, a deslizarse de lo correcto en pos de lo incorrecto.
Usado como una imagen de la relación de la Iglesia y Cristo (Ef. 5:31-32). Pablo usa aquí la perfecta unión entre los cónyuges, dentro del matrimonio, para ejemplificar la unión entre los creyentes y Cristo, para ello enfatiza: la unión perfecta, hasta ser “una sola carne” de los cónyuges, y el hecho de que esta unión es indisolublemente permanente.
Podemos resumir que, de acuerdo con la revelación bíblica, las Asambleas de Dios de España creemos que el matrimonio es la unión de un hombre y una mujer, en la que ambos encuentran el complemento ideal, para desarrollarse de forma plena en todos los aspectos de su ser, hasta formar una unidad singular, que solo puede definirse como “una sola carne”. Unión que se da ante Dios, siendo por su voluntad indisoluble (salvo en caso de adulterio y esto considerado como un “concesión” por la dureza del corazón del hombre), y la condición perfecta en la que ambos cónyuges pueden desarrollar todo su potencial como criaturas de Dios.
ARGUMENTACIÓN TEOLÓGICA
Debemos partir de la base de que el ser humano, en su creación original era un fiel reflejo de la imagen de Dios, perfecto en todas sus facetas, libre de pecado, falla o tacha, no en vano la palabra dice en Génesis 1:31 que observando al ser que acababa de crear, al hombre (varón y hembra) vio que era “bueno”; en el original hebreo (byvu) “bueno; favorable; festivo; agradable; encantador; bien; bueno; mejor; correcto”, y aunque esta expresión se usa cada día de la creación, en el momento de la creación del hombre es el único momento en que se enfatiza diciendo “bueno en gran manera”. Así se nos presenta el ser humano como hombre y mujer, perfectos receptores de la imagen del Dios que los creó, sin pecado ante Él, en el momento en que Dios instituye la vida en pareja, el matrimonio.
Esta humanidad perfecta, libre de todo pecado, no guardó esta condición de forma permanente, sino que pecó, comiendo el fruto del árbol prohibido, lo que provocó la caída del ser humano, desde esa perfección inicial, a la de un ser que conoce y está sujeto a pasiones y deseos que son contrarios a la voluntad del Dios que lo creó.
El decaer de la humanidad desde ese momento afectaría no sólo a su longevidad y a su relación con Dios, sino también a la forma que toman las relaciones emocionales y sexuales entre los seres humanos y por lo tanto al matrimonio como institución en la que estas se dan de forma correcta.
El pecado afecta a todas las áreas de la existencia del ser humano y, la naturaleza sexuada no es una excepción. No se trata, desde luego, que la relación sexual sea pecaminosa en si misma, sino mas bien de que, en ocasiones, el mal uso del sexo es expresión de la naturaleza caída y pecaminosa del ser humano. Dios crea al hombre y a la mujer como seres con deseos sexuales, y le aporta el medio de expresar y satisfacer ese deseo: el matrimonio, en el que hombre y mujer llegan a ser una sola carne. El pecado provoca que este ámbito de expresión de la sexualidad resulte insuficiente o insatisfactorio para la humanidad caída, que busca y encuentra otros medios de satisfacer sus deseos pecaminosos. El adulterio, la ruptura de la exclusividad sexual que supone el matrimonio es uno de los medios que el ser humano usa para satisfacer esos deseos incorrectos, y Dios no duda en condenarlo en el Decálogo, Éxodo 20:14.
El matrimonio es el único medio para la expresión y el disfrute en la esfera de la sexualidad, siempre en el marco relacional del hombre y la mujer. Y el matrimonio sólo es tal solamente cuando se da entre un hombre y una mujer; de otra forma, la condena sin paliativos de las relaciones sexuales entre personas de mismo sexo, debería haber especificado el hecho de que estas estuviesen o no casadas. Pero la realidad es que tal posibilidad ni siquiera puede intuirse en las Sagradas Escrituras. La evidencia es, en este sentido, clara e inequívoca: el matrimonio es la unión de un hombre y una mujer, unidos en exclusividad sexual y emocional.
Es interesante hacer notar que el matrimonio, por ser instituido antes de la caída del ser humano en pecado y formar parte del diseño original de Dios para el ser humano todavía perfecto, conserva, en buena medida, las bondades de la creación original de Dios; de ahí que pueda ser usado como modelo o ejemplo de la relación que hay entre la iglesia y su cabeza, Cristo. Podemos decir que el matrimonio, cuando los cónyuges siguen los parámetros divinos, acerca al hombre y a la mujer a lo que fueron en su momento, antes de la caída, una sola carne que obedece y agrada a Dios.
Otras posiciones Teológicas y su Refutación
La Relación Homosexual. Algunas iglesias y denominaciones evangélicas han considerado el incluir en su posición doctrinal la posibilidad del matrimonio entre personas del mismo género. Algunas de estas iglesias se muestra favorables a considerar la unión de parejas homosexuales, “bendiciendo” tal unión, y “liberando” a las practicas homosexuales de su carga condenatoria.
Casi todos los autores y entidades que defienden esta postura, se basan en que el contexto de las citas bíblicas condenatorias está relacionado con el culto idolátrico. El profesor Juan Sánchez Núñez, es un buen ejemplo de esta postura; dice: “La Biblia sólo habla, y lo hace en muy pocas ocasiones, de una serie de “actos homosexuales” realizados, o bien en un contexto de culto idolátrico a la fertilidad, o bien en un contexto de violencia y abuso sexual” y también “Por lo tanto, es obvio que la Biblia no sabe nada de actos homosexuales que son expresión del amor y de la fidelidad de dos personas homosexuales”. De esta forma la homosexualidad sólo seria pecado cuando se vincula a un acto idolátrico, una violación o un adulterio.
Esta posición suele ir vinculada al argumento que afirma que, seria cruel y contrario al espíritu de un Dios de amor, condenar a una persona a negar unos deseos y una tendencia que nunca escogió, si no que le fueron dados.
El pecado es pecado, sea cual sea el contexto en que este se dé; así el adulterio es pecado independientemente del amor que sientan entre sí los adúlteros; y es pecado aunque practiquen su adulterio para honrar a Diana o para honrar a quien quiera que se pretenda. El pecado es romper la voluntad de Dios, se haga con la coartada que se haga. Cierto que el contexto que rodea a algunos actos homosexuales podría vincularse al contexto idolátrico, pero también es cierto que Levítico 18:22 o Levítico 20:13 condenan la práctica homosexual dentro de un contexto de condena de practicas sexuales ilícitas, de forma conjunta al adulterio o a la falta de decoro. Si las referencias que se toman son Neo testamentarias, encontramos más de lo mismo, como por ejemplo en Romanos 1:26-27 o 1 de Corintios 6:9-10, y en estos casos seria un verdadero ejercicio de equilibrio intentar vincular homosexualidad e idolatría, mas de lo que se podría relacionar, por poner un caso, la borrachera con el culto idolátrico.
La práctica homosexual está claramente condenada por las Escrituras, por muy políticamente incorrecto que a alguien se le pueda antojar; pero en cualquier caso, y aunque así no fuera, el matrimonio sigue ligado a la unión de un hombre y una mujer, como hemos podido ver más arriba.
Por otra parte, pretender que lo importante para una unión matrimonial es el compromiso de fidelidad o el amor que une a los contrayentes, mas que su género; es una posición en apariencia bondadosa, pero que encierra un profundo engaño. La fidelidad prometida, o el amor que se siente, no aligera la condena de un pecado sea cual sea este. Lo malo es malo aún cuando se haga con las mejores intenciones; quien rinde culto a un ídolo, aun queriendo rendírselo a Dios, no es menos culpable de idolatría, de adorar a fin de cuentas a un ídolo y no al Dios verdadero.
Dios es el autor de las Sagradas Escrituras, que inspiró a través del Espíritu Santo a los autores; decir que la Biblia “no sabe nada de...” es limitar la omnisciencia de Dios, que conoce el mañana de igual forma que conoce el ayer. Dios sabía, cuando inspiraba a los escritores de la Sagrada Escritura, lo que estaba por venir; como sin duda conocía también la fuerza del “Lobby Gay” en nuestros tiempos; por eso la condena de las practicas homosexuales es tan contundente y inequívoca, por incómodo que esto pueda resultar a algunos.
El Matrimonio con Transexuales. Otro aspecto de controversia del matrimonio tiene su origen es la posibilidad del “transgénero”, o sea la posibilidad de que una persona nacida con un género determinado pueda, a través de un proceso que suele combinar el uso de terapia hormonal y cirugía, cambiar su género para que coincida con el que el individuo siente como propio, y que no es el que tuvo en el momento de su nacimiento.
La ley permite que tras terminar su proceso de cambio de género, ser considerados legalmente como personas del sexo que han adquirido a través del proceso antes explicado. Algunos sostienen que un Transexual que ha completado su proceso de “transgénero” completo, física y documentalmente, podría contraer matrimonio con una persona que tiene un género diferente al del transexual tras su transformación.
Afirmamos que en el principio Dios creó al ser humano como hombre o mujer. Es cierto que pueden darse ciertos trastornos de la personalidad, o ciertas patologías o alteraciones genéticas donde no coincide el género genético con el género corporal, que lleven a una persona a que sus sentimientos y emociones más profundos no se correspondan con el género de su cuerpo. Esto no es sino una manifestación más de la naturaleza caída del ser humano, que afecta a todas las áreas del mismo. La solución no está en cambiar el cuerpo para que se adapte a la mente; sino en transformar nuestra mente para que se adapte a los principios y propósitos de Dios. Cambiar el cuerpo sólo lleva al empecinamiento en el error, mientras que adecuar nuestra mente a la de Cristo, llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a este, llevará a la persona al camino de la sanidad física, mental y espiritual. Por otro lado, la persona transexual, se convierte en alguien que ha cambiado su aspecto, pero no su esencia, sigue teniendo genéticamente el mismo género con el que nació, pero su aspecto es diferente.
Nuestra declaración de fe incluye la expresión “nacidos como tales” para preservar la realidad del matrimonio; una realidad que va más allá de la apariencia externa, que tiene que ver con la esencia que Dios nos dio aún antes de nuestro alumbramiento. Ser hombre o mujer está marcado en nuestros genes; las emociones, sentimientos y pensamientos del ser humano pueden cambiar (y de hecho lo hacen) a lo largo de la vida, los genes, que definen lo que somos, permanecen.
APLICACIÓN
La Iglesia tiene como fin último hacer la voluntad de Dios, siguiendo en todo a aquel que es la cabeza: Cristo. Es cierto, que en ocasiones, esto nos lleva a tener que tomar posiciones que se enfrentan a la línea que la sociedad que nos rodea considera correcto, pero en esos momentos, como expresaron los Apóstoles en Hechos 5:29, “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres”.
Nuestra confesión de fe pretende recoger aquellos fundamentos que, como hemos visto, nos enseña la Santa Palabra inspirada de Dios, la Biblia. Por ello el artículo 13 recoge: “Creemos que el matrimonio fue instituido por Dios y confirmado por Cristo, como la unión entre un hombre y una mujer, nacidos como tales”.
Nuestras Iglesias, en obediencia a la Palabra exclusivamente solemnizan y ofician matrimonios cuando estos se realizan entre un hombre y una mujer que los son desde su nacimiento.En ninguna manera se trata de una muestra de desprecio o fobia hacia las personas que se definen como homosexuales o transexuales.
Simplemente se trata de una cuestión de obediencia a lo que entendemos que las Escrituras nos muestran sobre este asunto. No se trata tampoco de una posición escogida premeditadamente de forma consciente, sino de una cuestión de obediencia.
Amamos profunda y sinceramente a todos los hombres y mujeres con el amor de Cristo, un amor que tiene su origen en el corazón del mismo Dios. Nos da igual su orientación sexual o su apariencia externa, sencillamente les amamos porque Dios nos amó primero, y nos ha enseñado a amar de esa manera. De esta manera, homosexuales, transexuales, heterosexuales, sea cual sea su condición espiritual; somos llamados a amar a todos los hombres.
Pero el amor no es excusa para desobedecer la Palabra de Dios, antes bien todo lo contrario, ese amor que a todos tenemos es producto de la obediencia a las enseñanzas de las Sagradas Escrituras, las mismas que obedecemos cuando decidimos que solo consideramos matrimonio la unión entre un hombre y una mujer que hayan nacido como tales
Nuestras iglesias están abiertas a todos, y nos comprometemos a mostrar respeto y amor a todos los que en ellas entran; en la misma medida con la que nos comprometemos a predicar y enseñar todo el consejo de las Sagradas Escrituras, por incómodo, agresivo o molesto que esto pueda resultar; pues en ellas se encuentra la Vida, Jesús el Justo, Único Camino al Padre.
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